Soledad, de Titoyaya Dansa (Teatre Rialto, Valencia. Del 22 al 25 de abrilde 2021)  | por Óscar Brox

Cuando pienso en teatro inclusivo, inmediatamente me viene a la cabeza un teatro popular. La escena como reunión, o lugar de encuentro, en el que apenas hay una distancia entre lo que sucede ahí y lo que se vive en el patio de butacas. La escena como espacio de reconocimiento. Y la ficción, también, como herramienta para resignificar la realidad. Para dar voz, no necesariamente discurso, y para dar forma a emociones. Esto último se palpa, precisamente, en muchos momentos de Soledad, la última creación de Titoyaya Dansa. Pienso, sobre todo, en ese solo que interpreta Yakuba, resbalando de la silla de la cabina radiofónica mientras, poco a poco, encuentra unos movimientos, una gestualidad, una expresión propia mediante la cuál ponerse en escena. O, mejor dicho, poner sus emociones en escena.

Soledad está construida como un programa de radio al que acuden un grupo de oyentes. La escenografía es efectiva: aquí no hay muros, las pantallas reflejan y transparentan y se abren y cierran permitiendo entrar y salir a todos los actores. Así de fácil. Más, aún, si pensamos en un mundo triturado por sus zonas de paso y asentamientos, en el que las políticas migratorias dificultan o postergan la pertenencia a un lugar. Los derechos. Algo tan elemental, tan humano. No obstante, conviene aclarar que Titoyaya no refleja solo esa clase de soledad, sino que juega con los matices y acepciones de la palabra para mostrar ese abanico de soledades compartidas que pueblan la escena. Está la soledad de la vejez y la del anonimato (o la indiferencia), la soledad marcada por la adscripción a una determinada clase social, la soledad voluntariamente asumida y esa otra soledad que sucede cuando es la sociedad quien marca la distancia.

Parte del elenco está integrado por actores no necesariamente profesionales (aunque esa, a veces, es una etiqueta un tanto molesta; todos actúan, todos representan), así como por los propios bailarines de la compañía. Lo interesante, mejor sería decir lo hermoso, es que unos y otros están empastados en la obra; aquí la compañía, precisamente, acompaña a sus intérpretes y los arropa en el proceso de creación, de escenificación, de mostrarse ante el público. Bailan, expresan, viven. Y, sobre todo, dicen muchas cosas. A veces, con esa tendencia a despegar los brazos del cuerpo, como si tratasen de quitarse de encima una soledad que se les ha pegado a la piel; a veces, ensayando ritmos urbanos que son algo así como el lenguaje más directo para hablar de uno mismo. Para poner en escena la identidad.

Hablamos de la función social del baile en una obra que, todo sea dicho, tiene bastante texto (el trabajo, aquí, es de Xavi Puchades); que combina bien la parte de reflexión con su parte activa, hilvanando cada solo y cada número con el programa radiofónico que hace de paisaje de fondo; unos ponen voz y otros la construyen a través de sus cuerpos. Me gusta pensar que, en una obra de danza, es esta una forma de recordarnos que también se escucha. No solo las palabras, sino también los sonidos de los cuerpos, la alegría de los jóvenes intérpretes y la de los más mayores, el esfuerzo, el sudor o la satisfacción de poder expresar lo que se siente. Me gusta pensar que es una manera de estar más atentos a lo que sucede en el escenario. De fijarnos mejor en cada detalle y saber, por tanto, ponderar el trabajo de cada uno. En ese sentido, resulta conmovedor el trabajo de adultos y jóvenes, así como el oficio con el que unos y otros asumen la necesidad de dar cuerpo a una nebulosa de sentimientos. Para resignificar la realidad, sí, pero también para acercárnosla.

Vuelvo, una última vez, a la idea de teatro popular. A veces, cuando hablamos de las artes escénicas, no podemos evitar la tentación de señalar que muestran (o montan o crean) todo aquello que no se ve; las emociones, por ejemplo. Es una de sus funciones. Probablemente, la de Soledad sea dignificar, facilitar un espacio de expresión, para aquellos que no vemos. Pero, también, facilitarles unas herramientas para construir ficción y crear realidad, que ese sí es un trabajo más arduo cuyo resultado, desde luego, es siempre satisfactorio. A menudo calibramos el éxito de una obra por las reacciones del patio; con Soledad y con Titoyaya bastaría con mirar los rostros de sus protagonistas cuando las luces de la sala se encendían. Entender ese proceso sobre el escenario que consiguió acercarlos, darles confianza, importancia y, sobre todo, reconocerles. No se me ocurre un éxito mayor.

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