El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodínov (Impedimenta) Traducción de María Vútova | por Juan Jiménez García

Cómo escribir… Cómo escribir sobre un libro con el que se comparten tantos temores, tantos miedos,… La muerte del padre. Pero no solo la muerte del padre como la desaparición de un referente, de una parte íntima de nosotros, de algo que está profundamente en nosotros, sino como dolor. No el dolor propio sino el dolor de aquel que muere, compartido, y el paso del tiempo como lento descenso. Ver como un ideal se va descomponiendo, se convierte en algo frágil, luego muy frágil. Lo que era invencible es vencido y, entonces, todo el tiempo se agolpa, atropellados por el pasado, atrapados entre este presente y ese futuro que es una pared, una pared indestructible. Gospodínov intenta contárnoslo y sí, yo lo entiendo, lo entiendo tan bien, y no sé hasta qué punto se le puede comprender cuando uno no ha compartido todos sus temores, sus temblores. Tener el cuerpo de tu padre en brazos, sentir el peso de la enfermedad, el desvanecimiento de todo aquello que creíamos firme. La espera. No, no es posible vivir sin ese miedo a partir de una determinada edad, cuando nuestros padres envejecen y ese envejecimiento los vuelve vulnerables. Siempre somos vulnerables, pero entonces somos además conscientes.
El padre de Gospodínov cuidaba un jardín, un huerto, y acabó convertido él mismo en jardín. Volver al interior. Atravesamos los anuncios de la enfermedad, la enfermedad, los anuncios equivocados de otra enfermedad anterior (pero aquello no tiene traslado años después), esa hija que nace y comparte los años que van de una a otra, los cuidados paliativos que ya no palían, el derrumbe como fisicidad, los espacios reducidos, hasta ser solo uno, ese punto final que es prácticamente la distancia de una mirada. Me gustaría pensar que El jardinero y la muerte es un libro esperanzador, pero no, no lo es. Es un libro que nos enfrenta a nuestros fantasmas, y sí, podemos pensar en una cierta calma, un cierto dejarnos llevar por lo inevitable, asumirlo, pero ese no es el tema central. El tema central es si es necesario el derrumbe. Si es necesaria la caída, el ir perdiéndose, sumar derrotas frente a ese cáncer. No es ver como tu padre muere físicamente, sino como van sucediéndose pequeñas muertes. También de la historia personal. Como acuden nuestros recuerdos para intentar apuntalar al hombre, para intentar ocupar el vacío que va quedando.
Tengo la sensación de caminar en círculos, pero es que El jardinero y la muerte es un libro circular. En el centro, está el padre, ese primer narrador, contador de historias, que siempre decía que no hay nada que temer. Alrededor, se mueve todo y, antes que todo, el escritor, que intenta buscar unas palabras capaces de sostener ese cuerpo que se desvanece, que se enfrenta a lo más terrible, la enfermedad incurable, de la que la muerte, en realidad, es una liberación. Luego, el recuerdo. Antes, su relación con el padre. Hay una contradicción, porque también hay una celebración. ¿Se puede celebrar la vida de aquel que muere? Se debería. Recuerdo esa parte de Los sueños de Akira Kurosawa, en la que llevaban el cuerpo del difunto cantando y bailando. No, Gospodínov no hace tanto, pero si celebra la vida de su padre y la vida con su padre. Ese jardín y esas instrucciones de uso que dejó. Ese jardín como lugar de la memoria que permanecerá. Las campanillas blancas que llegaron demasiado tarde, la esperanza que nunca estuvo, la literatura como último lugar y lugar último.