Asesinato en el honjin y otros relatos, de Seishi Yokomizo (Quaterni) Traducción de
Kazumi Hasegawa | por Juan Jiménez García

Seishi Yokomizo | Asesinato en el honjin y otros relatos

Hace un par de años, la publicación por Quaterni de Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno nos trajo la revelación (o la confirmación, si no olvidamos El clan Inugami) de un autor injustamente desconocido en España, pero un clásico de la literatura japonesa de misterio, de detectives. Una revelación deslumbrante, porque en aquella trepidante novela se encontraba encerrado todo el buen hacer de su autor, además del personaje central de su obra, el detective, el curioso detective, Kosuke Kindaichi. Curioso detective ya no solo por su aspecto y sus métodos si no porque (y ahí comparte puntos en común con otro protagonista del género en Japón, como es el Kogoro Akechi de Edogawa Rampo) no pocas veces acaba de secundario en sus propias historias, hasta llegar al punto de no aparecer si no es citado. Rampo y su Akechi son un referente oportuno a la hora de hablar de Yokomizo y su Kindaichi. Ambos comparten una pasión por lo clásico, Edgar Allan Poe en primer lugar, y en un libro como Asesinato en el honjin y  otros relatos no solo encontramos esa pasión sino un cierto juego referencial.

El libro contiene tres relatos, todos con el detective pero no todos en igual manera. Además, cada uno plantea un caso que se inscribe en la tradición de la literatura anglosajona de misterio. En Asesinato en el honjin, el misterio de la habitación cerrada; en El caso del gato negro el del muerto sin rostro; en Por qué rechinó la polea del pozo, el del regreso de la guerra y las dudas sobre quién es aquel que regresa. Kosuke Kindaichi protagoniza el primero, se deja caer en el segundo y desaparece prácticamente en el último, para ceder el protagonismo a la sensibilidad de una joven marcada por la muerte. Pero en todos encontramos lo mismo: el gusto del escritor por volver a frecuentar temas conocidos aportando una nueva vuelta de tuerca. Una vuelta de tuerca de alguien que ha leído mucha literatura extranjera, que la ha leído bien y que es capaz de trasladar todo ese conocimiento, magistralmente, a la sociedad japonesa y sus peculiaridades, desde el honor hasta la venganza, pasando por la familia. Una sociedad encerrada en su pasado y sus manías de derrotados, por las guerras o por el destino.

Porque en Seishi Yokomizo no solo encontramos perfectas tramas construidas sobre un firme andamiaje, sino además el retrato de una sociedad en sus más diversas capas. En especial ese mundo de familias cerradas, ancladas en su honor, pero definitivamente enfermas, como si el tiempo las hubiera corroído hasta ese presente incierto. Un presente en el que el mal, la muerte, están bajo la piel, esperando el momento de salir. Y salen, para destruirlo todo. Y tal vez sea ese precisamente el tiempo sobre el que se construye la narrativa del escritor: un pasado presente. Un pasado que llega para acabar con los titubeos. Un pasado siempre presente esperando encontrar su punto de ebullición, de muerte. Y entre todo ello, ese detective algo desmañado. Kosuke Kindaichi a la carrera. Irónico, revelador. Como la modernidad sacudiendo los armarios de la tradición. Porque el misterio ya no es un cuarto cerrado, un hombre que vuelve de la guerra o un muerto sin rostro, sino más bien que se esconde detrás de las máscaras tras las que nos ocultamos.

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El veneno de la tarántula, de Sharadindu Bandyopadhyay (Quaterni) Traducción de Juan Jiménez Ruiz de Salazar | por Juan Jiménez García

Sharadindu Bandyopadhyay | El veneno de la tarántula

Sharadindu Bandyopadhyay seguramente no es muy conocido en nuestro país. Ni tan siquiera que una de sus obras fuera adaptada por el gran Satyajit Ray (The zoo) servirá para darle un lugar en la literatura india (si es que la literatura india, gran desconocida, tiene un lugar entre nosotros, más allá de enseñanzas espirituales y cosas parecidas). El caso es que no dejaba de ser una injusticia. Una injustica felizmente subsanada por la editorial Quaterni, que ya ha sacado dos libros de relatos del escritor. El primero, El veneno de la tarántula, ordenada aproximación al universo de uno de sus personajes más conocidos: el Inquisidor Byomkesh Bakshi.

Inquisidor como “buscador de la verdad”. Es decir, una manera sofisticada, elevada, de decir detective privado. Por eso es Bakshi. Y, además, un detective privado muy influenciado por Sherlock Holmes y la novela de detectives británica (Agatha Christie y demás), en lo que podríamos calificar de su traslación a la India, eso sí, con sus características propias. Para empezar nuestro hombre también tiene un compañero de aventuras dedicado a escribir sus crónicas. Ajit Bandyopadhyay es de su misma edad (veinteañero, luego treintañero) sin ocupación ni necesidad de ella, entregado a la escritura y a seguir a su amigo. No tiene pensado casarse y piensa consagrar su vida perfeccionando su arte.

Casualmente se encuentran en el que será el primer caso del detective buscador de la verdad, relato que abre el libro y que ya contiene buena parte de la base de las próximas historias. Un enigma en el que las piezas no parecen encajar pero que se resolverá a partir de unas magníficas dotes de observación. Entre medias, va apareciendo la sociedad india, y si tenemos en cuenta que Sharadindu Bandyopadhyay creó su personaje en 1931, este retrato no deja de ser sorprendente. Ambientados generalmente en Calcuta, los dos protagonistas se moverán en un mundo en el que las drogas están muy presentes y la ambición no menos. Tráfico de cocaína, extorsiones al más alto nivel, sofisticados asesinatos, misteriosos robos sin sentido (aparente), muertes sin sentido e incluso viejas venganzas, dibujan un paisaje algo alejado de nuestra visión occidental de aquel espacio de Oriente.

Las historias, además, pueden llegar a tener relación entre ellas, y algunos personajes irán saltando de acá para allá, y, como diferencia (no pequeña) con Sherlock Holmes, el Inquisidor llegará hasta sentir atracción por las mujeres e incluso casarse con una de ellas. Poco a poco se irá construyendo un mundo altamente dinámico (las historias no dejan espacio para lo pintoresco y apenas para la construcción de exóticos escenarios), basado en las relaciones entre los personajes y en ir resolviendo esos enigmas cotidianos que acaban por forma un gran misterio que solo una mente preclara puede resolver.

Acercarse a la literatura india es un lujo, como decíamos. Acercarse a la literatura policíaca, es un doble lujo. Los relatos de Sharadindu Bandyopadhyay tienen el sabor de aquellas cosas que nos hacían felices por un tiempo, capaces de construir otros mundos y lanzarnos por ellos, envueltos en la niebla, entre venenos, agujas mortíferas, tés y cosas robadas. Nos devuelven una infancia (no por niños, sino por sentirnos felices como ellos), una manera de entender la lectura. Nos instalan en esas tardes interminables en las que no había nada más que libros y meriendas. Un mundo para soñar con lugares lejanos, tiempos remotos, héroes humanos que basaban su fuerza en la inteligencia y no en sofisticadas transformaciones. Un mundo, en definitiva, para la inteligencia.

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Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno, de Seishi Yokomizo (Quaterni) Traducción de Ismael Funes Aguilera | por Juan Jiménez García

Seishi Yokomizo | Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno

La importancia de Seishi Yokomizo en la literatura policiaca japonesa es prácticamente fundacional. Es inevitable escribir de él cuando uno trata del género en aquel país y es también inevitable encontrarse con su obra de algún modo, bien sea a través de sus propios libros (aquí en España ya se editó El clan Inugami) bien a través de la infinidad de adaptaciones que ha tenido su obra, al cine o la televisión (muchas de ellas dirigidas por Kon Ichikawa). Por eso, la edición a cargo de Quarterni de una de sus novelas fundamentales, Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno, es un acontecimiento que cualquier amante del género no debería dejar pasar.

Protagonizada por su personaje más famoso, el detective privado número uno Kosuke Kindaichi, Yokomizo construye, para deleite del lector, una novela que abraza todo lo mejor del género, en su vertiente occidental, y le añade un toque muy personal, muy japonés, al trasladarlo a las rigidices de las sociedad japonesa, no como elemento decorativo o funcional, sino como columna vertebradora de la trama. Una columna que sostiene en un perfecto equilibrio todos los elementos. Kindaichi no es ese detective omnipresente y egocéntrico por el que pasa toda la trama, sino más bien un atento observador, un testigo que se pregunta, que intenta que todo encaje, mientras deja la vida pasar.

Nuestro protagonista llega a la isla de Gokumon-Tō (literalmente, la puerta del infierno) con malas noticias. La guerra ha acabado, Japón ha perdido, y la desmovilización trae igualmente a los muertos. Kindaichi lleva consigo la carta de uno de ellos, su compañero Chimata, hijo de uno de los patrones de la isla, el antaño todopoderoso Kaemon, patriarca de la familia Kitō y muerto él mismo recientemente. La isla, que fue en su tiempo (y aun hoy en día) refugio de piratas, es un ecosistema cerrado en el que esta familia y una rama opuesta (los otros Kitō), lo son todo. Ellos y las tres personas a las que debe ser entregada esa carta: el abad, el alcalde y el médico. Queda otro hijo por volver, del que solo se tienen esperanzadoras noticias, pero nuestro detective no deja de darle vueltas a las últimas palabras de Chimata, pidiéndole que proteja a sus hermanas. Pero ¿por qué? No tardará en saberlo. Poco después de su llegada se sucederán unos extraños asesinatos en un ambiente enrarecido.

La habilidad de Seishi Yokomizo ya no está en construir una impecable trama llena de misterio, velocidad y precisión, sino en ser capaz de hacerlo en una obra coral en la que todos los personajes tiene su cuerpo, su forma. Como toda buena novela policiaca, construye a la vez un retrato de su tiempo a través de aquellos que aparecen, aunque sea fugazmente, a la vez que todos aportan su granito de arena, su pieza de puzle-enigma. El manejo de los tiempos y de las entradas y salidas en escena es fascinante, y ese es su ritmo, sin recurrir a tiempos muertos ni momentos de relleno. Deliciosa, ligera, con su toque de humor, es un plato de factura impecable. El escritor japonés logró la alquimia perfecta de oriente y occidente, para ofrecer otra cosa que no renuncia al clasicismo ni a instalarse en una tradición ya construida de la novela de detectives. Una tradición en la que desde occidente hemos renunciado demasiado deprisa a la narrativa asiática. Hasta que empezaron a llegar recientemente las novelas de gente como Yokomizo o Seicho Matsumoto. Y que sigan.

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