A galopar!, de Rafa Segura y Carla Chillida; dirección de Carla Chillida (Teatre El Micalet)  | por Juan Jiménez García

Un teatro político, un teatro sobre una revolución que se espera, que se ansía incluso, solo puede ser hecho, en este siglo, desde la duda. La certezas se quedaron ahí, atrás, y hacer una obra que transita entre las esperanzas republicanas y las plazas del 15-M, con actores de veintitantos años, que ni tan siquiera vivieron esto último, ya nos quiere decir algo. Todo está lejos y hoy, esperar esa revolución, pensar en ella, es por sí mismo ya un acto tan utópico como antes podía ser esperar su realización. Pensaba ver una obra de teatro político en contraposición a un cine político como el de Jean-Luc Godard. Qué quedaba de La Chinoise, de la que encontraba ecos en las imágenes que llegaban de la obra. Ver, más de cincuenta años después, cómo se puede seguir hablando, reflexionando, discutiendo. Y lo cierto es que sí, ahí estaba todo, pero de una manera bien distinta. En aquel entonces se afirmaba, ahora se discute, y estamos más cerca de Marco Bellocchio y aquel corto de Amore e rabbia. Paréntesis: ahora que los escribo, pienso que el título de aquella película resume bien A galopar!. Cierro el paréntesis.

El planteamiento de A galopar!, discurriendo entre ese tránsito de lo que pudo ser a lo que ya difícilmente será (eso dejando un espacio aunque sea para las palabras), se hace de canciones, de carreras, de choques (de cuerpos y palabras), un deambular por los libros, como esa escena en la que ella camina sobre ellos. Una construcción que avanza mientras lo pasado va desapareciendo. Un trabajo colectivo que lleva a pequeñas cumbres, siempre insuficientes incluso para poder ver allá, a lo lejos. El 15-M expresó su necesidad de un mundo diferente y su imperfecta materialización la intuición de su imposibilidad, porque de  un tiempo a esta parte, de un siglo a otro, nos hemos vuelvo prácticos, es decir, pragmáticos. Cuando hacemos un inventario de lo que queremos, incluimos en él las intuiciones de lo que no podrá ser. Y así, rara vez se construye algo, y mucho menos las utopías. Las utopías formaban parte del mundo de los sueños trasladado a la realidad, pero ya no soñamos. Macbeth mató el sueño. Nos dejó solo el agotamiento.

Iba a escribir que A galopar! es una obra de actor, en contra de una obra de autor. E igual no es justo, pero es una impresión, que viene dada por como estos son capaces de llenar la escena y ser ellos mismos toda escenografía, la puesta en escena, la interiorización de los textos. Lo cual ya diría mucho de la puesta en escena y de lo escrito, que en una obra, y más en una obra política, deberían pasar a formar un todo con su representación. Un todo indistinguible. Y aquí ocurre. Ese proceso alquímico se da y los actores, para los que en algún caso es incluso su primera obra, están cómodos e incluso convencidos, y eso queda ahí, en esas corrientes de aire circulares, por citar a Los Planetas. Esa circulación aérea lo es todo. Palabra, movimiento, cuerpo. Aliento. La Canadiense, las juventudes de Atirohecho, convencen desde el momento que ser joven debería implicar ser revolucionario (si no ahora, ¿cuándo?). Así, la dramaturgia de Rafa Segura y Carla Chillida, bajo la dirección de esta última, encuentran su acomodo en esa juventud en marcha. En marcha, ¿hacia dónde? Aquella luchas que llevaron a la segunda república están lejos de ser estas otras, aunque el resultado sea esa eterna frustración de la izquierda, ahogada en ríos, lagos, mares de palabras. Está bien ese interludio maoísta, en chino. En algún momento, las palabras dejaron de ser comprensibles y los hechos demasiado evidentes. Y entre la rabia surge el amor, porque la revolución debería ser un acto amoroso hacia los demás y de rabia por lo establecido, eso que parece inmutable, lo dado. Quién sabe. Discutamos.

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