La piedra oscura, de Alberto Conejero. Dirección de Pablo Messiez (Las Naves, Valencia. Del 24 al 25 de octubre de 2015) Centro Dramático Nacional. Con Daniel Grao y Nacho Sánchez | por Óscar Brox

Alberto Conejero | La piedra oscura

Cada vez es más espesa la bruma que envuelve a nuestro pasado. Los años de la Guerra Civil se alejan en el tiempo. Los muertos permanecen en las cunetas y las voces de los represaliados callan ante el modélico cambio que supuso la transición. Para el dramaturgo Alberto Conejero, aquella España negra permanece en los débiles cimientos de nuestra actual democracia. Es cuestión, pues, de poner el oído y rescatar la memoria de aquellos que quedaron en los márgenes. Buscar la justicia y, también, la reparación. La dignidad frente al olvido.

La piedra oscura reconstruye las últimas horas de Rafael Rodríguez Rapún, compañero de Federico García Lorca, confinado en la habitación de un hospital militar cerca de Santander. Iluminada por Paloma Parra con la tenue luz de una bombilla, la escena muestra al soldado al que se le ha asignado su custodia. En forma de aparte, la obra comienza rememorando el bombardeo de la aviación fascista sobre el pueblo de Sebastián. El sonido del pasodoble que se mezcla con los gritos, las carreras para salvar la vida y el cuerpo de la madre de Sebastián que no logra evitar la muerte. El texto de Conejero describe en ese primer monólogo el desconcierto de un adolescente que se ha visto envuelto en la guerra sin posibilidad de elegir. El terror de un hijo que no puede dejar de escuchar los gritos de una madre a la que, por pura supervivencia, abandonó a su suerte. Nacho Sánchez concede a cada inflexión de voz, a cada movimiento del cuerpo, un aire de desolación, de fragilidad y soledad. Como si apenas pudiese despegar del asiento, atenazado por la culpa que arrastra. Amedrentado por la silenciosa aceptación con la que Daniel Grao interpreta a Rodríguez Rapún. Sólido, calmado, preocupado por conseguir del soldado la promesa de que transmitirá sus palabras a su familia. De que escuchará la historia que le tiene que contar.

Elisa Sanz crea la escenografía de la habitación a partir de unas planchas de hierro en las que rebotan los golpes del exterior y el sonido, a cargo de Ana Villa, de un mar que recuerda a sus protagonistas que todavía queda mundo allí fuera. Por mucho que el juego de luces acentúe la iluminación exterior de manera que aquello parezca la fragua del infierno. En parte, porque director y dramaturgo buscan hacer del interior de la escena un lugar de recogimiento. De intimidad y confianza. Así, el movimiento de Sebastián contrasta con la quietud de Rafael, tendido en la cama a causa de una herida mal curada. Desde allí, uno y otro inician un toma y daca que lentamente genera un clima de confianza, conforme se acerca la hora de la ejecución. El muchacho acobardado no puede negarse a escuchar al hombre cosmopolita, eterno estudiante que guarda el secreto de Lorca. Sus papeles perdidos. No en vano, hay entre ambos personajes un enfrentamiento; ya no es solo la pugna entre dos bandos, sino también la contraposición entre alguien que ha disfrutado de la vida y quien apenas la ha podido imaginar; el hombre de ciudad y el niño de campo; la víctima que trata de agarrarse a su dignidad para no desmoronarse ante los verdugos y esa otra víctima, colateral, aterrorizada por un mundo de locura y muerte.

Conejero cifra en ese contraste la identificación entre las dos españas y, en especial, la importancia que tendrá en la historia la transmisión. El paso de la memoria, ser testigo de los últimos minutos de otro ser humano. Cargar en la propia conciencia el recuerdo de aquellos que ya no tienen voz. Por eso se entiende que en La piedra oscura los asesinos nunca aparezcan, salvo en esos ruidos exteriores y los bruscos cambios de iluminación que marcan la transición entre escenas. Porque la intención de dramaturgo, director y equipo técnico es configurar en ese pequeño escenario un espacio de justicia, en línea directa con la memoria de los vencidos. Y porque el énfasis que los actores ponen en sus interpretaciones parece transferir la responsabilidad de gestionar nuestro pasado sobre ese ejercicio de ficción. De tal forma que el espectador reconozca en la fragilidad de Sebastián los débiles cimientos que erigen nuestro presente, tan obtuso en lo que respecta a la recuperación de la memoria histórica. De esa memoria que el texto invoca en el recuerdo de unos padres, de las poesías de Lorca, los años de La barraca, el deseo de entrar en el conservatorio, los amores jóvenes y los placeres prohibidos. Engullidos, todos ellos, por el agujero negro de la guerra.

Es justo decir que lo que resulta magistral de La piedra oscura es la sensibilidad con la que sus artífices revisten a la obra. La forma de comunicar las quebradizas emociones de sus personajes, de trabajar su evolución dramática hasta reconocerse en la desdicha del otro, la inteligencia con la que se plasman las reflexiones. O cómo, después de limpiarle los pies, para que afronte con entereza la hora del paredón, Sebastián se funde en un abrazo con Rafael. Y aquel le pide que no se olvide de él, que al menos sepa que alguien le recordará. Pase lo que pase. La gran carga sentimental de ese momento, golpe de gracia sobre el terror fascista, describe lo que tantos años después no ha dejado de ser responsabilidad nuestra: devolver la voz a los que ya no están. Y precisamente a eso se consagran el texto de Alberto Conejero y la dirección de Pablo Messiez y su equipo: a redimir, entender y aceptar las heridas de un pasado con el que hemos de rendir cuentas. A forjar ese espacio en el que la memoria perdida vuelva a la vida. Por fin.

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2 thoughts on “ La piedra oscura, de Alberto Conejero. Los olvidados, por Óscar Brox ”

  1. Querido Óscar Brox, agradezco mucho tus bellas palabras sobre esta puesta en escena. Me siento parte de ella y muy orgullosa de este trabajo como escenógrafa y figurinista. He creado este espacio desde la emoción y he vestido a los actores desde las lágrimas que me cubrían los ojos después de cada ensayo. También forma parte de esta gran puesta en escena la hermosa iluminación de Paloma Parra y el espacio sonoro de Ana Villa.
    Cuando hablamos de una puesta en escena hablamos de todo un equipo creativo que trabaja para ella. Si desde las críticas, reseñas, blogs, etc de los que somos profesionales del teatro no se valora el trabajo de todo este equipo artístico y ni siquiera se nos nombra , nuestras profesiones nunca serán dignificadas.
    Gracias de verdad por tus bellas palabras y espero que este comentario no te moleste.

    1. Buenos días, Elisa.

      Ante todo, muchas gracias por tus palabras y por tu puntualización, que es más que pertinente. Efectivamente, a menudo se nos olvida, por aquello de concentrar el peso de todas las parcelas artísticas en la figura del director, el equipo que envuelve a una producción y que aporta los matices y detalles a cada parcela. Son vicios que debemos corregir. Así que ya mismo vamos a enmendar nuestro error añadiendo vuestros nombres al texto.

      Un saludo, y enhorabuena por vuestro estupendo trabajo en la obra.

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