Larga distancia, de Martín Caparrós (Malpaso) | por Juan Jiménez García

Martín Caparrós | Larga distancia

El viaje se ha convertido en una imposibilidad más. Para mí. Como si todos aquellos lugares en los que quiero estar solo existieran en mi cabeza, pero ya no físicamente. Como si fuera imposible estar ya en otro sitio. Y sí, la palabra es estar. No pasar fugazmente, sino al menos vivir la ilusión de que uno es uno más, que forma parte de esa ciudad. Como si eso fuera posible. Cuarenta años después, no conozco esta ciudad. ¿Cómo pretender conocer todo lo demás? Sin embargo, el viaje es una necesidad. La necesidad de un desplazamiento, también físico. Ir hasta allá. Durante mucho tiempo pensé (y tal vez aún pienso) que lo más importante del viaje es el viaje en sí mismo. No de dónde salimos, no a dónde vamos. También pensaba (mucho antes de estos tiempos en los que es imposible perderse) en la ausencia de mapas. En una necesaria desorientación. Digo todo esto y Larga distancia, el libro de Martín Caparrós, está ahí, junto a mí. No fue escrito ahora, sino hace veinticinco años. Y esos veinticinco años también fueron vertiginosos para aquello del viajar. Y qué decir para la escritura sobre viajes. ¿Seremos capaces todavía de detenernos lo suficiente? ¿De estar lo suficientemente lejos?

Martín Caparrós escribe sobre Hong Kong. Todo aquello que esperaba ya pasó. Todo aquello que esperaban aquellos con los que se encontró, ya pasó. China lo es todo. Lo que era la idea de otra cosa, ya se ha materializado. Sueños, pesadillas. Es maravilloso encontrarse con unos viajes como los del escritor argentino (llenos de dudas) tantos años después. Maravilloso o terrible. Qué fue de nuestros sueños de antaño. Poca cosa. También queda la certeza de que el tiempo lo convierte todo en polvo, en un polvillo molesto, persistente, pero poco importante. Estamos tan enfrascados en el presente, pensamos que es algo tan único, tan decisivo, que no nos damos cuenta que toda la historia de la humanidad se resume en sobrevivir a nosotros mismos.

Hay muchos supervivientes en Larga distancia. En cualquier continente, en cualquier país. Cultivadores de cocaína que solo pueden pensar que deben comer y todo lo demás está muy lejos. Haitianos viviendo este escombros y, sin embargo, esperanzados (y nosotros sabemos ahora que aquellos dioses que veneraban, uno o muchos, aún les guardaban lo mejor, en forma de devastación… devastación sobre devastación). Malcolm Lowry, superviviente de sí mismo. Lo más terrible. Moscú, año cero. Otro año cero en esa sucesión interminable de años cero que les dejó el siglo XX. El Ché Guevara, que sobrevivió porque murió. Ascendido a los altares de la posteridad (esa palabra que, como la modernidad, ya no quiere decir nada, o poca cosa).

Otra cosa que sobrevive: la escritura. La palabra. Un gusto por contar. No podemos volver a aquellos sitios, pero a través del libro están tan presentes como entonces. Incluso más. Las palabras crean esos otros lugares que solo el escritor-viajero ha visto. El viaje no es una colección de postales siempre iguales. De fotografías siempre iguales a esas postales siempre iguales. El viaje es una reunión de hombre, hombres, lugares, momento, H/historia. Martín Caparrós los junta. No sé si su mirada quiere entender. Pienso (y vuelvo ahí) que solo quiere estar. No ser un testigo, sino un presente.

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Rumbo al mar blanco, de Malcolm Lowry (Malpaso) Traducción de Ignacio Villaro Gumpert | por Almudena Muñoz

Malcolm Lowry | Rumbo al mar blanco

El manuscrito comienza con dos espaldas, como un cuadro de Friedrich. Se intuyen sombrías y encorvadas, y el paisaje que observan es definitivamente tormentoso. ¿Dónde está el recorte de luz que se despide o amanece? En que los personajes son jóvenes y uno de ellos no sueña con pozas desesperadas (de momento), sino con el Mar Blanco. Cita a Dante por activa y pasiva, pero, por mucho que le atraiga el papel, todavía no es un poeta atado a las pruebas del infierno, sino Virgilio. De no ser así, Malcolm Lowry no habría escrito ni siquiera este comienzo, ni lo habría planteado como una obra magna en tres partes.

Pero el abismo no es sólo literario y al final le devuelve la mirada: el manuscrito de Rumbo al Mar Blanco es pasto de las llamas.

Esto sucede en 1944, casi quince años después de que Lowry hubiese comenzado a escribir el proyecto. A pesar de la desesperación del autor ante el suceso, a los lectores nos parece que estas coincidencias no son sólo atraídas por los libros, sino completamente lógicas a su destino. La novela que pretende imitar a la Divina Comedia corre el riesgo de quemarse, por ambición o por la teoría destructiva de los dobles. Y es que la vida de Lowry estuvo marcada de continuo por elementos gemelos no muy bien avenidos: el alcoholismo y la literatura, por empezar en alguna parte, fueron la corona de una demencia que a Lowry sólo le condujo a deambular, cómo no, en círculos.

El primer círculo del averno para Sigbjørn, el atribulado héroe de Rumbo al Mar Blanco, consiste en compararse con su hermano Tor, en apariencia más centrado, más clarividente, animoso, pero origen del pecado que lleva a Sigbjørn a una espiral de descenso infinita. El capítulo que cierra el volumen muestra ya sólo retazos de lo que pudo ser un siguiente salto al purgatorio y, quizá, al paraíso. La manera en que sueña un borracho, llena de lagunas espumosas. El método de escritura del ataque de pánico, que parece prever la mala estrella de un libro.

Rumbo al Mar Blanco pertenece a esa familia de historias escritas más al pie de página que en el texto, en las que se recoge la ansiedad por todo lo acumulado, lo que Lowry puede olvidar y perder en manos de una botella, del fuego o del prestigio. No extraña que la novela esté repleta de citas erróneas o inventadas, mal adjudicadas a otros autores. Aquel incendio privó a crítica y público de leer Rumbo al Mar Blanco hasta muchas décadas después, cuando se descubrió una copia arrinconada, pero la desaparición temporal sustituyó a la degradación inevitable: Lowry es más citado que leído, al igual que los libros que el autor cita a su vez, como Moby Dick o los versos de Dante.

La trayectoria de Lowry no fue fácil, pero en realidad su vida lo tenía todo para serlo; en la misma medida, su pluma estaba dotada para triunfar entre la apreciación literaria, pero 2014 no es un momento conveniente para su redescubrimiento. Malcolm Lowry prefirió obsesionarse con que su nombre coincidía con el del hijo, muerto prematuramente, de Herman Melville, aunque era un muchacho que vivía en una casa estilo Tudor y ganaba campeonatos de golf. Lo que a mediados del siglo pasado era la lucha por excelencia del autor de buena familia, hoy en día cae en el cajón de las historias de chicos blancos -la gente rubia, se cita aquí-, graduados en Cambridge, Oxford o Yale, que arrastran sus petacas y su no menos privilegiado existencialismo crónico, mientras una amante que siempre se llama Nina o Laura o Lara vive en un rincón amueblado de un círculo de intelectuales y bellas artes.

Rumbo al Mar Blanco es una novela de mar realmente no escrita, la novela imaginada a partir de las muchas novelas del mar leídas por Lowry. Como tal sólo le queda seguir a la deriva, sin cierre, sin ballena blanca o negra, sin la quietud que raramente aporta el océano o la buena literatura.

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En busca de aquel sonido, de Ennio Morricone, Alessandro De Rosa (Malpaso) Traducción de César Palma | por Juan Jiménez García

Ennio Morricone | En busca de aquel sonido

Tal vez uno no repare demasiado en ello, pero la banda sonora de nuestra vida de espectadores lleva música de Ennio Morricone. Así es, al menos para mí. Desde cuando creía que La misión era la mejor película de la historia hasta mis últimos encuentros con el giallo. Y la lista no tendría final, porque tampoco necesariamente tiene que tenerlo. Sabemos que lo encontraremos una y otra vez, y que será, de alguna manera, reconocible. En una canción de Mina o en una película de serie B, poco importa.  Porque más allá de distinguir entre música absoluta y música aplicada (es decir, música libre o música supeditada a otro arte; el cine, por ejemplo), Ennio Morricone fue generoso en sus colaboraciones, sin que ni tan siquiera, llegado el momento, fuera una cuestión de dinero.

Por ello, leer estas memorias en forma de largas conversaciones con Alessandro De Rosa, tienen algo de memoria personal, de inventario de encuentros. Nuestro encuentro con Sergio Leone, con Dario Argento, con Giuseppe Bertolucci, con Giuseppe Tornatore, con, con, con,… Como si ahí estuviera toda la música del mundo. Cuando le echamos un vistazo, al final del libro, a las películas a las que puso música nos entra un cierto vértigo. Y en todas intentó algo. En todas salió al encuentro con las imágenes, aunque no siempre fuera sencillo, porque una industria es una industria, y un autor un autor.

No hay mucho espacio para la frivolidad y el chismorreo en En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida. Es una conversación entre músicos. Uno para quien de joven Ennio Morricone fue decisivo, y otro lejos ya de todo, pero terriblemente apasionado con aquello que ha hecho y que hace, con esa música que es su propia vida. En el libro están los encuentros con todos aquellos cineastas con los que trabajó, incluso la intimidad de esos encuentros, como se crearon aquellas bandas sonoras y también todo su desarrollo musical. Las razones que le llevaron a elegir unas determinadas composiciones, aunque no pocas veces le tocara plegarse a las exigencias de los directores (generalmente siempre con alguna otra cosa en la cabeza, como Fellini, que le pedía siempre a Nino Rota la misma música circense). El oficio del compositor de bandas sonoras, después de todo, tratado con detalle y rigor.

Por otro lado, otra buena parte del libro la ocupa su música absoluta, es decir, aquella que le dio la gana hacer. Más de cien obras de música clásica, en su mayor parte desde la libertad que le daba no tener que rendir cuentas a nadie, una vez asegurada su estabilidad financiera y familiar. Ennio Morricone participó de las vanguardias musicales de este siglo como participó de un cine que buscaba nuevas maneras de alcanzar su tiempo. En no pocos momentos esos dos caminos se cruzan, y esa música absoluta se encuentra con las necesidades de los otros. Pensemos en Elio Petri, en Marco Bellocchio,… (cualquier intento de inventario está condenado, en su caso, a ser interminable).

En busca de aquel sonido es un bonito título para resumir la vida de alguien como Ennio Morricone. Crear es buscar. Y, de cuando en cuando, encontrar. No hay mucho más. Durante más de quinientas páginas encontramos al hombre y al músico y esto es la misma cosa. Y también está la historia del cine italiano. Un cine especial hecho de hombres como él que creían que otro cine era posible, un cine que no renunciaba a nada.

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Prosas reunidas, de Wisława Szymborska (Malpaso) Traducción de Manuel Bellmunt Serrano | por Juan Jiménez García

Wisława Szymborska | Prosas reunidas

Qué extraño misterio, qué secreto conjuro, nos puede llevar a leer las reseñas de cientos de libros que no leeremos jamás. ¡Y ni tan siquiera por falta de voluntad! Esos libros que alguien lanzaba a la piscina y, en la revista para la que escribía Szymborska, simplemente dejaban tirados por ahí, sin la más mínima voluntad de escribir sobre ellos (ni falta que les hacía, porque estos se vendían solos). Pero la poeta polaca siempre fue un bicho raro, de modo que se sentaba allí y se ponía a escribir sobre aquellos volúmenes que trataban de las cosas más dispares, desde como nadan los animales a los abrazos, desde algún rey polaco a los bichos venenosos, pasando por los esquimales y mil cosas más (¡hasta Hasek!). Como Jean-Luc Godard, que adaptaba novelas policiacas ignotas simplemente para hacer lo que le daba la gana, ella cogía cualquier libro para hablar de cualquier cosa. Y nos da exactamente igual. Porque escribiera sobre lo que escribiera, siempre era igual de apasionante, de divertida, de justa, de implacable. Un espíritu libre en un mundo que arrastra sus propias cadenas baja el peso de tantas cruces.

Como en su poesía, es de lo cotidiano de lo que brota toda la belleza del mundo. Y lo cotidiano es cualquier cosa, también los libros prácticos o de historia o de quién sabe qué. De hecho, son ellos los libros que la gente pide y no esas cosas extrañas escritas por escritores extraños de nombre extraños y extraños argumentos. El logro de Szymborska, precisamente, es lograr sacar de ahí donde no parece haber nada, una obra literaria asombrosa, de una riqueza maravillosa, que juega con nosotros alegremente, y nos acerca a un estado cercano a la felicidad (si no es ella misma). Es imposible amar sus poemas y no encontrar todo el universo que ellos recogen en su obra en prosa. En estas lecturas no obligatorias se encuentra todo, empezando por esa humildad, por esa sencillez que no es nada sencilla, sino tremendamente complicada.

La reseña se convierte en una forma de ensayo sobre cualquier cosa. Ni tan siquiera es especialmente necesario hablar de la obra, que se convierte en no pocas veces en un mero pie para que ella construya otra cosa. Y uno, que ya ha escrito sobre algunos centenares de libros, envidia esa libertad que da escribir sobre lo que no te interesa y hasta permitirse ser cruel o dar unas cuantas patadas en la espinilla de algún otro, porque lo dejó todo perdido de erratas, o porque hizo una antología en la que faltaban tantos como sobraban. Y lo hace con una inocencia tal (que se seguramente no) que dudo que alguien pudiera enfadarse con ella, por muy maltrecho que acabara.

Este Prosas reunidas, esta reunión de reseñas (realmente esa es toda su prosa: reseñas), puede ser leída y debe ser leída como una novela. Como una obra de ficción cierta, como una autobiografía encubierta, como una catálogo de pequeñas cosas que le llamaban la atención, como un juego tremendamente divertido. No nos creamos ni tan siquiera que no se leía los libros… ¡al contrario! Aunque fueran diccionarios con mil entradas, ella pacientemente (y placenteramente, intuyo) se adentraba en los secretos del mundo, para decir cuatro cosas más sobre ellos. Sí, echamos tanto de menos a Szymborska. Por su obra pero también por su manera de entender el mundo, que es lo mismo. Por esa alegría de vivir que palpita en cada uno de sus poemas o textos.

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Palabras sin música, de Philip Glass (Malpaso) Traducción de Mariano López | por Francisca Pageo

Philip Glass | Palabras sin música

 

Philip Glass, uno de los compositores minimalistas más entregados a la música que ha habido en el mundo, entrega en este libro editado por Malpaso un repaso exhaustivo sobre su memoria.  Aunque se llame Palabras sin música, Glass recorre en esta obra una larga melodía sobre su vida, sobre el arte y, sobre todo, sobre la música. Y es que, desde bien pequeño, Glass estaría influenciado por ella. Su padre, Benjamin Charles Glass, tenía una pequeña tienda de discos en la que Glass crecería y su madre, Ida, le acercaría y apuntaría a clases de violín y piano. Desde bien pequeño hasta bien entrada la madurez, sus pasiones serán la música y la ciencia. Para él los científicos son visionarios y poetas. Así, Philip Glass hace un recorrido sobre su infancia y sobre cómo la música llegó a su vida para quedarse.

Lo que el compositor aprendió del jazz se convirtió en parte de su propio lenguaje. Este influiría enormemente en su música y su hacer. Además, Glass empezó a componer por accidente, no porque se le impusiera en su carrera. El músico no lograba encontrar respuesta sobre el origen de la música, ni siquiera en los libros ni en músicos amigos, así que qué mejor manera que componerla para saber cómo se originaba.

En el libro se detalla con pelos y señales a todos aquellos músicos y artistas que irá descubriendo a lo largo de su vida. De hecho, la música de Glass empezaría por trasladarse a las obras de teatro de Beckett. Todo el ímpetu que tiene por y para la música se halla reflejado y plasmado aquí, con nombres y lugares. Glass cuenta todo tipo de anécdotas las estancias que tuvo en las ciudades en las que vivió. Lugares como Baltimore (su ciudad natal), Chicago, Paris, Pittsburgh… Todos ellos influirían irremediablemente en su hacer musical y en todos ellos encontraría algo que aprender. De hecho, su facilidad para hacer amigos es evidente y conocería a grandes músicos que participarían en sus proyectos, como el gran Ravi Shankar. Glass visitaría muchas veces la India y, como influencia, llevaría Oriente a su música y a su vida. El autor es y ha sido una persona muy espiritual y ha seguido diferentes tradiciones, como el hatha yoga, el budismo tibetano Mahayana, el taoísmo o la tradición tolteca del centro de México. Es, de hecho, un profundo estudioso de todo ello, y eso, en cierta manera, se puede ver reflejado en su música.

Glass colaboró  -¿o también deberíamos decir colabora?- con infinidad de artistas de diferentes campos, lo cuál, desde luego, le traería mucha riqueza profesional así como personal. Pese a que su figura como músico ha estado presente a lo largo de su vida, fue en su estancia en París donde empezó formalmente a vivir de la música, pese a que trabajaría también como taxista en sus 30, con el fin de tener más independencia y poder ver más a su familia; no sería hasta pasados unos quince años, más o menos, que podría vivir totalmente de ella. Es inevitable pensar que fue así para un compositor tan sublime, que empezaría a vivir de ello más tarde que temprano, pero que en cierto modo eso le hizo ser como es ahora mismo y nos ha sabido aportar su música de diferentes maneras en todas sus etapas.

Prácticamente al final del libro, la pregunta vital de Philip Glass pasa del dónde venía la música al qué es la música, por lo que el autor intenta explicarla a través de todo su libro y en base a su experiencia como músico, tanto interpretativo como compositivo. De hecho, lleva a cabo un análisis de sus composiciones, haciendo hincapié en las diferentes partes que la componen y haciendo también un especial énfasis de los diferentes espacios en que las tocó. Resulta inevitable observar que la vocación de Glass ya se hallaba presente en ella desde antes de nacer, que la predisposición hacia la música ya la tenía, por lo que nosotros podemos decir que es en su música donde hallamos el origen y es en ella donde podemos percibir qué es, simplemente escuchándola y dejándonos llevar.

En definitiva, estamos ante un libro que explora la vida y experiencia musical de Glass de un modo ameno y seductor, que nos conduce por todos los terrenos que su música ha recorrido. Como apunte, se hace necesario escucharle entre lectura y lectura, para adentrarnos más en él, para sentir su pasión y su espíritu de modo directo y sin rodeos. Pareciera que su título Palabras sin música fuera erróneo, pues es la música el eje principal de todo, quizás lo ideal sería poner “sobre la” en vez de “sin”, pero no le hagamos feo, porque este libro es una joya sobre su memoria y legado.

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Panóptico, de Hans Magnus Enzensberger (Malpaso) Traducción de Richard Gross | por Juan Francisco Gordo López

Hans Magnus Enzensberger | Panóptico

Durante mis años estudiando, inmerso en la carrera de Filosofía, coincidía con casi todos mis compañeros en una cosa: la mayor parte de la filosofía no es filosofía, tan solo oscurantismo lingüístico.

¿Por qué demonios los autodenominados filósofos no podían mediar palabra de forma clara y distinta? ¿Por qué no hacer las ideas distinguibles para el común de aquellos que, como yo, somos más bien lentos para apercibirnos del sentido oculto de las palabras?

Pero no todo era odio y sudor para interpretar los textos, claro. La tradición humanista ha dado grandes pensadores capaces de desarrollar las ideas más complejas en páginas maravillosas en las que uno se siente de la misma especie animal del pensador que las comparte. Pasó con Aristóteles, pasó con Descartes y pasa ahora también con Hans Magnus Enzensberger.

Él mismo identifica la prosa consoladora de Odo Marquard o la simpatía de los juegos del lenguaje de Wittgenstein con el desarrollo del tan trillado common sense, o sentido común, para las traducciones menos afortunadas en castellano. La reflexión al servicio del ciudadano, el destinatario lógico del desarrollo de las ideas a las que no tiene acceso por sí mismo. ¡Las cosas claras, coño ya!

Hay quien ha dicho de Enzensberger que es el Montaigne alemán. Bueno, tal vez no hayan leído a ambos autores lo suficiente, pero a mí se me parecen exactamente igual que una carpa a un lenguado. Tal vez ambos son autónomos en la crítica y reflexivos escudados en la brevedad, pero nada que ver las ideas de uno con las del otro.

Enzensberger es abanderado de la brevedad y la concisión, pero también del dejar el problema irresoluto. Al menos, no se escuda en el «síntoma de nuestro tiempo», efímero y fugaz, que también critica desde el conocimiento de la liquidez y del simulacro de Baudrillard, lúcidamente visto como una ansiedad del autor por adquirir experiencia a partir de «difuminar» el concepto de «símil».

Malpaso ha tenido el acierto de editar una serie de ensayos del humanista alemán y en este Panóptico, recopilación de veinte breves, hace alarde de una pluma deliciosa, hecha para ser comprendida sea cual sea la formación de uno y que toma el pulso a la sociedad y cultura de la Alemania europeizada que tiene más erupciones en el rostro -mirado de cerca- que las que desde los países «amigos» podemos ver.

Un magnífico compendio que, si bien no deja espacio a ser criticado en profundidad por el mero hecho de no ser profuso en conclusiones, sí resulta un perfecto acicate para el ejercicio del pensamiento, motivado por una precisión en el lenguaje -aunque se echan en falta algunas notas del traductor- y una capacidad de estimulación solo atribuible a muy pocos a día de hoy.

Panóptico es un mandala para el cerebro, un atractivo conjunto de inseguridades de la sociedad alemana -y europea- desnudadas ante el lector, que realmente es capaz de disfrutar de la brillantez de unas ideas claras y distintas.

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Autobiografía, de Morrissey (Malpaso) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Juan Jiménez García

Morrissey | Autobiografía

Qué libro tan extraño esta Autobiografía de Morrissey. Sería absurdo decir que esperábamos otra cosa. ¿Otra cosa con respecto a qué? Podríamos decir que es cien por cien Morrissey pero ¿quién le conoce? Después de leer quinientas páginas sobre su vida escritas por él mismo, nuestro hombre consigue, como un prodigio más, que no sepamos quién es. Y no será porque no cuente nada. Cuenta tanto y de tantas maneras, entre la certeza y la incerteza… Como si fuera un disco de los Smiths, igual le embarga el lirismo que la furia, igual está vagando por ahí, con Johnnie Marr al fondo, que es pura concisión. Es capaz de dedicar más páginas a ajustar cuentas que a hablar de su música y tiene tantas cuentas que ajustar que no es extraño. Morrissey se lanza a los caminos para contarse.

En su escritura no hay capítulos. Podríamos pensar que todo es una misma historia, una larga canción de horas. Realmente lo que no hay es orden. Sí, hay una cronología, pero no un plan. Sale como Leopold Bloom a pasear y cuando vuelve el mundo ha cambiado. El nuestro. El suyo no mucho. Al principio estaba el orden. El jovencito Morrissey vive en la oscura Manchester sin muchas aspiraciones. No le interesan muchas cosas. La música. Escuchar discos. Está su familia, irlandeses perdidos en Inglaterra. Su interés por la música no es dedicarse a ella. Es comprar discos. Ninguno le cambia la vida, que sigue igual de miserable. Pero se la hacen más llevadera. Son los tiempos del punk y de otras cosas que el punk esconde tras ellas. El furor y la mierda (creo que es el título de una película… o debería serlo).

En una de esas conoce a Johnny Marr. Pura casualidad. Un amigo le dice que… etcétera. Y así, la vida dickensiana de Steven Patrick Morrissey cambia de dirección (de abajo a arriba). Los Smiths han llegado para cambiar el mundo, pero el mundo (el viejo mundo) no quiere ser cambiado por ellos. Hay resistencias y Moz empieza su incansable ajuste de cuentas con la historia, que podría resumirse en tres jinetes del Apocalipsis (hay más, pero estos…): NME (es decir, la revista New Musical Express), Mike Joyce, el batería de los Smiths (que lo llevó a juicio para que lo consideraran un miembro con iguales derechos que Marr y él) y el juez John Weeks que sentenció a favor de Joyce. Llegados a este punto, el libro, que seguía apaciblemente su curso, salta por los aires, en una explosión de luz y color y fuegos del infierno, por la que nuestro hombre ya no se conformará con dar una patada en la espinilla por aquí y un golpe bajo por allá (en especial a su primera discográfica, Rough Trade), dedicar una frase afectuosa a no sé quién y un puñalada a aquel otro.

En el ordenado caos desfila la humanidad entera. Su carrera en solitario, sus fans, sus casas, la gente famosa (y no tan famosa) con la que se encuentra, pajarillos caídos, coches, carreteras, países, odios, afectos,… Todos tienen su pequeña historia o su un poco menos pequeña historia. Morrissey llora, se lamenta, no sonríe mucho, se emociona fácilmente y se enfurece con la misma facilidad, con sus momentos de euforia no poco chulesca. Desafiante, lo niega todo, aunque no acabemos de saber muy bien qué niega. Eternamente malinterpretado, no para de arrancarse camisas y camisas (como esas mil que se arranca o le son arrancadas en sus directos). Tiene para todos. Desde David Bowie a Johnny Deep. A algunos los quiere. A otros los quiere a ratos. A otros los quería pero le traicionan. Sobre todo los músicos. Y las compañías discográficas. Eterno luchador por el número uno, no entiende otros puestos ni otros compromisos.

Decía Samuel Fuller, en aquel Pierrot de Godard, que una película era como un campo de batalla. Para Morrissey, sin duda, escribir su autobiografía es ese campo. Muchos años estando ahí, muchos deudas que saldar, muchos silencios en la prensa (o, directamente, invenciones). Pero ahora nada puede callarle. Ahora es invencible. Entre la fina ironía y la sal gorda, entre el pellizco y la pedrada en la cabeza. Cuesta creer en su proclamada fragilidad. Morrissey no defrauda. Seguramente no nos desvelará ningún fulgurante secreto (complicado para alguien tan analizado y perseguido, que además dice carecer de vida sexual y cualquier interés por ella, lo cual no le convierte en algo a la moda), pero sí que ofrece un viaje abrasador por un tiempo irrepetible, que no seguramente mejor.

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Matar a otro perro, de Marek Hłasko (Malpaso) Traducción de Jerzy Slawomirski y Anna Rubió | por Juan Jiménez García

Marek Hłasko | Matar a otro perro

Un catorce de junio de mil novecientos sesenta y nueve moría Marek Hłasko y aún se piensa si fue un suicidio. Murió lejos de todo. También de sí mismo. Había atravesado velozmente treinta y cinco años de existencia, que fueron suficientes para crear toda una mitología, dejar alguna muerte fortuita sobre su conciencia y también un puñado de libros y películas. Ya sabemos cómo funciona esto. Un día eres un escritor. Luego mueres y eres un escritor maldito. Pasan los años y eres un escritor de culto. Y nadie leyó tus libros. Con Marek Hłasko tenemos una oportunidad. Hace unos años Automática publicó los relatos de El octavo día de la semana y, ahora, Malpaso publica este Matar a otro perro, novela. Entre todo, el descubrimiento de un escritor brutal que no necesita ni tan siquiera de esa mitología para serlo.

Jakub es un joven conquistador de mujeres americanas perdidas por las playas israelíes. Un poco de ternura y una aproximación temeraria a la muerte (con un calculado, pero siempre imprevisible, intento de suicidio) deben ser suficientes para conseguir algo de dinero con el que ir tirando, hasta que surge otra oportunidad. Jakub pone su cuerpo, esos alrededor de treinta años, pero el cerebro es cosa de su compañero de aventuras, el viejo Robert. Robert iba para dramaturgo, para director de escena, para actor, para crítico, en fin, para cualquier cosa que tuviera que ver con su desenfrenada pasión por el teatro, pero todo se le quedaba pequeño. De todo eso sobrevive el mundo como escenario, Jakub como actor principal, las americanas como comparsa y un necesario perro para aportar un dramatismo insoportable. Robert creará esas ficciones que se representan al aire libre, será el apuntador de su fiel amigo y escribirá la vida, una vida que es un asco y que ellos viven con ese mismo y profundo asco.

Hłasko parte de su propia vida, que daba para mucho, también para morir de cualquier manera. Con ella, como una palabra escrita capaz de animar a un monstruo, nos conduce en un viaje abismal que ni siquiera atraviesa el infierno, porque no hay nada que atravesar. Todo es una misma cosa y esa misma cosa es una porquería. Atrapados en su peligrosa y deprimente rutina, Jakub y Robert son esos perdedores que nunca ganan, ni cuando todo sale bien (esa es precisamente su mayor derrota). Un poco de dinero para continuar, otro perro, otra americana, otra muerte tentada. Otra obra que representar, ahí, ante todos, frente a un público entregado.

Construida a través de una idea fascinante (escribir la vida de otro, incapaz de vivir la suya propia o necesitado de ese apuntador que le diga cómo hay que hacer, qué hay que decir), el escritor polaco se entrega una melancólica historia llena de la crueldad de quién no tiene nada, lo necesita todo, le da igual ese todo y no espera ningún tipo de justicia. Simplemente los días pasan y hay que estar junto a ellos, como si fueran enfermos cuidados por otros enfermos. Ni tan siquiera es triste, sino más bien una historia llena de veneno, un veneno que recorre todas sus páginas en forma de líquido humor negro, muy negro.  Vidas nada heroicas vividas por dos personajes shakesperianos de segunda fila que reclaman su momento de protagonismo, como aquellos Rosencrantz y Guildenstern o aquel Falstaff que correteaba asustado por los campos de guerra sembrados de muertos. Tierna y brutal.

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Golpes de gracia, de Joxemari Iturralde (Malpaso) | por Juan Jiménez García

Joxemari Iturralde | Golpes de gracia

Paulino Uzcudun e Isidoro Gaztañaga compartieron toda una vida juntos sin llegar a encontrarse jamás. Empezaron el siglo y el segundo lo acabó antes que el primero y seguramente de una manera más gloriosa. Paulino Uzcudun dejó de cortar troncos para dedicarse el boxeo. Por convicción. Se marchó a París sin saber nada más que eso y allí no tardó en triunfar, fuerza bruta de la naturaleza. Seis años más viejo que él, vecinos en cierto modo (solo les separaban diez kilómetros de distancia), Isidoro Gaztañaga siguió los pasos del otro fielmente. El club GU, el dóctor Ladis Goiti, la habitación de hotel, el mismo gimnasio en la capital francesa. Incluso llegaron a verse y podía haber algo de respeto, pero ahí quedó todo,  porque un día Gaztañaga, mucho más adelante, le dijo a Uzcudun que podía ganarle cuando quisiera. Y no estaba la vida para escuchar estas cosas y ahí quedó todo, citados para un combate que nunca se celebraría, porque Paulino siempre escapó a ese encuentro, aun a costa de perder el título de campeón de España.

La vida de Uzcudun y Gaztañaga es Golpes de gracia, de Joxemari Iturrralde, publicada por Malpaso. Una vida marcada por los combates, las idas y venidas de Europa y América y, entre todo, las mujeres, que dan para que cada uno de los muchos capítulos o fragmentos de vidas tengan un nombre de mujer. También para la Historia. No solo la del boxeo, que los dos atravesaron brillante e irregularmente, sino para la Historia de España, porque a ambos los alcanzó la guerra civil. A Gaztañaga lejos, en otro continente, a Uzcudun plenamente, demasiado plenamente. Llegó al final de su carrera, de derrota en derrota, y acabó metido en la falange y convertido en un personaje miserable, carne de noticiero y de postales.

Así, Golpes de gracia es el camino que lleva desde la ingenuidad de aquel primer Paulino Uzcudun, boxeador demoledor, que empieza a conocer no solo el deporte sino la vida (y, fundamentalmente, las mujeres, entre las que se encontraron no pocas figuras de la época, a un lado y otro del Atlántico), hasta sus últimos años como púgil, que son un querer y no poder. Una caída en la que se ven envuelto en todas las turbiedades y que no deja de ser una deriva patética en la que nada queda indemne: ni él, ni su carrera, ni sus amigos. Y también es el camino que siguió Gaztañaga, de quién se decía que podía derribar un puente de acero de un puñetazo. Guapo (le llamaban el bello Izzy), amante de la bebida y otros vicios, veleta que cambiaba según el tiempo y sus pasiones. Un boxeador que podía haber sido aún mucho más grande pero que tenía esa inconstancia que le hacía perder con cualquiera y ganar a otros más poderosos aún que él. Un boxeador seguramente más importante que Uzcudun pero al que el régimen triunfante después de la Guerra Civil escondió convenientemente, dejándolo allí perdido, en las Américas, en las que tendría un final digno de su leyenda.

Iturralde escribe un relato de vida, obra y amores de ambos y lo hace desde la distancia corta, a golpes, secos, cortantes. El relato de dos vidas que tal vez no eran muy distintas pero que acabaron igual que fueron vividas. Con esa urgencia, con esa a ratos desgana, a ratos furia imparable. Tal vez porque ambos, entre el boxeo y la vida eligieron la vida, como algo parecido pero no igual.

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El maquinista y otros cuentos, de Jean Ferry (Malpaso) Traducción de Gabriel Hormaechea | por Juan Jiménez García

Jean Ferry | El maquinista y otros cuentos

Jean Ferry es uno de esos escritores que nunca salen en ningún lado. No son secretos, porque nunca se escondieron. No son un enigma porque nunca plantearon ninguna pregunta. Escritores discretos. Ser discreto… ¡qué problema! Entonces un día aparece un libro suyo. Pongamos este El maquinista y otros cuentos, editado por Malpaso.  Algo de luz. Descubrimos a un patafísico, que ya es todo un título nobiliario (más vale descender de Alfred Jarry que de otros). O que fue guionista de Luis Buñuel (Así es la aurora), de Louis Malle (Una vida privada) o de aquella obra inacabada y brutal de Henri Georges Clouzot: L’enfer (ya había estado también en una de sus películas míticas: En legítima defensa). Entre otras muchas películas. O de que apareció, cómo no, en la Antología del humor negro, de André Breton, precisamente con el relato que cierra (en falso, porque hay más) este libro: El tigre mundano. Jean Ferry también era (algo así como) surrealista (y marino) y se sentaba en el café Cyrano.

Precisamente André Breton decía que sus relatos giraban en torno al hombre perdido. Y no es lo único que se pierde en sus relatos. Al leerlos, nos perdemos nosotros mismos en una misteriosa placidez, en un fluir de las cosas, de las cosas extrañas, que se alimenta de viajes. Unos viajes que se adentran por territorios no cercanos a la realidad. Por ese elemento extraño que contienen o porque están escritos con el material de los sueños. Al leerlos tenemos la sensación de que podríamos estar leyendo sus relatos durante el mismo tiempo que ese maquinista, protagonista del relato del título, conduce su tren, un tren que no se detiene nunca y avanza y avanza y sigue avanzando.

Pequeñas piezas alrededor de pequeñas cosas, entre el humor y la tragedia de que tu vida sea risible. Como postales, cara oculta de esas ilustraciones de Claude Ballaré que los acompañan. Postales llegadas de rincones lejanos o interiores. En Mi pecera, su protagonista convive con sus pensamientos suicidas. En El tigre mundano, su protagonista (un tigre mundano) nunca es anunciado como las otras atracciones del music-hall, pese a su detestable éxito. El viajero con equipaje, anulado mental y físicamente por causas ajenas a su voluntad y a la de los otros, escribe. La Carta a un desconocido se escribe desde un lugar al que no hay que ir. Josef K.afka descubre una sociedad secreta y Raymond Roussel el paraíso. Y los dos escritores son un referente de Ferry, sobre todo Roussel, al que dedicó algo más que un relato: buena parte de su vida.

Los relatos de El maquinista y otros cuentos no se pueden contar, porque serán siempre una anécdota irreal, una brillante gota de ingenio en un mar de temores. Son relatos que deben ser habitados. Hay que instalarse en ellos, tumbarse sobre sus palabras y ver pasar nubes, igualmente formadas de palabras. Son una cuestión de atmósfera. De luminosos destellos en un día nublado. O tormentas de un sofocante verano.

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Fuera de quicio, de Karen Joy Fowler (Malpaso) Traducción de Santiago del Rey | por Juan Francisco Gordo López

Karen Joy Fowler | Fuera de quicio

Un sentimiento de emoción nos embarga cuando por alguna casualidad de la azarosa programación televisiva, entre tanto programa ideado para la desconexión total o parcial del cerebro, encontramos algún análisis de esas fascinantes personalidades que son los psicópatas. Por alguna razón, sus vidas y sus modos de pensar son tan alentadores que nos enganchamos a un vano intento por comprender qué les lleva a actuar de ese modo tan peculiar. En resumidas cuentas, que parece ser que tenemos facilidad para empatizar con lo racional, con lo fríamente racional, aunque sepamos que debemos estar en total desacuerdo con ese modo de raciocinio pero, ¿cómo negarnos ante la lógica aplastante de esas mentes privilegiadas no aptas para la convivencia en sociedad?

Cuán difícil se nos hace, sin embargo, empatizar con otra persona que tiene unos arrebatos diferentes a los nuestros, arrebatos pasionales, quiero decir; si al menos tuvieran alguna justificación evidente… Tal vez sea esa comprensión de lo lógico, de lo que se puede apreciar y comprender, lo que durante finales del siglo XIX y todo el siglo XX nos llevara a investigar, no sobre esas mentes privilegiadas y perfectas —que también, recordemos a Milgram, por poner sólo un ejemplo—, sino sobre el origen de esa racionalidad: el eslabón anterior en la evolución.

Psicólogos, lingüistas y demás investigadores, en nombre de la ciencia volvieron sus miradas hacia los primates y comenzaron a indagar en la cuestión de hasta qué punto están más cerca de nosotros que del resto de los animales y si podía o no alcanzar un tipo de pensamiento lógico y complejo. Pues bien, la respuesta es sí con un ligero «pero», un «pero» en el que aún se está trabajando y que trata de identificar hasta dónde podrán llegar racionalmente y, he aquí lo extraordinario, emotivamente. Con unas pasiones que son más parecidas a las nuestras de lo que quizás deseáramos.

Esta es una de las cuestiones fundamentales expuestas, de una manera bestial y admirable, en la reciente novela de Karen Joy Fowler que acaba de editar Malpaso en castellano. Fuera de quicio es una historia narrada por la hija menor de una de aquellas familias que se prestaron en Estados Unidos a realizar experimentos sociales con los chimpancés al acogerlos en sus casas y que propició un avance sólo limitado por la historia —o leen la novela, o leen los documentos, pero no seré yo quien diga aquí por qué se dejó de realizar este experimento, a primera vista inocuo—.

Los primates se dejaban «humanizar» desde una edad muy temprana y moldeable y los niños, a su vez, adquirían algunas de las costumbres de sus «hermanos menores». La narrativa de la novela es especialmente detallista a este respecto y consigue, con una pasión increíble, llegar al lector por medio de una lógica que gira en torno a las emociones familiares que consumen a todos sus miembros. Porque, eso debe quedarnos claro y debemos poner de nuestra parte en la lectura de la novela, los primates aquí son parte de la familia y lo que vamos a leer es un drama que afectará a todos sus miembros por igual.

Lo que la ciencia no haya conseguido, al menos la autora quiere dejar claro que sí lo prueba la naturaleza, a veces tan extraña como necesaria. El simio se integra en una familia de humanos, con sus diferencias de carácter pero apenas con unas diferencias de especie que serán lo que desenlace el final de la trama, pero que a pesar de su evidencia natural, rebasa las fronteras de la verdadera humanidad de las personas, a saber, su capacidad empática que, al contrario de cómo dijimos más arriba, se trata de demostrar en torno a los afectos y no la exclusiva racionalidad.

Una novela que sin duda despierta muchos intereses y cuyo trabajo de investigación y exposición de datos reales lleva al lector, por unos momentos, a comprender lo que no se puede entender desde un punto de vista científico: que las fronteras entre las especies de este planeta no son naturales, sino que las hemos levantado nosotros y no podemos ver sino cohibidos por ellas.

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Un mundo infiel, de Julián Herbert (Malpaso) | por Juan Jiménez García

Julián Herbert | Un mundo infiel

Está el norte. Un norte que quiere decir lo mismo en todos lados, por algún misterio geográfico, como lo quiere decir el sur. El norte es el lugar hacia donde uno escapa, escapa de ese sur. Un mundo infiel es la primera novela de Julián Herbert, hombre polifacético, desde la poesía hasta la música. El norte es el norte de México, que es el sur de los Estados Unidos. Decimos esto y en un momento tenemos un montón de imágenes en nuestra cabeza, un montón de lugares comunes. Y entre esos lugares comunes la frontera. Y en la frontera el oeste, que es otro espacio geométrico. En el oeste el desierto. En el desierto el viaje. En el viaje el descubrimiento. En el descubrimiento la perdición. Hemos llegado.

Un mundo infiel son muchas historias que son una sola, tantas como personajes. Guzmán tiene veintinueve años. Va a cumplir ya treinta. En su vida se ha acostado con veintinueve mujeres y ahora está con Ángela, con la que vive casado. Está ahí, a su lado en la cama. Piensa, por una lógica de los números redondos, que le corresponde una mujer número treinta para que todo cuadre. Será un momento y todo estará alineado, astros y cifras. El Mayor es un tipo duro. Controla a un puñado de tipos que se ocupan de vigilar que otros no se hagan con la propiedad privada de los demás. El Mayor se llama Plutarco Almanza y estuvo y está enamorado de Ángela. Guzmán es su mejor amigo y no pretende nada. Vive atrás en el tiempo. Lo dejó pausado y no espera que nada se reanude. Sin embargo, él también cree que todo tiene que estar alineado. Ernesto de la Cruz es un tipo duro, aunque le gustan los gatitos. En una de esas perdió las piernas, pero no lo sabe porque aún las siente ahí, al otro lado. Era uno de esos que vigilaba a los otros para los demás. El doctor Moses, en cambio, solo perdió a su mujer. Le quedó su hija, Shannon, y la búsqueda del absoluto, de la muerte por elevación de los sentidos, administrada médicamente. Todo ocurre en un solo día. El día de los treinta años y las treinta mujeres de Guzmán. Hay una fiesta de cumpleaños preparada. Lejos. Y lejos es lejos. Es otro espacio geográfico, a veces inalcanzable.

La escritura de Julián Herbert tiene esa rugosidad del terreno, esa confusión de los hombres que habitan el territorio de sus páginas. Una confusión perfectamente manejada para obtener un relato construido de unas vidas en deconstrucción. Un relato en el que todo el mundo pierde algo creyendo haber encontrado otra cosa. Un mundo de espejismos de gente que llega a la última estación y otros que ni tan siquiera cogieron el tren. Un mundo que es infiel porque los apegos son otras tantas utopías (la utopía, esa otra manera de ser ingenuo). El espacio que debían ocupar tantas cosas acaba ocupado por la violencia, que es lo único que se mantiene firme, lo único que persiste. Da igual que seas un alguien o un don nadie. Que vivas con esa violencia como un alimento más o que lo tuyo fuera otra cosa.

Finalmente Guzmán cumplirá treinta años y pensará que fue un día perfecto aquel día de mierda. La caja de recortes de vidas de Julián Herbert se cerrará con alguna fotografía, un puñado de tierra y no poca sangre. La sangre de aquellos que, como decía Louis Aragon y más tarde Jean-Luc Godard, no se llegan a amalgamar nunca.

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