Hollywood y el efecto Obama: Bocados de irrealidad, por Álvaro Peña

número uno | nuestro tiempo | selección de imágenes: vanessa agudo, francisca pageo, álvaro peña

Una de las características de la cinematografía estadounidense a lo largo de su historia ha sido su capacidad para absorber posturas combativas hacia las auspiciadas por los poderes fácticos de turno, mostrando siempre cierto grado de representatividad en cuanto a su difusión real entre la ciudadanía. Aun así resulta sorprendente la inclinación crítica de parte del cine hollywoodense durante los mandatos de George W. Bush, en particular si la comparamos con la etapa republicana de Reagan, a la que acompañaron varias hornadas de blockbusters afines a la ideología conservadora imperante; las cada vez más exitosas campañas de recaudación desde la candidatura de Al Gore en 2000 dan fe del apoyo creciente de un sector significativo de la industria.

A pesar de ello, sólo un porcentaje minoritario de producciones ha presentado batalla directa a los fantasmas conjurados por la campaña sistemática de negación (y denegación) de imágenes de la Administración Bush. A modo de espejo de las dificultades del país para articular una respuesta cabal a la crisis de sus bastiones económico y miltar, el cine americano ha perseguido infructuosamente la representación visual de un enemigo sin rostro, tan difuso como las sombras cotidianas en las que mora. Hallamos el culmen de esta indefinición expresiva en obras como Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves, 2008), una fantasía tamizada por el hiperrealismo digital que, paradójicamente, aboca a la virtualidad al espectador interesado en racionalizar la destrucción contemplada durante hora y media, indagando sus causas en blogs, foros y demás documentos evanescentes de la red. La violencia del mundo sensible se opone a la opacidad a las estructuras que lo gobiernan, como también recoge la tercera entrega de la saga Terminator (Terminator 3: Rise of the machines, Jonathan Mostow, 2003) en un giro apocalíptico que desprecia las reglas del universo impuestas por las anteriores entregas, continuado en una cuarta parte donde ya no hallamos ningún intento serio por definir otras alternativas. Asimismo, la fatalidad impera en el guión de la descreída 2012 (Roland Emmerich, 2009) como no lo hacía en el El día de mañana (The day after tomorrow), rodada un lustro antes por el director alemán con ínfulas panfletarias hoy desaparecidas; con semejante nihilismo, frívolo e hiperbólico, azota Michael Bay a un icono popular como los Transformers, despojando a sus fotogramas de cualquier vestigio de trascendencia, especialmente en Transformers 2: La venganza de los caídos (Transformers 2: Revenge of the fallen, 2009). Como hemos indicado, la falta de rigor formal de casi todas estas obras (impostada en Monstruoso) denota la levedad de su semántica, entre el escapismo y la renuncia solemne a la verdad, diríase lovecraftiana en tanto que inasible.

Hoy os adelantamos un nuevo texto de Nuestro tiempo. Álvaro Peña reflexiona, a medio camino entre lo político y lo cinematográfico, a propósito de la reacción de Hollywood a la llegada a la Casa Blanca de Barack Obama.

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