Insumisa, de Yevguenia Yaroslávskaia-Markón (Armaenia)  Traducción de Marta Rebón | por Juan Jiménez García

Yevguenia Yaroslávskaia-Markón | Insumisa

¿Para quién escribir? Esa pregunta. ¿Para quién escribir una autobiografía? La historia de una vida, la propia. Es más. Para quién, cuando estás en un campo de trabajo, en un lugar remoto de ese primer mundo soviético. Cuando sabes que vas a morir, que van a acabar contigo, y todo esto, tu vida en un puñado de papeles, irá a las manos de tus verdugos, unos ordenados verdugos que lo archivarán convenientemente, como lo archivan todo: papeles, personas o países enteros. Estas preguntas quedan ahí, en el epílogo que cierra Insumisa. No hay respuestas. O solo una. Sea para quién fuera en su momento, ahora es para nosotros, setenta, ochenta años después. No sé si me gusta la palabra testimonio. Me suena a guardar cosas en una caja y guardar esa caja en un armario y ese armario en ningún lado. Sin embargo, la vida de Yevguenia Yaroslávskaia-Markón está tan viva… Si mientras pudo vivió en una completa libertad, qué sabrá ella de encierros.

Yevguenia es una adolescente enfrentada a todo desde bien pronto. Viene de una familia acomodada y aunque con la revolución bolchevique eso no representa mucho, aún era algo. Ella sin embargo renuncia a cualquier privilegio y, con ello, a su familia. Su odio contra el nuevo régimen no se funda en la añoranza del antiguo, precisamente, sino todo lo contrario: de ideas cercanas al anarquismo (y de actitud aún más cercana), piensa que los comunistas han traicionado la revolución, por lo que hay que hacer una nueva revolución que vaya no más lejos, sino a dónde iba aquella primera. Es peligroso tener ideas, más peligroso contarlas y aún más peligroso pretender vivir acorde a ellas. Y ella fue de una coherencia increíble. Tal vez no para su tiempo, desde luego para el nuestro. Se casa con el poeta futurista (variante biocósmica) Aleksandr Yaroslavski, que tiene ideas igual de peligrosas sobre el devenir bolchevique. Tanto que tienen que abandonar el país. Se dedican a dar conferencias por Alemania y llegan, ilegalmente, a París. Pero todo es inútil y la miseria no les abandona ni por un instante. Deciden volver a la Unión Soviética. Él sabe que allí solo le espera la condena y la muerte. Es cuestión de tiempo. Ella recuerda (no tiene importancia) que había perdido los pies en un accidente de tren años atrás. Con todo, son felices. Tal vez porque la felicidad es algo íntimo, después de todo.

En efecto, Aleksandr acaba en prisión. Ya no saldrá, con un motivo u otro. Irá de aquí para allá, de campo de trabajo en campo de trabajo, hasta la condena definitiva. Mientras tanto, Yevguenia va tras él. Con sus estudios, podría trabajar en una oficina, pero con su cabeza es imposible. Ha decidido que lo que quiere hacer es robar. Vivir en las calles, ganarse el dinero de cualquier manera, estar entre los delincuentes. Empieza vendiendo periódicos y acaba robando maletas. También hace de adivina. No es que se crea con poderes (ella, atea, contraria a toda religión): simplemente funciona. La gente le busca, le pide que les diga un futro que ella les reconoce no saber. No importa. No tardará también en llegar la prisión, la deportación, el campo de trabajo, la muerte.

Así, todo parece ser la historia de un drama, de una historia de amor en los tiempos soviéticos, un testimonio más del hundimiento de las ideas y de la crueldad ilimitada del hombre para con el hombre. No. Yevguenia Yaroslávskaia-Markón no se lamenta. Al contrario. Incluso en las condiciones más terribles, el relato transmite una extraña sensación de felicidad. De la felicidad que da vivir acorde a uno mismo, asumiendo las consecuencias, aunque estas sean no ya terribles, sino terroríficas. Ningún lamento por el destino, porque el destino fue buscado. En su prólogo, Oliver Rodin habla de su propensión al absoluto. Y sí, no se me ocurre mejor palabra para encerrar esa vida. En aquella fosa común en la que seguramente acabaría, podían haber escrito “vivió su vida”. Y eso ya es mucho más de lo que podían haber escrito sobre otros tantos antes que ella, otros tantos después de de ella.

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Jacob, Jacob, de Valérie Zenatti (Armaenia) Traducción de Iballa López | por Juan Jiménez García

Valérie Zenatti | Jacob, Jacob

Cuando Jacob empieza a vivir va al encuentro de la muerte. Sí, es la guerra. La Segunda Guerra Mundial. Y ni tan siquiera cuando va todo mal, sino en ese final agónico, tras unos alemanes en retirada. En Argelia todo queda lejos, aunque no lo esté demasiado. Allá no hay alemanes. Solo un mundo cerrado, un mundo derramado sobre la tierra. De hermanos, abuela, madre, padre. Familia. Religión. Judíos, musulmanes, cristianos. Cuando todavía era posible vivir así, entre todos. Cómo pensar en la guerra, esa guerra que ha entregado Francia. La Patria. Los conceptos abstractos, materializados a través de la sangre. La propia, la de los otros. En todo caso, Jacob solo quiere vivir. Qué otra cosa puede querer cuando uno está ahí, alrededor de los veinte años. No tiene muy claro qué quiere ser. Es más, piensa que será difícil que sea otra cosa que lo que fue su padre o sus hermanos. Abraham, el zapatero; Isaac, en una tienda de ultramarinos; Alfred, negociando en Argel. Difícil escapar a la realidad de los días que pasan. Pensar en otros mundos.

Sin embargo, la guerra es otra cosa. Algo capaz de convertir lo vivo en algo muerto. Y luego, un montón de palabras, de frases hechas. Siempre las mismas. Los niños en hombres. Las gallinas en leones. No, seguramente no. El horror, el horror sí que es capaz de transformarnos, de volvernos otra cosa. Y ahí está. Argelia es ya solo un lugar lejano, una costa que va quedando atrás, atrás. Hacia Marsella. Y luego más lejos, hacia Alemania. A través de la destrucción a la búsqueda de la destrucción. Por Francia. Ese lugar antes inalcanzable. Jacob hace amigos. Son como él, diferentes a él. El destino los colocado ahí, y ahí están. Intentando alcanzar una madurez que ni tan siquiera necesitan. Incapaces de imaginar un mundo así. Jacob Melki es un número.

Atrás queda el viejo mundo. La abuela piensa en él. Incluso parte en su búsqueda, para tener alguna noticia suya. Le lleva algo de comida. Algo de todo lo quedó detrás. Pero él ya no está. Está lejos. El hogar ya es solo un lugar al que volver. Tal vez. Ahora vive rápido. No siempre. Entre la urgencia y la espera, hacia un final. Cualquier final. El segundo en que morimos es infinitamente breve, piensa Jacob. Entre todo, también conocerá a una muchacha, fugazmente. Pensará en volver a encontrarla, aunque sabe que nada ocurrirá así, porque nada puede ocurrir así. Porque todos los encuentros son fugaces. Y no quedará nada. Ni de los vivos ni de los muertos. Aquellos muertos, frente a él, de los que lo desconoce todo.

Entonces, pasan los años. A una guerra sucederá otra. A la liberación de Francia, sucederá la liberación de Argelia. Y todo es igualmente terrible. Nada se sabe, nada se aprende. Solo permanecen aquellas voces de dentro, que decía Luigi Pirandello. Esas voces que recorren todo el relato de Valérie Zenatti. Los sonidos, los ruidos, los gritos y los susurros. Los latidos y la falta de ellos. Como una música. Iballa López en su traducción encuentra ese mismo espacio sonoro. Esa misma necesidad de que todo forma parte de un mismo movimiento, sin estridencias. Susurros. Pienso en El libro de los susurros. Entonces, tal vez solo sea una cuestión de voces. Voces que atraviesan el tiempo, que van más allá de la vida y de la muerte. Es más, que unen la luz y las tinieblas. Así es Jacob, Jacob.

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El zar del amor y el tecno, de Anthony Marra (Armaenia) Traducción de Jacinto Pariente | por Juan Jiménez García

Anthony Marra | El zar del amor y el tecno

Un día se levantaron y la Unión Soviética ya no estaba allí. Estaba otra cosa y ni tan siquiera era la última cosa. Y cuando ya no estaba ni esa penúltima cosa se dieron cuenta que habían pasado unas cuantas décadas y un montón de calamidades para encontrarse con que de nuevo eran rusos. Escombros y almas a la deriva. Porque después de todo eso fue siempre el común denominador: los escombros y el alma. No los escombros de edificios en ruinas o de estatuas caídas, como caídos estaban aquellos a quienes representaban. No. Escombros de seres humanos. El hombre de a pie, siempre zancadilleado. Hasta ahora habíamos recorrido todos aquellos años de la mano de aquellos que los habitaron. Las víctimas. Porque víctimas eran todos, más tarde o más pronto. Bueno, tal vez no. Pero eso es otra historia. Lo curioso de El zar del amor y el tecno es ver a un joven escritor estadounidense, Anthony Marra, escribiendo una novela sobre aquella época. Y también como esta se instala entre todas esas grandes y terribles obras, con la ironía de Liudmila Petrushévskaia, los perdedores (las perdedoras) de Svetlana Aleksiévich o las cosas inútiles de Yuri Dombrovski. Y más, otros más.

El zar del amor y del tecno es un libro de relatos. Dice su autor. Aunque es un solo libro que salta de época en época, de año en año, de personaje en personaje y de lugar en lugar para ofrecer una sola historia que es imposible de resumir. Todo empieza en una ciudad llamada Leningrado, en 1937, para acabar (en realidad no) en otra llamada San Petersburgo. Una misma ciudad. Allí, en Leningrado, un censor quita de la Historia a los caídos en desgracia, que son tantos en tiempo de Stalin. En Siberia, por aquel tiempo, una bailarina danza en un campo de concentración. En Chechenia, se trata de preservar lo poco que queda del arte, como si allá importara el arte para algo. No entonces, en todo caso. De ellos van surgiendo ríos y riachuelos, vidas y muertes y el retrato de un época nada gloriosa que sería reemplazada por otra menos gloriosa y otra menos gloriosa y en eso están. Sí, quedan los espejismos, que son tantos en los oasis.

Para Anthony Marra, todo es una cuestión de destino. O destinos cruzados. El destino, esa otra forma de azar. Más solemne. Solemnidad tenían a toneladas en la Unión Soviética. Tanta que aún la están gastando. En El zar del amor y el tecno parece que todos están condenados a acabar mal (y quién no, en aquellos tiempos). Sí, tienen su tiempo, sus pequeñas oportunidades de ser alguien y sobrevivir a ese ser alguien (cuando lo que se lleva es que nadie repare en ti, mucho menos que nadie, el vecino de al lado). Pero está la fatalidad, algo tan ruso como el alma. Desde aquel abrigo nuevo robado, desde aquella nariz perdida. Tal vez antes. Así, pues, sucesión de destinos y fatalidades con finales nada felices, aunque a veces, se logre encontrar algo así como un instante de felicidad. O de justicia. Qué final más maravilloso tiene este libro (ya no hablo de aventuras espaciales, sino de encuentros). Vivir para llegar a ese instante. Bueno, sobrevivir para encontrar que un puñado de cuerpos lanzados a la nada acabarán por encontrarse. Quizás. Un día. Ellos solos. Porque la Historia, al final, es algo íntimo. Y esa es nuestra victoria.

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Basti, de Intizar Husain (Armaenia) Traducción de Jacinto Pariente | por Juan Jiménez García

Intizar Husain | Basti

La historia de Pakistán es una de esas tantas heridas abiertas por la Historia (y la decisión de los hombres). Conocemos la época colonial británica de la India y nos quedamos en Gandhi, pero raramente vamos más allá, hasta ese punto en que, en 1947, el país consigue su independencia en un escenario que contenía ya todos los gérmenes de la violencia posterior, una violencia que no tardó en aparecer. Aquella división en dos países (o dos religiones) creaba un Pakistán musulmán y una India hindú, y para ello no dudó en desplazar a catorce millones de personas, provocar una guerra inmediata, dejar en tierra de nadie (o de todos) a los sijs y un Pakistán del este que no tardaría en convertirse en Bangladés, allá lejos, muy lejos, del oeste. Esta es la Historia. La grande, atrapada en unas cuantas líneas, como esos cables de electricidad contra los que se electrocutaban los monos, desconocedores de todo. Luego, en algún rincón, bajo los escombros, están los hombres y sus historias; personas, siempre pequeñas, insignificantes. Y sobre esos hombres es sobre los que escribe Intizar Husain, el escritor más grande que ha dado la literatura pakistaní.

Husain se instala en un territorio entre el mito y la realidad. Ciudades imaginarias conviven con aquellas que no lo son, igual que el pasado convive con la tozuda realidad del presente. El protagonista, Zakir (el que recuerda) abandona la India y la ciudad de Rupnagar para instalarse en Pakistán. Pero en esa ciudad, que acabará por ser un lugar fantasma, un espacio de la memoria, se quedan muchas cosas. Sabirah, con quien debía casarse y que será esa presencia femenina que recorre toda la novela, y esos recuerdos encerrados bajo llave, una llave que custodia el padre y en la que piensa la madre. La figura del padre, piadoso, religioso, justo, se impone como un referente que hace que no se pierda algo esencial en ese recorrido por el Pakistán que va de una guerra a otra. El mundo cambia, él permanece.

Retrato de grupo con Pakistán y la India al fondo, Basti se convierte en una crónica de los días pasados y de los días que pasan. Un intento de entender la pérdida, que es seguramente aquello que recorre todo el libro. Ahí, una frase: Me puse a recordar mis árboles perdidos. Árboles perdidos, pájaros perdidos, caras perdidas. Todos han perdido algo y ni tan siquiera es aquella casa abandonada, convertida en símbolo. Y esa pérdida no ha dejado espacio para el encuentro. No siempre la destrucción deja lugar a una nueva construcción. A veces solo queda el vacío.

Basti no es solamente una magnífica novela, el clásico de las letras paquistaníes, sino también un libro necesario en estos tiempos, que nos permite entender, un poco más, nuestro tiempo, desde una óptica no occidental. O aquello que hubiera sido ese tiempo sin nosotros, lejos de nosotros. Escapar de las imágenes para encontrar las palabras. Del ruido para encontrar el silencio. Del odio para encontrar una tranquilidad de espíritu capaz de arrojar algo de luz sobre tantos misterios que no son tales. Vidas de hombres enfrentados a un destino a la espera de una revelación, que llegará… quién sabe cuándo.

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El viaje de Octavio, de Miguel Bonnefoy (Armaenia) Traducción de Amelia Hernández Muiño | por Juan Jiménez García

Miguel Bonnefoy | El viaje de Octavio

Cuánto tiempo… Hay todo un trópico que parte del imaginario de Gabriel García Márquez, que después de todo, es el imaginario de toda una región, quién sabe si de un continente. Eso ha hecho que la etiqueta realismo mágico sea utilizada aquí y allá, aunque los trópicos queden lejos de Yugoslavia, por decir algo. Si hemos de ser justos, este realismo no es más que la realidad de unas historias orales contadas por gentes anónimas y tan deformadas y mágicas como sus propias vidas. En El viaje de Octavio, primera novela de Miguel Bonnefoy, un francés de padre chileno y madre venezolana, encontramos algo de esto. Se podría decir que del escritor colombiano, pero intuimos mucho más el imaginario colectivo de unos pueblos ahora lejanos para él pero con unas historias tal vez no tanto.

Octavio es analfabeto. Eso, en según qué sitios y épocas, no debe ser extraordinario, pero ahí, en San Pablo del Limón, todos saben leer y escribir. Octavio es analfabeto, pero no reconocido. Recurre a una herida en la mano para no tener que escribir y a contar cualquier cosa para no haber entendido bien lo escrito. Con todo, en su oficio, que es robar, se necesita lo que se necesita. Forma parte de la banda del Guerra, un tipo refinado pese a todo, que ha ocupado una iglesia y que roba las cosas más extrañas, rara vez dinero. Un día, la vida nada complicada de Octavio (la simplicidad como identidad, que dice su autor), se cruza con su vida delictiva, y eso le lleva a emprender un viaje, que solo es largo porque a pie todo está lejos e incluso muy lejos. El viaje le resultará revelador por muchas razones, pero yo ya no pienso revelar ninguna más.

Miguel Bonnefoy construye su novela como una vida sin milagros que milagrosamente tendrá el suyo. Retrato de unos parajes remotos en los que la vida discurre con una extremada lógica, tan lógica que parece mágica. Las cosas son así y por qué deberían serlo de otro modo. Octavio se enfrenta a la vida como alguien que puede no entender nada pero sí saber de todo y lo suficiente para que las cosas ocurran. Y allí, en los aquellos remotos lugares, las cosas ocurren.

Seguramente aquel realismo mágico de García Márquez (como este libro de Bonnefoy) no tenían de revelador el lenguaje con el que estaban escritos ni sacar del silencio a aquellos seres que siempre eran los extras de la historia de algún otro, el telón de fondo pintoresco que valía más ocultar. Eran los que empujaban el barco de Fitzcarraldo. Es decir, nadie. La verdadera revolución fue escucharles. Detenerse un momento y escuchar todo aquello que tenían que contarnos. Porque durante tantos años, la historia del mundo fue oral. Una historia de deformada, que de tan deformada acabó por ser sobrenatural.

Y eso es también El viaje de Octavio. Un libro que escucha, que cuenta aquello que ha escuchado, que se enreda en los mitos, en las leyendas populares, en la gente común, que siempre tiene algo de excepcional. Que como la hiedra va adhiriéndose a la realidad existente para construir otra, más bella, más justa, más apasionante.

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Una constelación de fenómenos vitales, de Anthony Marra (Armaenia) Traducción de Jacinto Pariente | por Dara Scully

Anthony Marra | Una constelación de fenómenos vitales

Havaa tiene las manos pequeñas. Dedos delgados que hilan suturas en el pecho de un muchacho o ayudan a su padre con paciencia. Havaa tiene ocho años y una maleta llena de hermosas cosas inservibles. Conoce la guerra, la nieve compacta del invierno, al lobo reventado por la mina. Conoce los pasos cortos que la llevan hasta el hospital: frente a ella, la espalda de Akhmed, el amigo de su padre, su amigo, el peor médico de Chechenia.

Havaa está sola en un lugar hostil e impredecible. Antes de la soledad estaba el padre. Un padre bueno y mutilado: un hombre, Dokka, que jugaba al ajedrez y conocía los árboles. También estaba la casa, reducida ahora a un soplo de cenizas, y la madre, tiempo atrás; los tres, una isla ajena a la miseria. Ante Havaa, la guerra pasaba de largo. La guerra que Sonja miraba de lejos mientras Natasha oía los bombardeos. La que arrancaría el corazón a Ramzan y la cordura a Ula. La guerra: las hermosas cosas inservibles de su maleta azul.

Una constelación de fenómenos vitales es un río que transcurre entre la nieve. Un animal vivo, tierno; un latido que se sostiene en la penumbra. Las guerras de Chechenia han desolado el paisaje. En la carretera, los animales y los hombres caen despedazados por las minas. Los muchachos, los jóvenes de rostros blandos, sujetan temblorosos sus fusiles. Los rusos, que desearían tal vez volver a su hogar y olvidarse de estos hombres y mujeres, de esas niñas como Havaa. Y frente a ellos, esos hombres, esas mujeres, las criaturas que sobreviven. Una niña que una vez nació en un hospital y ahora vuelve a ocultarse entre sus ruinas, trazando así un círculo de una belleza luminosa, tomando con su mano pequeña, su mano de dedos ágiles, las manos de los otros. Es a través de Havaa como alcanzamos la sabiduría. Aunque las miradas cambien, aunque se intercalen las voces, siempre es ella quien permanece presente. En la mirada de Akhmed está la hija que nunca tuvo, la hija de la mujer a la que amó durante unos días, la hija de su amigo, Dokka, al que traicionó por partida doble. En la de Sonja está aquella criatura que una vez su hermana sostendría entre sus manos. En la de Khassan, una carta y la vergüenza de ese hijo, Ramzan, que señala sin pudor a sus vecinos. Siempre Havaa, como símbolo soterrado de pureza, de aquello que sobrevive sin más huella que una marca de ceniza en la mejilla. La esperanza, tal vez, de que la guerra acabe, de que la hermana vuelva o la mujer enferma sane, de que el hijo que perdió su corazón y se convirtió en traidor recapacite.

No hay espacio para el llanto entre la nieve. El río discurre bajo su superficie helada; allí, la vida permanece. La risa, siempre luminosa, abre resquicios allá donde sólo crece la miseria. Entre el hambre y los controles, entre una pierna amputada con mano temblorosa y la heroína, se palpa la esperanza. Y nos sorprendemos riendo, nosotros que observamos a estos seres dolientes: nos reímos con Akhmed, que es sin duda el peor médico de Chechenia, o con Alu, que será hombre y cascanueces, un regalo doble. Y esa risa rebaja la punzada de la herida, nos hace tolerable la lectura. Nos salva cuando la brutalidad emerge. Nos tiende su mano –la misma mano pequeña de Havaa, la misma pureza – y nos permite atravesar las ruinas de un país aniquilado. Sin ella, tal vez seríamos como Ramzan, pero tenemos a Havaa, y su maleta azul, y sus dedos diminutos para salvarnos.

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Huérfanos de Dios, de Marc Biancarelli (Armaenia) Traducción de Antonio Roales Ruiz | por Juan Jiménez García

Marc Biancarelli | Huérfanos de Dios

No es seguramente ningún azar que la literatura corsa se nos aparezca a menudo bajo la forma de la novela negra o, ya directamente, del bandidaje. Al menos aquella que está llegando hasta nosotros, lo cual es siempre una simplificación (de otra simplificación algo más grande, como lugar dentro de la literatura francesa). En todo caso no es aventurado decir que Córcega ocupa en el imaginario francés el espacio de Sicilia, isla también, en el italiano. Es decir, un territorio marcado por una violencia ancestral que encuentra sus raíces en movimientos de liberación o como respuesta del pueblo frente a la ocupación y despotismo (en cuya degeneración reemplazan). Huérfanos de Dios, de Marc Biancarelli, es una buena muestra de todo ello, también en su propia construcción.

Vénérande es una joven campesina perdida en un remoto rincón de la montañas, rincón que decide abandonar para encontrar la justicia, que es otra manera de llamar a la venganza. Su hermano, a raíz de un encuentro con unos bandidos, ha perdido la lengua y la razón. Enfrentarse a esa tarea ella sola es un imposible.  Por eso ha reunido el dinero suficiente para pagar los servicios de alguien capaz de encontrarlos y acabar con ellos. Y ese alguien será L’Infernu, un viejo bandido como aquellos, que afronta el final de sus días entregado a la bebida y a la muerte. Porque morirse, en su caso, es una tarea más. Una tarea a la que se entrega sin pasión.

Ange Colomba, llamado L’Infernu, lo ha sido todo (algo necesario para no ser nada). Ha formado parte de la banda de Théodore Poli, y con él ha pasado de las grandes ideas al gran bandidaje (en estos tiempos todo se era confuso y todo se confundía). Tras la retirada de Poli, le queda una calabaza seca tallada de recuerdo y buscarse la vida. Hacerse un nombre, unirse a otras bandas, ver la muerte alrededor y formar parte de esa misma muerte. Mientras se construye la venganza de Vénérande, se deconstruye su propia historia. Va al encuentro de su muerte a través de su propio pasado, esquivando el presente.

Marc Biancarelli se instala en el western. En su estética y en su ética. Si bien es cierto que tendemos a atribuirle al western algo que forma parte de la cultura y la literatura popular de terrenos completamente alejados (e incluso aislados) entre sí, como pueden ser el wuxia chino o el chambara japonés. En realidad, la búsqueda de la justicia a través de la desolación, tanto paisajística como anímica. Y la necesidad del héroe. Huérfanos de Dios pero también de los hombres.

Entre lo épico de ese pasado lejano (con personajes que existieron de fondo e historias orales) y lo violento del presente, la novela se mueve con soltura entre la evocación (casi ensoñadora) y la brusquedad, la sequedad, de la violencia, que es algo inseparable de ese tiempo, construyendo dos mundos que confluyen en ese infierno que se apaga, no sin antes arrasarlo todo. Hasta que solo quede el silencio, único momento en el que tal vez podamos entender algo. Aunque solo sea a nosotros mismos. Un poco.

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Fuego por fuego, de Carole Zalberg (Armaenia) Traducción de Antonio Roales Ruiz | por Francisca Pageo

Carole Zalberg | Fuego por fuego

Fuego por fuego es una pequeña novela -apenas 76 páginas comprenden su extensión- de la poeta, letrista y novelista Carole Zalberg,  nacida y residente en Francia. La autora, basándose en el incendio de un edificio en Francia, llevará a cabo, con una irremediable belleza y un universo poético particular, un relato en el que un padre y una hija serán los principales protagonistas.

Adama es todavía un bebé cuando su padre ha de escapar de una matanza, en la cuál murió su esposa. Ambos huirán del país en el que se hallan, en busca de exilio en el extranjero. La novela, contada en segunda persona y a dos voces, nos mostrará la importancia que tiene para el padre su hija, viéndose así un depender entre los dos bastante significativo. El padre sin la niña se sentiría sólo y la niña sin el padre estaría a merced de las circunstancias.

Estamos, sin duda, ante una historia donde la lucha y el coraje por la vida, el exilio y el amor se hallan presentes en cada página que leemos. Ambos, padre e hija, han vencido a la muerte, pero como bien dicen en el libro, esta victoria hay que contarla, hay que detallarla, para sólo así poder seguir adelante. Así, estamos ante un testimonio sobre aquellos refugiados que luchan por su supervivencia, que están a merced del destino, que se han marchado por una decisión casi obligada. Su huida se ve aquí como una necesidad vital: «Nunca he olvidado que estamos aquí no para ser felices, sino porque allí simple y llanamente no habríamos vivido.»

El padre utiliza constantemente sus palabras como una oda a lo que fue su familia; hay una nostalgia presente en el libro totalmente palpable, que casi podemos respirar. En su búsqueda hacia un mundo mejor, se encontrarán de todo, gente que les humillará y gente que les ayudará. Es ley de vida encontrarse con estos dos tipos de personas cuando la situación presente es totalmente viva. De hecho, es algo que vemos en casi todos los países en los que los refugiados han hallado su destino: no es su tierra y, por desgracia, siempre habrá gente que no los quiere y gente que estará dispuesta a echarles una mano para hacer de su vida algo mejor.

Fuego por fuego nos presenta la enorme brutalidad del mundo en el que nos hallamos, ya que aunque el exilio queda bastante claro, Adama, 15 años más tarde, cometerá el irreparable error de incendiar un edificio causando decenas de muertes. De este modo, su padre se servirá del libro para excusarse por su hija, para librarse del terrible exceso de culpa que tiene por no haber podido preverlo ni hacer nada para evitarlo. Adama, inconsciente, sacudirá sus emociones de una manera muy coloquial, haciendo uso de otros personajes, otros diálogos, para ofrecernos su punto de vista.

Obviamente estamos ante un tema de actualidad, y lecturas así se hacen necesarias para comprender y conocer las vidas de aquellas personas que han tenido que marcharse de su país natal por obligación. En Adama y su padre podemos ver que está la vida, la esperanza, la búsqueda incansable del alma por existir y desarrollarse; aunque la violencia, a veces, se sirva de entrada y salida en el hecho de habitar en este mundo. Aquí, Fuego por fuego, equivaldría al ojo por ojo, la venganza servida en una bandeja bien caliente que ninguno estaríamos dispuestos a tocar. Zalberg, pues, nos muestra de una manera nada subjetiva, sin juicios, una historia de gran valor humano. Sin conjeturas, directa a nuestra mente y nuestro corazón.

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