A lo largo de la Historia, muchos cineastas se han acercado al mundo desde la mirada -y las formas- de la infancia. Mientras Hayao Miyazaki devolvía a su dibujo los trazos de un niño y la calidez de los primeros años de nuestra vida en Ponyo en el acantilado, Albert Lamorisse recorría el caprichoso viaje de un globo alrededor de las calles en El globo rojo. En Nana, Valérie Massadian sitúa su cámara a la altura de su protagonista, una niña de cuatro años que habita un minúsculo microcosmos rural al borde de la desaparición. Las duras condiciones de esa pequeña región francesa, donde la crueldad natural convive en armonía con el bello paisaje boscoso, forman parte de Nana. Así, en su escena inicial, presenciamos la matanza de un cerdo, una secuencia brutal y también una tradición casi perdida que marca uno de los puntos de la película: mostrar ese otro mundo, todavía existente, que tal vez no volvamos a encontrar tras echar la vista atrás; penetrar en él, en sus sentimientos y experiencias, en su manera de reflejar la vida.

Nana

Observar con los ojos de un niño significa interpretar la realidad sin seguir las normas morales que rigen nuestra vida adulta y contemporánea; regresar a un pasado donde los gestos, los detalles, importan más que el contexto en el que se ubican. Los ojos de Nana recorren con la misma atención tanto el ritual que rodea a la matanza del cerdo, el olor que despide mientras queman su piel en una improvisada hoguera, como la preparación de una trampa para animales que le enseña su abuelo. La muerte, de alguna manera, siempre está presente en el relato. Podemos verla en el cerdo sacrificado, pero también en ese hogar en ruinas que habitan Nana y su madre, en las ausencias prolongadas de esta última y, finalmente, en el conejo que la niña encuentra en el bosque y se lleva a su casa. Cada episodio cifra un mismo sentimiento, ese que describe la vida y nada más. Para Nana -y para un niño cualquiera-, la muerte es algo inmaterial, algo con lo que se convive pero que solo comienza a tomar forma a medida que somos más conscientes de nosotros mismos, a medida que pulimos nuestra identidad, cuando aglutinamos una cantidad de recuerdos que tenemos miedo de perder en algún momento.

En el mundo de Nana no existe esa sensación, la posibilidad de recordar, porque como en otros cuentos de infancia aún pervive la voluntad de sentir, sin juzgarlo, todo lo que sucede alrededor. La ternura materna, que se expresa en los juegos que mantienen ambas en algún momento del filme, no enmascara la vida agotada de esa figura adulta que, simplemente, no puede hacer frente a la responsabilidad de criar a su hija. Como sucede con el entorno rural que las arropa, también madre e hija necesitan de algo que las ayude a preservar esos gestos, el amor en tan duras condiciones, antes de que lo olviden. Una película como Nana, transida por la muerte, es sin embargo una hermosa visión sobre la vida; también, sobre todas esas palabras que hemos perdido para entender la vida. Mientras su abuelo le enseña las propiedades del musgo fresco y descansa tranquilamente sobre el tronco de un árbol, notamos en Nana la confianza y la seguridad, el punto de apoyo, en unos gestos cuyo fuego es inextinguible. Durante la película, la desaparición amenaza con engullir cada palmo de la diminuta zona rural donde vive la niña, sus costumbres y sus personajes; una amenaza que se deja ver en la belleza hostil de una naturaleza silenciosa, que sigue un camino diferente al de los humanos. Y, a pesar de todo, la mirada inocente de Nana nos devuelve la confianza en un presente en el que las políticas y las normas sociales no han conseguido laminar el mayor valor de la condición humana: sentir, observar, notar esa naturaleza palpitante que, a cada rato, acompaña nuestros movimientos mientras continuamos con nuestras vidas. Por eso, Valérie Massadian baja la cámara y la sitúa a la altura de lo que verdaderamente importa: la naturaleza humana. Nada más.

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