Los espacios de la muerte viviente, de Lászlo  F. Földényi (Galaxia Gutenberg)  Traducción de Adan Kovacsics | por Francisca Pageo

Lászlo  F. Földényi | Los espacios de la muerte viviente

Lászlo  F. Földényi, escritor, crítico de arte y traductor, es uno de los mayores referentes en el ámbito del ensayo en Hungría. Con este libro, Los espacios de la muerte viviente, editado por Galaxia Gutenberg, nos adentramos en la ciudad y su representación en apenas 70 páginas que van cargadas de imágenes y multitud de referencias en las que visualizar todo lo que el autor trata.

El libro es una continua referencia al cuadro con el que De Chirico y Földényi se hallarán obsesionados, Vista arquitectónica de Giorgio Martini. Para De Chirico, la idea no es independiente de la cosa, sino idéntica a ella. A raíz de esto veremos las imágenes del pintor como esencialmente lo que De Chirico ve, a pesar de su surrealismo. De Chirico concebiría el mundo de los sueños como parte también física del ser humano y no sólo metafísica. Mientras De Chirico representaba y escribía en sus diarios sobre la arquitectura y las ciudades posibles, Kafka las viviría y experimentaría no sólo con sus escritos, sino también con su modo de vivir en la ciudad.

La arquitectura no sólo se creó para ser habitada, sino para ordenar y embellecer lo que conocemos como ciudad. Una ciudad, o ciudades, que aquí el autor nos muestra como aniquiladas, llevadas al mismo caos pero rigurosamente ordenadas por sus infraestructuras, sus líneas, detalles y salientes. Según San Agustín, toda ciudad alude a la estructura de una ciudad ideal y vemos como a lo largo del libro esta se va representando conforme a cada época. El objetivo de la arquitectura es regular la vida, tener un control sobre los elementos. De este modo el autor también hace hincapié en diferentes tipos de edificios simbólicos, como lo son las cárceles o instituciones de tipo Panóptico. De hecho, tampoco es casualidad que en las imágenes de ciudades ideales no haya ningún rastro de huella orgánica, esta es, de huellas que nada tienen que ver con lo que el material construido nos presenta. Estas ciudades serían representadas principalmente en el Renacimiento, época en la que Földényi centrará cierta parte de sus escritos. Esto nos hace pensar por qué toda ciudad ideal la imaginamos parecida a aquellas hechas en el Renacimiento, ¿las imaginamos así por haber visto estos grabados y pinturas o las imágenes mentales vinieron antes?

El autor expone cómo las épocas van cambiando en la ciudad y cómo los edificios que en un tiempo fueron destinados a engrandecer un pueblo pasan a ser olvidados y relegados a un segundo plano. Véase los que se construyeron bajo el mandato de Hitler en Alemania. Con esto nos damos cuenta de que el espíritu de la naturaleza no se halla sólo en ella misma, sino también en las cosas que hemos construido, teniendo su propia evolución y transición a otros modos de vivir y ver la ciudad. ¿No son acaso las ruinas eso mismo? ¿Y el propio arte?

Los espacios de la muerte viviente es un libro sobre las edificaciones que construyen la ciudad y sobre los lugares en los que uno se halla. Un libro que nos presenta la vida en su forma más material pero también simbólica y llena de referentes a los que deberíamos ir más a menudo para comprender por qué, cómo y a qué lugar pertenece cada edificio en el que habitamos, queremos habitar y que fue construido.

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Las madres negras, de Patricia Esteban Erlés (Galaxia Gutenberg) | por Dara Scully

Patricia Esteban Erlés | Las madres negras

Una sombra nos vela los ojos. En la penumbra, un edificio que se recorta, brutal, contra el cielo nublado. Una arquitectura imposible que oculta el rastro de un lamento, un temblor hueco que se filtra a través de las paredes. Es el orfanato: Santa Vela, el hogar de las niñas, la cárcel donde las muchachas con la cabeza pelada frotan las miserias del mundo. Es el rastro, como un canto ancestral, quien nos guía hasta su entrada. Son las niñas, que nos miran con sus ojos opacos, mudos, con las bocas abiertas de hambre. Vemos a Coro y el atisbo de su cabello rubio, la nuca blanca, rapada, la pierna seca que se arrastra por el patio. A Pola, la bella Pola, como una flor inerte que nos espera. A la muchacha que murió y volvió a despertarse, con los labios limpios de púrpura, para volver a morir mil veces. Todas son pálidas y diminutas. Sus huesos se perfilan bajo los vestidos grises. Tienen los párpados azules de las criaturas que pasan frío, los dedos rojos y afilados. Alguien ha atravesado sus cuerpecitos y las ha sacudido hasta la extenuación. Las niñas huérfanas que expían sus pecados. Vigiladas por la mirada atenta de las madres negras. De la hermana Priscia, alta e imperturbable, terrible como las plagas que no pueden nombrarse.

Pero al fondo del lamento se escucha un aullido. Un lobo hermosísimo que no podemos ver y sin embargo imaginamos: Mida. La niña superviviente. La niña que escapó de Santa Vela durante la noche. La hija de la mujer del bosque, la mujer que ardió en una pira, condenada por aquellos temerosos de Dios. La niña que fue marcada en la frente como Invisible y apaleada hasta quebrarle los huesos, sin lograr por ello derrotarla. Mida, que no quiso olvidar su nombre. Que lo pronunció cada día, Mida, Mida, Mida, para que nadie se lo arrebatara, aunque le hubieran arrebatado el cabello rojo, la libertad, la risa. Mida, que aúlla con su voz de niña para que la sigamos, para abrir nuestros ojos al asco y la violencia, a la miseria que esconde Santa Vela. Mira, así son las madres negras, nos dice. Mira, así nos cortaron el cabello. Así las huérfanas pasamos hambre, y pagamos por unos pecados que nunca cometimos, y morimos en nuestras camitas estrechas y nos entierran como a perros, sin cruz que marque nuestros nombres. Porque nos lo han arrebatado todo. No somos nada, nos dice Mida, y señala a Coro, a Moira, a Pola: todas asienten al unísono. Y también nosotros, entonces, deseamos aullar como un lobo. Clavar nuestros dientes afilados en el pecho de la hermana Priscia. Destruir esa casa de relieves imposibles. Que ardan, que ardan todas aquellas que arrasaron la inocencia en nombre de un Dios que es brutal como los hombres.

Porque eso es Dios, a fin de cuentas. Un hombre violento. Un hombre que se aburre y juega, que pone piedras en los senderos y sopla tempestades. Un dios caprichoso del Antiguo Testamento que toma con su mano antigua aquello que desea. El cuerpo verde de una muchacha. La fé de una mujer ultrajada. El espíritu valiente de las huérfanas. Dios maltrata a sus mujeres, a sus muñecas de porcelana; Dios las acuna y las olvida. Las madres negras se entregan como novias que él desmenuzará en la noche, cuando no quiera más de ellas. Quiebra los cuerpos a su paso como si fueran abedules frágiles. Pero hay juncos que se pliegan a las tormentas. Y aunque los arrasen, ellos se yerguen de nuevo, verdes como hiedra luminosa, como una pira que arde eternamente sin que nadie pueda sofocar su fuego.

‘Las madres negras’ es una novela violenta y turbadora. Una novela hilada con cuentos, con la voz de cada pequeña huérfana, la historia del antes de Santa Vela, o de su vida allí, su muerte allí, su transitar por la miseria en ese lugar negro. Hay en cada página una belleza que sobrecoge, una mirada que trasciende la negrura para acariciarnos, para dejar sobre nuestro pecho desnudo un racimo de luz. Lloramos junto a las pequeñas huérfanas. Deseamos su liberación: que alguien las acoja y las haga reír. Que crezcan sus cabellos y se trencen fuertes e inquebrantables. Nos ponemos del lado del lobo y del diablo, de la niña pelirroja que se negó a olvidar su nombre, y como ella enfrentamos a quienes enarbolan a un Dios que sólo comete atrocidades. Rechazamos su hipocresía, su fanatismo enfermo, su entrega hasta las últimas consecuencias. Porque Dios, si existe, no puede ser como describe la hermana Priscia. Y si así lo fuera, entonces cerraremos los ojos, cogeremos fuerte nuestras manos pequeñas, nuestras manos de niñas, y en un aullido interminable, hermoso y voraz, huiremos al bosque, y allí seremos libres y paganas. Nuestra pureza crecerá como el musgo. Nos alimentaremos de savia y helechos. Y ningún hombre volverá a golpearnos. Ningún Dios codiciará nuestros cuerpos. Seremos mujeres libres, valientes: hijas de los lobos que sobrevivieron.

Por mi parte, solo puedo decir: lean esta novela maravillosa. Lean aunque se clave como un aguijón doloroso. Aunque apriete la soga en el cuello. Lean porque su belleza, a pesar de la sombra, es deslumbradora.

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La razón estética, de Chantal Maillard (Galaxia Gutenberg) | por Óscar Brox

Chantal Maillard | La razón estética

Una primera intuición al respecto del libro de Chantal Maillard es que bien podría haberse llamado maneras de entender el mundo, en tanto que son esas maneras las que se derivan de la educación de la sensibilidad. De las categorías de la sensibilidad que varían de una época a otra y que, a la larga, nos conducen hacia uno de esos problemas fundamentales: el conocimiento de uno mismo. Una segunda intuición es que a Maillard no le preocupa tanto la cantinela en torno a la pérdida de valores que parece acompañar a estos últimos tiempos posmodernos (en ausencia de una palabra más afortunada), sino que lo que realmente desea criticar -pintarle un bigote, como Duchamp al cuadro de la Gioconda- es el modo cultural que se desprende de esa lectura. Sobre todo, a causa de la falta de espontaneidad y de impulso de descubrimiento que preconiza la posmodernidad, con la mirada puesta en dirección a la nostalgia y el abatimiento. Y que revierte en algo más importante: el modo de racionalidad con el que se construye el mundo que le corresponde a la actualidad.

Pese a las reservas que manifiesta en el prólogo que acompaña al libro, a modo de revisión de las tesis expuestas veinte años atrás, lo cierto es que Maillard se entrega a la tarea intelectual de caracterizar a su Razón estética con tanta perspicacia como apasionamiento. Jugando, precisamente, con el vocabulario heredado de los últimos estertores del romanticismo, la Modernidad o la Ilustración para ver cómo fortalecer a la Razón. Cómo hablar de esa Razón poiética hacedora y creadora de realidad. Para ello, nos sitúa inicialmente en una consideración, junto a Gianni Vattimo, de lo que ha sido el devenir teórico de la posmodernidad, desde la crisis de la Modernidad hasta ese concepto siempre delicado que es el pensamiento débil, y las sucesivas recetas, desde la epistemología a la hermenéutica, que unos y otros han formulado para dar cuenta de la cuestión.

Así, el primer paso que lleva a cabo Maillard es el de recoger esos fundamentos caídos en la posmodernidad con los que nutrir su Razón estética. Y para ello se dedicará a revisar, al calor de, entre otras, las lecturas de Richard Rorty, las ideas en torno al papel de la ironía y de la conmiseración que hallará en la ternura -en un precioso pasaje, por cierto, a cuenta de David Lynch y su Corazón salvaje. Así como también echará la vista atrás, en dirección al sujeto romántico, para darle la vuelta al calcetín de su condición, a la categoría de lo sublime y el tránsito entre la ironía moderna y la posmoderna. De todo ello, un comentario más literario que filosófico, Maillard extraerá reflexiones sobre las versiones de Drácula y Frankenstein, el moderno Prometeo extrapolado a los tiempos de Blade Runner y la irrupción, en mitad de las categorías heredadas del romanticismo, de esa conmiseración, de ese con-padecimiento, como escribe la autora, de los que tirar del hilo. En especial, a partir de la agónica vindicación de su existencia emocional que lleva a cabo el replicante Roy al final de Blade Runner.

En uno de los textos más inspirados del libro, Maillard reclama recuperar lo lúdico para la vida; también, la fuerza filosófica necesaria para cambiar el comportamiento de los individuos en la sociedad actual, marcado por sus implicaciones con la técnica. Otra manera de vivir, o de ver el mundo, alejada de los resabios románticos o ilustrados que ha caracterizado a lo largo del libro. Y para ello hablará de la recuperación del placer, íntimamente ligado a la actitud estética. En ese recorrido por las diferentes tentativas filosóficas para cubrir el vacío dejado por la crisis de la Modernidad, se encargará de analizar la razón poética de María Zambrano -y, en especial, el papel de la metáfora- hasta trazar un hilo de comunicación con su razón estética.

Cuando un mundo cae, hay que reemplazarlo. En el vértigo de esa afirmación, Maillard nos interroga a propósito de la clase de racionalidad capaz de dar nacimiento al o a los mundos que nuestra actualidad requiere. Y se diría que, pese a sus reservas tardías, La razón estética es un ejercicio de optimismo filosófico, de pelear con el tedio posmoderno en busca de una respuesta creativa que dé lustre a conceptos aplastados por sus resabios románticos, por lecturas agotadas (como la risa, el humor y el bergsonismo) o por un pensar secuestrado por los imperativos de la técnica. De ahí que, ante todo, la de Maillard sea una obra que se pregunte qué puede dar la razón tras décadas marcadas por la posmodernidad. Y que su respuesta, en definitiva, nos invite a pintar un bigote a lo posmoderno.

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Granta 6: Tierra (Galaxia Gutenberg) | por Juan Jiménez García

Granta 6: Tierra

La tierra. Lo físico. La piedra. Hay algo de cierto en todo esto, poco de abstracto. Es como si siempre hubiéramos estado ahí, como si en ello hubiera no solo una cierta estabilidad, sino también la presencia de un mundo que está ahí desde siempre, que forma parte del principio de los tiempos, de un pasado que ni tan siquiera llegamos a imaginar, a visualizar. Como en aquella Roma de Federico Fellini, tal vez todo desaparezca al ser descubierto. O tal vez no. Ahí están aquellas catedrales prehistóricas, las cuevas, con aquellos pintores anónimos que no esperaban ninguna posteridad. En Granta, número seis, Judith Thurman escribe sobre ellos y sobre si aquellos hablaban de nosotros, seres igualmente desconocidos e inimaginables. Es un bonito para abrir un bonito número. Las cuevas de Lascaux, de Chauvet, en un texto que luego inspiraría a Werner Herzog. Sobre la piedra escribió Roger Caillois mucho. Y aquí hay un poco de ello. También de su colección. Roger Caillois, el hombre que amaba las piedras, escribió Marguerite Yourcenar. Caillois. Esa lejana obsesión.

En este seis hay un lugar para todo. Como en números anteriores. Herta Müller, siempre tan especial, en Que no se te vaya la cabeza adonde no debe escribe sobre las canciones. Las canciones que cantaba y las que no podía cantar. Porque las canciones son otro arma poderosa. Y eso se sabía en la Alemania de Hitler y también en la Rumanía de Ceaușescu. Harold Pinter escribe sobre Shakespeare. Apunte sobre Shakespeare es el dramaturgo como obsesión y como herida. Hay asociaciones. Ramón Andrés escribe Sonido y piedra. Y como afortunada asociación, pensamos soñadoramente en ello. Frente a la pesadez de la piedra, la Levedad, de Monika Zgustova. Es un relato sobre un encuentro. Hay más relatos. ¿Tienes un rato? es de Kaori Fujimo, escritora japonesa traducida por primera vez a nuestro idioma y de la que nos quedamos con ganas de más. O Tierra no hay más que una, de Jenn Diaz. O Juan Vico y Aquí.

Ken Follet escribe sobre su familia. Sus complejas relaciones con esa familia ultracatólica, fundamentalista (una palabra que asociamos a algunas religiones, pero no a otras). El texto se llama, reveladoramente, Mala fe. Francesc Serés, volviendo a lo físico, a la tierra, escribe sobre Robert Smithson y sus fascinantes imágenes. El peso del mundo (que también era el título de aquel libro de aforismos, de esencialidades, de Peter Handke). Son preguntas en busca de respuestas. O respuestas en busca de preguntas. En el número seis también hay un cuestionario. Sobre Laberintos. Bueno, no exactamente. Ese es el título, pero se buscan lugares únicos para uno, paisajes personales, piedras o minerales. Responde mucha gente. Cada cual entendiendo lo que quiere entender. Desde Enrique Vila-Matas hasta Francisco Goldman. Entre ellos, muchos.

Hay más. Escribir sobre todos no vale la pena, porque lo realmente importante es leerlos. Leer Granta es encontrar un tono, una manera de entender la edición. Hay algo que atraviesa todos los textos y ese algo no es lo evidente. El título, Tierra, no es más que una piedra lanzada al agua, esa agua en la que rebota y rebota, salta y salta, trazando nuevas formas y entre incógnitas y revelaciones.

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El triunfo del artista. La Revolución y los artistas rusos: 1917-1941, de Tzvetan Todorov (Galaxia Gutenberg)  | por Francisca Pageo

Tzvetan Todorov | El triunfo del artista

Tzvetan Todorov, considerado como uno de los mayores intelectuales del último siglo, escribió en El triunfo de artista, publicado por Galaxia Gutenberg, todo lo que la Revolución rusa dejó tras de sí durante los años 1917 y 1941, permitiéndonos comprobar la admiración que el propio autor reflejó en su obra por los artistas expuestos. Así, el eje de su trabajo tratará aquí de la relación entre dos protagonistas: las artes y el poder. Y es que El triunfo del artista es un libro en dos partes que reúne un retrato colectivo y otro particular del artista frente al poder totalitario. Todorov nos presenta todo el régimen político de la Rusia de entonces y todo a lo que a los artistas y creadores se vieron sometidos. Es un libro en el que anotar obras y libros de todos los autores que se presentan. El autor ahondará en la vida y obra de cada creador para enseñarnos cómo los cambios políticos les afectaron. Ellos serán Boris Pasternak, Marina Tsvietáieva, Isaak Babel, Máxim Gorki, Alexander Blok o Dmitri Shostakovich, entre otros.

Todorov traza una relación entre la revolución política y la revolución personal que vivieron cada uno de estos autores. Algunos de ellos serían perseguidos y sólo podrían escribir clandestinamente, como Ósip Mandelstam, quien fue prisionero; o en el exilio, como Tsvietáieva, que posteriormente tendría que volver a Rusia y cometería suicidio. «Para poder escribir, el poeta debe estar en armonía con su tiempo», se dice en el libro. ¿No es esto paradójico? La gran mayoría de los autores que se muestran no estaban del todo conformes con lo que les tocó vivir, y sin embargo ellos lo hacían, como si no pudieran hacer otra cosa. Escribir, en aquella etapa, era un campo de batalla en el que se libraban las vidas a cambio de algo de poesía, a cambio de algo que elevara el alma. Quizá ahí resida el motivo de este libro, el fundamento principal sobre el que Todorov se asienta para dar luz a todos los artistas que a él le elevaron y que vivieron tales cosas.

En el libro confluyen todas las artes que se vieron mermadas ante el nuevo poder. Asimismo, se incluyen unas necrológicas de autores que bajo el mandato de Stalin no lo tuvieron fácil. Los pequeños ensayos sobre Malévich son cuanto menos esclarecedores sobre la revolución y lo que le tocó vivir. Para él había un gran paralelismo entre el orden estético y el orden político. Todorov lo dibuja como a un soñador y deja clara su postura de izquierdas ante la vida. «Si hay una revolución en arte comparable a la que han llevado a cabo los bolcheviques en la sociedad, es la de los artistas de vanguardia como Malévich. Unos y otros derriban el orden antiguo y proponen otro en su lugar.»

Sin duda, Todorov, gracias a todos los libros legados de su padre (tenía una gran colección de libros de escritores rusos y en ese idioma), como bien se explica en el libro, lleva a cabo una exhaustiva investigación de todo lo que la revolución dejó tras de sí. De esto modo, nos hallamos ante una edición para tener guardada a buen recaudo y a la que recurrir si queremos saber qué pasó exactamente con cada autor analizado en sus páginas. Ya no sólo porque nos muestra la historia tal como ocurrió, sino por enseñarnos los diferentes caminos y pensamientos que cada autor tuvo. El triunfo del artista es un imprescindible para conocer la cultura rusa y su historia y cómo esta mermó en los autores que vivieron esa Revolución.

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Reinos desaparecidos. La historia olvidada de Europa, de Norman Davies (Galaxia Gutenberg) Traducción de Joan Fontcuberta y Joan Ferrarons | por Juan Jiménez García

Norman Davies | Reinos desaparecidos. La historia olvidada de Europa

Buenos tiempos estos para acordarse de lo efímero de los reinos y los imperios. También para recordar que pocas cosas permanecen y que, hasta aquello más inmenso, aquellos que parecía no tener final, lo tiene. Que no hay nada lo suficientemente poderoso como para no derrumbarse, nada lo suficientemente eterno para no acabar. Reinos desaparecidos. La historia olvidada de Europa podría leerse como un canto a lo efímero, pero no hay mucha poesía (o no siempre) en esas caídas por agotamiento o atropellados por otros más jóvenes, más atrevidos. Es simplemente una de esas leyes que lo gobierna todo, desde lo más grande a lo más pequeño. Una especie de necesidad de destrucción para poder construir algo. Norman Davies nos cuenta esta peculiar historia del mundo. Una historia que podría ser la de los perdedores olvidados, aunque algunos aún estén ahí, esqueletos de monstruos derribados.

La Historia del mundo ha dado para muchas desapariciones. Aun limitándose a Europa, como su título indica, el catálogo es amplio. Desde uno que nos puede resultar bien cercano (los visigodos, aunque en su decadencia francesa) hasta otros más lejanos pero más presentes, como el último, la Unión Soviética. Davies no se limita a una visión más o menos pintoresca de cómo acabó todo, sino que, desde el presente, busca ese pasado y sus reconstrucción. No solo de los últimos días, sino de todo su devenir, desde su nacimiento, hasta su desarrollo, esplendor, decadencia y muerte.

No es fácil. No lo es en todos los casos. La Historia, ya lo sabemos, la escriben los vencedores, y es complicado incluso a veces establecer que ocurrió con aquellos territorios de leyendas. Tanto que, en algunos casos, lo complicado es establecer si realmente existieron, como en el caso de Alt Cloud, la Roca. Y eso pese a haber existido entre seiscientos y setecientos años. Y mucho más complicado separar esa leyenda que decíamos de lo que verdaderamente fue. Davies es paciente y desmonta cada uno de ellos con una paciencia de aquel que debe encajar no pocas piezas de una maquinaria que es la que mueve al mundo. ¿Cómo poder desentrañar misterios como Burgundia, un reino que responde a muchos otros?

No pocas veces los reinos desaparecidos siguen presentes de algún modo. Aragón es uno lo suficientemente presente para nosotros como para entenderlo. Pero hay otros que mantienen sus resonancias no solo míticas, sino de algún modo presentes. Como ese Bizancio construido sobre los restos del Imperio Romano. O los reinos centroeuropeos, llenos de ecos de un pasado que tal vez podría ayudar a entender el presente (Borussia, Galitzia,…). Hasta llegar a lo efímero (y que también, a su manera, nos ayuda a entendernos): Rutenia, el reino que duró un solo día.

En algún momento Davis habla de la historia de estos reinos como escrita en la arena, una arena que se llevarán las olas. El libro se cierra con un revelador ensayo: Cómo mueren los estados. En el Norman Davies, tras haber recorrido todos aquellos lugares, haberles dado su lugar, su espacio, sus razones, intenta encontrar el común denominador de esas muertes, al calor de la más presente, la de la URSS. Todo para llegar a la conclusión de que este no existe, pero si existen razones que se repiten, impulsos comunes, fuerzas que acaban por derribar cuerpos más o menos enfermos. Una historia natural de la caída.

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Un espíritu prisionero, de Marina Tsvietáieva (Galaxia Gutenberg) Traducción de Selma Ancira | por Francisca Pageo

Marina Tsvietáieva | Un espíritu prisionero

De la mano de Galaxia Gutemberg -anteriormente publicado en Círculo de lectores-, aparece una nueva edición de Un espíritu prisionero, una compilación de poemas y ensayos biográficos, catorce y cinco respectivamente, de Marina Tsvietáieva. Estos textos y versos pertenecen a la autobiografía personal de la autora, en esta ocasión acompañada de varios fragmentos y anotaciones de sus Confesiones, también publicadas por la misma editorial.

A pesar de la falta de libertad que había en Rusia en la época que a Marina Tsvietáieva le tocó vivir, su espíritu, como contradicción del título de esta obra, sí que era libre y ella hacía poesía como las abejas acuden a las flores para coger todo su jugo, de manera concisa y nada distraída. La autora tenía un don para la palabra escrita, un don nada mundano que se puede ver reflejado en todo lo que escribió. Sabía y solía ver el mundo como una declaración de amor constante hacia la belleza, la poesía y lo que la vida le podía dar de sí, aunque esta fuera mísera y pobre. Desde edades tempranas, principalmente en su adolescencia, su don se vería nombrado en poetas como Valeri Briúsov o Nikolái Gumiliov, quienes verían en Marina una voz única y especial.

A cada circunstancia maléfica que acontecería en la vida de Marina, el instinto artístico de la autora se multiplicaba, y cuanta más dura era su existencia, más creaba. A Tsvietáieva no le gustaba el tiempo que le tocó vivir, pues este despreciaba el mundo espiritual y emocional del individuo, pero ella lo manifestaría plenamente con sus palabras y su manera de sentir la vida, la cuál era también poética y lírica. Sus diarios son así, líricos y poéticos, más cerca de la evocación que de la propia autobiografía per se. El lirismo de Marina se ve envuelto en una enorme esfera donde los sentimientos y emociones ruedan sobre sí mismos.

En el libro se nos ofrece una breve biografía, gracias al prólogo de Irma Kúdrova, de todo lo que Marina tuvo en vida. Es de clara importancia la cercanía que tenía con su hija Alia, la cual es fundamental y clave para entender y dar con ciertas partes de estos fragmentos de su diario.

Tsvietáieva narra su vida como si no pudiera hacer otra cosa, como si la escritura fuera un arma con la que luchar en ese campo de batalla que era Rusia. Así, Marina viajaría a lo largo de su vida a Italia y Francia, en busca de una existencia más sosegada y donde su espíritu pudiese tener más hueco.

Marina escribe y no calla, pese a todo. Deja constancia de lo que le sucede tanto a ella como de lo que les sucede a sus seres más próximos, de una manera lírica. Su escritura no es superficial, sino honda, profunda, llena de ligeras descripciones y anotaciones que expresa de manera rítmica y musical; como explica la traductora Selma Ancira al inicio del libro «en la prosa y en la poesía de Marina Tsvietáieva sucede lo que en las partituras de música vocal en donde las sílabas se separan mediante guiones para acoplarse a la cadencia de la melodía»; es irremediable no ponerse de acuerdo con esto.

La carta a sí misma que escribe sobre la muerte de Rainer Maria Rilke, de quien sería amiga epistolar, es una carta universal sobre la muerte y lo que ella conlleva. Es también una carta sobre los sentimientos que se profesaban. Y es, también, una carta sobre el amor no sólo fraternal, sino también sobre el amor por la poesía, la escritura y la lectura. Su encuentro con Andre Biely es casi onírico, como si las dos almas se encontrasen sin cuerpo presente. Es un encuentro desnudo, extraño que Tsvietáieva muestra como un milagro. Sin duda para la autora, es el encontrarse con poetas con los que siente afinidad lo que le da fuerza para seguir con su escritura y su forma de sentir y ver la vida.

La poesía de Tsvietáieva es ágil y esbelta, como ella, es elegante y vislumbra destellos de luz al leerla. Son poemas que hablan de la amistad y del interior del ser humano, hablan de la espiritualidad subyacente a todo y de la naturaleza. Son poemas delicados, con los cuales sentirnos esperanzados pese al sufrimiento. Pese a todo. Marina piensa, piensa y piensa. Marina habla, habla y habla. Marina es desde luego un ser humano que acepta su condición; acepta que no todo en la vida sale bien y acepta que la escritura y el amor que tiene por sus seres queridos es lo único que siente que es capaz de salvarla. Pese a todo, Marina se suicidará pero su vida no se irá en vano, pues nos deja todo un gran legado y testamento literario que leer y en el que reconfortarnos, por muy irónico que parezca.

Un espíritu prisionero es, sin duda, un libro esencial de la autora que nos hace ver sus ideas y pensamientos y que resulta clave para entenderla y entender la época en la que vivió. A mí, desde luego, me ha conquistado.

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Bohumil Hrabal | Mi gato Autíčko, de Bohumil Hrabal (Galaxia Gutenberg) Traducción de Monika Zgustova | por Juan Jiménez García

Bohumil Hrabal | Mi gato Autíčko

Cuando hace algunos años murió Emilio Toibero, amigo insustituible en la distancia argentina, tras haber aparecido desplomado en la calle y sin poder ser identificado durante unos días (me dijeron), lo primero en lo que pensé, entre todo el horror, fue en su perro. Aquel perro que le reclamaba ver, en su soledad, uno junto al otro, el Umberto D de Vittorio de Sica. Ahora, todo este tiempo después, leyendo  Mi gato Autíčko, de Bohumil Hrabal, he entendido que lo único que hacía era abrazar póstumamente los temores, ciertos, de Emilio. ¿Qué será de todos aquellos animales cuando uno no esté? Hay que decirlo ya, para huir de confusiones: Mi gato Autíčko es un libro terrible. Terriblemente bello y terriblemente triste. Un libro sobre la vida pero también sobre la muerte (seguramente más sobre la muerte). Y sobre la culpa, que es el precio común que nos toca pagar por la belleza de algunos instantes.

El amor del escritor checo por los gatos es bien conocido. Curiosamente no es algo que se transmita a sus novelas, pero estaba bien presente en su vida. En su casa de campo de Kersko, no muy lejos de Praga, Hrabal vivía sin ninguna comodidad, con un puñados de gatos y una mujer que le preguntaba cada día que iban hacer con todos aquellos animales. A esos instantes mágicos en los que despertaban rodeados de un afecto que pocas cosas podían reemplazar, le seguían los tormentos de la existencia. Pensar en ellos cuando se iba a la ciudad, imaginarlos en el frío, esperando poder entrar de nuevo en la calidez del hogar, pensar que sería de ellos cuando él ya no estuviera allí para cuidarles. Pero lo más terrible de todo, lo que verdaderamente le volvía loco era cuando sus gatas traían al mundo otros gatitos, de cinco en cinco si era necesario y él ya no sabía qué hacer con ellos (o sí, y eso era lo peor). Y seguía oyendo la eterna pregunta de su mujer.

En su vida, como en su obra, lo bello y lo triste siempre han ido juntos de la mano. Para alguien que vivió la realidad de aquella Checoslovaquia aplastada por su época, atravesada por los tanques populares-soviéticos y convertida en país de las maravillas perdidas, no podía ser de otro modo. Trabajar en una fábrica, escribir subido al tejado, guardar todo lo escrito en un cajón, esperando un futuro incierto y una eternidad aún más incierta. Hrabal construye su narrativa sobre la necesidad de vivir y Mi gato Autíčko (en realidad, Autíčko es una gata), aún desde su tono íntimo, personal (o precisamente por eso), no deja de ser un canto a la vida por encima de todo, empezando por lo terrible. Lo terrible, ese algo que está siempre por ahí, para lo que no es necesaria ninguna tragedia griega.

A través de su relación con los gatos, Hrabal nos propone su relación con él mismo. Ya ni tan siquiera con el mundo que le rodea, que es algo que está ahí. Ya decía en uno de sus poemas que la distancia más lejana es la que va de uno mismo a uno mismo, e invitaba a construir un puente. Sin duda ese puente está habitado de gatos. De gatos vivos y de gatos muertos. De fantasmas. Y del frío invierno.

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Granta 4: Agua (Galaxia Gutenberg) | por Juan Jiménez García

Granta 4: Agua

El agua es el principio y fin de todas las cosas. Del agua venimos, en agua nos convertimos y al agua volvemos, de algún modo, de alguna manera. Parte fundamental de nosotros, símbolo de tantas cosas, lugar de recuerdos, como la infancia. El número cuatro de la revista Granta (editada por Galaxia Gutenberg) está dedicado al agua, vista como tantas cosas. Tantas como escritores participan en ella, que son muchos. Tantos como escrituras.

El agua como magdalena evocadora de recuerdos ligados a la infancia se convierte en la base vertebradora. Quizás solo sea una cuestión de azar, pero el azar a veces es la explicación simple de otras cosas que se nos escapan. Ya en el texto de apertura, escrito por Claudio Magris (Acerca del mar), encontramos esos recuerdos que van desde el nacimiento (el suyo) hasta la muerte (de su mujer), con Trieste ahí presente, con el Mediterráneo y con el norte más allá, esa Europa que se convierte en otra cosa porque la luz es otra y también el agua. En ese mismo espacio de la memoria se instala Rebecca Giggs con La caída de la ballena, el relato de la devolución al mar de una yubarta varada en la orilla de la playa. O La canilla, de Cynthia Rimsky (todo se confunde y lo que puede ser memoria tal vez solo sean falsos recuerdos y recuerdos premeditadamente falsos). El lago, de Lydia Davis, son varios años en una campamento de verano convertidos en sensaciones, en impresiones, en fragmentos de ese todo. Y algo así, cambiando campamento por una hacienda, La Oculta, es El ahogado más triste del mundo, de Héctor Abad, evocación de la familia y del agua, siempre ahí. Tal vez por eso, en Meandros, recopilación de respuestas a tres preguntas (no siempre o casi nunca respondidas) formuladas a multitud de receptores, acabe siendo tan a menudo una evocación de la infancia y el mar.

A veces, esos recuerdos, esa evocación, se enturbia o nos lleva a otros mares. En Ana y el agua, de Carla Guelfenbein, la piscina es el lugar del primer amor y la libertad en tiempos de la recién estrenada dictadura chilena. Y el germen de la tragedia y la decepción. Nadar en las Galápagos, esas islas lanzadas a la inmensidad del océano y convertidas en último lugar de la tierra, es el origen del texto de Gabriela Alemán, que repasa su historia y lo que ellas representan. Como lo que representan los barcos y la pesca en el África occidental, en un artículo de Anna Bahkhem. Mientras, Patricia Highsmith, en Escena de un crimen, encuentra a su Ripley a la orilla del mar, avistado desde la ventana de un hotel italiano y para siempre sin nombre. Y Bruce Chatwin conversa con la señora Mandelstam en un fugaz y encantador relato, que es todo misterio porque todo es desvelado y está a la vista.

El agua que está presente, el agua que cae, el agua transformada en lágrimas, es la protagonista de relatos como los de László Krasznahorkai (Una vez en la 381, sobre la deriva), Marina Perezagua (Busco un hombre, siendo esa búsqueda también la de la escritura),  Santiago Roncagliolo (Llorar es lo normal, sobre la brutal irrupción de la paternidad en una vida medida) o Basilio Baltasar (Nunca hubo 300 años, relato policiaco que se nos invita a leer en clave política). Pero no todo es presente o pasado memorable. Está también la antigüedad (Orión, de Jeanette Winterson) y un futuro posible en la Tierra y también Marte (Eduardo Lago y su Save the robots).

Hay más y no se puede llegar a todo aquello contenido en este número, porque como ese agua, se nos escapa entre los dedos, fluye, va más allá y no se puede encerrar en unas pocas palabras, siempre insuficientes. Ese agua tiene un significado diferente para cada uno de nosotros y ni tan siquiera es siempre de atracción (ver Enrique Vila-Matas) o la evocación de un horizonte azul con principio (y no siempre) pero con final (quién sabe). Para cada cual significará un espacio y no siempre físico. Pero siempre será ese principio y fin.

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Pleamargen. Poesía 1940-1948, de André Breton (Galaxia Gutenberg) Traducción de Xoán Abeleira | por Juan Jiménez García

André Breton | Pleamargen

Leo el extenso prólogo de Xoán Abeleira que acompaña esta edición de le poesía de André Breton (un libro en sí mismo) y pienso. No siempre se consigue esto en un prólogo, que demasiadas veces es la esforzada presentación de un número de circo que sucederá a continuación. Quizás sea por eso mismo, porque no es un prólogo sino una apasionada declaración de amor llena de razones. Una declaración a favor del poeta, de André Breton. El surrealismo fue un movimiento de poetas, porque hubo un tiempo en el que las revoluciones las hacían los poetas, y fue en aquella primera parte del siglo. Las guerras acabaron con todo, también con esto. Defender a André Breton no es fácil. Bajo su alfombra se acumularon los cadáveres y esos cadáveres eran enormes. Hubo tantos que al final era más sencillo, mucho más práctico, pensar que el cadáver era él, y los demás los vivos. Entre todo eso, el surrealismo (o superrealismo, como prefiere llamarlo Abeleira, siendo una traducción más acertada) atravesó el siglo y llegó hasta nosotros, presente. A veces convertido en un puñado de tópicos, pero qué duda cabe que si lo hizo fue gracias a Breton, cuya obra quedó sacrificada, ofrendada, a ese algo superior.

En ese sacrificio se quedó el poeta. Fuera de Nadja, todo se pierde o zozobra en otras aguas. Pleamargen es precisamente es parte de esa pérdida. Injusta, dado que su obra tiene una importancia capital. Una poesía que además respondía a un acto de madurez (escrita entre 1940 y 1948), lejos ya de todas las batallas, pero instalado en las mismas ideas, en las mismas convicciones. Breton fue el guardián de la ortodoxia surrealista en buena medida porque él fue quien definió el surrealismo y lo corrigió a lo largo de los años, en base a sus propias inquietudes. En su poesía, pues, encontraremos la evolución de la persona, la evolución del movimiento, la evolución del tiempo, siempre a partir de esa esencialidad que buscó permanentemente, con esa personalidad arrasadora (en no pocos sentidos).

Xoán Abeleira define su poesía: Es extraña, Es marginal. Es inquietante. Es radical. Es única. Cada una de sus características responde a otras tantas partes de la compleja personalidad de Breton, formada de una multiplicidad de inquietudes. Inquietudes que van desde el ocultismo (aunque prefiero el término mágico) hasta la propia vida, a la que espera que esa poesía aporte soluciones (para él y para sus amigos, dice). Para el escritor, ser poeta no es algo distinto de ser y la poesía no es una expresión de uno mismo, sino él mismo. Y esa fusión comprende algo más, igual en importancia: el amor, encuentro sublime con otra persona, única, hasta formar un todo. El absoluto. La poesía y la libertad en estado puro. Fuera de esto, uno deja de ser él mismo para ser otra cosa. Y eso no solo es algo que no entra en el pensamiento de Breton, sino que es precisamente esa pureza el origen de todos los conflictos, de todas las luchas, de todos los cadáveres. Pero también de toda certeza.

La mayor parte de su poesía son extensos poemas que fueron apareciendo con una cierta urgencia y por necesidad. Urgencia no de escribirlos, sino de verlos publicados, de que fueran al encuentro de los demás. Es el caso de Pleamargen, de Fata Morgana, de la Oda a Charles Fourier, Los estados generales o Por la senda de San Romano. Pero el lugar en el que se recoge todo ese caudal de su obra es Arcano 17, poema en prosa, prosa poética, texto poético, diario de vida poética, objeto no identificado o solo bajo un nombre: “poesía”. Obra que viene de Nadja y converge ahí, porque viene de la vida y converge en esa propia vida. Reunión de impresiones, de fragmentos, para demostrar aquello de que todo es una misma cosa y una sola. El arcano 17 es la eterna juventud, la resurrección, y ahí estaba Breton.

Pleamargen. Poesía 1940-1948, es una edición deslumbrante. Hay que agradecer a Galaxia Gutenberg que haya sido capaz de acoger no ya la obra del poeta francés sino todo lo que alrededor de ella y con ella ha construido su editor y traductor, Xoán Abeleira. Un trabajo introductorio y unos exhaustivos comentarios a los poemas que lo convierten en una piedra de toque ineludible para acercarse a la figura de André Breton desde una óptica inédita, desde la complejidad necesaria para una figura de su altura y alcance y desde la accesibilidad que debería tener todo aparato crítico.

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Movimientos insomnes. Antología poética 1964-2014, de Clara Janés (Galaxia Gutenberg) | por Francisca Pageo

Clara Janés | Movimientos insomnes

Movimientos insomnes es una gran antología que aborda desde el año 1964 al 2014 la poesía de la escritora Clara Janés. Publicado por Galaxia Gutenberg, estamos ante un libro en el que vida y poesía van de la mano, pues se convierte sin duda en una biografía metafórica de la autora en estos últimos 50 años. De este modo, Movimientos insomnes se mete de lleno en el sentir y el pensamiento de Janés, hablando de cosas que no se pueden explicar pero que su autora logra canalizar a través de la poesía. Para Janés, la poesía es sólo una ramificación de la vida, ya que es gracias a ella que logra explicar todo lo que le acontece de una manera directa y a la vez bella, bellísima, tanto en forma como contenido. Sin duda, y es notable, hay una clara influencia de la Razón poética de la que Zambrano es precursora, pues como se nos muestra en el prólogo Janés fue una de sus discípulas. Y se nota, vaya si se nota. Se ve claramente cómo la aurora y lo que resplandece en la noche, en la oscuridad, se cuela por sus palabras de un modo casi alquímico.

Algo importante en sus versos es el relieve de la naturaleza y su fusión con ella. El uso de la simbología está presente en prácticamente todo el libro. Janés, bien conocedora de ella, usa el imaginario para adentrarnos en un mundo cotidiano pero también trascendente. Su poesía es como un despertar a la vida, al amor y a lo que verdaderamente permanece, aunque lo más importante es que llega a aquello que no muchos podemos llegar, pues la autora no se queda en la superficialidad del mundo, sino que siempre va más allá, como los héroes que han de adentrarse en la oscuridad para luego hacernos ver a los simples mortales qué es lo que no hemos sabido ver; qué es lo que nos falta, lo que yace debajo de nuestras simples y llanas vidas. Así, Janés es una heroína, de las palabras, pero heroína, pues saca a relucir todo aquello a lo que no nos podemos acercar.

La importancia de las aves, de su vuelo, de su canto, es imprescindible en la obra de la autora. Y la luz, la luz siempre presente, que nos inunda y nos lleva hacia un terreno casi fantasmagórico, pero no fantasmagórico asustadizo, sino al contrario, nos conduce a un mundo etéreo, procedente del espíritu, el reino del aliento al que se referían los antiguos griegos, el reino de la conciencia, la percepción y la emoción. Hay una especie de alquimia que conforme vamos leyendo nos transforma en otro, un otro capaz de sentir y pensar más las cosas. La religiosidad, lo sagrado, es algo que siempre yace en sus versos, sus palabras y, en definitiva, su vida. Janés tiene una visión mística de la vida y en sus palabras todo ello se ve reflejado. Ella usa la poesía como medio de conocimiento, como orientación, como guía y como recurso. No podemos decirle no a esto, pues se convierten en claves para llegar a comprender la obra de Janés.

También hay una clara vista de la influencia de sus lecturas, que se ven reflejadas aquí, de alguna u otra manera. Janés se pregunta y busca la esencia en ellas, así como lo hace mientras escribe. Para la autora, la escritura es el aliento del que hablábamos antes, es la luz que hace que todo lo que se oculta pueda resplandecer. Hay cierto ya no sólo misticismo, sino también mundo mítico, que podemos encontrar en sus versos. Sólo hace falta leer para ir más allá.

Janés sabe, sabe demasiado -de la vida, del mundo, de lo oculto-, y gracias a esta antología, nosotros podemos saber más gracias a ella y sus palabras.

Anhelo delirante que rebasa los párpados cerrados / por el sedoso pétalo ferviente / del incendio del cuerpo enamorado (…) Le dije: nunca / he visto nada como tus ojos / nunca he visto / nada como tus ojos. / Y sólo veía el fuego / y no lo negro / en el fondo de su negrura.

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Granta 3: Outsider (Galaxia Gutenberg) | por Juan Jiménez García

Granta 3: Outsider

Puede que el outsider siempre haya estado ahí, presente desde el principio de los tiempos, pero tal vez solo hayamos sabido encontrar su significado en estas últimas décadas. Solo en este momento seamos capaz de ponerle un nombre a aquellos a los que el tiempo, la historia o los demás hombres han dejado a un lado. O tal vez sea una decisión personal, si aún es tiempo de tener decisiones personales. El tercer número de Granta abunda en esta figura y lo hace desde una infinidad de aproximaciones diferentes, a fin de construir algo así como un espectro, una figura fantasmal de cuerpos intercambiables.

Está la literatura. Como esa mano capaz de alcanzar aquellos lugares a los que ya no se puede llegar. Anthony Doerr, escritor errante, escribe sobre una casa. Una vieja casa que construyeron dos viejos que a su vez fue el comienzo de un pueblo y lo que estaba fuera fue luego todo y la excepción lo que perdura. Tomoyoshi Hoshino escribe sobre Pink y su tía, una muchacha especial, en un relato de tiempos alterados, en unos días de calor intenso, insoportable. En  El amor por este mundo es el principio de todo pecado, Hanan al-Shaykh construye el retrato de una muchacha intensamente religiosa que mantiene una relación especial con su Dios, mientras la escritora estadounidense Cynthia Ozick se sirve del mito de la Sibila para trasladarlo al mundo hebreo. En Instantánea, de Paloma  Robles, una fotografía rota es el pasado desvanecido, reconstruido entre verdad y mentira, entre homosexualidad y heterosexualidad, en una China confundida.

Outsider era Reinaldo Arenas, que buscaba su lugar en el mundo tras abandonar Cuba y que nunca lo encontraría, porque lo había dejado atrás y solo quedaba creer en la soledad que Nueva York era capaz de proporcionarle. La literatura del desarraigo, titularon a la conversación, y esa es la palabra. Como tampoco estaba unido a ningún sitio Juan Carlos Onetti, ese personaje con el que no se podría casar ninguna princesa porque él no fue ni García Márquez ni Vargas Llosa y apuntaba con pistola desde el fondo de su cama. Una reivindicación del escritor a cargo de Rodrigo Fresán. Una reivindicación del fuera de la ley, de la ley del boom, de cualquier ley. Otra reivindicación: la de Oliver Sacks a través del recuerdo, desde la emotividad, de Alonso Cueto.

Pero los márgenes, el quedarse al otro lado de fronteras que solo en nuestra cabeza están marcadas, son algo más amplio. Atravesar Europa para escapar de Siria, ser el resto de algo, las sobras de la guerra, dejarse atrapar por las mafias. Sobre ello escribe Pilar Cebrián. Y Svetlana Aleksiévich lo hace sobre el camino inverso. El que llevó a tantos soviéticos a morir en Afganistán, a volver envueltos en un ataúd de zinc. Una historia terrorífica construida sobre los temores más primigenios o sobre el instinto que nos lleva a intentar sobrevivir. O vivir. Aunque esto en el algunos lugares sea mucho. Entre pasado y presente, en un diálogo de viejos muertos y nuevos vivos, en El Papa de América Latina Jon Lee Anderson une la teología de la liberación y sus caídos con los intentos del nuevo Papa por encontrar un lugar para la Iglesia en los nuevos aires del continente.

Habrá más figuras del outsider, más representaciones. Las imágenes y las palabras de Teresita Fernández, Roberto Piglia a través de septiembre y de Buenos Aires y de las conversaciones de amigos, y de algunas ideas sueltas, en propuesta de Pola Oloixarac. Los tres breves cuentos que propone Andrés Ibáñez. O la correspondencia entre Janet Malcolm y Marta Werner para la construcción de un collage. El collage como reinvención, como reescritura. También la invención de un diario, el de Tedi López Mills. Y todo hasta llegar a Javier Cercas y su El punto ciego, conferencia en busca de esos lugares en los que la narrativa se abandona al lector, en busca de su complicidad, para que se adentre en un vacio, en una falta, en esa pieza o piezas que debemos aportar nosotros. O no. Y así se cierra el número tres de Granta, construido desde los márgenes del tiempo y del espacio, atravesado por puntos de luz. Una búsqueda en los márgenes de los márgenes.

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