Vacaciones, de Blexbolex (Libros del Zorro Rojo) | por Francisca Pageo

Blexbolex | Vacaciones

BlexBolex es un ilustrador francés que se ha hecho un hueco en el mundo del cómic de manera directa y sin pausa. Con un estilo muy personal y cuidado, Libros del Zorro Rojo nos trae a España Vacaciones, una novelita gráfica que bebe mucho de ese mundo infantil y ligero, pero que a la vez contiene una moraleja que nos incita a buscar el trasfondo de lo que vemos e intuimos.

Vacaciones tiene una narrativa visual potente y discreta. La historia nos habla de una niña que, como el propio nombre indica, se va de vacaciones a la casa de su abuelo en el campo, en Stramhe exactamente. Lo que ella no sabe es que su abuelo tendrá otro invitado más, un pequeño elefante que buscará la travesura sin igual y con el que la niña tendrá sus más y sus menos. Cabe destacar el triunfo de la naturaleza en este libro y el uso de un horario en el que el transcurso de los días se va dando y marcando.

Estamos ante ilustraciones cálidas, que tienen el color del sol y el aroma del campo. Que nos llevan a la esencia misma de la infancia, a ese lugar en el que todas las cosas son posibles. Y lo son porque… ¿Cómo es posible que durante nuestras vacaciones estemos acompañados de un elefante? La niña y él tendrán un poco de celos, buscarán la atención del abuelo y buscarán la vida ahí fuera, donde los demás animales y los bichos y las plantas y árboles nos incitan a jugar y a vivir con ellos.

Vacaciones no es un libro normal y corriente, sino un libro en el que buscar el fondo de las cosas sin necesidad de palabra alguna. Aquí las palabras las encontramos una vez observamos. Pero no son palabras cualquiera, sino palabras como sosiego, calma, aventura y pasión. Palabras que siempre dan lugar a aquello que siempre queremos tener y poseer. Es como un libro-deseo, un libro que está en ese mundo en el que queremos habitar pero que en el fondo ya tenemos dentro de nosotros. Vacaciones es nuestro mundo interior pese a sumergirse la historia, de lleno, en la naturaleza. En él están las pasiones, los impulsos, la nostalgia, el amor, el juego y la búsqueda. Es un libro que nos hace sentir sin mediar palabra alguna, que evoca lo innombrable, aquello de lo que ya no sabemos hablar.

De este modo, busquemos en nuestro interior. Leamos Vacaciones para adentrarnos en él. De la mano de una niña y un elefante, de la mano de aquello que hemos relegado (la mayor parte de nosotros) en nuestra vida adulta: el juego, la imaginación y la inocencia. No estamos ante un libro sólo para niños y niñas, sino también para adultos, para aquellos que buscamos más y más sea donde sea y en el lugar que menos esperamos. Vacaciones nos sacará de nuestro asiento y nos hará sentir nostalgia, quizá por algo que tuvimos, quizá por algo necesitábamos.




El hombre invisible, de H.G. Wells (Libros del zorro rojo)  Traducción de Marcial Souto. Ilustraciones de Luis Scafati | por Almudena Muñoz

H.G. Wells | El hombre invisible

«Estaban preparados para ver cicatrices, desfiguraciones, horrores tangibles, pero ¿nada?»

El vacío es el mayor motivo para el terror, y tal vez por ello los fantasmas, las siluetas y los ruidos extraños siempre han sido los protagonistas más notables del género. Desde finales del siglo XIX, con los primeros atisbos de la criminología y el asesino en serie, otros vacíos se volvieron más inquietantes: ¿qué faltaba en una mente o un alma humana para cometer semejantes barbaries? ¿Qué estaba obviando y dejando de ver la sociedad en lugares innombrables como Whitechapel o en los abusos de las clases más bajas y más altas? Sin embargo, todos esos huecos eran elecciones conscientes, tarros sellados, una decisión de mirar hacia otra parte. De pronto, los titulares cambiaron de rumbo, se inventaron las fotografías y las lentes de aumento preciso; quedaron en portada enemigos ocultos al ojo, como las bacterias en los hospitales y los locos en los callejones.

Nos gusta mirar: sin pretenderlo o, cuanto menos, intentando que no se nos note demasiado, analizamos esa extraña nariz con forma de patata, las lentes oscuras de un hombre que no es ciego, los vendajes en los que buscamos marcas de sangre o yodo. Nos creemos Sherlock, pero somos el ama de llaves del piso de abajo, aguzando la vista, el oído y la lengua esperando los detalles… ¡pero el disfraz se cae a pedazos y debajo de ellos no hay nada! El dilema de El hombre invisible, tan próximo a los hombres sin sombra del romanticismo alemán, se apropia de nuestro afán enfermizo por querer saberlo, en lugar de limitarse a cuestionar si un individuo tiene derecho a desprenderse de lo que quiera, también de la ley y las convenciones sociales. H. G. Wells comienza su relato in media res, y hasta bien avanzado el libro no se detendrá a ofrecernos los sucesos que llevaron a su escurridizo protagonista a volverse invisible y a perder mucho más que la corporeidad.

Wells juega con las leyes físicas con toques deliciosos y bromistas, como aquel patoso poltergeist de El fantasma de Canterville, aunque el tono persiga la misma trascendencia filosófica que sus conocidos títulos de ciencia ficción. Al igual que Frankenstein, se sirve de palabras de ciencia bien armadas y de una psique destruida más absorbente aún para que el relato de cazador/cazado se invierta continuamente y la diferencia entre un monstruo y una víctima desaparezca como esa forma que antes mantenía en el aire un abrigo y una bufanda.

No nos importa demasiado de qué estén rellenas las cosas, siempre y cuando el relleno sea algo. Las fotografías granulosas de miembros despedazados sobre una mesa, el retrato robot del asesino, las esposas que al fin se cierran alrededor de unas muñecas de carne y hueso. Las gentes de Iping que primero acogen con extrañeza y después persiguen al hombre invisible actúan como una masa que ha perdido los últimos números del folletín semanal y, por tanto, la guía para juzgar a este monstruo: ¿por qué ha hecho todo esto, cómo lo ha conseguido, quién es, cómo es?

Acompañando a la excelente traducción de Marcial Souto, Luis Scafati recoge esta bipolaridad en sus ilustraciones de tinta en las que el negro y el blanco se intercalan como rayos X que revelan o confunden aún más el mundo. ¿Qué es lo interior cuando no podemos ver el exterior? ¿Qué nos muestran realmente las carcasas, los rostros, las ropas? ¿Por qué dejamos de sentir tanto miedo en cuanto la mirada reconoce una forma? ¿Por qué no paramos hasta comprobar que, al menos, la nada también sangra?

 

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Matamoscas, de Dashiell Hammett. Ilustraciones de Hans Hillmann (Libros del zorro rojo) Traducción de Pep Verger Fransoy | por Juan Jiménez García

Dashiell Hammett, Hans Hillmann | Matamoscas

Matamoscas podría ser una novela gráfica de Hans Hillmann punteada por los diálogos de Dashiell Hammett. Tal vez (y solo tal vez) un libro de Dashiell Hammett iluminado (en sombras) por las imágenes de Hans Hilmmann. Pienso en lo primero. Luego, pienso que no hay un orden, solo un conjunto, como dos músicos de jazz que tocan sobre las notas del otro, ni antes ni después, en un comunión. Muerto y vivo. Sin embargo, esta es una obra de Hans Hillmann, atravesa por el aliento de Hammett. Hans Hillmann nace en una Alemania en estado de convulsión, en 1925. Atraviesa la guerra, estudia Arte y se dedica al cartelismo, convirtiéndose en uno de los ilustradores y diseñadores más importantes de su país. Pero no solo. Seguramente todos hemos visto algún cartel de Hillmann. Jean-Luc Godard pensaba que fue el quien mejor interpretó sus películas. En los ochenta decide ilustrar un relato de Dashiell Hammett. Y entonces surge Matamoscas.

Matamoscas, relato, es la historia de una desaparición. La de la hija de un acaudalado hombre de negocios. Sue (ese es su nombre) ya es mayorcita. Lo suficiente, al menos. Siempre fue un poco rebelde y ahora poco se puede hacer. Ya es mayorcita y conoce no poco mundo. Conocerá más. La Agencia de Detectives Continental se pone con su búsqueda. El rastro desaparece con un conocido matón. Un armario. Pero esto es solo el principio. Del final. Esto es Dashiell Hammett, reducido a diálogos, a una historia que debe ser contada. Hammett es el contrapunto y la partitura, pero no está solo ahí. En cada una de las ilustraciones todo un universo, negro como el propio universo, se destruye y recompone alrededor suyo.

La referencia es el cine negro. El movimiento, en todo caso. En Matamoscas, todo se mueve. En las tinieblas de Matamoscas, las cosas se agitan, los seres mueren, las calles se desvanecen, los tejados son una sucesión de tejados. Se dispara fácil, se golpea fácil, el mundo se descompone con esa misma facilidad. El mundo es una cosa muy pequeña. Hay ciudades lejanas, pero los cuartos son los mismos, los tugurios parecidos. Todo se acaba igual. El tiempo se detiene. Fin. Sombras, escaleras, puertas, ventanas. Jean-Luc Godard (otra vez) hablaba de mujeres y pistolas. Hillmann solo necesita sombras, escaleras, puertas, ventanas. Cuerpos inmensos y la necesaria fragilidad. En su dibujo todo se mueve. La inmovilidad. Todo. A veces imperceptiblemente. A veces, con rabia. Sin embargo, ¿qué fue primero? ¿El negro o el blanco? Con fuerza se golpean. Uno de tantos momentos de belleza: desaparecer en el blanco de la página.

Qué trabajo tan increíble el de Hillmann en Matamoscas. Cada uno de sus dibujos encierra a todos los demás. Encadenados unos a otros, contienen toda la fatalidad de Hammett, todos esos destinos condenados, esos encuentros destinados a la violencia, esos personajes que sobreviven sobre el cadáver de los demás, personajes griegos de nuestras tragedias diarias. Todo es noche. El día es noche. La noche es noche. La luz es oscuridad. La oscuridad más oscuridad. La oscuridad, tinieblas. Hubo un tiempo en el que el hombre sabía contar historias.  En el que las historias sabían contar al hombre.

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La guerra de las salamandras, de Karel Čapek. Ilustraciones de Hans Ticha (Libros del zorro rojo) Traducción de Anna Falbrová | por Juan Jiménez García

Karel Čapek | La guerra de las salamandras

La culpa de todo fue del señor Povondra. Si aquél día el capitán Van Toch no se hubiera encontrado con G. H. Bondy, todo hubiera sido diferente. O eso pensaba él. Porque, después de todo, tenemos una cierta tendencia a pensar que nuestras decisiones pueden cambiar el mundo, cosa no muy razonable (y mucho menos posible). No, las salamandras hubieran seguido ahí. Y, después, por todos lados. Y lo que es peor: el hombre hubiera seguido siendo hombre y, cómo tal, hubiera vuelto a fastidiarlo todo. Eso es la Historia: la eterna capacidad del hombre para, con los recursos disponibles en cada momento, fastidiarlo todo. Karel Čapek sabía mucho de eso, pero no podía dejar de tomárselo con un cierto humor, con una cierta ironía. Era checo. Como Jaroslav Hašek, por ejemplo, que ya sabemos lo que pensaba del tema. Čapek, que escribía de todo, nos ha legado dos cosas: la palabra robot y una cierta desconfianza por las salamandras. Y es que alguna cosa escribió de ciencia ficción. Una ficción que enmascaraba no otros mundos sino este.

Y es que estamos en el año 1936. Bueno, Čapek. La novela no lo sabemos muy bien. En 1936 está Čapek y, un poco más allá, Adolf Hitler. Por todos lados se monta a marchas forzadas el escenario de una nueva guerra. El escritor checo, cansado, morirá un poco antes. Ya había tenido suficiente. Pero quedó su retrato del mundo. Pero no nos confundamos. La guerra de las salamandras no es una alegoría sobre la guerra que está por venir, sino un relato de un presente que se repite una y otra vez: hasta donde está dispuesto a llegar el hombre para ganar dinero a costa del resto de la humanidad. Y eso implica muchas cosas. El nazismo, sí. Los intereses particulares de las naciones y sus gobernantes, también. Y la lógica perversa por la que el capitalismo considera que es correcto siempre que suponga algo de dinero, incluso el fin del mundo. De todo esto, ochenta años después, seguimos sabiendo un rato. Con salamandras, sin salamandras, no hemos ido muy lejos. Seguimos siendo útiles un rato, prescindibles en su momento, tontos útiles siempre.

Estamos en un rincón perdido de las islas orientales. Al viejo capitán Van Toch (que no es holandés, sino checo), le intrigan lo que los nativos llaman diablos y que no son más que salamandras prehistóricas de un metro de alto, con el espíritu de un niño y carne para tiburones. Lo importante, es que tienen una cierta habilidad para traer perlas marinas. ¿Por qué no empezar una bonita colaboración con ellas? Por amor al comercio. Para todo esto hace falta dinero, pero de eso, G. H. Bondy tiene bastante. Perlas por cuchillos, y adiós tiburones. Y empieza una bonita amistad. Y un montón de problemas. Porque las perlas se acaban, pero las posibilidades de estos animalitos, capaces ya de hablar y de una cierta laboriosidad barata (preludio de los chinos por venir… y ahora de todos, humanidad en general).

Karel Čapek construye un libro que es un inmenso collage. En él se insertan desde recortes de prensa hasta actas de Consejos de administración, la vida, el pasado y el presente. El futuro, claro, porque la ciencia ficción europea siempre fue muy presente. Pero claro, qué sería un collage sin imágenes. Y ahí es donde aparece el trabajo (posterior) de Hans Ticha. Ticha conoció La guerra de las salamandras siendo un estudiante de quince años en una República Democrática Alemana. Dicen que quedó tan impresionado que decidió ilustrarla, cosa que consiguió veinte años después. Artista con una influencia notable del Pop-Art (vamos, el tipo de pintura que siempre apreciaron en la RDA), con ellos consiguió, sin duda elevar el libro a la categoría no ya de obra maestra de la literatura (que ya lo era) sino, además, de objeto artístico maravilloso. Un objeto que Libros del zorro rojo devuelve en todo su esplendor, porque esta es una edición memorable, a atesorar. Ticha sabe jugar con ese humor del Čapek y darle una textura, una materialización gráfica, que bebe de innumerables fuentes. Y bebe golosamente (cómo no pensar, por ejemplo, en el cartel soviético). Y todo para entregarnos uno de los libros del año, en el que la belleza, la literatura y la reflexión se unen para ofrecernos un salvavidas en estos momentos de naufragio de tantas cosas.

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Decamerón, de Giovanni Boccaccio (Libros del zorro rojo) Traducción de Esther Benítez. Ilustraciones de Alex Cerveny | por Almudena Muñoz

Giovanni Boccaccio | Decamerón

Apunta Maurício Santana en el proemio a este Decamerón que entre las 10 historias seleccionadas hay una favorita de Italo Calvino. El juicio de Calvino podría considerarse suficiente para justificar cualquier clásico renovado, tanto por su profundo conocimiento del folklore italiano como por aquella definición suya de los clásicos como criaturas que viven resucitando. “Los clásicos son aquellos libros sobre los que la gente suele decir Estoy releyendo,nunca Estoy leyendo.” En este contexto, releer es la liturgia suprema para resucitar cualquier historia, y sin duda Bocaccio es muy releído por traductores, ensayistas, ilustradores… ¿y también por los lectores?

Como leer (y editar en formato ilustrado) el Decamerón es una tarea bárbara, el volumen de Libros del Zorro Rojo recopila una antología a criterio de Santana y las ilustraciones del brasileño Alex Cerveny para ofrecer algo que, en comparación con el original, parece un juguete, pero que sirve en sí mismo como libro absoluto. Es común que el título conduzca a engaño y un lector desprevenido piense que con diez historias ya ha saldado toda su cuenta con el Decamerón, que esconde en realidad una suma de cien relatos narrados por diez personas a lo largo de otra decena de días.

Dependerá del lector que este decaedro le sirva como fin o principio de su relación con los cuentos de Boccaccio. Porque, ¿se trata realmente de una variedad compleja de historias, que animan a seguir leyendo? Otra definición de Calvino sobre los clásicos decía que “Un clásico es un libro que incluso al ser leído por primera vez transmite la sensación de estar releyendo algo conocido”. De nuevo, el tema de la resurrección, con un matiz: al leer de forma sucesiva los cuentos del Decamerón, en su orden original o sólo lo más granado, ese placer o malestar de déjà vu salta de historia en historia. ¿Es posible que todas las farsas sobre adulterios y engaños sexuales sean iguales, o que aun variando sus tretas nos conduzcan siempre a las mismas conclusiones? Risas o vergüenzas, según quien narre (y lea) el cuento.

A estas alturas, lo más interesante del Decamerón no es que sea una obra resucitada, sino que sobreviva. No importa quién lo lea, si lo hace o no de cabo a rabo y si se carcajea o bosteza con las aventurillas de un jardinero mudo en un convento, frailes que se disfrazan de ángeles lujuriosos y amantes escondidos en toneles. ¿Se puede seguir leyendo el Decamerón como una pieza de disfrute o sólo como parte de un museo donde se reúnen cosas que no debemos olvidar, que a veces incluso son bellas, pero con las que no queremos volver a tener relación? ¿Podrá el tiempo (y el lector) seguir excusando al cuento que, producto de su época, es muy amigo del estereotipo, la burla ofensiva, el sexismo y la diferencia de clases?

“Un clásico es una obra que persiste como ruido de fondo incluso en un presente que es totalmente incompatible con él.” Calvino tiene una respuesta para todas nuestras dudas sobre los clásicos, pero sobre todo las aporta por sí mismo Boccaccio: el Decamerón es, por encima de todas las cosas, una deliciosa guerra de contradicciones. Un grupo de bobos jóvenes intercambiándose cuentos tras una horripilante descripción de la peste negra en Florencia, un mapa de las ricas variantes lingüísticas en las regiones italianas frente a un limitado cuadro de valores feudales, un registro satírico repetitivo que esconde el complejo drama europeo del Trecento. Incluso el arte de Cerveny para este volumen es contradictorio: las hermosas páginas saturadas como un manuscrito miniado o un cuaderno de notas vandalizado con garabatos y manchas. El cuento, en definitiva, con un pie en la Baja Edad Media y otro en el Renacimiento, entre lo más simple y la más elevada poesía.

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El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (Libros del zorro rojo) Ilustraciones de Enrique Breccia. Traducción de Sergio Pitol | por Juan Jiménez García

Joseph Conrad | El corazón de las tinieblas

Buscamos tantas cosas y tan desesperadamente… Leemos tantos libros y demasiadas veces creemos encontrar obras maravillosas, obras maestras, lecturas imprescindibles,… Necesitamos creer en la belleza como otros necesitan creen en dioses. Muchos o uno solo. O no creer en nada, cosa difícil, incierta. Creemos en esa belleza como algo fácilmente reconocible. Algo que es. Que no admite dudas, porque está ahí, a la vista de todos. Es. Sin embargo, la belleza está tan próxima a lo terrible… Eso debería hacernos desconfiar. Sin esa sombra no puede existir aquella luz. Entonces, pensamos en todas aquellas lecturas que nos han conmocionado, aquellas en las que un temor, un miedo indefinible nos ha atravesado. Hemos gastado todos los adjetivos. Y entonces llega un libro como El corazón de las tinieblas y ya no nos queda nada por decir. Habría que inventar todo un nuevo lenguaje, devolverle su sentido a tantas palabras,…

El corazón de las tinieblas es un viaje a través de la oscuridad. Joseph Conrad utilizará una y otra vez esta palabra o cualquier otra que nos entregue ese destino en sombras. Marlow busca una voz como otros buscan un temblor, algo que nos haga salir de unas vidas confortables, después de todo. El África colonial, la selva, no son más que nuestro destino. El río, esa cicatriz que nos abre de arriba abajo, invisible pero cierta. Piensa que la única manera de explicarlo es decir que no partió al centro de un continente, sino al centro de la tierra. Pero ahí también se equivocaba. Su viaje era hacia el centro de uno mismo, hacia el interior, hacia ese lugar más oscuro. También dice: Vivimos como soñamos… solos. Kurtz, su búsqueda, perdido allá lejos, en uno de los finales posibles de ese río, entre la selva, la muerte, los ritos y el marfil, no está menos solo que él.

Marlow descubre que el verdadero motivo de su viaje es oírle (ni tan siquiera verle, solo oírle). Él era una voz. Era poco más que una voz. Y sin embargo, esa voz es todo. Todo lo que queda cuando ya no queda nada. Todo un mundo que se hunde, arrastrando tras de sí cadáveres y muerte. Un tiempo primitivo, jugado contra geografías íntimas y naturalezas vivas. Un tiempo para los dioses, para aquellos que tenían que construir el mundo, poner orden en el paraíso, apropiarse de todo aquello que uno encontraba. Y eso solo puede hacerse desde el horror. Última palabra para nombre el mundo. Para transformarlo y ser transformado.

Como Sergio Pitol, tan solo podemos escribir una invitación a la lectura de El corazón de las tinieblas. Leerlo es una experiencia personal (sí, todas los son, pero…). Conrad escribe un libro de aventuras africanas, pero en él están encerrados todos los misterios del alma, algo en lo que solo parecían creer los rusos, pero que aquí se convierte en tangible, en algo palpable. Hacerlo en esta edición de Libros del zorro rojo tiene además el añadido de las ilustraciones de Enrique Breccia. En ellas se encuentra el mismo temblor, el mismo enigma. Hay libros que creemos haber leído mil veces sin haberlos leído nunca. Ejercicios pendientes, encuentros una y otra vez demorados. Hasta llegar a ellos, hemos recorrido nuestros propios ríos. Y como ese marinero que habla y habla mientras el barco permanece entre la niebla londinense, sabemos que hemos esperado y vagado por ahí para que, finalmente, llegue un día en el que poder leer sus palabras. He llegado.

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Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor (Libros del zorro rojo) Ilustraciones de Pat Andrea. Traducción de Juan Gabriel López Guix | por Juan Jiménez García

Roland Topor | Acostarse con la reina y otras delicias

Hace no mucho se cumplieron veinte años sin Roland Topor. En Francia podrían celebrarlo, porque allí, verdaderamente, llevan veinte años sin él. En España llevamos toda una vida (aunque se le haya editado, un poco por todos lados, un poco de cualquier forma). Es otra cosa. Tal vez los tiempos han cambiado y lo que toque celebrar es su llegada a este país, tan alejado de todo. Hay señales, bellas señales de ello. Que Libros del zorro rojo edite, de nuevo (pero en serio), Acostarse con la reina y otras delicias podría ser una de ellas. Con las ilustraciones de Pat Andrea, que lo conoció, y que, de algún modo, ni cercano ni demasiado lejano, comparte el mundo terrible y dislocado de Topor, también ilustrador. Que este país le necesita es tan evidente como abrir los periódicos cualquier día y deleitarse con las persecuciones de ofensas o discusiones prehistóricas sobre los límites de la libertad de expresión. Cualquier relato de este libro le hubiera costado algún año de cárcel. Todo el libro, algo cercano a la cadena perpetua. A nosotros, pobres hombres de límites difusos y aún un más difuso sentido del honor, nos queda la felicidad de leerle.

La obra de Roland Topor se construye sobre una distorsión del mundo. Sus personajes tienen una cierta voluntad de ser normales, pero constantemente en esta normalidad acaban por aparecer grietas dispuestas a derribar los edificios más bien pensados. Hay un momento en el que la lógica se encuentra con la poesía, y ambas con la crueldad. En un accidente de montaña, comerse una pierna helada, que ya no aprovecha a su propietario, es lo más normal del mundo, y que un Papá Noel sodomita descienda por la chimenea, con una cierta preferencia por el padre en vez de por el hijo (muestra de la sensibilidad del escritor, después de todo), no son más que alegres saltos a través del espejo. A veces no será más que una anécdota, que demuestra que los dioses también resbalan en las pieles de plátano, luego tienen sentido del humor, otras serán complejas incursiones en el horror cotidiano, cuando no existían tertulias y redes sociales (qué cosas se perdió nuestro hombre). Siempre el hombre y los hombres y la realidad de un plano que se inclina.

Topor tenía tanto de niño… En el grupo Pánico tenía que estar mucho más cerca de Fernando Arrabal, otro de esos pequeños que encuentran emperadores desnudos, que de la conciencia demasiado elevada de un Jodorowsky. Sus tuits hubieran sido tan distintos… Como niño, sentía la curiosidad por todo, nada le parecía que debía ser tomado muy en serio, y cada cosa es susceptible de ser desmontada y vuelta a montar. Podríamos escandalizarnos terriblemente con sus relatos. Cada uno de ellos no es una inocente patada en la espinilla, sino un golpe bajo a nuestra moral victoriana, que nos hace cuestionarnos hasta donde estamos dispuestos a llegar, qué barbaridades, qué horrores estamos dispuestos a permitir. Nada es sagrado, ni dioses ni humanos. Si alguien quiere poner a prueba sus límites, este es su libro. En el encontrará todos los antídotos contra esa seriedad que nos invade, contra toda esa asquerosidad de lo políticamente correcto (cuántos nombres tiene la hipocresía… y la imbecilidad) y del idioma neutro, con unas palabras que no pueden ni deben ser neutras nunca. Topor el insolente. Nuestro querido Topor, tan necesario, tan imprescindible, a derecha como a izquierda.

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Cuando floreció la risa, de Gioconda Belli (Libros del Zorro Rojo) | por Francisca Pageo

Gioconda Belli | Cuando floreció la risa

Gioconda Belli, poeta, novelista y activista nicaragüense, destaca por una obra literaria que se caracteriza por su compromiso político y por ahondar en el universo femenino, reivindicando el papel de las mujeres en la sociedad y en la construcción de la cultura. Gracias a Libros del Zorro Rojo  podemos disfrutar de Cuando floreció la risa, un pequeño cuento, una pequeña leyenda para los más pequeños, transcurrida en la selva, en la que nos muestra y enseña el nacimiento de la risa.

Será pues, a través de Enea y Alia, el primer hombre y la primera mujer, aquí los protagonistas de esta historia, que hallaremos una nueva forma de emocionarse, una nueva manera de expresión que creará esas onomatopeyas tan ricas en sentimiento, que se transformarán en risa. Así, Gioconda Belli nos muestra de una forma acogedora y sencilla lo que es y será la risa para estos pequeños pero grandes seres. Estamos ante una historia sobre el descubrimiento, sobre la generosidad y sobre la naturaleza. El tacto en este relato es el medio por el que todo se transforma, ya sean las manos de Enea sobre Alia, de Alia sobre Enea o las flores y hojas de árbol caídas sobre ellos. Todo lo que envuelve a este sentido, el sentido del tacto, se torna ligero, todo es alegría y color.

Las ilustraciones, bellas y llenas de color, nos transportan a la selva, a la naturaleza dulce y pura que se puede encontrar en las leyendas y el folklore popular. Alicia Baladan hace uso de su maestría artística y nos enseña y muestra las aventuras de Enea y Alia de una manera mágica y onírica. Gioconda Belli sabe sacar el jugo de la risa de una manera naïf y embellecedora, haciéndonos partícipes de las aventuras de los protagonistas, haciendo que, aunque no lleguemos a reír –la risa es algo muy íntimo que no a todos nos sale por igual–, sonriamos. Y lo consigue, es así.

Estamos, sin duda, ante una historia para el público infantil que los niños amarán y que los adultos podremos apreciar de manera íntima. Leer este cuento es como ir detrás del vuelo de una gaviota, es ver como las alas de la imaginación se abren todo lo posible para que podamos apreciar todo el aire y espacio que dejamos tras de sí. Este aire y espacio nos permitirán sacar nuestras emociones y sentimientos de nuestro interior, nos permitirán ya no sólo reír, sino también llorar o sonreír.

Este cuento es una manera de acercar las leyendas a los niños, de mostrarles las diferentes emociones ricas en alegría y placer que la risa nos provoca. Es para que lo leamos como niños, para descubrir esas cosquillas que tenemos escondidas y que este libro, convertido en una pluma de todos los colores posibles, se adentra en nuestro interior para excitarnos y sobresaltarnos.

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El intruso, de Bastien Contraire (Libros del zorro rojo) | por Óscar Brox

Bastien Contraire | El intruso

En cierto modo, los libros infantiles nos invitan a llevar a cabo un ejercicio de mirada retrospectiva. Volver a un tiempo en el que se apuntaba con el dedo para indicar qué era cada cosa; se recorría, a ratos febrilmente, cada viñeta con la vista puesta en los trazos grandes y los detalles pequeños; y sobre todo se eludían muchos de los peajes que impone el sentido común adulto a la hora de disfrutar de la lectura. O de una lectura que, en este caso, era más bien activa. Apasionada. Entregada a descifrar el qué y el cómo tras los colores, las formas, los tamaños y las representaciones. Un libro tan sencillo como El intruso, que presenta al público español el trabajo ilustrador de Bastien Contraire, es en su simplicidad un tratado para entender los secretos de esa mirada infantil. La atención, la clasificación y la identificación; el aprendizaje asumido como juego. Pintar, trazar y recortar a partir de un molde las series de figuras, animales, insectos y cosas que se suceden hoja tras hoja.

Abrir cualquier página de El intruso supone retroceder a una época en la que el conocimiento se procesaba en forma de pequeñas listas, de mínimas taxonomías con las que distinguir a una mariposa de un elefante, a un mamífero de un insecto. Cuando, a falta de tantas grandes explicaciones, comenzábamos a poner nombre a las cosas con un simple gesto. Con simples analogías, a partir de la más evidente diferencia. Bastaba, pues, recorrer las formas ovaladas del dibujo con la punta del dedo, olisquear el papel para capturar el aroma inconfundible de imprenta y disparar la imaginación con aquellas criaturas que, a falta de una visión más amplia, empezábamos a conocer por escrito.

Todo lo que tiene El intruso de divertimento, lo tiene también de breve enciclopedia del saber infantil. Y es que sus páginas incitan a procesar la información, a agudizar la memoria y despertar el gusto por la clasificación, abriendo así nuestro conocimiento a un horizonte cada vez más amplio. A nuevos nombres, objetos no identificados, que se agolpan en las grandes páginas del libro en sencillas series de figuras de varios colores. Cómo se empiezan a percibir las formas más simples hasta revelar, tras sus manchas de color y los rasgos temblorosamente infantiles, una serie de figuras que pasarán a ser cada vez más familiares. De otro mundo al nuestro. Como cuando, durante la infancia, coloreábamos los dibujos de animales otorgándole a un león una melena verde y a una cebra las rayas de rojo intenso. Sin tener que fijarnos en su aspecto, cediendo esa tarea a la imaginación, a la improvisación y, en definitiva, al potencial creativo.

La edición de Libros del zorro rojo incluye unas plantillas para dibujar los motivos y formas que Contraire acumula en sus páginas, quién sabe si en un intento por lograr que despunte ese primer interés pedagógico en las cosas. En los animales, los objetos; en lo que nos rodea. Porque El intruso, en su hábil juego de identificar el error a partir de la serie, es también un precioso homenaje a los resortes del aprendizaje natural e intuitivo. A esa primera etapa educativa en la que recibíamos casi toda la información sin apenas filtros. Antes de que la melena dorada del león o las rayas negra de la cebra encauzasen los pasos de nuestra imaginación infantil. Y ese es, pues, el objetivo de la obra de Contraire: fomentar la imaginación, instigar el aprendizaje, evocar, como aquellos que palpaban secretamente la anatomía del elefante, las formas de ese mundo al que pertenecemos. Tan vasto que basta para la infancia con empezar a apuntarlo, a dibujarlo con la mano temblorosa y las ceras de colores. A, en fin, divertirse imaginándolo en sus pequeñas clasificaciones. Esas en las que siempre hay un intruso al que desenmascarar.

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