Cuaderno de faros, de Jazmina Barrera (Pepitas de Calabaza) | por Francisca Pageo

Jazmina Barrera | Cuaderno de faros

Cuaderno de faros es un libro de ensayos, pequeños pero grandes, cuyas anotaciones no son más que un collage de palabras, un cuaderno de cuadernos que nos llevan a esas libretas en las que anotamos todo lo que nos atrae y lo que nos obsesiona, como lo son los faros para Jazmina Barrera.

Si algo tenemos claro al leer este libro es que Jazmina Barrera es una contadora de historias. De historias de otros que hace suyas, de historias de faros y de cómo llega a algunos. De hecho, Jazmina posee diversos mapas de faros. Otra cosa clara al leer este libro es el enorme ingenio que Barrera trae consigo. Y, de algún modo, es tan cercano todo lo que cuenta que pareciera que somos sus amigos al leerla. Y no estamos muy lejos, ya que este libro está dedicado a numerosos amigos suyos que la ayudaron en todo este tema “farístico”; la han ayudado a encontrarlos así como a aportarle bibliografía o contarle pequeñas historias.

Jazmina Barrera utiliza el faro como ese vaso comunicante que une a Virginia Woolf consigo misma, así como también a Homero y a Julio Verne y algunos autores más de los que habla en este mundo sobre faros. Los faros y la literatura siempre han estado ligados. Hay toda una narrativa de faros que Jazmina ha sabido ver y estos han sido faros simbólicos para la propia Jazmina, focos de luz que también la han iluminado a ella, a su escritura, a lo que busca en los libros y a lo que representan sus obsesiones. Las obsesiones son las que nos tienen que llevar a la escritura. Son ellas las que dan poder a las palabras, las que unen unas cosas con otras, las que nos hacen estar en sintonía con aquello que de otra manera sería imposible que encontrásemos.

La autora es una viajera que busca faros y los encuentra, allá donde se encuentre y donde sea. Es el propio diario que al final Jazmina escribe en este libro donde percibimos que los faros no son más que una excusa para que Jazmina pueda escribir. La escritura es aquí una consecuencia de la luminosidad propia de la lectura. Escribimos porque leemos, y leemos porque a veces no podemos hacer otra cosa. En la lectura buscamos luces que nos iluminen, que nos hagan ver las luces que nuestras obsesiones nos aportan, lo que nos lleva a querer buscar más y más, como un navegante incansable en el mar, en el rumbo de las mareas y en el de nuestras vidas. Los faros están ahí para que no nos perdamos. Inamovibles. Siempre en un punto exacto. Y somos nosotros los que hemos de llegar hasta él, pues los faros pocas veces vienen a nosotros.

Cuaderno de faros es un ensayo a modo de diario y, también, a modo de confesión. Un ensayo de pequeños apuntes que nos vuelven conscientes de la propia vida, que nos trae a autores que conocemos pero cuyas pequeñas importancias lumínicas quizá no hemos podido ver. Hagamos de Jazmina Barrera nuestra amiga de lecturas. Creo que la importancia de este libro es vital para hacernos ver que nuestras pequeñas obsesiones pueden anclar pequeños ejes de luz en los demás. Al menos, al leer Cuaderno de faros es lo que me ha sucedido. Leerlo me ha dado ganas de escribir. Leerlo me ha dado ganas de ahondar más en esas pequeñas obsesiones que me mantienen viva y a flote. Y, lo mejor de todo, me ha dado ganas de compartirlas. ¿No es eso maravilloso al leer un libro?




Velas encendidas, de Bella Chagall (Mishkin Ediciones)  Traducción por Rhoda Henelde y Jacob Abecasís| por Francisca Pageo

Bella Chagall | Velas encendidas

Bella Chagall no fue solo la mujer y musa del pintor Marc Chagall; de hecho, nada más empezar el libro podemos apreciar en el prólogo que esta no es una obra escrita para hablar de esa “mujer de”: Bella Chagall también tenía su historia y eso lo sabemos porque Bella dejó un legado que estamos empezando a conocer y que hace de su figura un ser excepcional y bello, como su nombre. Recién publicadas, Mishkin Ediciones nos trae sus memorias de infancia, por primera vez traducidas al español por Rhoda Henelde y Jacob Abecasís. Su idioma original sería el yiddish, ese lenguaje proveniente del hebreo y usado por los judíos en la Europa central y del Este, por lo que nos podemos hacer una idea de cómo transcurrirán estas memorias cuyo título ya nos indica el eje principal del libro.

La infancia de Bella Chagall transcurrirá entre rituales, día sí y día también, que la cultura judía va dejando tras de sí. Ella sería la menor de la familia y así mismo se vería protegida por todo aquello que pudiera conllevarle cierto peligro. De hecho, ella siempre intentaba buscar y buscar allá donde pudiese encontrar algo valioso para su alma: le gustaban y disgustaban ciertos rituales, pero no podía dejar de mirarlos con alevosía; además, era muy buena estudiante y su familia, acaudalada, le brindaba una educación bastante apropiada para que su propia voz lograra adecuarse a aquello que a ella más le gustara.

Velas encendidas son unas memorias iluminadas por la luz; la de las velas hebreas y también la luz de la propia Bella y la de la cultura judía. En este libro Bella abarca todos los rituales sagrados y cotidianos que acontecieron durante su infancia. Todos ellos creados por un padre joyero y una madre que daría todo por su familia. Que cuidaría su casa y también cuidaría a sus hijos. En esa cultura, Bella logró encontrar cierta parte de su mundo, aunque no su mundo —de él venía pero ella también tenía una misión extrafonteriza a ello: surcaría las culturas hasta encontrara a Marc, que se enamoraría de ella hasta sus últimas consecuencias. De hecho, los padres de Bella no querían que se casara con Chagall.

Para conocer a Bella nos basta con adentrarnos en este libro. En él encontramos esa pura esencia de la que se enamoró el pintor. En él, además, también hallamos un documento íntimo y primordial para conocer de primera mano la cultura judía y los más íntimos pensamientos de una niña. Una niña que no cesaba de preguntarse por todo lo que la rodeaba, que descubría la poesía de las velas blancas iluminadas y que también reconocía en esos telares y vestidos blancos, en esas bañeras calientes y en esas mujeres que ritualizaban toda su vida.

Leamos Velas encendidas. Adentrémonos en estas palabras que nos embaucan como si de una película se tratara y que nos alientan a descubrir otro mundo ancestral. Un mundo que Bella vivió para buscar luego la libertad.




Maniobras secretas, de Gaia Ginebra Giorgi (La Bella Varsovia) Traducido por María Martínez Bautista | por Francisca Pageo

Gaia Ginebra Giorgi | Maniobras secretas

Se hace fundamental la labor de La Bella Varsovia al frente de la publicación de poesía en nuestro país. Una observa el desfile de libros que tiene publicados esta bella editorial y se da cuenta de cómo crece, de cómo aborda mares, océanos e islas que son autores diferentes y que nos llevan por lugares que creemos conocer pero que en el fondo hallamos ajenos, o no tanto. Con Gaia Ginevra Giorgi nos encontramos ante la autora publicada en noviembre; una joven italiana que ya es todo un éxito en su país y que bajo LBV tenemos aquí vertida al español gracias a María Martínez Bautista.

Con Maniobras secretas nos hallamos ante una poesía de los sentidos. Hay todo un peso sobre el sentido táctil de la propia vista. Podemos tocar lo que Gaia experimenta y ve. Podemos palparlo y podemos abordarlo con nuestras etéreas manos. Podemos tocar las palabras que de algún modo se buscan a sí mismas en la propia poesía y la propia Gaia. Quien sabe ver la palabra, encuentra una imagen; y las palabras de su poesía están en contínuo movimiento, pareciera que Gaia fuera los raíles de un tren y su poesía el mismo tren. Es como si la imagen mental que nos ofrece este poemario se visualizase en un paisaje mismo. Es lo que la autora hace, nos aporta una poesía de imágenes vivas y quizá algo violentas, imágenes que seducen pero que también tratamos a veces de no ver.

También es una poesía concéntrica. Sus poemas son circulares y se sobreponen unos con otros, como en un desfile de grullas, como si los versos fueran el vuelo de alguna ruta personal. De alguna manera esta poesía se termina encontrando a ella misma y hallamos en ella un hálito de y por la vida, por la experiencia, pero también por lo que tenemos o queremos decir. La poesía de Gaia es, así mismo, como un canto hacia lo secreto y la esencia de las cosas a las que nos aferramos.

Leamos Maniobras secretas. Leamos la sorpresa y la experiencia, lo circular y las palabras que hacen imágenes. Así también veremos el paisaje del vuelo de Gaia.

«El silencio no tiene sinónimos
sino muchos contrarios.»

«Dos muchachas bailan sobre el tejado
son liebres colgadas bohemias

la catástrofe está anunciada
por la blancura circunstante
de la tarde.»

«Si pongo atención, si me quedo inmóvil
alguna flor cuidará de mí.»




Diario rural. Apuntes de una naturalista (Primavera – Verano), de Susan Fenimore Cooper (Pepitas de Calabaza) Traducido por Esther Cruz Santaella | por Francisca Pageo

Susan Fenimore Cooper | Diario rural. Apuntes de una naturalista (Primavera - Verano)

Susan Fenimore Cooper fue la primera naturalista en publicar un libro sobre el medio rural. De hecho, se sabe que Henry David Thoreau leyó su libro unos años después de su publicación. Es una cuestión de alabanza hacia Susan que su libro fuera publicado en aquellos tiempos, en una época en la que la voz de las mujeres se veía enormemente silenciada; sin embargo, Susan luchó por ello: sería sufragista e incluso fundaría un orfanato de enorme éxito. Estamos, de este modo, ante una mujer profundamente poderosa que aprovecharía todos sus recursos para llevar a cabo obras sociales y una apuesta de gran envergadura por la ecología. Pero no nos vayamos por las ramas, estamos aquí para hablar de este libro, de estos diarios, de estos apuntes rurales que Susan escribió tan atenta y pausadamente. Unos apuntes que transcurren en primavera y verano en esta edición y que nos harán ver la belleza y la vida sin artificios ni dilaciones.

En Diario rural, Susan habla de la vegetación, del clima, de los pájaros y de todo lo que le rodea. Estamos, así, ante una perspicaz observadora que posa sus ojos en todo cada vez que sale a la naturaleza. Susan también cuenta el método de elaboración del azúcar (es casi el cultivo más importante de la zona en la que vive) y sus detalles son minuciosos. También, las descripciones sobre los pájaros parecieran ser un soliloquio. No es menester decir que el espíritu de Susan es el de un pájaro, pues revolotea por la naturaleza y los campos y bosques como si de su hábitat se tratara.

Estos diarios son todo un compendio de la naturaleza, ya que en él encontramos todo lo que podemos encontrar en un entorno tan bello como el que Susan vivió y experimentó. Leyéndola tenemos ganas de irnos de paseo con ella, pero ya lo hacemos. Nos vamos de su mano mientras nos cuenta estas historias. Nuestros pensamientos aquí se quedan muy quietos y silenciosos, como la protagonista del libro se queda ante los pájaros posados en las ramas de los árboles. Es, de este modo, un libro que resulta todo un goce para los sentidos: en él se halla color, formas, olores y sonidos. Así, asistimos a todo un festival en el que nos vemos hastiados de un modo u otro, ya sea por toda descripción que Susan hace como por la manera en la que estas se hallan descritas. Con ellas nos elevamos y también queremos ser Susan, pero nos conformamos con leerla porque de, alguna manera, también asistimos a lo que ella experimenta y ve. Con este libro sentimos algo puro y a la vez notamos un alto sentido orientativo hacia la vida, hacia lo rural y hacia la individualidad que cada ser humano puede y debe dar de sí.

Aquí es la naturaleza la verdadera protagonista pese a que sea Susan la que la experimente y así es como debe ser. Susan era consciente de su importancia, de lo que se ofrece a sí misma y de lo que nos ofrece a nosotros. En el mundo de hoy no le damos la importancia que se merece, pero ahí tenemos el legado de Fenimore Cooper para hacernos ver que la naturaleza y lo rural requieren tener una cabida en la sociedad. De ella viene lo que comemos, de ella viene el origen de la vida, su más pura esencia.




Defensa de la creación, de José Antonio de Ory (Ediciones Asimétricas) | por Francisca Pageo

José Antonio de Ory | Defensa de la creación


Supongamos que una persona quiere escribir una disertación sobre la creación (¿Pero qué es exactamente? ¿De dónde viene? ¿Para qué la necesitamos? ¿Son los artistas los únicos que logran entenderla? ¿Qué preguntas y respuestas buscamos en ella?), pero no quiere ser lo suficientemente académica. Si así fuera, ese texto, esos argumentos, dejarían de dar paso a lo que sería un ensayo personal. De este modo, nos encontramos ante el texto de José Antonio de Ory. Un ensayo no unilateral sino multidireccional sobre la creación y lo que esta implica. Un ensayo que aborda los problemas de la creación, especialmente en el ámbito de la cultura.

Hay algunas  preguntas que nos rondan en la cabeza mientras leemos este pequeño libro: ¿Para qué sirve la creación? ¿Qué valores miden la cultura? ¿Debemos ser críticos con ella y con el resto de la sociedad? ¿Qué es la creación cultural exactamente? Así, José Antonio de Ory se mete de lleno en las preguntas y nos las explica a su manera; nos lleva a dotar de un sentido la creación, nos lleva a los diferentes pensamientos que tiene cuando analiza estas cuestiones, nos ofrece un punto de luz pero también vemos estas preguntas anquilosadas, pues se detiene en ellas, las retuerce un poco y nos incita a preguntarnos a nosotros mismos por ellas. Porque la creación, al fin y al cabo, surge de un individuo, no de la masa, sino de la persona que quiere transmitir sus emociones, sus pensamientos y sentimientos de manera estética y única.

Aun así, de Ory nos comenta cuán importantes son los gestores culturales y los comisarios para que florezca el arte en la sociedad, para que los artistas tengan un espacio en el que desarrollar su voz, para que el arte pueda tener un espectador. Pese a que en estos tiempos Internet haya logrado hacer que el artista por sí sólo pueda mostrar su trabajo sin este tipo de gestiones (véase cómo las redes sociales, páginas personales y blogs han llevado a esto), el gestor cultural en la sociedad toma un papel fundamental. Ahí tenemos a los programadores de cartelera de un teatro o de un cine, a los editores de libros, todos necesarios y a la vez extraordinarios en su función, sin hablar y dejando de lado la calidad misma de estos. Ellos crean la cultura del pueblo, la cultura de la que nos alimentamos, la cultura que dejamos atrás y la que está por venir. Aunque hay cierta complacencia en ella (¿quién ve una película para preguntarse cosas? La gente, en general, suele verla para entretenerse; lo mismo pasa con el teatro y con los libros), de Ory nos incita a que veamos estos productos como productos de cambio y pensamiento, productos que nos hacen pensar además de hacernos sentir. Y qué razón tiene. Realmente así es como deberíamos ver la cultura, como un producto que consumimos para poder preguntarnos por nuestra psicología, por nuestra posición en el mundo y por todo lo que nos rodea.

Detenerse en la creación y en la cultura es hacernos preguntas. Continuamente. Al menos a mí es lo que me sucede y así es como logramos que la cultura se mantenga viva, a flote, gracias a nuestra incursión en sus profundidades. El valor de la cultura debería medirse en cómo de responsables nos hacemos de ella. Todos deberíamos hacerlo si realmente queremos que exista. Deberíamos apoyar a los artistas, deberíamos asistir al teatro o al cine, comprar libros e ir a los museos. Así se mantendrá viva. De este modo, hallaremos algo por lo que merece la pena vivir y dejaremos un legado de insoluble valor  a nuestros descendientes.




Y así nos entendimos (Correspondencia 1949-1990), de María Zambrano y Ramón Gaya (Pre-Textos) | por Francisca Pageo

María Zambrano y Ramón Gaya | Y así nos entendimos (Correspondencia 1949-1990)

Quienes seguíamos los pasos editoriales de María Zambrano y Ramón Gaya, nos hemos encontrado con la publicación, en el sello Pre-Textos, de la correspondencia inédita que mantuvieron ambos a lo largo de 41 años. Y es que la correspondencia entre Zambrano y Gaya no es ni puede ser una correspondencia cualquiera. ¿Cómo lo va a ser si son dos autores que, cada uno en su campo, han sabido traer la belleza de la vida, el pensamiento y la poesía a la nuestra? Aquí se encontrarán ambos autores en el exilio, lejos el uno del otro, y ambos se mandarán las suficientes palabras para que no se sientan solos, ni perdidos, ni extraños en un país que no les ha visto nacer.

Y así nos entendimos es un archivo de archivos. Es un libro-documento. En él se recogen, además de las cartas entre los autores, numerosas fotografías, otras cartas de seres queridos y allegados y las diferentes reproducciones de las postales artísticas que se mandaban el uno al otro. Hay que tener en cuenta también las anotaciones que Ramón Gaya dio durante toda su vida sobre la pintura, que aquí figuran para seamos conscientes de ellas, para que la belleza del pensamiento crítico llegue a nosotros, para que el arte no se quede en la imagen, sino que también traspase nuestra mirada. Se torna brillante cómo Gaya aprecia no sólo a María Zambrano, sino también a la hermana de esta, Araceli, o a sus íntimos amigos. La vida del pintor será fructífera allá donde vaya; y la de Zambrano… la de Zambrano aun en el exilio se tornará totalmente intelectual y con un alto grado de “embelesamiento” que le hará ver las cosas totalmente críticas y sinceras.

Quienes buscamos en las palabras de Zambrano un alumbramiento y un cobijo, aquí nos veremos algo desprovistos de ello. Y es que Zambrano se verá casi obligada a ir de un lado a otro. Hay algo de nomadismo en estas cartas, de un no asentamiento, pero que con las palabras logra hacerlo. Y es que aquí cada palabra es un paso en firme hacia lo que Zambrano y también Ramón Gaya buscan. Cada palabra los asienta en el mundo. Y cada imagen de Ramón, también. Una lee a uno y lee a otro y lee a los demás que también se hallan aquí y hallamos una búsqueda de la libertad, de la simpleza pero también del valor intrínseco que nos da el amor que en estas cartas vemos. El amor entre ambos es único y especial, es el amor de la amistad, de la fiabilidad, del anhelo por un tiempo pasado y un tiempo futuro, a la vez.

Reconozcámonos en las palabras de Gaya y Zambrano, busquemos en lo poderosamente íntimo, lo que asiste a ambos, lo cotidiano de sus vidas. Algo encontraremos que no sabremos cómo explicar. Leamos estas cartas para afianzarnos nosotros también. Quizá encontremos esbozos de lo que cada uno de los dos autores han sabido ver en ellos, para así también poder vernos a nosotros, de un modo u otro. Las cartas implican una confianza íntima, un sigilo entre dos personas que se aprecian, que se quieren. ¿No es maravilloso asistir a algo así?




Duelo de alfiles, de Vicente Valero (Periférica)   | por Francisca Pageo

Vicente Valero | Duelo de alfiles

Todavía no había leído nada de Vicente Valero y era de menester que tarde o temprano cayera en su escritura biográfica. Una escritura que recorre su vida, de alguna manera, y que nos lleva a donde las palabras forman cosas, experiencias y hechos. Con Duelo de alfiles, Valero utiliza el ajedrez como metáfora y medio para hacernos llegar una vida llena de viajes, tanto interiores como exteriores, así como arrojar luz sobre los lugares en los que Kafka, Walter Benjamin, Rilke, Nietszche y Bertolt Brecht habitaron.

El libro es todo un mapamundi lleno de vasos comunicantes en los que los autores mencionados se entremezclan con los viajes por Europa que Vicente Valero hará. Utilizando el ajedrez, al que Valero es aficionado, nos movemos en el tablero como si la literatura fuera un viaje en sí misma. Valero viaja para buscar y encontrar, pero, ¿el qué? Casi podríamos pensar que lo que Valero planea encontrar es vida dentro de la vida y la literatura, vida donde aquellos escritores ya muertos yacieron y donde el lugar tiende a hablar por sí solo. Este Duelo de alfiles es un duelo entre la vida y la muerte en el que el autor no es más que un turista. Un turista que se atreve a ir más allá, a buscar donde otros lo hicieron para traernos la pasión, la entrega total a la escritura de los escritores de los que habla e incluso de él mismo.

El tablero de ajedrez es un mapamundi viejo y actual, y pareciera que los viajes de Valero son los movimientos de los peones, de la reina y la torre, del caballo y, por supuesto, de nuestra inquietud lectora. Porque nuestra inquietud lectora es lo que dota de vida a estos viajes. Queremos viajar con él, y viajamos. Queremos que nos cuente cosas, y nos las cuenta. Queremos experimentar lo que experimenta, y lo hacemos. Valero, de este modo, es todo un equilibrista de las palabras. Sabe medirlas, sabe contarlas, sabe con muy pocas de ellas transmitirnos todo lo que de verdad quiere transmitir; e incluso podemos percibir lo que yace bajo ellas, las palabras, para poder así encontrarnos en ellas, reconocernos en ellas y poder salir de ellas. Las palabras de Valero son concienzudas y dotan de poder a los viajes físicos y mentales que lleva a cabo. ¿Qué es la vida si no la nombramos? Podríamos pensar que la vida sólo hay que vivirla, pero cuando hablamos de ella y de ellas —esas vidas de escritores—, la vida toma un matiz diferente. Un matiz que envuelve las cosas con un intenso halo que nos hace querer vivir más y mejor, que nos hace pensar y concienciarnos de por qué hacemos lo que hacemos y a dónde y cómo hemos de llegar. Esa es la enseñanza de este libro. Aquí todo viaje viene marcado por una pregunta y una búsqueda, tanto de sí mismo como del mundo que le rodea.

Vicente Valero busca y encuentra y Duelo de alfiles es como un mapa del tesoro de la vieja y moderna Europa. Hay que leer este libro, hay que saborearlo y tener ganas de viajar con él. Seremos el acompañante incondicional de Valero y querremos ir con él cada vez que salga de su ciudad, cada vez que lo llamen para dar una conferencia o cada vez que quiera que nos encontremos con un escritor que ha sabido dar en su escritura lo que de verdad las palabras buscan.




Beware of the dog, de Alex Llovet (Ediciones Posibles)   | por Francisca Pageo

Alex Llovet | Beware of the dog

Si con Faraway so close Alex Llovet miraba hacia adentro y hacia afuera, con Beware of the dog, su nuevo fotolibro publicado en Ediciones Posibles, una nueva editorial de la que además es responsable, sucede al revés: es el propio fotolibro quien mira hacia adentro y hacia afuera. Alex hará uso de su cámara entre 2014 y 2017 para mostrarnos no sólo lo que haría con su mujer y sus dos hijas durante sus viajes por Inglaterra, España, Francia y Marruecos, sino lo que también se preguntaba y necesitaba dar salida de sí mismo. De algún modo aquí ocurre algo que hace que estemos pendientes de qué sucede en este fotolibro, pues abraza la pregunta y apenas da respuestas por mucho que lo miremos y observemos, por mucho que ahondemos en él.

Beware of the dog es un libro enigmático. Los dos retos de Llovet con esta obra eran trabajar simbólicamente la metáfora de la realidad y crear un libro único, especial y particular que abogue más por el libro de artista en sí que por un fotolibro cualquiera. Aquí fondo y forma estarán cercanos e inseparables al mismo tiempo. Es, de hecho, un fotolibro que tendrá un recorrido único y particular, pues tendremos que ir volteándolo, moviéndolo de manera circular (ya el título hendido en la cubierta nos lo está indicando) para hacernos sentir incómodos, alertas ante esa confrontación con la realidad, con los hechos, con lo implica crecer y experimentar.

Ya con su presentación, un papel que lo envuelve en el que veremos huellas de gato y que tendremos que desgarrar para poder abrir el libro, nos encontramos ante la primera pregunta: ¿Qué estamos rompiendo realmente? Este es un libro que, disparado por el corazón y pensado por la cabeza, nos hace pensar y voltear el libro como si estuviéramos buscando algo. Me comentó Llovet que sólo vemos lo que conocemos, lo que nos lleva a pensar que el autor ve cosas que otros, o somos incapaces de ver, o no llegamos a ello. Sí que veremos en un recorrido a través de estas páginas el paso del tiempo; de cómo los retratos de sus hijas pasarán a otros retratos durante la madurez y la muerte. ¿Pero acaso el paso del tiempo no nos hace afrontar el miedo? Es exactamente eso lo que hace Llovet con su cámara, defenderse de ese miedo, de esa inquietud, de ese paso de lo ingenuo e inocente hasta nuestras sombras y nuestros más íntimos miedos. Aquí hay una conformación de la identidad, un aprendizaje vivencial, de la vida y de la propia persona. De alguna manera las fotografías son como esas cicatrices que nos recuerdan lo aprendido, que nos recuerdan que estamos aquí y ahora pero que también nos mandan al pasado y hasta el incierto futuro. Ya lo dice Llovet en los capítulos del libro: Nadie sale de la infancia ileso.

Beware of the dog nos hace buscar en nuestro fondo. No sabría decir si aquí vemos reflejada la libertad, pero la hallamos de alguna manera a través del color de las imágenes, de los bosques, del reflejo de la infancia ante nuestros ojos. ¿No es acaso la libertad lo que más buscamos en esta vida? Creo que Llovet se hallaba libre al disparar con su cámara, pues la llamada de la naturaleza en estas páginas es poderosa y, además, es algo que se ve presente a lo largo de la obra de Llovet. De un modo u otro, con este fotolibro nos encontraremos ante un estado eterno aunque se refleje el paso del tiempo; porque eternidad no es lo mismo que inmortalidad. Y aunque conceptuelicemos la muerte y el paso del tiempo, la fotografía es eterna como la naturaleza y el cielo.

Busquemos preguntas, veamos este fotolibro lleno de ellas. Busquemos razones para apreciar la fotografía, los conceptos y las razones de por qué disparamos con la cámara. Creo que Llovet ha dado un paso adelante en su trabajo y en él encontramos pistas de cómo la propia fotografía evoluciona con nosotros. Con nuestras vivencias y experiencias. Con nuestros miedos y pasos. Con todo.




Retirada, de Pureza Canelo (Pre-Textos)   | por Francisca Pageo

Cómo escribir sobre poesía si cada poema es un abismo. No lo digo yo, lo dice Pureza Canelo. Pienso en toda la poesía que habrá leído Pureza, en todos sus poemas escritos y no escritos, en todas las palabras que quieren salir y saldrán e incluso en las que Pureza se guarda para sí, como si cada una de ellas llevara el peso del mundo, el peso del amor y la dedicación. Con Retirada, editado por Pre-Textos, Pureza Canelo alberga la palabra como si esta fuera el agua de un cántaro. Nosotros la bebemos porque necesitamos su agua fresca, su agua limpia, su agua que purifica nuestras más íntimas esperanzas. La poesía de Pureza es clara y pura, viene de su corazón y de su alma, y su mente no es más que un velo por el que Pureza pasa a tientas.

Cómo escribir sobre poesía si ella es escurridiza. Esta se mueve a través de nuestras manos y a través de nuestra mirada. Pureza Canelo busca en la vida y encuentra. Encuentra belleza, el alma de las cosas, recovecos de una vida efímera y entusiasta. Retirada es de un modo u otro una búsqueda de la poesía. Pureza busca en los momentos cotidianos, en los momentos más ínfimos y delicados, y en ellos se detiene y hace pausa para observarlos, para sacar de ellos la esencia de las cosas y de la vida. «Este libro me busca como expiación, y avanza», dirá Pureza.

Cómo escribir sobre poesía si la poesía ni empieza ni termina nunca. Asimismo, si la poesía ni empieza ni termina nunca, Pureza se halla en los bordes y en el centro de la poesía misma. En la sangre, en la piel, ¿dónde terminan y empiezan ellas?Aunque la poesía de Pureza es una poesía no corporal, sí que es táctil a su devenir. Podemos tocarla, apreciarla, sentirla con nuestros dedos y nuestras manos, tenerla aquí, en nuestra piel. De algún modo hay algo en ella que se pausa en nuestro cuerpo, como si las emociones tuvieran lugares propios en él, lugares donde palpitan, donde bullen y se entremezclan con esa parte de nuestro ser.

Escribamos sobre poesía porque es necesario. Es imprescindible que las palabras bullan en nosotros, que no sólo se queden en nuestra piel y la traspasen hasta llegar a nuestra alma. Es imprescindible que las palabras sean pasadas al papel una vez que las filtramos y las hacemos nuestras. Así, Retirada de Pureza Canelo, deja un poso en nosotros. Un poso lleno de incertidumbre, de duda, pero también de belleza y amor por la palabra y la emoción. Hagamos así que esas emociones táctiles, esas emociones que cada serie de versos y palabras nos han llevado hasta aquí, las escribamos al papel, que hablemos de ellas. Eso es precisamente lo mágico de la poesía de Pureza, como su nombre, como lo blanco en un cielo que refleja la nieve, como el canto de los los pájaros cuando precede a la aurora.

«Hay una telaraña de nube cuando está amaneciendo. Grisácea, después tomará color rojizo, más tarde desaparece sin movimiento.

Esta comunión de humano y planeta no deja de ser un sueño.»

«Sobre la cal el sol se escampa. De ella niños antiguos despegábamos capas para teñir la acequia de blanco entre los frutales de la tierra.

Pared de fulgor, se yergue en horas. Tanta reverberación hace alrededores vacíos, puro deslumbramiento, desaparición de las formas. Heridos de blancura pájaros chocan y quedan expuestos en la vitrina de aire.

Lienzo pleno, nunca un verso soñara alcanzarlo en el rumbo de la mañana. El paso de las horas se irá llevando el resplandor. Los cielos cambian de encomienda. El alma hace su camino.

Y la cal en noche, la ceguera como luz. Una y otra son vivir. Noche y día pertenecen a un golpe de cálculo lírico.»




Villa Diodati (Verano, 1816)de Ana Sender (Avenauta)  | por Francisca Pageo

Villa Diodati (Verano, 1816) | Ana Sender

Es verano de 1816 y en Ginebra, en los Alpes suizos, hay una villa llamada Diodati en la que se juntarán cinco escritores que en su época, y mucho más tarde, tendrán un gran peso en la literatura universal. Estos serán Mary Godwin-Shelley, Percy Shelley, Lord Byron, Claire Clairmont y John Polidori. A raíz de una reunión, ese verano, en esa villa, nacerán los seres que más tarde conoceremos como Frankestein (creado por Mary Shelley) o El vampiro (creado por Polidori). De este modo, Ana Sender, ilustradora, creará su particular Villa Diodati (Verano, 1986), en la que nos narrará de manera visual y poderosamente sugestiva esta reunión, este encuentro tan fructífero y tan lleno de inspiración y fulgor.

Villa Diodati (Verano, 1986) es un cuento para niños y adultos, para aquellos que saben de qué trata esta historia y para los que no, para aquellos que buscan la esencia de las cosas y para los que simplemente quieren deleitarse con ella. Los protagonistas de este librito nos mostrarán sus sombras, sus miedos y deseos, y nosotros los acompañaremos como si fuéramos la escoba de una bruja y ellos la misma bruja—la bruja necesita de la escoba para volar, para ir de un sitio a otro, para cumplir sus cometidos. Nosotros, de este modo, no sólo nos convertiremos en el deseo de Ana Sender y los personajes de esta historia, sino que también nos convertiremos en los protagonistas de este cuento porque con él también aumentarán nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras sombras más arraigadas. ¿No es acaso eso lo que buscamos en las historias de terror? Aquí el terror yace y subyace sobre todo y entre todos. Estos escritores buscarán y hallarán la manera de hacernos enmudecer, de hacernos creer en otras vidas e historias que los humanos pueden crear, de hacer que nos deleitemos con la fantasía, con lo que no conocemos, con lo bello y la elegancia de historias que vienen del fondo de los fondos más humanos y más tenebrosos.

Las imágenes aquí encontradas son bellas y persuasivas, tan bellas que lo terrorífico pareciera un sueño sacado de un cuento de hadas, pero no va de hadas la cosa, sino de monstruos; de esos monstruos tan arraigados a nuestras sombras, nuestros miedos. Ana Sender ilustra tan bien que nos quedamos con ganas de más, con ganas de que la historia no hubiera tenido un fin; o, espera, ¿acaso la literatura termina y acaba? Esta historia no lo hace, pues perdura en nosotros como de una anécdota que también nos hubiera pasado. Así mismo, Ana Sender recoge una anécdota universal, de todo nuestro mundo, para que nosotros seamos también partícipes de ella de una manera pausada y lenta, así como elegante y formal, pues así son sus ilustraciones. Esta historia, aquí a grafito, no es ni más ni menos que la esencia de la literatura de terror. Quizás yo no haya leído mucho de ella ni sobre ella, pero con este librito me gustaría saber más, conocer más y adentrarme más en ella.

Hagamos una inmersión en Villa Diodati (Verano, 1986). Introduzcámonos en sus claroscuros, sus tonos grises y a veces con un toque de color, en la esencia literaria subyacente a los libros que universalmente conocemos. Seremos un poco más felices porque la belleza de la inspiración también vendrá a nosotros.




Lo que Maisie sabía, de Henry James (Gatopardo) Traducido por Sergio Pitol | por Francisca Pageo

Henry James | Lo que Maisie sabía

Maisie es una niña, una niña a la que le tocará vivir entre tres mundos. El de su padre y el de su madre, pues ambos se separarán, y el suyo propio. Maisie tendrá que vivir la custodia compartida, en la que cada 6 meses tendrá que cambiar de casa, de papás y niñeras. Maisie ahora tendrá 2 padres y dos madres, pero también las madres serán aquellas que realmente cuiden de ellas. Y su nuevo padre, al que tanto apreciará y amará y querrá para siempre pese a todo lo que Maisie, de alguna manera, sabe y no sabe. Pero ella es lista y hará todo lo posible para hacer que las cosas parezcan más amables, o quizás no; de eso se encargarán sus niñeras, con las que la relación de amor-odio será total e intrínseca. El problema de la gran Maisie será que sus padres ya casi nunca estarán más con ella. Ellos estarán ahí, como telón de fondo, dejándole que vaya paso a paso indirectamente.

Sin embargo, para Maisie sólo existirá el presente. Con todo lo que vivirlo conlleva. Maisie aprenderá a callar, pues sabe demasiadas cosas. Demasiadas palabras y demasiados silencios en los que todo y todos hablan. «La vida era como un larguísimo corredor con infinitas puertas cerradas a ambos lados. Maisie había aprendido a que lo más sensato era no llamar a esas puertas.» Es como si la niña fuera más adulta que los propios adultos. Una niña que piensa y piensa, que sabe cuándo callar y sabe cuándo tendrá que hablar. De hecho, será una niña totalmente curiosa por su mundo, por lo que le rodea, por el conocimiento.

En Lo que Maisie sabía hay una narrativa puramente visual y pareciera que el espírítu de Fanny y Alexander de Ingmar Bergman también estuviera aquí. Vemos este libro de manera viva y lumínica, como si la historia contuviera una gran historia fílmica, con sus luces cálidas por ese toque que solemos dar al S.XIX. Un toque cercano e iluminador, pero también denso como el de una habitación iluminada sólo por velas. Velas que iluminan más las sombras que los propios objetos y personas en sí. Pareciera que son las sombras las que se iluminan a sí mismas y los objetos y personajes sólo fueran las sombras de estas sombras. Quien lea Lo que Maisie sabía sabrá a lo que me refiero, pero también es cierto que es de esta manera como es en sí la literatura de Henry James. Hay claves como esta, así como también hay claves en relatar la vida de la infancia a través de la oscuridad, de lo invisible, de los hilos que mueven el mundo entre lo indecible y lo oculto y lo que se dice y lo visible. James maneja extremadamente bien esto. La narrativa que tiene es especialmente misteriosa y tratará de darnos pistas, claves, pequeños señuelos para saber por dónde tenemos que ir, por dónde tenemos que pasar y no pasar; pero pasaremos por donde no deberíamos y descubriremos aspectos que creíamos olvidados y que están escondidos muy a fondo.

Lo que Maisie sabía es la historia del escondite. Maisie calla para esconderse, como también calla para sobrevivir. Sobrevivir porque a todos aquellos a los que se aferra se irán de su lado, de una manera u otra. Sobrevivir porque si Maisie no callara, todo iría a peor e iría como una barca sin remos a bordo. Leamos Lo que Maisie sabía para otorgarnos el poder de sucumbir a lo escondido sin perdernos. James sabrá y hará que nos mantengamos a flote, sin saber cómo, pero nos ayudará a bucear por las sombras de las velas que se iluminan a sí mismas.




La acompañante, de Nina Berbérova (Contraseña) Traducido por Marta Rebón | por Francisca Pageo

Nina Berbérova | La acompañante

Pese a que para un selecto grupo de personas Nina Berbérova sea una de las más grandes autoras rusas del S.XX, pocos la conocíamos. Afortunadamente, Editorial Contraseña se ha animado a traernos, de la mano de la gran traductora Marta Rebón y con un estupendo epílogo suyo y de Ferrán Mateo, la novela La acompañante.

La acompañante es la historia de Sonia, una hija ilegítima, pianista, que se irá por los caminos del espectáculo junto a María Trávina, una diva que cantará como los ángeles y que dejará en sombra a la primera. La historia, que será más contada por Sonia que por María, transcurrirá en San Petersburgo, Moscú y París. Lugares en los que la cultura parece que lo es todo. Lugares en los que uno puede desarrollarse y dar de sí todo lo que tiene para dar; pero para Sonia no será así. Para Sonia todo irá a peor, pues cada vez estará más relegada y será la sombra de María, a la que admira pero también envidia, a la que sigue allá donde va pero a la que también intenta no emular. Sonia querrá ser una luz propia en su camino, pero su apariencia no irá al gusto de los cánones de la época, no tendrá ningún carisma frente a las personas y será enormemente críptica consigo misma y con los demás. Pasarán los días por la historia de Sonia y María hasta que un revólver hará que suceda algo que cambie las cosas para siempre.

Como dicen Rebón y Mateo en el epílogo, La acompañante es una historia del yo. Hay todo un recorrido por el mundo que Sonia describe de sí misma que nos hará sentir la novela como un diario, como un lugar en el que confesarse, al que acudir frente a todo, al que ir a apoderarse de las situaciones y los hechos. Berbérova conoce muy bien a sus personajes y es como si no sólo los hubiera dotado de una profunda psicología, sino que también conoce muy bien cómo deben de comportarse ante las circunstancias y los hechos, y también consigo mismos. Berbérova hace que nos sintamos más parte de Sonia que de María Trávina; de algún modo hace que nos acerquemos más a ella pese a ser María la carismática, la diva, la “popular”. Para nosotros es todo lo contrario, Sonia se nos hace más carismática que María y, además, es la que hace que la novela sea todo un paisaje y recorrido hacia el self; el sí-mismo. La acompañante es la búsqueda de Sonia a la realización de ésto último. Pero es un camino que no es recorrido por la luz, como se nos podría presentar, sino por las sombras de Sonia, por sus aspectos más negativos y más intrínsecos a lo que moralmente no deberíamos hacer.

Aunque la historia de La acompañante surja de los deseos más innobles de los personajes, lo que aprenderemos de ella será todo lo contrario. Además, es una historia y narrativa elegante, que nos hace ponernos muy fácilmente en aquella época en la que pareciera que la cultura de la alta y media burguesía es como si lo ocupara todo. Acompañándonos de la supuesta acompañante y su diva, haremos mecer a nuestra mente con pensamientos sobre cómo debemos y no debemos ser. Así, Nina Berbérova se transforma en una gran filósofa de la narrativa como todos los grandes autores rusos que ya conocemos. Habiéndolos leído. O no.