El imperativo categórico, de Victoria Szpunberg (Punto de Vista) Traducción de Sofía Szpunberg Vallejos y Victoria Szpunberg | por Juan Jiménez García

Victoria Szpunberg | El imperativo categórico

Nos pasamos la vida intentando ser algo, ser reconocidos: como pareja, como padres, como trabajadores, qué sé yo, como algo. Igual nunca quisimos ser nada y, cuando nos piden unas notas biográficas sobre nosotros mismos, entonces nos gustaría escribir lo único cierto o, en todo caso, lo más cierto: un perfecto desconocido. Vivimos así porque nos dicen que hay que vivir así. ¿Y si no queríamos nada? Ser. Sí, ser. Encontrar nuestro tiempo, un tiempo propio, un tiempo que nos pertenece. Ella, la profesora (que no maestra: profesora universitaria de filosofía) de El imperativo categórico, solo quiere explicar a Kant a través de Kafka, a unos alumnos que no quieren salirse del temario (tan jóvenes y tan conservadores… de qué). Lograr que baje el vecino el volumen de la música. Y un lugar para vivir, porque la turistificación también la expulsa a ella. Además, alguien con quien compartir sus pensamientos. Intuimos una ruptura reciente, y ahí está, en Tinder, ese río que lleva hasta el infierno de las relaciones humanas. Que su trabajo sea estable. Demasiadas cosas. Pocas son demasiadas.  

El imperativo categórico: que aquello que hagas pueda ser también una ley universal. No sé. A Ella todo le pasa como si no pudiera ser de otro modo, pero es más esa ley de que cuando algo sale mal todo tiene una tendencia a salir mal. Fatalismo. ¿Será eso la universalidad? (esa especie de todo lo que ocurre habla de nosotros) Los lugares comunes de nuestro tiempo. Importante. Ella ha pasado de los cincuenta años. Yo también. Y Victoria Szpunberg. Nos entendemos. Mi fisioterapeuta (ella también ha pasado de los cincuenta) decía que, desde ese momento, el cuerpo empieza a tomar sus propias decisiones. Por ejemplo, lo de desmayarse. De repente, todo parece transitorio, de una alarmante precariedad. El cuerpo, el trabajo, la vivienda, la pareja, la existencia, en definitiva. Como un temblor, como un temor. Somos conscientes de no ser mucho y que todo puede venirse abajo sin solución, porque a estas edades… Como a Ella. Su vida es caminar por el borde de un precipicio. Llegamos de dos maneras: con algo, pensando que podemos perderlo; con nada, pensando que ya es hora de tener algo. Un día, te encuentras paseando con un cuchillo en el bolso y sientes que la única manera de no sentirte amenazada es amenazando. 

Ser una perfecta desconocida exige un absoluto dominio de pasar desapercibida. Quince años en una misma casa, que ha cuidado con un extremo cariño, veinticinco años en su trabajo, pero sin poder ir más allá,… Los hombres, como en la obra, parecen uno solo. Demasiado evidentes, responden aquello que se puede esperar de ellos. Pero Ella necesita otra cosa, algún modo de escapar a esa depresión, a esa sucesión de derrotas. Está la ironía. El humor es una de esas pocas cosas que puede salvarnos sin pedir mucho a cambio. Bueno, tal vez no. Ser capaces de reírnos de nosotros mismos, de ver algo risible en las desgracias, reconocer el absurdo. Kafka era un escritor humorístico. Salir de esos mecanismos que mueven el mundo, esos que parecen los únicos posibles, que nos venden como los únicos posibles. 


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