Francisca Pageo | Samuel Beckett

Francisca Pageo

Cada palabra es una mancha innecesaria en el silencio y la nada, dijo, como si traer el silencio fuera el papel del lenguaje. Según García Landa* podemos pensar en ese silencio como una manifestación del caos que Beckett quiere acomodar en el interior de su escritura. En el interior de la obra de Beckett todo se deshilacha. Es una devastación. La extenuación de las palabras, su fractura, el rompimiento del lenguaje y del silencio. Su escritura marca el fin de la estructura narrativa, también el de la Modernidad. Es quiebra, grieta, fisura. Beckett propone una escritura que se niega a sí misma, una escritura concebida como tachadura, como borrado, como una forma de despojamiento. Alguien dice que en Beckett asistimos a la creación de una poética radical. Algunos autores consideran que en el propio ejercicio de su escritura se tachaba a sí mismo, como como un modo de decir desdiciéndose. Exacto, terminal, doliente, el lenguaje en Beckett se asoma al abismo, profundiza un grado más en ese proceso de desasistimiento que caracteriza a la radicalidad de su escritura. La escritura me ha llevado al silencio, dirá en 1968 a Charles Juliet**, sin embargo tengo que continuar… Estoy frente a un acantilado y tengo que seguir adelante. Es imposible, verdad. Sin embargo, se puede avanzar. Ganar unos cuantos miserables milímetros (…). Para avanzar así, hasta el núcleo del más íntimo silencio. Pese a todo. Aún. Todavía. Escribir. Seguir diciendo, seguir escribiendo. Palabras, pese a todo.

*José Ángel García Landa, ‘Silence Once Broken’: Metalenguaje y Clausura Narrativa en Beckett, en Miscel-lània homenatge Enrique García Díez (Valencia: Universidad de Valencia, 1991), págs. 117-28.

**Charles Juliet, Encuentros con Samuel Beckett, Madrid: Siruela, 2006.

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Erik Satie
Erik Satie, circa 1925 | Reinbert de Leeuw, 1976


Gymnopédie nº 1. Piano, Aldo Ciccolini


Gymnopédie nº 1. Piano, Reinbert de Leeuw

 

“Yo no soy un músico, soy un fonometrógrafo”

 Tras esta contundente afirmación de Satie, conozcamos un poco mejor su día a día:

“El artista debe regular su vida. Aquí tienen el horario detallado de mis actividades diarias:

Me levanto a las 7.18 h.; inspirado: de 10.23 h. a 11.47 h. Almuerzo a las 12.11 h. y me levanto de la mesa a las 12.14 h. Saludable paseo a caballo, en el fondo del parque: de 13.19 h. a 14.53 h. Otra inspiración: de 15.12 h. a 16.07 h. Ocupaciones diversas (esgrima, reflexiones, inmovilidad, contemplación, ejercicios de agilidad, natación etc.), de 16.21 h. a 18.47 h. La cena se sirve a las 19.16 h. y se termina a las 19.20 h. A continuación, lecturas sinfónicas en voz alta: de 20.09 h. a 21.59 h. Me acuesto normalmente a las 22.37 h. Una vez por semana despertar sobresaltado a las 3.19 h. (los martes) …//… Y acaba con una recomendación: “el médico me ha dicho siempre que fume. A sus consejos añade: Fume, amigo, si no, otro fumará en su lugar”.

Probablemente, Erik Satie es el músico de quien más se ha hablado en la historia de la música occidental y el menos programado en las salas de concierto. Una muestra más de un artista superado por su personaje aun a riesgo de parecer una mascarada de sí mismo. De la mano de Jean Cocteau que lo introdujo en los círculos literarios, no dejó de sorprender a todos cuantos conoció, tanto por el absurdo de sus escritos como por una personalidad extemporánea.

Nace en 1866, un año después del fallecimiento de Baudelaire, verdadero impulsor de la modernidad, de una nueva forma de concebir la expresión artística. Como si de un paréntesis temporal se tratase, los escritos de Satie antes de 1895 nos hablan de una mística tan particular como absurda. No en vano fue nombrado compositor oficial por Joséphin Péladan, Gran Maestro de la Orden Tercera de los Rosacruz. Tras el éxito de las veladas en las que Satie utilizó algunos textos del Gran Maestro para sus composiciones, se sintió molesto por ser considerado un mero alumno de Péladan. Rompió toda relación con los Rosacruz y fundó la Iglesia Metropolitana de Jesús Conductor, de la que se nombró maestro de capilla y, parece ser, único creyente.

Ogives, 1886, Sarabandes, 1887, Trois Gymnopédies, 1888, Gnosiennes, 1890. Estas obras tempranas están compuestas para piano y claramente van a marcar el estilo de las venideras. Surgirá el encuentro con Debussy en el Auberge du Clou, en 1891, donde Satie trabajaba de pianista, crucial -para Debussy-, sus relativos éxitos posteriores, como el ballet Parade, en colaboración con Diaghilev y Picasso, pero Satie es un fonometrógrafo que rehúye toda densidad compositiva despojándola de cualquier manifiesta continuidad. Sutiles y en ocasiones tediosas simetrías nos conducen  a un espacio de límites imprecisos. El mismo año del encuentro con Debussy, compuso Vexations, una partitura que años más tarde redescubrió John Cage, y que consistía en una serie de 52 compases repetida en una secuencia de 840 veces, con indicaciones dinámicas de suave y lentamente y con detalladas indicaciones físicas y mentales para su correcta interpretación: “para tocar 840 veces seguidas este motivo sería bueno prepararse previamente en el más absoluto silencio, para serias inmovilidades”.  Por extraño que parezca, se ha interpretado en varias ocasiones, no bajando de las 9 horas y llegando hasta las 24. Verdadero reto mental para los pianistas en su interpretación o experimentación sobre otra forma de concebir la composición musical, el hecho es que en 1891 Satie dejó una referencia a las nuevas formas musicales y que más tarde John Cage llevaría a sus últimas consecuencias: el acto musical como experiencia en sí mismo y su entorno,  4’33”, la música del silencio.

Estas obras de Satie para nada nos indican que estamos en un periodo -el impresionismo- en el que ya se ha iniciado un proceso de disolución de las forma y la tonalidad. Tanto en el tratamiento de la luz como del sonido convive con la etapa final del romanticismo tardío. El inicio de una nueva percepción de la luz y el sonido es ineludible: las últimas obras de Liszt, Nuages Gris, 1881, Bagatelle sans tonalité, 1885, y el sexteto de Schönberg, Verklärte Nacht, de 1899 (año de los Nenúfares, de Monet), anuncian las nuevas composiciones atonales que apenas diez años más tarde socavarán los cimientos de la armonía de los últimos 500 años. En este ambiente de nuevos contornos en la expresión artística, Satie da un salto hacia atrás, casi un retorno a la modalidad medieval y plantea sus obras en una especie de bucle de simples armonías con un cierto aire de quietismo: una contemplación del sonido en sí mismo, a medio camino entre el tedio y el misticismo.

El problema de esta música es su interpretación. El pianista deberá escuchar a Satie y traducir una música de la que tampoco dejó suficientes explicaciones objetivas: dinámicas lentas con algún calificativo y poco más para su interpretación.  Y tú, hipotético receptor, si entras, no sabrás por dónde salir. Tampoco si ha llegado a su fin, pese a que la música ya haya cesado.

 

“La experiencia es una forma de parálisis”

La mayoría de intérpretes (muchos de reconocido prestigio) optan por mantenerse en una cierta tradición, en el caso de que Satie la tenga. Interpretar lento es difícil, muy difícil, requiere un tempo psicológico apropiado, no hay virtuosismo ni artificios. Todo está en la mente. No hay desarrollos ni tensiones, tan solo una exposición de breves contornos melódicos, acordes ligeramente difuminados en su tonalidad con alguna disonancia y una profunda sensación de tiempo retenido. En palabras de Llorenç Barber, Satie es un preludiador, un iniciador de ambientes de vaga definición y ajenos a las corrientes estéticas de su tiempo

Hay que reconocer su estatismo y afrontar la valentía de la escucha desprejuiciada ante una lentitud que respira silencio entre sus acordes. El silencio en la música, he ahí una buena puerta de entrada a una percepción diferente, más acorde con el espíritu de su creador, mezcla de misticismo, ingenuidad y cierta burla que se nutre de su excéntrica visión de la vida y de sus obras.

Bajo el influjo de esta música envolvente y de un personaje inclasificable, Debussy sólo orquestó dos de las Trois Gymnopédies, en 1897. Yo me topé con ellas en un LP publicado por la discográfica Ensayo en 1977 y que las incluía junto con otras obras de Debussy, Roussel y Poulenc, todas dirigidas por Aviva Einhorn con la English Chamber Orchestra. Este disco, rareza donde las hubo en su tiempo (está reeditado), fue el que me llevó de la mano a conocer las obras originales que Satie compuso para piano.

Deambulé por las versiones que pude encontrar pero no intuí su esencia hasta que descubrí a un músico excepcional, Reinbert de Leeuw, cuando entregó sus versiones de estas piezas simples y de una sensibilidad de otros tiempos. Fue en 1981, Philips las incluyó en un álbum de tres vinilos junto con otras obras tempranas para piano y de similar estilo.

Compositor y pianista de una musicalidad excepcional, todas sus interpretaciones nacen desde una premisa emocional particular y que muy pocos artistas saben hacer llegar al auditorio. Su concentración es tal que se asemeja más a un ejercicio de meditación. No importa la obra elegida, en estudio o concierto percibiremos la sensación de encontrarnos ante un instante privilegiado, sea con Liszt (espectacular su Via crucis), el Pierrot Lunaire, de Schönberg o Messiaen y su Quatuor pour la fin du temps, por citar obras de estética muy diferente, y raramente incluidas en los programas de nuestros auditorios. Mercado obliga, que aunque no convence es lo que nos suelen decir quienes deberían fomentar todas las manifestaciones artísticas sin atender sólo a la fácil programación; más aún si se gestiona bajo la red de una jugosa subvención que sufrague los elevados cachés de divas y divinos.

Satie por el maestro holandés no deja indiferente. Por largas o cortas temporadas, siempre vuelvo al satie de Reinbert de Leeuw, como una letanía oculta en una música que no parece dar sensación de finitud. No puedo escuchar otra versión, me suena a vals facilón o a publicidad de ambientador primaveral.

En ese tempo exigente para intérprete y receptor, cuando cesa la música, siento como si hubiese perdido las referencias, mirada ajena, inmóvil. No siempre ocurre, es cierto, sólo cuando estoy en frecuencia. Entonces, una sensación de ¿y ahora qué? me invade durante un tiempo impreciso. En el retorno, los músculos abandonan su inmovilidad y mi realidad se recompone  por momentos. Tras el silencio, todo vuelve a su sitio. Pero la noche ya no es la misma. Tampoco yo.

 

NOTA: Los textos entrecomillados pertenecen a Memorias de un amnésico y otros escritos, de Erik Satie, en traducción de Loreto Casado. Ediciones Ardora. Madrid, 1998.




Francisca Pageo | Fernando Pessoa

Francisca Pageo

Uno. Escribir para ausentarse.

Vicente Guedes. Bernardo Soares. Alberto Caeiro. Álvaro de Campos. Ricardo Reis. Fernando Pessoa crea una obra heteronímica, una especie de juego teatral hecho de las voces en las que se encarna en la escritura. Escribo que alguien escribe que, lejos de entender la escritura como dispositivo de integración del yo, el escritor portugués parece asimilarla como un ejercicio de producción de otredad. Pessoa anuda a la escritura su afán de borrarse. Escribe para ausentarse, muestra la desaparición del sujeto como un hecho intrínseco al acto de escribir.

Dos. Devenir-otro.

Para crear, me he destruido; me he exteriorizado tanto dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriomente. Soy el escenario vacío por donde pasan varios actores representado varias piezas.

Tres. Un exilio de sí.

Como un exilio de sí, Pessoa entiende la escritura como vaciamiento, como estrategia de borramiento y disolución a través de la cual poner en cuestión el estatuto del yo. Alguien dice que en un poema dice: yo soy nada, soy los alrededores de una ciudad que no existe. Pessoa desaparece siendo otros, muestra los pliegues del sujeto, las líneas de sombra que se depositan bajo la superficie del yo.

Cuatro. Como una geometría del abismo.

Yo, realmente yo, soy el centro que no hay en todo esto sino como una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento sólo por girar, sin que ese centro exista por otra razón que no sea la de que todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamente yo, soy el pozo sin paredes, pero con la viscosidad de las paredes, el centro de todo con la nada en torno. (…) El abismo, en una primera lectura, suena como si fuera el final del camino. Pero cada vez estoy más convencido de que el abismo es el propio camino. Es decir, que no hay camino sin abismo.

Cinco. La escritura del desasosiego.

Hace unos meses Pre-Textos publicó una nueva edición del Libro del desasosiego preparada por Jerónimo Pizarro y traducida por Antonio Sáez Delgado. Reconozco que el Libro del desasosiego es una de esas obras que nunca abandona la mesita de noche, una de esas que parece que el destino nos tiene guardadas. Una obra maestra, un libro abierto y discontinuo, un absoluto work in progress que Pessoa dejó escrito como a la sombra de sí mismo, como para mostrar que a través de la escritura el sujeto se desgarra y multiplica hasta ser muchos. Distinto e idéntico, siempre el mismo y siempre diferente en cada una de sus ediciones, el Libro del desasosiego no es pero al mismo tiempo es dietario y ensayo, poesía y relato. Uno de esos libros que llegan y aparecen en el momento justo para convertirse en una parte de nosotros mismos.




Francisca Pageo | Para decir que la noche viene

Francisca Pageo

1. Me gusta eso que dice Luis Antonio de Villena cuando afirma que Cernuda amaba la galaxia de la soledad  y que nunca renegó de ella. Me gusta eso de la galaxia de la soledad.  Imagino a Cernuda vistiendo un traje espacial, al borde de la ingravidez, vagando a la deriva en el espacio, y me viene por alguna razón que desconozco la melancolía de la letra de aquella canción de Antònia Font, Batiscafo Katiuskas. Son extrañas las relaciones, estas cadenas asociativas que onda a onda  se convierten en estructuras resonantes dentro de mi cabeza.  Me digo que así como les sucede a los astronautas en sus viajes espaciales, el submarinista desciende al fondo de los mares, que es igualmente un planeta desconocido donde tampoco hay gravedad. Me digo que ambos levitan en una inmensidad oscura y silenciosa que es a veces la soledad y pienso en aquel libro de Jonathan Lethem.

2. Me gusta ese libro y el título de ese libro que, pasado el tiempo, terminaría siendo el nombre también de un disco de Parade. La fortaleza de la soledad es un disco más que bello: fascinante.  Me gusta que la fortaleza de la soledad sea también la ciudadela secreta de Superman, una especie de segunda residencia que se apaña Clark Kent cuando deja de ser Clark Kent. Algo así como la casa de la playa pero en el Ártico. Cosas de superhéroes, digo yo.

3. Me digo, entonces, que quizá la fortaleza de la soledad es también aquella habitación con una cama, un pequeño escritorio y un jardín tras la ventana en la que pasó Emily Dickinson la mayor parte de su vida. Podría estar más sola sin mi soledad, dice en uno de sus poemas. Sigilosa e invisible, Dickinson vivió siempre en la misma casa en la que había nacido. Escribió a la sombra de ella misma, como quien se queda tras de sí para no desaparecer, como quien teje y se desteje todo el tiempo, incansablemente. Quien no sepa encontrar belleza en ese construir y destruir que es también la escritura, Emily Dickinson no le gustará. No publicó un solo libro en vida, pero en su encierro voluntario en la habitación de su casa en Amherst, construyó una de las obras más sólidas de la literatura universal.

4. Esta tarde leo a Emily Dickinson en aquel libro tan bello que Nórdica publicó hace un tiempo y que en unos días regalaré a S. por su cumpleaños. El viento comenzó a mecer la hierba. Me gustan las palabras que Juan Marqués dedica a la obra de Dickinson en el texto de presentación del libro. Me gusta que Enrique Goicolea, traductor especializado en la obra de la poeta, afirme que mientras Whitman nos muestra una escritura diurna, Dickinson nos revela otra nocturna. En alguna parte he  leído que Ernesto Sábato decía que la escritura diurna intenta entender el mundo, quiere dar sentido a las cosas, expresar una percepción de la realidad. En la escritura nocturna, sin embargo, el escritor se enfrenta con algo de sí mismo, algo de sí mismo que desconoce, rostros de lo real que le revelan epifanías que hasta el momento ignoraba.  La escritura en Emily Dickinson tropieza frente a frente con su yo disidente, hace que en ella se insinúe un componente nocturno. Esta tarde leo algunos de sus poemas para decir que la noche viene, para decir que la noche cae y me conmueve pensar que alguien haya sabido extraer en un espacio de dimensiones tan breves como una habitación el material necesario para crear un universo poético que no se agota nunca.




Francisca Pageo | Silencio

Francisca Pageo

Dijo adiós, me retiro de la literatura. Se acabó. Némesis será mi último libro. Supongo que entonces ninguno le creímos. Pero se acabó. Dijo adiós. Se retiró de la literatura. Aquel día de otoño en su apartamento contó a un periodista que no volvería a hacer lo mismo, que no volvería a escribir. A los setenta y nueve años de edad, Philip Roth quería saber si había perdido el tiempo escribiendo. Eso dijo. Esta tarde, mientras rastreo entrevistas en hemerotecas en la Red, leo que días antes, cuando le preguntaron sobre el consejo que daría a un joven escritor que empieza, respondió: “Para, dejar de escribir”. Eso dijo. Eso dijo que diría. Para. Deja de escribir. Eso mismo se dijo tiempo después a sí mismo. En cierta ocasión le preguntaron qué había aprendido tras décadas dedicado a la escritura: sin vacilar respondió entonces que aquello era que no volvería a hacer lo mismo, no volvería a escribir. Posiblemente sería cualquier cosa menos ser escritor.

Hace más de un año, Alice Munro también anunciaba que dejaba de escribir. Declaró, además, sentir un enorme alivio al tomar la decisión. No sé si es posible para un escritor dejar realmente de escribir, ni qué es para un escritor dejar realmente de escribir. Es posible que escriban apuntes, pequeñas notas, en un cuaderno que luego dejen olvidado en cualquier rincón de la casa o terminen tirando a la basura. ¿Es posible? Quién lo sabe. El abandono de la escritura no es nada nuevo en la literatura. Rimbaud es sin duda el caso más conocido, pero no el único. Uno de los más recientes, quizá, sea el caso del húngaro Imre Kertész, que en el año 2012 anunciaba que dejaba de escribir “al dar por zanjado el tema principal de su obra”. Mientras leo esto pienso en Salinger, David Foster Wallace, Juan Rulfo. Todos ellos podrían ser casos de estudio.

Por lo visto para Joseph Conrad escribir era una tortura. Stephen King dice que intentó jubilarse, pero no pudo. Macedonio Fernández consideraba que cada escritor tiene una cantidad limitada de libros dentro de sí mismo. En el año 2012, Philip Roth decidió dejar de escribir de una vez por todas. Hice lo mejor que pude con lo que tuve, dijo. En alguna parte he leído que aquel día pegó un post-it sobre su ordenador en el que antes había escrito “la lucha con la escritura ha terminado”. Dicen que desde entonces lo mira todas las mañanas con un gran alivio.




Francisca Pageo | Robert Walser

Francisca Pageo

Esbozo una entrada sobre Robert Walser que quizá nunca escriba. Leo sus poemas, repaso alguna de sus novelas, sus microgramas escritos a lápiz, algunos ensayos. Busco imágenes, intento averiguar algo de él a través de esas fotografías. Trazo aproximaciones a un escritor que, en su afán de ocultamiento, fue el fantasma de su propia desaparición. Anoto en el cuaderno palabras que dicen borramiento y desaparición. Pienso en los paseos de Walser y me digo que el suizo fue un escritor entregado al deseo de deambular extraviado y en silencio. Escribo aquello que alguien dijo, aquello de que en Walser la realidad, como la escritura, están en un proceso de desintegración constante, de pérdida y destrucción de la propia identidad.

Tenía cerca de setenta y ocho años cuando murió mientras daba uno de sus largos paseos por la nieve. Fue un día de Navidad de 1956 cerca del manicomio de Herisau, donde pasaba los últimos años de su vida. Se dice que un grupo de niños encontró su cuerpo tendido en la nieve con la mano en el corazón. Intento revelar algo que no sé del silencio en las fotos que encuentro de Robert Walser sobre la nieve. Imagino su cuerpo caminando sobre los campos nevados tarde tras tarde y me digo que quizá escribir sea eso, caminar sobre la nieve, ocupar una blancura. Leo que alguien dice que el universo literario de Walser giró en torno al deseo de huir, de no ser nadie y perderse como en sus paseos. En la entrada que no escribiré diré que no dejó más que huellas en la nieve poco antes de morir.

La palabra disolución explica algo de Robert Walser. Buscaría analogías entre Blanchot y Walser, entre la formación y disolución del sujeto en la escritura. Tejería vínculos también entre Walser y Perec y el interés de ambos por narrar lo mínimo, lo infraordinario. Exploraría semejanzas entre Hölderlin y Walser, cuyos destinos y obsesiones fueron tan similares al final de sus vidas. Admirado por escritores como Thomas Mann, Canetti, Walter Benjamin o Magris, fue reivindicado por Hesse, Kafka o Musil. Lo que me gusta de Robert Walser es algo que, como la nieve o la ceniza, se deshace. En alguna parte he leído que Sebald lo describió como el más solitario de los escritores solitarios y que Elias Canetti lo consideraba el más oculto de todos los escritores. En la entrada que no voy a escribir intentaría explicar que Robert Walser caminaba como escribía, siendo rastro y disolución, un cuerpo que avanza hasta ser una breve sombra en la soledad de la nieve.




Escrito con motivo del Festival Inspira 2013.

Para aquellos que crean. Para Álvaro.

 

Me llamo Francisca Pageo y me dedico al arte visual. Estoy especializada en la fotografía y el collage y he venido para hablaros de la creatividad y su proceso. Me gustaría hablaros de ella tanto como proceso artístico al igual que como medio de vida, ya que para mí la una va íntimamente ligada a la otra.

Para empezar, me gustaría explicar lo que es la creatividad. La creatividad es imaginar, generar ideas y conceptos; es extraer cosas de la nada y, sobre todo, soñar. Muchas veces me he preguntado, ¿por qué la necesito tanto? ¿Por qué no puedo prescindir de ella? Y me digo, rotundamente, que la creatividad es como respirar.

Empezaré a hablar de la creatividad como proceso artístico.

Lo primero que se necesita para crear algo que sale de la nada, lo primero y más importante de todo, es estar tranquilo. Si uno no está tranquilo no puede fluir, y esto es necesario para llevar a cabo una pieza. El entorno en el que nos ubicamos es relativamente importante, pues nos ayuda a sentirnos relajados y libres. El segundo paso es el enfoque. La mente necesita enfocarse en lo que está haciendo, y eso se consigue concentrándonos en el papel, la base en blanco, la textura de cada material a usar y en las emociones que uno tiene en el momento. Es importante que las emociones que tenemos no nos alteren, no nos hagan sentir encerrados en nosotros mismos, sino que nos ayuden a ir más allá, a desenvolvernos con lo que vamos a realizar. Es por eso que muchas veces necesitamos estar solos a la hora de crear. Porque es en la quietud y en la calma donde la soledad nos advierte cuándo podemos sacar lo que tenemos dentro de nosotros sin miedo, ni ataduras; hemos de tener la sensación de que estamos en libertad.

Una vez hecho esto, nos ponemos a trabajar.

Pensemos en el escritor que se deja llevar conforme escribe, o que, quizás, ya lo tiene todo pensado y se limita a escribir sin más. Escribe y las palabras están ahí, en la hoja en blanco. Pero el escritor no piensa conforme escribe, simplemente lo hace. Está, también, el caso del pintor, que tiene todos sus colores preparados y espera la luz perfecta para que los tonos sean los más naturales posibles. O no, pero el pintor también deja de pensar en el instante en el que el pincel se pone en contacto con el lienzo. Está el fotógrafo que mira por el visor de la cámara esperando la luz y el momento indicado, y por impulso, de repente hace click. Está el músico que va experimentando con notas y tonos hasta que bing!, de repente todo encaja. E incluso está mi caso, que cuando hago un collage, cojo elementos que considero que se pueden fusionar entre sí, pero que, al ponerme con su composición, me dejo llevar y es como si la composición se hiciera a sí misma.

Os preguntaréis adónde quiero llegar con todo esto, y la respuesta es sencilla: hay algo en todos esos procesos que se nos escapa y que no sabemos cómo definir. Hay que algo que cuando creamos está ahí, a la espera de ser constatado una vez terminamos la obra. No es la composición ni el lenguaje, no es el uso ni la exposición, ni siquiera la técnica y la representación: es el misterio entre los materiales, el espacio en blanco y nuestras manos. Es el misterio que hay cuando estamos creando. Ese misterio, para mí, es la primera causa que me hace sentir que la creatividad es como respirar. ¿Por qué? Porque me libera, me hace sentir unida a algo y, lo más importante de todo, me hace sentir viva. Porque cuando creamos empatizamos con nuestro entorno, nos volvemos parte de él, hacemos que los materiales, el lienzo, los sonidos o las imágenes, se entremezclen con nuestras emociones, con nuestras ideas y pensamientos. Formamos un vínculo. Este vínculo es la clave para poder expresarnos con efectividad. Es por eso que para mí la creatividad es necesaria, pues con ella aprendemos a soltarnos, a desenvolvernos y a dar con cosas nuevas.

Además, ¿quién no se ha sentido aliviado y en paz una vez ha creado algo? El arte, además de hacernos sentir cuando lo llevamos a cabo, nos libera, nos descubre cosas y aporta belleza. Esa belleza nos hace sentir en paz con nosotros mismos, siempre. ¿Quién no ha mirado una determinada fotografía o pintura y se ha sentido así? Es en la composición, en los tonos de los colores y, sobre todo, en el misterio, lo que hace que la fotografía o pintura sean así. Eso es una obra de arte, cuando la técnica tratada no solo es armónica, sino que va acompañada de misterio; algo que nos evoca cosas y no sabemos cómo lo hace…

El arte no es solo expresar lo que llevamos dentro, liberarnos, sino que también es una acción que nos enriquece y nos aporta cosas. Es como la naturaleza, que está ahí, siempre ha estado ahí, pero que hasta que no nos metemos en ella no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo; no nos sentimos verdaderamente libres, sin condiciones sociales de ninguna índole. No nos damos cuenta de lo vivos que nos puede hacer sentir.

Hace no mucho llegué a la conclusión de que apreciar una obra de arte es apreciar la vida. En el arte está todo: lo que sentimos, lo que vivimos u observamos, así como lo que nunca vemos, que desconocemos o que aún está por llegar. En el arte nos podemos encontrar preguntándonos y, a la vez, hallar respuestas. Son las sensaciones que nos provoca la obra que estamos observando lo que nos hace ser humanos. ¿Por qué? Porque esas sensaciones nos ayudan a reflexionar y a ser conscientes de nuestra psicología, de nuestra condición humana… Nos ayudan a querer saber más, tanto de nosotros mismos como de los demás, de las diferentes culturas, de la naturaleza o de la sociedad, pues el arte saca cosas que todos y cada uno de nosotros tenemos dentro. Por eso siempre se ha considerado el lenguaje más universal que existe. Además, el arte, el verdadero, siempre tiene algo de atemporal y, a la vez, pertenece a su tiempo y a un determinado lugar. En definitiva, el arte nos ayuda a avanzar y a sentirnos no solo integrados con nuestro entorno, sino también con los demás.

Llegué a esta idea con el collage. Lo que comenzó como una expresión diaria, pues lo utilizaba como alternativa a mis diarios escritos, haciendo cuadernos visuales, me sirvió para empezar a encontrarme a mí misma. En los collages aprendí a ver aspectos de mí de los que, de otra manera, no podía darme cuenta. En ellos, se reflejaban experiencias que había tenido y en las que aún no me había parado a pensar. Además, empecé a subirlos a mi blog de por aquel entonces, la gente los veía y les gustaba, lo que me hacía sentirme más unida a los demás. De alguna manera, la gente empatizaba con las cosas que expresaba y eso me hacía sentir más feliz y menos sola. Desde entonces, el collage se convirtió en algo vital para mí, en algo que ya no puedo separar de mi vida y que ha devenido parte de mi expresión natural. La expresión artística no solo me ha ayudado a encontrarme a mí misma, sino también a encontrarme con los demás y con el mundo que me rodea.

A lo largo de estos años he trabajado con fotógrafos, con ilustradores, con músicos… y la sensación que uno tiene cuando cada uno pone su parte es algo indescriptible. Porque cuando uno crea para sí mismo está muy bien, pero es que cuando uno crea con alguien es muchísimo mejor. La obra llena más, pues la otra persona aporta algo que completa lo que uno hace, y la pieza se vuelve más atractiva, más especial, más humana.

¿No lo notáis vosotros cuando compráis un disco, por ejemplo? ¿Lo hermoso que es escuchar la música mientras vemos el libreto, las fotografías e ilustraciones que contiene? ¿Y los libros? ¿Quién no ha comprado nunca un libro con solo fijarse en la portada?

Ahora hablaré de la creatividad como medio de vida… A todos nos gusta generar ideas, pero nunca nos paramos a pensar, ¿por qué lo hacemos? La razón es sencilla, necesitamos soluciones. Siempre. Necesitamos soluciones a todas horas. No hay ningún momento en el que hagamos algo o estemos pensando y no se nos ocurran cosas que aplicar a nuestra vida. Y se nos ocurren porque, como he dicho antes, necesitamos avanzar, movernos, ir de un lado a otro. Esa es la principal característica que tiene la creatividad en nuestro pensamiento: generar ideas que poder llevar a cabo tanto en nuestro mundo interior como exterior. Estas ideas nos generan emociones y nuevas sensaciones; incluso, nos ayudan a sacar aquellas que teníamos olvidadas. Lo mejor de todo es que si estas ideas son llevadas a la vida práctica, nos sirven para evolucionar. Porque al igual que una obra de arte me hace replantearme lo que quiere expresar, una idea que me ayuda a hacerme reflexionar también me ayuda a cambiar. Y entonces vuelvo a lo que he dicho antes, ¿qué es lo necesario y principal para sacar esta clase de ideas? ¿Acaso no es necesario primero estar tranquilo y a solas? ¿Preguntarse a uno mismo? ¿Enfocarse en sus pensamientos y en lo que siente respecto a estos, en sus emociones, en su vida? ¿Conocerse? Ese cambio siempre nace porque lo que se creía bien hasta entonces tiene otro enfoque, otra perspectiva, se ve desde un punto de vista más maduro. Es por eso que el arte, así como la generación de ideas o conceptos -y lo quiero pensar así porque así es como lo he experimentado en mi vida-, está para mejorarnos.

Como conclusión, me vuelvo a preguntar, ¿por qué y para qué existe la creatividad? La creatividad, tanto artística como en la vida diaria, existe para terminar de ser consciente de lo que uno puede mejorar tanto en sí mismo como en su entorno. Por eso la creatividad es soñar, porque nos ayuda a buscar un mundo mejor, más vivo, más nutrido y especial. Nos ayuda a embellecer lo que tenemos. Nos enfrenta con nuestros miedos y nos ayuda a liberarnos de ellos. Nos une a los demás y nos vuelve más empáticos. Nos ayuda a expresar cosas que de otra manera no podemos. Nos hace volvernos más receptivos y vivos. Nos hace preguntarnos por lo que aún desconocemos, por nuestros sueños y nuestro futuro. ¿No es entonces maravilloso que seamos creativos?




Ross McElweeFilmaciones caseras. Un nene subido a una tabla intenta barrenar sobre la nieve. Se resbala, se cae. Voz en off. Habla un hombre. “Por lo general, a Mariah y a Adrian les gustaba que los grabaran”. Pero ya no. Los chicos crecieron, las cosas cambiaron. La relación padre-hijo se enfrió y Ross McElwee (el padre, el documentalista) emprende un viaje para tratar de entenderse a sí mismo.

El destino es Saint-Quay-Portrieux, una comuna francesa de techos bajos a la orilla del mar. ¿Cómo mostrar ese lugar donde vivió cuando era joven? ¿Cómo capturar los recuerdos, si ya no somos los de antes? ¿Cómo investigar el pasado sin quedar presos de la nostalgia?

El cielo lo consume todo. La cámara límpida, directa, le permite al pueblo contar la historia. No una historia colectiva, sino una subjetiva, mínima, compuesta de relaciones fuertes y fugaces que ocurrieron cuarenta años atrás. Arquitecturas antiguas, bares, iglesias. Nos volvemos detectives del pasado de McElwee, buscando entre fotos y palabras a las personas que marcaron su juventud.

Los momentos nos cifran. Solemos descubrir esto tarde, cuando ya el tiempo encapsuló todo. A veces podemos, sin embargo, establecer un vínculo, agarrar la lupa, correr detrás de nosotros mismos.

“He cometido errores, muchos errores, al intentar proteger a mi hijo de sí mismo”. Aprendemos. El cielo plomizo del final es el espejo que nos obliga. La sombra del padre filmando al hijo mientras corre por la playa. El lazo familiar se va reconstruyendo a través de conversaciones con desconocidos, puestos de frutas callejeros, fotografías de casamientos ajenos.

Sobre nuestras pieles está impreso un mapa viejo, los caminos embrujados, las fotos que salieron mal, “el puro agotamiento de tanto trabajo y tanto hacer el amor”. Cómo unir los fragmentos, revivir a los muertos, redescubrirnos. Cómo abrazar a nuestros padres, a nuestros hijos.

Los lugares siguen ahí. Las miradas en blanco y negro, la tecnología que abre preguntas. Algunas cosas se mantienen: amores, incertidumbres, proyectos. “Según Maurice, el tiempo desgasta una foto de modo misterioso. La erosiona hasta que el contexto desaparece, se borra”.

Cajas con cartas. Memoria fotográfica. Siglos condensados en esos árboles, molinos, cruces, castillos. ¿Cuándo empezamos a hacer las cosas que hoy amamos?

McElwee historiza su relación con las cámaras y nos enamora de un pueblo que, sin renegar de los avances tecnológicos, se conserva en un estado de gracia milenario. “¿Dónde están las fotos? ¿Qué fue de la película? La película de 16 mm. que podés agarrar con la mano. Trabajar con película tenía algo maravilloso. Su calidez, su luminosidad”. La imagen de su hijo Adrian, pequeño, jugando con arena, es devorada en una milésima de segundo por toda la luz cegadora de la memoria.

Y los lugares siguen ahí.




Recuerdo un atardecer junto al mar. Cuando empezamos a caminar, el viento apenas sopla una ligera brisa, de esas que cuelan un cosquilleo a través del suéter. Según el tramo, el sol aún obliga a utilizar la mano como visera. A medida que caminamos, notamos el olor a salitre que devuelve el mar; un olor profundo, en el que parecen mezclarse el fango de la orilla con la madera de las barcazas abandonadas en mitad de la playa, que nos acompaña mientras avanzamos sin un rumbo definido. Nos movemos, zigzagueamos o detenemos nuestro paso, giramos la vista hacia la línea del mar. A veces, no nos miramos cuando estamos hablando, desviamos nuestras miradas hacia otro punto. Al fondo del paseo, muy al fondo, hay una especie de hotel cuyos neones somos incapaces de leer desde esta distancia. Así que decidimos que solo cuando podamos distinguir las letras del rótulo volveremos sobre nuestros pasos. Antes del amanecerNo sé cuánto habrá pasado desde que hemos empezado a caminar, quizá unos veinte minutos, pero ya no hace falta utilizar la mano de visera, el sol se esconde. Ahora la brisa recoge la humedad del atardecer, mientras se empeña en jugar con nuestro pelo, que cae una y otra vez sobre la frente. Nunca pierdo el gesto de peinarme el flequillo con el dedo índice de mi mano derecha, cada vez más brillante de sudor a medida que sentimos el bochorno de los últimos días de verano. Hace varios tramos que ha terminado el paseo, por lo que ahora bajamos junto a la playa en busca de una escalera que comunica con el siguiente tramo edificado. Antes de ponerte la chaqueta, te limpias el brazo de minúsculas partículas de la arena que ha arrastrado el aire. Cuando volvemos a caminar sobre cemento, lo único que escuchamos a nuestro alrededor es el sonido de las olas, que mueren tranquilamente al llegar a la orilla. Te sorprende, porque no recordabas que este sitio fuera tan silencioso, pero en realidad todo parecer moverse acompasado con la puesta de sol. Esos últimos minutos antes de que caiga la noche son hermosos; aún no se ha producido el encendido automático de las luces del paseo, así que por unos instantes nuestros rostros quedan a cubierto gracias al crepúsculo. Todo es oscuridad, excepto nuestras voces, que apenas hemos dejado de escuchar desde que comenzamos a andar. Es curioso, ahora que lo pienso, cómo en todo este paseo no hemos echado ni una sola vez la vista atrás. Sin darnos cuenta, la distancia entre nosotros se ha acortado hasta casi rozar nuestros cuerpos. En ese punto, cuando ya casi divisamos con claridad las letras del hotel, tu mirada está centrada en el raro efecto que ha producido el último estadio del sol antes de ocultarse, una línea brillante que parece subrayar el horizonte. Aún andamos un poco más, con el paso vacilante, mientras perdemos de vista a varias personas que están sentadas junto a la orilla. No sé de qué hablamos, aunque sí recuerdo que mezclamos muchos temas y saltamos de una conversación a la siguiente en un discurso ininterrumpido. Creo que ya hace un rato que he comenzado a recoger cada uno de estos gestos en mi memoria para impedir que, suceda lo que suceda, se me olviden. Así que, por un momento, me quedo en silencio. No sé si me estás mirando, quizá solo te has parado para descansar un poco los pies y abrochar el segundo botón de la chaqueta. Entonces, me preguntas cuánto tiempo ha pasado desde que ha empezado a ponerse el sol hasta que se ha ocultado finalmente. No recuerdo dónde lo leí, pero alguien comentaba que no llega a alcanzar unos tres minutos. El rótulo del hotel parece un faro frente a nuestros ojos, ya podemos volver por donde vinimos. Antes de decirte algo, quizá en la ocasión que más tiempo vamos a pasar en silencio, tengo la sensación de que este sol ha tardado solo unos segundos en ponerse. Pero no te lo digo. Durante el camino de regreso pienso que bastan esos pocos segundos para construir un mundo.




Libros

sostenida como un cuerpo en la revelación de su faro

dijo que el silencio es una casa llena de ratas

/revelación casa de ratas silencio/

dijo que había llegado la hora de quemar la máscara por su inverso

por el lado de yeso que acaricia el rostro

el interior del labio

el hueco ovalado que libera la vista

 

dijo que acallar el pequeño silabeo dorsal era el inicio

una forma de inacabar

/tengo hambre tengo sueño tengo frío

mi cuerpo es aposición y gruñe entre dos comas

estoy

presencia pura

no pertenezco al mundo/

que acallar a la mujer a la niña al hijo y subir a la tierra de nuevo desnuda

ser una corteza

hacerse piel neutra o escucha

arañar a la madre




A menudo me pregunto si el cine puede describir la felicidad, expresar la alegría con el mismo descaro con que nos asalta en nuestras vidas. Sé que Chris Marker capturó, al comienzo de Sans Soleil, las imágenes de unos niños en una pequeña localidad islandesa que, a sus ojos, definían aquello en lo que consiste la felicidad. Hace tiempo que quería escribirte, desde que vi Reminiscencias de un viaje a Lituania, de Jonas Mekas, y volví a encontrar la alegría impresa en unos fotogramas. Tras una serie de parpadeos que narraban su regreso a casa, Mekas saltaba de escenario y relataba su visita al cineasta Peter Kubelka. Por algún motivo, aquel salto, un corte abrupto en la continuidad del relato que se iniciaba con una música estruendosa, me pareció el mejor símbolo para cazar esa alegría fugitiva. Quizá porque siempre creo que uno nunca puede sentirse feliz cuando recuerda, sino cuando puede vivir. Por eso siempre he pensado que Godard supo plasmar la felicidad en aquel viaje en coche en Pierrot le fou. Mientras su relación con Anna Karina comenzaba a naufragar definitivamente, la cámara no podía dejar de filmarla con la melena al aire, con la música de Vivaldi repitiéndose una y otra vez en la banda sonora, consciente de que interrumpir esa escena equivaldría a perder irremediablemente una alegría que intuía cosa del pasado.

La felicidad es otra manera de representar la ausencia de distancia. En El espejo, de Andrei Tarkovski, hay un minúsculo bloque central que explica la nostalgia de los niños españoles emigrados a Rusia. Ante esa escena, que describe una pérdida de lengua y de pertenencia, Tarkovski encaja la siguiente: Ignat, el hijo, hojea un libro de Historia del Arte deteniéndose en sus fotografías -creo que la recuerdo tan bien porque de pequeño hacía lo mismo con los libros ilustrados. El plano corta a una imagen de la madre, Natalya, a su pelo color miel bañado por la luz del sol que entra por las ventanas del piso. To the wonderLa cámara se desliza para mostrar en la habitación contigua a Ignat, que camina a su encuentro. A través de esa miniatura construida a partir de dos planos, siento que Tarkovski halló aquello que los protagonistas de su anterior historia habían perdido: la falta de distancia, la felicidad de tener ese lugar donde encontrarnos.

Hace unos días, después de ver To the Wonder, de Terrence Malick, pensé que era un buen momento para escribir sobre la felicidad. Al salir del cine recordaba cómo su trabajo de iluminación me había transportado hacia unos atardeceres que, todavía no sé bien por qué, asocio a mi infancia. Pero, por encima de todo, quería escribir porque me pareció una película sobre la búsqueda incansable de ese sentimiento. Mientras la veía pensaba en la emoción de William Harvey cuando describió la circulación de la corriente sanguínea a través del cuerpo, en aquellos historiadores de la naturaleza que inventaron palabras para definir cada cosa. Todo ello aplicado a nuestra vida interior, como si cada parpadeo de la película repasase y concentrase un rincón de nosotros mismos. Pensé en esos primeros minutos en Lyon, donde los personajes pasean, observan y acarician la hierba del jardín, tocan las columnas de un edificio y contemplan las ondas que deja un pequeño barco a su paso por el río. Pensé que, simplemente, plasmaban la vida sin orden ni concierto; sin la voluntad de narrar, sino de recoger y recorrer cada palmo de nuestras experiencias y volcarlo tal cual. La manera en que el tiempo pasa sin que reparemos en ello.

Esta última definición se ajusta a lo que entiendo por felicidad, a lo que busco en el cine cada vez que veo una película. Por eso entiendo que Godard quisiese secuestrar esa pequeña escena de su película antes de perderla en el montaje. Por eso, también, quedé impresionado al leer un relato de Marguerite Duras que desplegaba su polifonía de voces y acontecimientos en el modesto espacio de la terraza de una cafetería junto al embarcadero. Hay en esos gestos un deseo de preservar, de contemplar sin caer en el detalle estetizante, en la parálisis de la memoria que reserva su melancolía para hablar de nuestros recuerdos. Por eso, en fin, quería escribirte para explicarte que, ante todo, volví a ser feliz, a recuperar ese sentimiento de tiempo suspendido en el que la vida sucede sin que estemos pendientes de cazar cada uno de los detalles que forman parte de ella, solo de vivirlos.




Especies de espacios

“Acompáñame”, dice este amante nuevo que me mira solo un momento. Luego enfrenta una sala que es el pasado y lloramos porque lo que vemos se deshace, bueno yo lloro porque le veo llorar. Ya no ama a aquella mujer que es vieja y besa a un joven ignorante. Mi amante grita justo después “¡Malvada, te he olvidado!”. Lloramos porque estaremos juntos dentro de un momento, dentro de una balada. En la balada se mecen otras parejas de amantes: el pintor y su “pintada”, Eros y Afrodita, el micrófono y la cantante, los gemelos, los números decimales. Nos quedamos sentados junto a ellos en un diván forrado de rojo. Un diván que se convierte en refugio de un pecado que solo tiene sentido si digo “amado” mientras que él ama demasiado. Es solo un momento, pero antes de acercarme a escuchar qué tiene que decirme escurro la palma de la mano por el terciopelo y araño la superficie con un solo dedo: corazón.

Me arrebatan las artes del aire para enamorar. Esa armónica que toca repentina divierte al alma y hace volar mi mente entre espectros encamados que hoy se han quedado sin ganas de seguirnos. Paso por delante de ellos cogida de su mano y escucho cómo roncan ruidosos desde el catre que les envuelve. Sus cadenas de fantasmas reclusos dibujan “eses” en el suelo. “Deja que esos descansen un poco mas en sus celdas”, pienso.

Tras recorrer las estancias de este edificio vacío, mucho antes de sentarme y sentarse, respirar y suspirar por oírle “decir”, entonces cubrimos las cabezas de sanguinarias cortinas que nos esconden de ellas: Johanna es la peor de ambas… mientras tanto patalea Louise por verse agraciada en ese espejo. “¡Calla!”, ahora Johanna aprovecha por taparme la vista colocando su cuerpo en medio. Y yo, que veo de lejos lo que está haciendo, hago aspavientos para avisarle de que estoy cerca y de pronto recorro el interior de este palacio azul volando por los aires… Me impulsa un aliento silbante, como propulsado con prisa a través de pequeñas ventanitas, como a través de agujeros de persianas sin ceñir. Al tiempo entra una luz invasora que me revela algunas imágenes intrigantes. Mientras paso al vuelo por todas partes el vestido tira de mí como preñado por un torbellino de cosas que hubieran quedado apresadas ahí dentro. Cuando por fin me detengo, ese aliento poderoso y agudo lo ha dejado todo limpio, solo nos vemos mi amante (amante de otras mujeres) y yo, ya sin nada que nos interrumpa. Me amarga el dolor de estar frente a él solo un momento antes de que arrase de nuevo conmigo esta corriente. Por otro lado tengo ventaja, una ventaja que obra traidora contra esas otras mujeres  y es que ellas no vendrán jamás. Lo siento un poco por él que se esfuerza en encontrarlas entre mis dedos.

Especies de espacios

Enseguida aparecen otras cosas alrededor y consiguen empujarnos lejos el uno del otro. Llegan muebles deformes con grandes puertas de madera, relojes, flores, retratos antiguos y libros: montones de libros que huelen a polvo. Todos ellos han decidido conquistar la superficie del cuarto y trepan por las paredes como murciélagos mientras que las cortinas que nos cubrían vuelan ahora con una cadencia perturbadora. Todo sigue muy oscuro para que lo vea nadie y sin embargo la escena es la siguiente: mi cuerpo, aunque sin alas, se sostiene por una corriente de viento en mitad de la estancia. Las ventanas no están del todo abiertas y la fuerza del aire que las atraviesa silba por salir de este sueño. Los libros se encaraman a mi alrededor y en menos de un segundo soy un icono pagano con vestido hinchado y los ojos abiertos de par en par. Una archiduquesa parezco, retratada para siempre en el cuarto de estar de los príncipes.

De pronto él pasa cerca, persiguiendo a Johanna, pero en contra del viento que susurra “Louisssssse”. Espero que estén lo suficientemente lejos para alcanzar esa ventana y cerrarla desde aquí dentro. Cuando consigo hacerlo, en contra de los libros que se me echan a la cara, al momento la falda de mi vestido por fin se deshincha y salto al centro de la estancia. Una vez acabado el maleficio quizá el amante alcance a Johanna,  pero yo me quedo sola paseando con los pies descalzos, helados. Giro mirando si queda algo entre estas paredes una vez el viento ha cesado. Todo ha desaparecido, sin embargo.

Me pregunto, “¿qué ha sido esto?” Debí quedar presa en medio de un diapasón dinámico de fuerza centrípeta: el centro, el corazón.