Bill Viola

La década de los 90’ es, para muchos, una imagen borrosa en mitad del recuerdo nostálgico de los 80’ y la promesa de una nueva era que trasladaba el efecto 2000. Un vacío, un hueco olvidado -y denostado- en la historiografía del cine. Sin embargo, esa década presentaba un síntoma, producido por la inestable Modernidad, que se esparciría alrededor del celuloide: frente a la manida muerte de la Historia, el desplazamiento y la dispersión de los significados; desplazamiento que solo podía traer el afloramiento de todo lo latente. Un tiempo de espíritus que, enfrentado a la narración, se veía obligado a aceptar las incongruencias. Así, la afirmación de ese final del cine, de la misma Historia, guiaba a la necesidad de una reubicación del hecho mismo de la imagen, de un nuevo posicionamiento de sus intenciones.

Una respiración entrecortada y un ojo que se cierra animan los primeros compases de The Passing, de Bill Viola, la obra que Vicente Rodrigo utiliza como punto de partida para desarrollar una intensa genealogía de la imagen. Tras los presagios de Jean-Luc Godard en su Carta a Freddy Bouache, la latencia de unos fantasmas que imposibilitaban la continuidad de un cine de la razón; que reclamaban la necesidad de resucitar cierta pureza de la imagen que tenía que pasar por la ruptura de cualquier lógica narrativa, cualquier jerarquía simbólica y, finalmente, cualquier significación. En Godard hijo de puta, su autor nos propone un recorrido por la imagen y el tiempo que los años 90 enmascaraban en su interior, un momento clave para el cine. El tiempo de las imágenes, que tuvimos que volver a pervertir con la razón para seguir viviendo.

leer en détour

Número cuatro
Bande à part
Ilustraciones: Vanessa Agudo

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