Guerra y lluvia, de Velibor Čolić (Periférica) Traducción de Laura Salas Rodríguez | por Juan Jiménez García

Velibor Čolić | Guerra y lluvia

“A veces la felicidad no es sino ausencia de desgracia”. Vuelvo a leer esta frase. La enfermedad, otra vez la enfermedad. El miedo, otra vez. Hubo un tiempo lejano en el que todo era nuevo. Al menos eso creía. Ahora todo es “otra vez”. La coincidencia de esto con la lectura de Guerra y lluvia, como si los libros fueran una intuición, el anuncio de algo. No, tampoco carguemos a la literatura con un peso que no le corresponde. Solo son vidas superponiéndose. Planos, luces, sombras. Estos veranos interminables, este calor que se pega al cuerpo, como la vida. Vida hay mucha en las novelas de Velibor Čolić. Acabo de escribirlo y pienso en la muerte. Sus días se parten en dos con la guerra de los Balcanes. O en tres. O en muchos fragmentos. Algo roto, que no sabe muy bien cómo unir. Aquí hay tres partes. Una en nuestro tiempo, dedicada a una enfermedad rara. Está en Bélgica. Otra en Bosnia, dedicada a la guerra, cuando combatió en el ejército croata de Bosnia, contra los serbios. La última, sobre la deserción. Digo bien: no el exilio, sino la deserción. Su obra se va alambicando alrededor de estos conceptos. La idea de no volver, pero también la certeza de no haberse marchado, porque todo aquello va con él. La escritura hace lo que puede, pero los demonios escapan con insistencia y con insistencia intenta volver a atraparlos, nombrándolos. A menudo, leyendo a Čolić, pensé en Guerra, de Louis Ferdinand Céline. En esa primera escena en la que despierta entre muertos, herido él mismo. Eso es la guerra: despertar entre muertos. En otro lugar, el escritor bosnio dice que la guerra son las cosas que se van quedando atrás. Esas casas abandonadas, esos objetos abandonados, las cosas que se perdieron. Esos muertos, también esos muertos. Al soldado que fue Čolić le gustaba estar en esos lugares destruidos y dejados. Eso será parte de su guerra. Eso, los líquidos del cuerpo, el pánico. Hay algo de extremadamente físico (mearse encima a menudo, defecar en cualquier lado, masturbarse) y algo extremadamente invisible. Los otros. El otro. El enemigo. Un día, asustado, mata a un erizo. Un erizo respira igual que un ser humano. Contempla su cuerpo hecho trizas. Aquí no hay batallas. Muchos años después, sin embargo, pelea contra su enfermedad rara, atravesado por una triste melancolía, mientras su cara es la de un monstruo lleno de llagas. Pelea contra los serbios y pierde (luego, recibirá las peores humillaciones de sus propios camaradas, cuando fracase su primer intento de desertar). Pelea contra la idea de patria. Solo quiere que todo acabe. Ir hacia el oeste, una ciudad francesa al oeste. El miedo, la pérdida de la condición humana, los días de juventud que no volverán, como no volverán todas aquellas chicas que podría haber conocido. Su tiempo se ha convertido en algo ajeno a él, sobre el que no tiene ninguna capacidad de decisión. Sin embargo, un día llueve, llega una tormenta, y con ella, vuelve a intentar la fuga. Largarse. Lejos, lejos, aún más lejos. Guerra y lluvia no es solo un título. Tengo la extraña sensación después de haber leído otros libros suyos, que, con esa enfermedad, con ese regreso a la experiencia rota de la guerra, Čolić ha alcanzado una extraña madurez en su escritura. Entre la libertad y las palabras precisas. Entre el exilio y la tierra. La firme necesidad de permanecer, que debería ser uno de los innumerables nervios que forman la escritura.


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