El primer recuerdo es una mosca. Enorme, recortada, flota sobre la televisión. Aquel programa, aquella mosca, era Glasnost. Es improbable que ese fuera mi primer encuentro con Francis  Bacon. Grabé el programa, pero ahora la cinta de vídeo se niega a devolver todas las imágenes. El negro, como el tiempo, se apodera de ellas, y solo queda su voz y el parpadeo intermitente de su presencia física. Está sentado en el caos de su estudio, las manos sobre la rodilla, las piernas cruzadas, impecable, amanerado, entre la perplejidad y la rabia, y aun con todo,  tranquilo, impasible. Transcribí esa entrevista en papel, en un enésimo intento de llevar un diario o un cuaderno de apuntes, qué se yo. En algún lugar, sigue.

Moscas

Hay algo en la pintura de Bacon que me atrapa, irremediablemente. Del mismo modo, no sabría decir nada sobre ella. Obviedades (como los cuerpos vueltos del revés). Pienso ahora que esa atracción sin sentido aparente le une en mi a un escritor que él seguía: Georges Bataille. Con Bataille es algo parecido. Sus escritos son un absoluto misterio para mí y sin embargo en sus palabras, en sus conversaciones, encuentro que alcanzan un lugar interior muy profundo, un misterio al que quizás nunca llegue a dar solución (y no la busco).

Sí, por encima de sus obras, de su obra, están sus palabras, sus gestos, sus voces y cadencias. Sus silencios.

Franck Maubert se reúne con Bacon en los años ochenta, en su estudio londinense, escenario habitual de sus encuentros y conversaciones. Allí, en aquel desorden pleno, intenso, él habita tres habitaciones: una cocina-aseo, un dormitorio-despacho y su taller, en una cuidada pobreza, la de aquel al que no interesa en absoluto el dinero, aunque (o quizás porque) tiene más del que nunca podría gastar. A diferencia de otros intentos, Maubert intenta llegar al hombre rodeando al artista, en el supuesto de que no fueran una misma cosa. Incluso llega hasta su infancia: “¿Qué quería ser?” “Nada. Nada en absoluto.”

Moscas

Decía Francisca Pageo: “el artista no nace, el artista no se hace, el artista es.” Sin embargo ese ser no puede construirse desde la nada, y su sentido pasa por asumir algo que está, que estuvo siempre, en nuestro interior. La creación pasa por convertirse, pues, en ese momento en el que algo en nuestro interior sale a la superficie, brota, se manifiesta. Bacon no busca. En él todo encuentra, toda creación es fruto de un accidente, algo que está dentro y de repente se manifiesta en un instante creador. Tampoco existe la satisfacción. La creación proviene de un estado permanente de insatisfacción: “Durante diez años, lo destruía todo. ¡Y todavía a veces pienso que debería de haber seguido destruyéndolo todo!”

Bacon pasa sus días buscando el momento. Trabaja sin propósito alguno, y entonces, algo surge y todo es rápido, cuestión de días. Camina de aquí para allá. “¿Deambula?”, le pregunta Maubert. No, no es eso. Busca la palabra precisa: se deja llevar, va a la deriva. Para sobrevivir a este mundo, y quizá, dice, para escapar de la angustia.

Moscas

“Lo esencial está en otra parte”. Siempre, digo.

La creación como “necesidad absoluta”. Como el amor, apunta. Las cosas llegan  no se sabe muy bien cómo y luego alguien intentará explicarlas, darles un sentido, pero ¿qué importancia puede tener eso? En un determinado momento, la vida, la obra, se igualan, son la misma cosa y, del mismo modo, hay algo que nos hace imposible contarla. Bacon quiso en algún momento hacerlo, abandonando… “Mi vida es un auténtico desastre. Nunca he conseguido lo que quería.” Y más adelante se declara “nihilista optimista”, como ese “pesimista optimista, optimista pesimista” de Bohumil Hrabal, algo que con el tiempo, yo he creído también ser.

La formación no es importante. Haber estudiado Bellas Artes le hubiera llevado a necesitar años para olvidar todo lo aprendido. No cree en el academicismo (“ninguno de esos artistas persistirá”), no cree en la normalización del arte (“ahogar a los artistas con ayudas” que llevan a lo convencional, a ese academicismo). ¿Entonces? Aceptarse, aceptar lo que uno es, tratar únicamente los temas que le obsesionen, que le absorban. Esos son sus consejos (ninguno, precisa) para algún joven pintor. Los temas que “habitan y afirman su pensamiento”. El arte, la creación, como algo íntimo, algo personal, que proviene de nosotros, como decía, y solo de nosotros pueden partir las respuestas, las formas, el conocimiento y como este es adquirido (o asumido). Para Bacon, cualquier cosa que no nos consuma por dentro está condenada a lo decorativo. “Yo necesito cosas que me emocionen profundamente. Lo que no siempre funciona.”

Miro a mi alrededor. Frente a mi están las películas de mi vida, todas esas imágenes, y también algún libro de arte. Más imágenes. Tras de mí, los libros de esa misma vida. Todas esas palabras. Junto a mí, alrededor mío, suena música. A través de la ventana, el día empieza a desvanecerse. Quizás ha sido el primer día de un próximo otoño. El cielo ya no es azul, desgarrado, hecho jirones por una multitud de nubes grisáceas. Escribo. Pienso que es lo único que quiero hacer y también que no puedo hacerlo, porque no puedo escribir de cualquier manera. Nada puede ser hecho de cualquier manera, nada de lo que amamos. No sería justo. No es justo. Ni tan siquiera necesario. Y así pasan los días, y también los años, esperando, esperando ese accidente, ese momento en el que todo estará alineado y en orden, persona y escritura, interior y exterior.

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