La leyenda de los ciclistas, de Svetislav Basara (Automática) Traducción de Juan Cristóbal Díaz Beltrán | por Juan Jiménez García
Ay, qué difícil escribir sobre La leyenda de los ciclistas. Escribir ¿qué? He leído el libro apasionadamente, en nada, leído como bebido. Pensándolo bien, no sé si lo he leído o he soñado que lo leía, tal vez convocado por los hermanitos ciclistas evangélicos de la Rosacruz. En todo caso, qué duda cabe, frente a las notas al margen de la página del asistente Grosman (le negaremos también esa segunda ese), que debía leer el libro porque Carlos el Feo, muchos siglos atrás, escribió que yo lo leería. Empecemos citando, para intentar aproximarnos a lo indeterminado. La leyenda es una novela sobre errores humanos y frustraciones en la tarea de dedicar esfuerzos inútiles al olvido de Dios y a burlar a la muerte. Lo dice el propio Basara en una introducción del 2007 (el libro se escribió a finales de los ochenta, cuando todo estaba por venirse abajo pero no se había venido aún… y qué decir de Yugoslavia). En algún momento de la novela, se dice: Hay que volverse hacia lo desconocido, lo oscuro: sociedades secretas, hermandades secretas e incluso agentes secretos, por qué no. En La leyenda de los ciclistas, lo desconocido, esa oscuridad, cruza su camino con lo conocido y hasta con lo intuido. Es más: sobre todo con lo intuido. Tenemos cartas de Freud, relatos perdidos de Sherlock Holmes, personajes reales y realmente inventados. Lo existente y lo inexistente. El tiempo, lejos de ser objetivo (¡qué barbaridad!) es subjetivo. Todo, en realidad, es cuestión de tiempo. El tiempo tiene importancia porque lo medimos. Nuestros ciclistas la emprenden a martillazos contra los relojes, máquinas infernales. Ellos conocen bien la subjetividad del tiempo. Para empezar, escriben el presente desde el futuro, porque la historia se aceleró (según sus cálculos en veinticuatro años, siete meses y veinte días). Luego estando en ese punto, ellos, él presente pasó. Es más, ni tan siquiera existe. Me gustan las novelas en las que las que todos los tiempos se confunden, porque hacen que me sienta menos solo con esa sensación que me acompañó desde siempre: vivir diez años atrás. No, no lo voy a explicar (por otro lado, a quién podría interesarle mis problemas con el tiempo). Entre todo, me gusta la palabra alemana Weltschmertz (los alemanes tienen palabras para cual idea o cosa, como los japoneses, solo que las alemanas son como de acero, pesan). En una nota a pie de página se dice que es una tristeza anímica resultado de tomar conciencia de que el mundo real, fáctico y material no puede corresponder al imaginado o ideal. Otra vez hablando de mí. Uno de los proyectos de los ciclistas es construir un manicomio para veinte millones de enfermos mentales. Carlos el Feo tal vez no intuyó que el manicomio ahora se quedaría corto. A ver si logro volver al libro (mira que si en una de esas no le he abandonado en ningún momento…). Se dice que la historia es un caos y que todos buscamos un rincón en el que estar tranquilos. ¿De verdad este libro se escribió hace cuarenta años? Va a ser que sí, que el tiempo es subjetivo o una estupidez. Ahora que todo se viene abajo y los bufones se han apoderado del trono de los reyes, seguimos leyendo La leyenda de los ciclistas. Mientras estamos en su interior, no estamos ahí fuera. Se me acaba el texto y no he hablado de Borges. Pero es que yo no leí a Borges. No mucho, hace mucho. Podría hacer cómo que sí. A mí me gusta la idea del laberinto. Este libro lo es. Es como si Basara hubiera construido un laberinto sobre el mapa de la historia, y vamos correteando por sus pasillos, sin tener especial interés por la salida. En la solapa viene una cita de una revista francesa: Basara es un loco, un genio, un libertario, un descarado, un sentimental. Confieso que me ha emocionado lo de descarado. Bohumil Hrabal, que fue uno de los ciclistas evangélicos (consultar lista al fondo, al final del libro), entendía la literatura como liarse a bofetadas con el lector. A estas alturas ya se habrá entendido que no tengo mucho que escribir sobre el libro, porque es un libro que nos supera. Un vaso desbordado. Contiene tanto en su interior que nos hace enmudecer. Hay tantas cosas que corremos de un lado a otro, fascinados, como críos en un zoológico o, más moderno, en un oceanográfico (zoológico he dicho… si ahora son bioparques, que, todo sea dicho, suena a lugar donde llevar los trastos viejos). Ya había dicho que me sería difícil escribir sobre el libro y entonces he hecho este destrozo. Pero hasta los relojes parados dan dos veces bien la hora, y confío que en algún lugar de todo lo que he escrito, está el libro de Svetislav Basara. O al menos, la necesidad de leer el libro de Svetislav Basara. Una última frase: El mundo es una ilusión y la escritura es la ilusión de una ilusión. Al lector le dejo la posibilidad de completar la frase con lo que será escribir sobra la escritura de un otro.