Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, de John Berger (Nórdica) Traducción de Pilar Vázquez. Ilustraciones de Leticia Ruifernández | por Almudena Muñoz

John Berger | Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos

Cuando a principios de este año murió John Berger, se escribieron muchas cosas que pretendían celebrar la urgencia inmortal de alguien que acababa de desaparecer y sobre quien el día anterior, seguramente, no se escribió nada. En eso no consiste ser recordado ni laureado; esa es la noticia, el obituario. Como una fotografía que no representa la imagen: la fotografía ha durado un poco más que el momento captado por la cámara, ha dado el salto de la fugacidad a lo breve.

Las piezas que se juntan en Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos son también pequeñas, recortes en vieja lata de galletas. Los encuentros con animalillos en carreteras rurales, un cementerio escocés, Hendrickje Stoffels, unas lilas, las fotografías que se guardan en la cartera.

Pero también los recuerdos que, por ser más dolorosos, se resisten a abandonar el cuarto de invitados: los niños ajenos que evocan los propios que ya crecieron o nunca se tuvieron, las separaciones, las muertes, las emigraciones, los debates de la existencia que siguen sin respuesta, el pasmo de sentirse fatigado, envejeciendo. Al reunir todas estas huellas, en apariencia sin otra conexión que la experiencia y el cariño de Berger en ellas, el hombre deja paso al pensador y se encuentra con que todo cabe en dos archivadores: el espacio y el tiempo. Todo es metaphora, maleta, bajo ese par de cierres implacables

La acuarela es breve, pues el papel absorbe el agua con avidez. Las ilustraciones de Leticia Ruifernández que acompañan el texto son entonces breves, pero recogen la eternidad que veía Berger en lo fugaz, como el Arte que tan caprichosamente pasa de moda, viaja por salas de exhibición y muda de propósito entre comedores privados, palacios abiertos al público y compartimentos secretos en apartamentos de millonarios. El Arte no conquista, pero al menos se pelea con el tiempo y con el espacio. Berger recoge estas breves y diminutas victorias, y quizá en sus libros y en su serie de televisión para la BBC quiso explicarlos cómo verlas a partir de cómo las veía él, aunque al final todo son brotes que invitan a reflexiones nuevas y nuestras. Las esquinas del libro, marcadas por hojas, bulbos, ramilletes, vías de tren, corolas y atardeceres.

En su dedicatoria, Leticia Ruifernández califica a Berger de raíz y alimento, y en efecto del libro brota un pájaro (en portada), unas constelaciones (en las guardas) y un árbol, más o menos tupido, en la mente del lector. El ramaje de los capítulos puede entenderse como algo azaroso, del ensayo filosófico a la pieza de diario personal y al poema; o como una ordenada carta de amor,cuya memoria siempre viaja en círculos concéntricos, cada vez más cerrados e íntimos. ¿Acaso, al mirar hacia arriba, hay relación verdadera entre la hoja, y si ésta es de otoño o de primavera, la rama vecina, el edificio del fondo, el trozo de cielo? En las páginas de Berger el hilo común no existe más que como paisaje general, y sólo el que abarca la vista humana, con sus prejuicios y limitaciones, en un momento dado. Por eso es tan fugaz y tan verdadero decir lo mismo que los obituarios, que Berger era humano, y es eterno.

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Rumbo al mar blanco, de Malcolm Lowry (Malpaso) Traducción de Ignacio Villaro Gumpert | por Almudena Muñoz

Malcolm Lowry | Rumbo al mar blanco

El manuscrito comienza con dos espaldas, como un cuadro de Friedrich. Se intuyen sombrías y encorvadas, y el paisaje que observan es definitivamente tormentoso. ¿Dónde está el recorte de luz que se despide o amanece? En que los personajes son jóvenes y uno de ellos no sueña con pozas desesperadas (de momento), sino con el Mar Blanco. Cita a Dante por activa y pasiva, pero, por mucho que le atraiga el papel, todavía no es un poeta atado a las pruebas del infierno, sino Virgilio. De no ser así, Malcolm Lowry no habría escrito ni siquiera este comienzo, ni lo habría planteado como una obra magna en tres partes.

Pero el abismo no es sólo literario y al final le devuelve la mirada: el manuscrito de Rumbo al Mar Blanco es pasto de las llamas.

Esto sucede en 1944, casi quince años después de que Lowry hubiese comenzado a escribir el proyecto. A pesar de la desesperación del autor ante el suceso, a los lectores nos parece que estas coincidencias no son sólo atraídas por los libros, sino completamente lógicas a su destino. La novela que pretende imitar a la Divina Comedia corre el riesgo de quemarse, por ambición o por la teoría destructiva de los dobles. Y es que la vida de Lowry estuvo marcada de continuo por elementos gemelos no muy bien avenidos: el alcoholismo y la literatura, por empezar en alguna parte, fueron la corona de una demencia que a Lowry sólo le condujo a deambular, cómo no, en círculos.

El primer círculo del averno para Sigbjørn, el atribulado héroe de Rumbo al Mar Blanco, consiste en compararse con su hermano Tor, en apariencia más centrado, más clarividente, animoso, pero origen del pecado que lleva a Sigbjørn a una espiral de descenso infinita. El capítulo que cierra el volumen muestra ya sólo retazos de lo que pudo ser un siguiente salto al purgatorio y, quizá, al paraíso. La manera en que sueña un borracho, llena de lagunas espumosas. El método de escritura del ataque de pánico, que parece prever la mala estrella de un libro.

Rumbo al Mar Blanco pertenece a esa familia de historias escritas más al pie de página que en el texto, en las que se recoge la ansiedad por todo lo acumulado, lo que Lowry puede olvidar y perder en manos de una botella, del fuego o del prestigio. No extraña que la novela esté repleta de citas erróneas o inventadas, mal adjudicadas a otros autores. Aquel incendio privó a crítica y público de leer Rumbo al Mar Blanco hasta muchas décadas después, cuando se descubrió una copia arrinconada, pero la desaparición temporal sustituyó a la degradación inevitable: Lowry es más citado que leído, al igual que los libros que el autor cita a su vez, como Moby Dick o los versos de Dante.

La trayectoria de Lowry no fue fácil, pero en realidad su vida lo tenía todo para serlo; en la misma medida, su pluma estaba dotada para triunfar entre la apreciación literaria, pero 2014 no es un momento conveniente para su redescubrimiento. Malcolm Lowry prefirió obsesionarse con que su nombre coincidía con el del hijo, muerto prematuramente, de Herman Melville, aunque era un muchacho que vivía en una casa estilo Tudor y ganaba campeonatos de golf. Lo que a mediados del siglo pasado era la lucha por excelencia del autor de buena familia, hoy en día cae en el cajón de las historias de chicos blancos -la gente rubia, se cita aquí-, graduados en Cambridge, Oxford o Yale, que arrastran sus petacas y su no menos privilegiado existencialismo crónico, mientras una amante que siempre se llama Nina o Laura o Lara vive en un rincón amueblado de un círculo de intelectuales y bellas artes.

Rumbo al Mar Blanco es una novela de mar realmente no escrita, la novela imaginada a partir de las muchas novelas del mar leídas por Lowry. Como tal sólo le queda seguir a la deriva, sin cierre, sin ballena blanca o negra, sin la quietud que raramente aporta el océano o la buena literatura.

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Wonder Woman. El feminismo como superpoder, de Elisa G. McCausland (Errata naturae) | por Almudena Muñoz

Elisa G. McCausland | Wonder Woman. El feminismo como superpoder

Nunca he leído ni una sola viñeta de Wonder Woman.

La confesión resulta completamente gratuita. Pero la autora de este ensayo también comienza su contextualización apelando a la importancia que los cómics de la Mujer Maravilla tuvieron en su infancia. Y, más adelante, se nos revelará que Diana es una extraña en el mundo del hombre, capaz de equiparse con sus armas míticas para inspirarse e inspirar lo que es nuevo para ella, sin ocultar sus debilidades, todo lo que aún le queda por aprender.

En ese tiránico instante en que decidimos el tiempo que podemos dedicar a todas las opciones e intereses que existen en el mundo, tuve que renunciar a los tebeos. Cierto es que durante mi niñez no tuve ejemplos cercanos de lectores de cómics, y que las mujeres tenaces y con carácter de las historietas que sí leía siempre eran representadas como objetos cómicos: Ofelia, la Castafiore, Karabella. Mi padre guardaba unas colecciones de El Jabato y El Príncipe Valiente que nunca atraparon mi atención, tal vez por su carga de personajes masculinos que ocultan a algunas interesantes figuras femeninas. ¿Cómo de diferente habría sido mi infancia si entre los mitos griegos se hubiesen contado las habitantes de Isla Paraíso? Lo interesante y bonito del libro de Elisa McCausland es que no se limita a desbrozar y llorar el pasado, actitud común de cronistas (veremos qué trae el biopic del creador de Wonder Woman, William Moulton Marston), sino en propulsar el arquetipo y el mito de Diana de Themyscira hacia el futuro: cambiar nuestros puntos de vista y revelar posibilidades ciertas en un Peloponeso belicoso y machista.

Por eso, por ser un mito más futuro que pretérito, el nombre de Wonder Woman aparece casado a los apellidos de feminismo y superpoder, a lo práctico y lo fantástico. El volumen recoge un generoso aparato de reflexiones de autoras feministas, análisis formales y narrativos del cómic, y entrevistas recientes con especialistas e implicados en el universo creativo de Wonder Woman. Como herramienta educativa, no le falta de nada; pero como vehículo persuasivo resulta incluso más atrayente: la autora no esconde su pasión por las amazonas, pero ejerce la (auto)crítica y canaliza en paralelo la demanda del fan y la curiosidad del neófito.

«Un personaje heroico femenino que equilibre la aplastante presencia de personajes masculinos.» Una inquietud de 1940 que continúa vigente hoy en día, cuando la aplastante ola de hype y apoyo en taquilla a la primer producción cinematográfica sobre Wonder Woman podía inspirar temores legítimos, como esos memes de Batman y Superman amedrentados por el poderío de la amazona en plano y taquilla. Las espectadoras que reconocían llorar de felicidad al ver la película, ¿están absorbiendo un mito que las empodera, o simplemente sublimando en una coartada femenina el disfrute de relatos masculinos? En The Power, de la escritora inglesa Naomi Alderman, se plantea un futuro especulativo en el que las mujeres desarrollan un poder físico de naturaleza eléctrica que trastoca el patriarcado para siempre. El cambio se revela superfluo, y el nuevo matriarcado cumple la profecía fatalista de Simone de Beauvoir. Confundir la fuerza física y el poder, y hacer de éste un instrumento de castigo y abuso, sólo conduce a una distopía satírica, que le ha valido a Alderman el Women Prize for Fiction y el madrinazgo de Margaret Atwood —cuyo El cuento de la criada, con nueva teleserie feminista, ha sido objeto de parodia en un vídeo de Funny or Die que persiste en ridiculizar la causa… y el éxito de Wonder Woman.

Denunciar nuestros horrores tiene premio; ¿y celebrar nuestro poder transformador? Diana de Themyscira encarna todo lo que es imposible en The Power y en un mundo real capitaneado por líderes machistas e influencers pasivos. Lo que es luz, verdad y justicia, aun a costa de incendiarlo todo para revivir la sociedad. Algo que, por desgracia, hasta ahora sólo le ha servido para resucitarse a sí misma, con mayor o menor fortuna según el equipo creativo implicado. Lo hermoso del conjunto es que todas las caras de Wonder Woman son compatibles, incluso las menos favorables. Mutable como un humano y firme como un mito; por ejemplo, en las ilustraciones complementarias de Carla Berrocal y Natacha Bustos que acompañan al libro.

Tras la reciente y enésima excusa de Marvel que asocia la caída de ventas a la proliferación de personajes femeninos y diversos, la victoria que representa (aunque sea a nivel nacional) el ensayo de McCausland y el logro de la película de Patty Jenkins son dignos trofeos de la amazona de Themyscira, incluso a pesar de los flecos sueltos del feminismo interseccional —la representación de mujeres negras que podría corregir Black Panther (2018), en especial con la participación de Hannah Beachler—. Mientras en la actual esfera pública —con su inevitable origen y consecuencia en lo privado— se criminaliza la solidaridad y se perdona la estafa, es glorioso pensar en el posible advenimiento de la Edad de Wonder Woman, o (lo que es lo mismo) de un despertar colectivo que ponga en práctica los valores de Isla Paraíso. El libro de McCausland tiene el poder para convertir a muchos lectores y (por lo menos aquí se levanta una mano) amazonas.

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Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, de Charles Dickens (Alba) Traducción de Miguel Temprano García | por Almudena Muñoz

Charles Dickens | Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit

Decía Wislawa Szymborska que para leer a Dickens como cualquier dios manda hay que cogerse la gripe. Me he cruzado esta circunstancia entre más reflexiones de autores reales y personajes de ficción, y seguiría sin saber afirmar si se debe a que sólo la enfermedad otorga el grado de paciencia suficiente para leer un mamotreto, o a que ya no tenemos otro contexto favorable para los libros largos y superpoblados.

En cualquier caso, resulta agradable pensar en un Dickens como en esos bálsamos que solían anhelar sus personajes, a tumbos entre posadas, habitaciones de alquiler y casas prestadas. Un libro que sepa a cuenco de caldo, a bocadillo de lonchas de ternera, a vaso de leche coronada de burbujas, u otros aperitivos análogos veganos. Lo importante es que, como la urraca de la portada de esta Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, podría arriesgarse que cualquier persona obtiene alguna cosa de valor de un Dickens voluminoso, ya sea el reloj de oro o las cosquillas tras revolverle el chaleco a un señor tan orondo.

Este título no es muy popular entre el público angloparlante ni extranjero, y rara vez accede a las listas de favoritos de los dickensófilos, a excepción del propio Dickens, como buen padre literario que siempre prefiere al hijo raro y chistoso antes que al angélico y popular Tiny Tim. Y porque, en cierta medida, Martin Chuzzlewit es también un libro enfermo, habitado por demasiados personajes, plenos de vicios, como una placa de bacterias que danzan sin más sentido que hundirse el codo unas a otras, blandas y amorfas, a la espera de contaminar lo que venga.

Martin es, al mismo tiempo, joven sin adulterar y anciano de carácter irrevocable. Nieto y abuelo comparten nombre y se disputan la balanza moral de una familia extensa, intrincada, de odios y riquezas trágicos pero traje cómico. Las pesas, sin embargo, se las quedan otros personajes, que son los que hacen avanzar realmente las muchas tramas del libro. El arquitecto Pecksniff que pone su autoría en los diseños de sus alumnos, sus dos hijas de bautismo tan dickensiano, Cherry y Merry, y Tom Pinch, el alma cándida de la historia que, no sin venenosa ironía, resuelve los problemas de Martin para quedarse sin recompensa. A veces, uno termina un Dickens de 900 páginas y resulta que aún continúa enfermo.

No hay una ubicación única para Martin Chuzzlewit dentro del historial de Dickens, ni tendrá una afinidad uniforme con todos los tipos de lectores. Esto es porque, como el propio Martin, la novela parece haber heredado muchos rasgos familiares, excepto el afecto por ninguno de ellos.

Es la rara cúspide entre los inicios (la acumulación de episodios picarescos del Club Pickwick) y el canto del cisne (la trayectoria de una fortuna y un amor de Nuestro común amigo). El libro que se ríe de todo, que viaja entre continentes y ejecuta una olimpiada desde la caricatura ideológica hasta las muertes y los matrimonios que aplauden como platillos al final de los folletines.

Una odisea que hace del Edén un destino cruel y fangoso para el protagonista no puede ser del todo serio, pero tampoco luminoso. Como se lee en sus Notas de América (1842), Dickens viajó por Estados Unidos horrorizado por el esclavismo y cansado por la fama, y es probable que escribiese la saga Chuzzlewit para relajarse dentro de los tropos de su universo que para satirizar a sus vecinos norteamericanos. ¿Acaso no somos un poco turistas de los libros, hartos pero sin poder parar, cuando la enfermedad nos obliga al reposo?

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Jurgen o la comedia de la justicia, de James Branch Cabell (Defausta) Traducción de Susana Prieto Mori | por Almudena Muñoz

James Branch Cabell | Jurgen o la comedia de la justicia

Cuando un viejo trovador es olvidado, a veces su única carta de presentación puede ser la de otros dioses mayores, con voz más potente (no diremos que mejores), como Hades y Eurídice derritiéndose ante las habilidades de Orfeo. En la portada de Jurgen se reproduce la ilustración de una muchacha rasgando, quizá, un harpa enorme, invocando al lector a que se detenga y escuche, aunque sea en la más atestada de las mesas de novedades de una librería (no diremos que el infierno).

Es James Branch Cabell quien se oculta detrás de ese rostro reclinado, y lo mecen décadas después las alabanzas de otros escritores con mejor estrella que la suya, desde Mark Twain hasta Neil Gaiman. Y es rápidamente comprensible por qué el señor Gaiman, quien ya ha utilizado a Orfeo para su Sandman y suele retratar amores divididos entre dos realidades, se rinde a las historias de un autor que es como los juegos de mesa expuestos en un escaparate de segunda mano. Tan populares en su época, un galimatías de reglas para la vida moderna.

Pero el tablero de Cabell es sencillo, porque recupera lo milenario en sus materiales más básicos —el héroe órfico, a veces digno de compasión, a veces risible, que debe ir a buscar a su esposa a los infiernos—, y en los mil y un cortinajes con que decora su escena. Cabell anticiparía muchas ramificaciones del fantástico del siglo XX, pero también de la textura que aportaría al género una actitud más próxima al fanfic contemporáneo: tomarlo todo, no dejar nada para después, nunca dosificar la erudición, las referencias, el amor sincero y desbocado por aquello que desea reescribirse. Tal vez por no esconder sus cofres del tesoro, Cabell acabaría siendo arrinconado en la esquina opuesta a los autores que también necesitan muchas notas al pie… sin la condescendencia que todavía se aplica al fantástico. Jurgen es sólo una pieza de un universo literario profuso y oscuro, que experimenta con la cara fea y burlona de la nostalgia. Como en los mundos ficticios más vivos (que comparte con Terry Pratchett o los Strugatsky), el lector puede comenzar el tránsito por cualquier zona. Por ejemplo,por esta misma aventura, que se acompaña de pertinentes mapas y genealogías, para quien gustede esas bitácoras. Igual que no hay orden para recorrer un lienzo de el Bosco, Cabell no despista,pero tampoco da tregua en su expresividad y valores arcaizantes, en su palique artúrico, en las descripciones que se abordan como el inventario de una tienda.

Porque Jurgen es, ante todo, un prestamista. Y el de prestamista es el mejor oficio para el poeta, porque recupera lo olvidado, le da valor, lo tasa de nuevo y lo vuelve a poner en circulación. Reconoce todas las cosas y les encuentra vitrina y etiquetado a cada una; es un ser que nunca mata y siempre recicla. Por supuesto, esto implica que nada es suyo. No es extraño que los afectos de Jurgen varíen como un molinillo y que le suponga una ventaja desprenderse de su mujer, porque él es poeta y una esposa parlanchina es todo lo contrario a la inspiración, que nunca

A partir de entonces, Jurgen recorre decenas de rincones de un inframundo que haría las delicias de los psicoanalistas y los prerrafaelitas; un infierno que reparte para todos pero que no guarda ninguna certeza para su héroe. ¿Para qué iba a viajar Orfeo hasta el averno, si no es para descubrir que en el fondo nunca quiso recuperar a Eurídice, ser un hombre responsable y no un poeta?

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El hombre del traje negro, de Stephen King (Nórdica) Traducción de Íñigo Jáuregui. Ilustraciones de Ana Juan | por Almudena Muñoz

Stephen King | El hombre del traje negro

Parece natural la idea de que Stephen King escriba en un sótano creativo: en cuanto sus personajes se acercan a lugares comunes, la oscuridad se va con ellos; si el autor recibe una invitación del exterior, enseguida lo arrinconan dientes afilados (también de críticos y colegas, que son la especie más sanguinaria). La vida y la carrera de King le dan la razón (o la locura) al hecho de que una persona nunca deja de ser un ser subterráneo, condenado una y otra vez a clausurar recuerdos y opiniones, a encerrarse en casa a pesar del dinero y los premios.

Por esto es tan bonito que la edición del premiado cuento El hombre del traje negro tenga formato de cuaderno, hasta con su punto de libro y sus esquinas redondeadas. Nos cede su libreta de memorias un anciano llamado Gary, aunque los protagonistas de King siempre sean King (y esa aura de confesión obsesiva resulta lo más inquietante de su obra). Podemos confiar o no en su lucidez, en si es un desvelo causado por ochenta años de silencio o un derrame senil acuciado por los ruidos blancos de un geriátrico y las gelatinas en molde de plástico. Qué más da; los relatos de King tampoco son remembranzas auténticas, pero funcionan como si lo fueran, como si acabase de extender ante ti unos recortes de prensa amarilleados con extrañas noticias que no entiendes cómo nadie quiso investigar a fondo.

Las ilustraciones de Ana Juan, siempre un lujo para acompañar historias ambiguas, se dividen en esos dos tipos de orillas del relato, entre láminas descriptivas o formas simbólicas. ¿Qué puede salir mal si un niño se acerca una tarde de sábado, con sol y un pequeño equipo de pesca, a la ribera de un río en una aldea insignificante? Sabemos que ese es el principio de las poesías, de la nostalgia en ciertos capítulos de novelas muy largas… y del resorte imaginativo en mentes como la de King, Ray Bradbury o, en clave sociopolítica, William Golding. El escenario infantil idealizado por los abuelos y los escritores adultos, como los caballos de madera del tiovivo, las estanterías estrechas en la biblioteca o los ribazos con bocas de túneles y florecillas blancas, se desvanecen en manos de estos autores, y no porque odien la niñez o sus propias infancias. Los mayores terrores surgen en los lugares y momentos de seguridad garantizada, cuando nada puede salir mal porque uno tiene ocho años, vive en una zona de criminalidad cero o se sienta junto al arroyo a pescar truchas.

Aparece entonces el hombre del traje negro. Para Stephen King esta figura es siempre un símbolo muy obvio, con un origen religioso que, en este caso, explica por qué el cuento tendría su referente en El joven Goodman Brown (1835), de Nathaniel Hawthorne, también incluido al final de esta edición. Recordemos: el autor escribe en su sótano extrayendo a la luz de una vela sombras de otras cuevas previas, y por eso no nos extraña que la silueta del hombre en traje negro se proyecte en sitios modernos. Un fenómeno superventas es tanto producto de la brujería como de la fe.

Mientras intenta comunicarse con supersticiones del pasado, el relato nos convoca un terror eterno, vestido con el uniforme que corresponda en cada época (de puritano, de sepulturero, de científico), y elimina el único alivio del presente: que hay algo aún puro en la infancia. ¿Por qué romper la última esperanza? ¿Certeza absoluta, pesimismo, mala leche? O porque es la manera de mantenernos sujetos a un género que tan rápido muere y se recicla: tal vez no haya mejor imagen para tiempos herederos de Stephen King que esa pared de Stranger Things, donde intentan parpadear guirnaldas navideñas sobre un grafiti con toda nuestra ansiedad emborronada y en un alfabeto sin descifrar. Igual que anzuelos coloridos flotando sobre el agua, a la espera de que algo pique desde el fondo negro.

 

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Las almas muertas, de Nikolai Gógol (Nórdica) Traducción de Marta Rebón | por Almudena Muñoz

Nikolai Gógol | Las almas muertas

Las almas muertas se hacían de rogar. Excepto en Rusia, donde los campesinos caían como moscas sin huesos de caldo ni ollas con residuos en las que sobrevivir; en Rusia las almas muertas sobraban. Pero Pável Ivánovich Chíchikov nunca tenía suficientes almas muertas con las que construir un imperio basado en esa audacia negra e irónica tan muerta, tan rusa: registrar a campesinos muertos como vivos para obtener terrenos y subir en la escala social, en el prestigio, quizá en el saldo bancario; eso es lo de menos para quien se recorre medio país comiendo gratis en los salones de los aristócratas y sacando billetitos de una caja secreta que siempre lleva consigo.

Las almas muertas se hacían de rogar porque, tras largo tiempo anunciadas en el catálogo de Nórdica, su publicación no dejaba de postergarse. La espera confirma que no sólo los títulos geniales llegan siempre en buen momento, sino que el motivo era de lujo: Las almas muertas conmemora el título número 100 de una colección de ilustrados que ha sabido registrar en los últimos años la literatura universal a través del estilo de muy diferentes ilustradores españoles, dando voz y concierto a los clásico y lo moderno. Es curioso que una causa tan pacífica y armoniosa tenga a su paladín en este libro tan conflictivo, para su autor y sus protagonistas. Las vetas del mármol son muy oscuras (un argumento descarado y morboso, la única novela de un escritor que termina sus días sumido en el extremismo religioso y en el vandalismo sobre su propia obra), pero el conjunto es brillante y palaciego.

Nikolái Gógol, que era asiduo y maestro del relato, de la atmósfera de Rudi Panko a punto de narrar otra historia más junto a la chimenea, se lanzó a la elaboración de su primera y última novela extensa con la locura que exigen las aventuras desesperadas. Todo el conjunto (sumándole la segunda parte, incluida en esta edición) resulta desproporcionado y paticojo, como el perfil de esos nobles decadentes de los que no deja de mofarse. El poema, como Gógol lo llama, debía haberse dividido en tres partes de la que sólo se conserva una con integridad. La segunda nos revela a un autor que parecía más afín al romance de Pushkin que a la concisión chejoviana, aunque su humor nunca abandone la escena. El festín es de los largos, que no empalagan, digno de un Obélix sentado ante una dura prueba que resulta ser un regalo de los dioses: Chíchikov viaja de finca en finca, no sólo degustando excelentes empanadas y licores, sino hilando un rosario de personalidades rusas increíblemente incisivo y cierto para alguien que, además, mientras escribía no estaba en Moscú ni en San Peterbsurgo, sino en Roma.

Ya en 2003 Diego Moreno, alma mater (que no muerta) de Nórdica Libros, había publicado esta obra con la traducción de José Laín Entralgo, pero el aniversario no podía requerir menos que una nueva propuesta, a cargo de Marta Rebón, que traslada con pulso al castellano la expresividad de Gógol, fresca y rica en metáforas estrafalarias. Las láminas de Alberto Gamón, con su estilo sintético y ocre, aporta la idea de libro publicado en otro tiempo, cuando los títulos rusos no eran bienvenidos en casi ninguna parte y la censura se cebaba con su ausencia de prejuicios, de respeto y de pelos en la lengua. Las almas vivas, como la de Gógol antes de que lo venciesen sus dudas y demonios y el Vi se lo llevase a rastras a las puertas de la estufa y el cementerio, no encuentran hueco entre tantas almas muertas que en sus fincas y salones sociales se hacen pasar por ejemplos de literatura y viveza.

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Hilda y el bosque de piedra, de Luke Pearson (Barbara Fiore)| por Almudena Muñoz

Luke Pearson | Hilda y el bosque de piedra

En pocos años, un algoritmo ha suplantado al esfuerzo que requería decidir según qué baremo decidimos si algo es o no interesante. Esa inteligente máquina de reunir y amasar datos que es Netflix convierte, si no en oro, al menos en estatuilla dorada temporal todo aquello sobre lo que sopla. Y no porque sea un Midas irresponsable; a veces su dedo se posa sobre historias que realmente merecerían más entusiasmo y difusión, aunque ni siquiera la agenda de Netflix las haga saltar a la fama.

La adaptación de la serie de cómics de Luke Pearson es uno de los proyectos animados de Netflix más sorprendentes a medio plazo, pero Hilda aún no es tan conocida fuera de los círculos de lectores asiduos al tebeo y del mercado anglosajón. ¿Se debe esto a que Hilda es una niña? ¿A que el ritmo de publicación de cada tomo es demasiado lento en comparación con la estrategia de Netflix de difundir todos los episodios en un mismo día? ¿O es cosa de esa tierra de nadie en la que se ubica la vida de Hilda, un espacio absorbente adonde va a parar de todo: los conflictos familiares, las criaturas fantásticas y los calcetines desparejados?

Al margen del crecimiento lento pero potente de Hilda en la escena del cómic infantil, sin lugar a dudas su lenguaje lo pone fácil a cualquier adaptación audiovisual, pues Pearson se vale de una ruptura continua de las viñetas para dirigirse adonde necesite la acción. Túneles mágicos, discusiones, narraciones silenciosas con cambios de luz y saltos de perspectiva compiten en este mundo donde conviven lo más diminuto y lo gigante, como personas del tamaño de meñiques y montañosos trols, aunque la medida de referencia siga siendo humana. Hilda y su madre son el epicentro de una serie de aventuras en las que, en realidad, lo extraordinario forma parte del paisaje y su irrupción en el día a día no es tanto un impacto como un incordio frente a lo corriente, como un viernes con planes de helado y juegos de mesa. Al igual que en las películas de Studio Ghibli y los libros de Roald Dahl o Diana Wynne Jones, las criaturas más raras pueden ser invitadas a la mesa tranquilamente y las niñas son decididas, brutas, bocazas, cariñosas y valientes, porque en el mundo de Pearson nada de eso es un apunte especial, sino la norma.

Las cinco historias de Hilda publicadas hasta la fecha no se proponen ninguna moraleja recurrente; es más, aunque la estatura de Hilda no cambie, sí lo hace la relación con su madre y la forma en que afronta los problemas habituales de la niñez, desde mudanzas de ciudad y colegio hasta compaginar las obligaciones escolares con los excesos de imaginación y energía. El trazo de Pearson contiene ecos de otros historietistas que encajaron con todo tipo de lectores, como Morris y Goscinny, y de ese renacer de la animación bidimensional como algo hecho de capas trepidantes y complejas pero estéticamente suaves, tal y como han demostrado las series Gravity Falls (2012-2016), Más allá del jardín (2014) y el próximo remake de Patoaventuras. Hilda y el bosque de piedra es la primera entrega que no ofrece una aventura cerrada, sino un cliffhanger final totalmente opuesto a la filosofía de consumo de Netflix. Una llamada, quizá, a que no olvidemos a Hilda mientras se fragua una nueva historia, y a ese tejido entre la insatisfacción y lo satisfactorio que rodea nuestro trato con la ficción desde que somos pequeños.

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La séptima vida de Kaspar Schwarz, de Carles Pradas (Astro Rey) Traducción de Carmen Gómez Aragón | por Almudena Muñoz

Carles Pradas| La séptima vida de Kaspar Schwarz

Noticia de última hora: este libro es un montón de patrañas.

En un paisaje editorial de artefactos antiguos vestidos con collar de blonda nuevo, como esos maniquíes de comunión para familias que nunca van a misa, encontrarse un libro mentiroso de cabo a rabo es, en realidad, una enorme recompensa. No habrá en él interés por defender una postura incuestionable, ni sostendrá el peso de una promesa de autor que ha sabido retratar el presente del mundo, conquistando a la crítica y la academia. A un libro mentiroso nada le importa, y por esa razón será mucho más libre que otros conscientes de su lengua y del rigor que debe emanar de ella.

Se dice que Kaspar Schwarz existió, pero se aportan pruebas en contra de esta suposición y sorprende que así sea, que se pueda cuestionar la realidad de Kaspar Schwarz o de cualquier otro personaje (o persona). ¿Acaso no disponemos de su voz, de sus retratos, de un hilo biográfico lógico y repleto de inevitables altibajos? Poco importa que el testimonio sea el de un biógrafo/narrador poco fiable, que las fotografías y las cartas manuscritas parezcan amañadas, o que un editor amable haya querido agregar importancia a la vida de otro don nadie. Ninguno de estos argumentos justifica que Kaspar Schwarz nunca existiera. Carles Pradas lo ideó, lo escuchó (o se hizo escuchar ante él), se lo llevó consigo para atravesar llanuras y trincheras y revisar todo lo que es cierto y dudoso, por típico o por tópico, en el proceso de creación literaria. Ajeno a las tendencias que ilustran las fajas de los libros del momento, Kaspar Schwarz (o Carles Pradas, disculpen) se aferra al macuto y marcha a perseguir la nostalgia, como hiciera Andrew Sean Greer con Las confesiones de Max Tivoli (2003).

Todos estos bribones ficticios que aprendieron a jugársela a las normas vitales saben que lo más difícil es el hechizo circense que el lector desea, al mismo tiempo, desdeñar y creerse. Y Kaspar Schwarz atraviesa un oleaje increíble, donde no hay asiento para el tedio: la novela costumbrista y sentimental sobre el primer amor, las sucias descripciones de una gran guerra, los vaivenes de unos capítulos de pillaje e insatisfacción en alguna capital de luces brillantes, la frente templada por un poco de espiritismo. El problema es que todo es mentira, porque Kaspar no es un muchacho, sino una broma, un gato humanoide vestido de escolar, caballero o astronauta, enmarcado por reflexiones muy serias. Pero todo el aparato es muy cierto, bellamente editado por un sello capaz de tomarse la ficción tan a pecho que hasta fotografía su contraportada mediante el colodión húmedo y mezcla la maquetación periodística con las listas de Spotify y el contenido poético. La letra de imprenta negra y los fragmentos de tinta esmeralda, que huelen a viejas copias de La historia interminable (Michael Ende, 1979). El episodio del relojero o el sueño de los jabalíes son prueba suficiente a favor de la credibilidad de Kaspar Schwarz y de ese oficio que, entre fantasear y reinventarse a uno mismo, no impone gran diferencia.

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Un policía en la luna, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) Traducción de Carlos Mayor Ortega | por Almudena Muñoz

Tom Gauld | Un policía en la luna

Tómese las proteínas y póngase el casco. O bien cómase un dónut y retírese la escafandra para suspirar e intentar entablar conversación con las máquinas. No hay otro propósito en el terruño lunar, una vez cumplidos todos los deseos de Elon Musk, porque nuestras insatisfacciones continuarán rotando en ciclos infinitos. No importa cuánto viaje el hombre triste y aburrido, si la depresión se sube con él al mismo cohete, y esto lo sabe hasta un robot terapeuta.

¿Cuál es su nombre?, dice el cacharro, imitando las costumbres de las personas parlanchinas. Nombre desconocido, suplantado por unas funciones que suenan de rechupete pero que no conllevan ningún esfuerzo: señor agente, señor policía. Podría ser el famosísimo Major Tom, o Tom Gauld a secas, que en todas sus viñetas sencillas y expresivas se dedica a representarnos a todos los demás. Apenas un puñado de palabras, el color blanco y variaciones de saturación sobre un mismo tipo de azul, y ya estamos instalados en la luna, donde de inmediato nos sentimos como en casa. ¿Todo correcto, nota algún tipo de presión? Tómese otro dónut.

La vida aquí no tiene nada que envidiar a la de ahí abajo; es más, la luna dispone de cantidades ilimitadas de tiempo y silencio para invertir en la meditación que tanto persiguen los terrícolas. Puede incluso practicar el movimiento slow, ya que la gravedad no es la misma y tardará horas (si no días) en recibir el correo y el cambio de una máquina expendedora. Nada que echar en falta de la Tierra. Imaginamos que le apetecerá replicar ¿y para qué un policía en medio de la nada, en lugar de unos ingenieros, unos geólogos, un vlogger de viajes? No hay rastro de selenitas que evaluar, ni muchos más humanos de los que llevar un registro.

De entrada, ¿cómo pretende encontrar un oficio lógico en un espacio donde no teníamos nada que hacer? Lo sabe, incluso lo intuía en su país de origen. Consuélese con un dónut, son idénticos a los de siempre. Quizá la luna necesite un policía que controle las ilusiones desmedidas que los humanos trasladan al espacio. Un Neil Armstrong anclado para siempre en el bucle de su descubrimiento, por ejemplo. Las esperanzas de gente corriente que esperaba encontrar… ¿El qué? No se sabe tampoco aquí arriba. Cualquiera se siente agotado por la belleza y los paisajes nuevos. El espíritu que quería encontrar la paz en la luna al final siente de nuevo el tirón de la Tierra, como un perro fiel que regresa siempre a casa.

Rogamos en todo caso que reconsidere la situación. Tiene coches voladores. Hay palmeras encapsuladas. Cada semana lo cambiaremos de habitáculo para recibir el estímulo de un ambiente nuevo. Las mejores franquicias de café y bollería esperan instalar un punto de venta en breve. Pruebe, pruebe un dónut. ¡Hasta el robot terapeuta es auténtico y no cobra por sesiones! ¿Sigue sin gustarle? ¿Se siente solo, inútil, invisible, olvidado, el único humano de la colonia, y la luna le parece tan triste como declamaban todos esos viejos poetas? Por favor, antes de partir siéntese un momento y vea cómo son realmente las cosas azules y blancas en este trozo de firmamento: tal vez la cara oculta de la luna es que aquí arriba aún hay esperanza. Eso es, respire hondo, aprecie lo ridículo y hermoso que es todo, que su vida cabe en un pequeño libro sin apenas texto. Y tómese un dónut.

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Los lobos de Currumpaw, de William Grill (Impedimenta) Traducción de Jorge García Valcárcel | por Almudena Muñoz

William Grill | Los lobos de Currumpaw

En el museo de Philmont, en Nuevo México, se conservan dos fotografías originales de los protagonistas de esta historia. Las dos en blanco y negro, ambas retratos de un par de personajes que miran a cámara con un gesto que parece sonriente; posturas casi idénticas, las mismas líneas de fuga. Una es de un hombre, la otra muestra a un lobo. Sabemos que es el azar y nuestros ojos deseosos de romanticismo lo que lleva a descubrir similitudes pasmosas en momentos sin relación de personas (o animales) destinados a cruzarse más tarde. Para el narrador y dibujante William Grill, con esas delgadas líneas se teje el mapa del delincuente, las conexiones entre el horror y la lección que sirven de tablero de corcho para nuestro deporte favorito: la autopsia del pasado sobre el presente.

La región de Currumpaw (también escrita como Currumpah o Corrumpa) evoca los olores de la primera Norteamérica colonizada, a cebollas salvajes, sangre de bisontes y caballos exhaustos y sudorosos; a un paisaje saqueado e injusto, en definitiva. Todo lo que sabemos del pillaje y criminalidad de los primeros exploradores blancos en el Oeste anula el aura de aventura que tenían las novelitas de a centavo. Podría decirse que Grill comienza su homenaje hechizado de la misma manera, arrastrando los lapiceros de colores sobre las llanuras y los cielos intensos. Al contrario que en su anterior volumen, El viaje de Shackleton (2014), en Los lobos de Currumpaw opta por el paisajismo en lugar de por el tono divulgativo de los despieces, la subdivisión del suceso histórico en las pequeñas piezas reales. Quizá porque no es atractivo conocer todos los elementos de un bando condenado a ser brutal o asediado por el otro.

El procedimiento parece recrear el esquema de aquel bello tomo sobre Shackleton en la Antártida, aunque invierta su paleta de tonalidades. La preeminencia de un rojo seco, el de los tejidos indios y las banderas déspotas, finalmente sirve de marco para la gran revelación final: Los lobos de Currumpaw no es, como la peripecia del Endurance, un relato trágico y edificante. La obsesión de las gentes de Nuevo México y, más tarde, de Ernest Thompson Seton, no es otra que cosa que pura ansia por ver brillar el rojo que se seca más tarde. La sangre de Lobo, de todos los lobos, se derrama sin otro propósito moral que sacudir la conciencia del cazador Seton y darle la vuelta a su papel histórico, que pasaría a ser el de fundador de las bases de los entrañables Boy Scouts.

A día de hoy, podría argumentarse que la penitencia no elimina el crimen y que las planicies de América no son mejores por tener menos fauna, pero más equipos de defensores de la naturaleza. Como en aquel episodio de West Wing en el que la Secretaria de Prensa se mofaba un poco inquieta de la construcción de una carretera para lobos, Los lobos de Currumpaw se mece en el pantanoso territorio de la vergüenza y el orgullo por la leyenda. Grill lo conduce a sus propios dominios, con sus trazos de viñetas evocadoras y episodios anónimos y medio olvidados. La ilustración pasa a ser algo minimalista, como unas puntadas sobre tela. Mientras, la Historia desnuda su lado oscuro y odioso, idealizado en las antiguas láminas de cuentos como el Lobo, rey de Currumpaw que escribiría el propio Seton. Aquel hombre bigotudo que posaba a la entrada de una cabaña, sujetando una escoba como si nunca hubiese empuñado un rifle, frente al lobo que no tiene otro remedio que recostarse, humillado, en la trampa de la narrativa norteamericana.

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Geografía humana y otros poemas, de Gloria Fuertes (Nórdica) Ilustraciones de Noemí Villamuza | por Almudena Muñoz

Gloria Fuertes | Geografía humana y otros poemas

Y vuelvo a casa, a por el libro de poesía.
Por entonces soy pequeña, y a la hora de merendar
leo sobre tres reinas que cruzan Oriente
y un salmonete que sufre acoso escolar.

Muchos años después (no diré cuántos),
la cartera me trae un librito rojo:
¡es el centenario de Gloria Fuertes!
Cosa que a unos causa alegría y, a otros, espanto.

Supongo que piensan en cómo rebota la pelota,
(al estudioso de Góngora la cabeza le explota)
recuerdan las parodias de la tele,
dicen que hacer rimas es sencillo.

Como deshacer en té un azucarillo.
Equivocados salvo en una cosa: es dulce,
de dibujos morenos, aquel libro de Gloria,
que conseguía que los niños recitásemos de memoria.

Mi homenaje es torpe, no vale un pimiento;
pero Noemí Villamuza y Nórdica Libros
le han rendido un homenaje a lápiz,
a máquina de escribir y sentimiento.

Los 41 poemas aquí reunidos
son para mayores que peinan barba y patillas:
soledad, guerra y años jodidos
(en otoño editan otro para chiquillos y chiquillas).

Querida Gloria, no me guardes rencor
por este homenaje que suena a falsete;
seguro que el gobierno te prepara uno mejor,
un recital de altura, con puros y anisete.

Felices cien años que no viviste,
aunque en este país signifique poco.
Te reeditan en rústica y en tapa dura,
sólo así se distingue al poeta del loco.

Tus poemas son pequeños, hechos de sufrir;
espero que a otros, como a mí, hagan reír.
«Soy sólo una mujer y ya es bastante»
somos sólo tus lectores, pero constantes.*

*(el troll se enrabietó y puso pedantes)

[…]

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