Monstruos y monstruosidades. Los monstruos son los otros, por Juan Jiménez García

Monstruos y monstruosidades. Del imaginario fantástico medieval a los X-Men, de varios autores (Sans soleil) Edición de Marta Piñol Lloret | por Juan Jiménez García

Monstruos y monstruosidades. Del imaginario fantástico medieval a los X-Men

El monstruo siempre es el otro. Los monstruos siempre son los otros. Del mismo modo, no puede existir una pretendida normalidad sin la presencia del monstruo. De lo diferente. A lo largo de la historia esta figura ha ido cambiando, porque algo en nosotros ha ido cambiando. Hemos pasado desde la imaginación y los temores a la ausencia de la monstruosidad. Ahora lo monstruoso son otros seres humanos sobre los que dibujamos nuestros miedos y trasladamos nuestro odio. El monstruo hoy es un refugiado o un lejano terrorista. O todo aquel que no encaja en nuestro pequeño mundo o escapa a nuestros esquemas. En realidad siempre fue así, pero hemos cambiado lo intangible por lo tangible. En Monstruos y monstruosidades, colección de ensayos editada por Sans soleil a cargo de Marta Piñol Lloret, podemos encontrar ese recorrido por la historia, de un punto a otro próximo al actual.

Desde que el mundo es mundo han existido los monstruos. Los monstruos eran lo desconocido, lo diferente. Conforme el mundo iba siendo descubierto, por guerreros y viajeros, iban llegando las lejanas descripciones de seres fantásticos, pero no lo suficiente como para no poder ser descritos. Hombres con cabeza de perro (los cinocéfalos) hablando con una lengua incomprensible, hombres sin cuello, gigantes, seres con un solo ojo,… Todo estaba allí, como un circo rodante. Era el tiempo de los mitos y las leyendas. De los héroes, de los dioses. Cualquier cosa se convertía en cierta por el mero entusiasmo. La gente esperaba se maravillaba con esos seres lejanos y eso era suficiente para que estos surgieran aquí y allá. Era un tiempo para imaginarse el mundo o para intentar describir lo indescriptible. La tierra era tan antigua que aún no se habían nombrado todas las cosas.

Además de nombrarlas había que representarlas. Un bestiario por encontrar su forma o infinitos bestiarios que no buscaban reflejar ninguna verdad, sino fijar esas alteridades de la realidad. Se debía, más que documentar, iluminar. Arrojar luz sobre aquellos lugares oscuros que iban más allá de los mapas y de lo conocido. Documentar lo que de fabuloso tenía el mundo, que, a su vez, era lo temible. Aparecieron las enciclopedias, y con ellas la necesidad del hombre de poner orden en el caos. Porque el caos es otro de los nombres o de los estados de la monstruosidad.

Conforme los mundos se iban descubriendo, nuevas razas de monstruos aparecían y otras se confirmaban (seguramente como prueba de que los monstruos están en nuestro interior). El Nuevo Mundo  fue la tierra perfecta para ubicarlos. Todo era extraño y por lo tanto todo era prodigioso. Un lugar para los seres fabulosos. Y también es verdad que no todo habitaba en la tierra (más o menos accesible) sino que el misterio se encontraba igualmente en los mares, ese lugar de naturaleza pura, de naturaleza imposible de colonizar y, por lo tanto, indomesticable. Campo perfecto para nuestros miedos y nuestras fantasías.

Pero los tiempos de la imaginación se acabaron cuando ya parecía estar todo descubierto y los monstruos ya no era algo que hubiera que descubrir. Era el momento de darles forma, cuerpo, de materializarlos. De llevarlos a las cortes, de poner un enano en nuestra mesa o pasear con gigantes, de explotar las deformidades y, en caso necesario y ya que daban dinero, de crearlas a propósito. En realidad se trataba de materializar aquello con lo que empezábamos: los monstruos son los otros, los que son diferentes a nosotros mismos. Y de ahí a inventariarlos, y de ahí a documentarlos científicamente, alejados de supersticiones e improvisaciones literarias, había solo un paso, un paso que la fotografía acortó significativamente. Un tiempo para poner orden. Para ordenar y clasificar.

Y entonces llegó el tiempo del arte. El hombre como creador. Creador consciente, sin una necesidad documentalista. Pensar en el collage como esa técnica que podía crear monstruos a partir de lo existente (como aquellos monstruos originales, recordemos), tan presente en las vanguardias. Era la necesidad de mostrar otra realidad que solo podía existir alterando la actual. Y luego el cómic. O como este materializó nuestros miedos (de nuevo la antigüedad clásica) para convertirlos en superhéroes o villanos. En hombres extraordinarios o seres como Hulk, que respondían a su época y los temores colectivos.

Todo esto es Monstruos y monstruosidades. Todo esto y más. A través de una multiplicidad de voces y ensayos recorremos lo que el monstruo y sus consecuencias han representado en la historia. Y también en el imaginario colectivo. Cómo el monstruo ha respondido a nuestras necesidades del momento,  cómo se ha ido adaptando a ellas, siendo siempre el otro, pero no siempre igual. Ha evolucionado en su significado y en su representación y cada vez para adecuarse a lo que esperamos de él. Lejos de ser nuestro lado oscuro, es nuestro lado desconocido, hecho de recortes de cosas. Ese mal necesario contra el que lanzar nuestras piedras.

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Détour

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