Cuentos de demencia y muerte, de Edgar Allan Poe (Nórdica) Traducción de Íñigo Jáuregui. Ilustraciones de Gris Grimly| por Almudena Muñoz

Edgar Allan Poe| Cuentos de demencia y muerte

Seguramente haya contado esta historia en otra (o más de una) ocasión y ya no lo recuerde, bien por que comiencen a mordisquear los achaques, como a Poe, bien porque una empiece a perder el seso, como sus personajes.

La primera vez que leí a Edgar Allan Poe tenía diez años. Tal vez no es una edad tan descabellada para iniciarse en el mundo del escritor bostoniano, o en el imaginario gótico de Nueva Inglaterra en general. Tampoco iban a desplegarse escenarios tan distintos a los que me habían acompañado a diario durante toda la infancia: un paisaje áspero y frío, edificios antiguos cerrados a cal y canto, aún señoriales, que parecían supurar leyendas doradas y sangrientas por cada ladrillo. Mientras otros cuentan con orgullo cómo se introdujeron en las novelas o los cuentos de este o aquel complejo escritor ya muerto, tal que si nada más coger el libro por vez primera sintieron hundirse en algo tan mullido como un sillón de orejas, en mi caso no voy a mentir ni sublimar el asunto: Poe no era para mí por aquel entonces.

Cada semana (o era cada mes, o cada quince días, los tiempos son tapiados por otro material del recuerdo), nuestra profesora de primaria nos llevaba a la biblioteca del colegio en hilera, y allí nos desparramábamos para escoger un libro de lectura obligada. La biblioteca era el lugar de independencia, donde se relajaba caminar en fila y la imposición se basaba en una elección propia. Se mantiene vívida la imagen del ejemplar de una vieja colección Anaya que escogí de entre todos los lomos blancos: la portada era una oda al kitsch, con una ilustración horrorosa, tipografía Hammer y un gato negro que guiñaba su ojo escarlata. «¿Podría leer esto?», pregunté ante la profesora cuando llegó mi turno para tomar nota del libro; la pregunta contenía más dudas sobre la posible carga terrorífica que una petición de permiso; a fin de cuentas, ya había leído antes libros fuera de la edad recomendada. La profesora levantó la vista sobre el borde de sus diminutas gafas redondas y contestó que sí, por supuesto.

Nunca sabré si lo dijo porque de verdad pensaba aquello como buena maestra, o porque en el fondo nunca se lo había leído y no tenía ni idea de quién era ese hombre de apellidos montados uno sobre otro como alas de cuervo. La anarquía bibliotecaria se extendió también a la forma de leer aquel libro de cuentos, y empecé al azar por El corazón delator, arropada por muchas mantas, en el ático de una casa de campo.

Con un tragaluz en noche despejada, por el que entraba luz suficiente para distinguir los enormes tablones de madera del suelo.

Tablones huecos que Poe comenzó a rellenar con algodones sucios y terribles que no abandonarían jamás mi cabeza; pero, sobre todo, por aquella ilustración a tinta negra del viejo de un solo ojo, detallista hasta el punto de no poder apartar la mirada del amasijo de nervios, venillas y protuberancias casi supurantes.

Lo primero que hago al coger Cuentos de muerte y demencia (en realidad, una costumbre con cada edición de Poe que cae en mis manos), es buscar la ilustración central de El corazón delator. Nunca falta, porque ha debido atormentar a tantas almas como yo, empezando por el mismo autor. Ahí está el anciano, mucho más pequeño. En parte por el formato, en parte porque ya no le tengo miedo. Su ojo es sencillamente blanco, y hace más justicia a la descripción de Poe. El rostro está entintado, pero con mucho más arte: de ahí, salto a todas las demás viñetas, circunferencias, retablos y marcos de Gris Grimly, un ilustrador que vive entre las sombras, pero que alza el universo de Poe a un plano mucho más… divertido y luminoso.

Quién se lo hubiera dicho a una niña de diez años aterrorizada durante una noche. Entre la monomanía extrema de Poe y las blandas alteraciones sobre el gótico de Tim Burton o Guillermo del Toro (que ha colaborado con Grimly), es posible un término medio para lectores jóvenes o que necesiten una vuelta de tuerca sobre la prosa coagulada de Poe. Cuatro cuentos que bastan para degustar las ideas fijas en la pluma (quién sabe cómo era su mente) del autor, o para recordar con qué facilidad enterramos y desenterramos imágenes que nos espantan y enamoran al mismo tiempo. Un corazón, una ola, un gato, un ojo que brilla.

 

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Quemar las naves, de Angela Carter (Sexto piso) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Almudena Muñoz

Angela Carter | Quemar las naves

Las antologías de toda una vida de escritor tienen algo de intimidatorio y, a la vez, de excelente mapa de videojuego con mundo libre. Cada lector puede escoger por dónde comenzar el viaje, sin que se altere el sentido de las experiencias acumuladas de principio a fin. Puede que el orden cronológico otorgue un estudio sobre el crecimiento creativo, o que retar la geografía biográfica despierte una sucesión de puzzles que se explican por temáticas, caracteres y símbolos afines.

En Quemar las naves, el gran recopilatorio de los cuentos de la escritora y poeta inglesa Angela Carter publicado en 1995, se perfilan los contornos de un globo muy parecido al terráqueo, con cinco continentes y dos polos helados.

¿Qué le dicta el mando de los dedos mientras pasa hojas afiladas, en este tomo denso pero fugaz como una estrella? Quizá sea la calidez de una zona oscura y primitiva sobre la que se han construido torres aristocráticas como erratas o dientes podridos. Aquí crecen bosques más opacos que un manto de terciopelo, se pasean lobos vestidos de humanos y humanos con sed y apetito bravíos, las joyas exquisitamente talladas queman y los besos hielan. Es un mundo al revés, porque los cuentos de siempre se han dado la vuelta para mostrarnos las enaguas (y algún que otro lamparón). Bienvenido a La cámara sangrienta (1979).

Si este clima le parece demasiado desasosegante, siempre puede desplazarse al continente vecino, cubierto por una taiga también negra y, para quienes prefieren las personas a las bestias, una ciudad de variados edificios. Desde una buhardilla francesa hasta el Globo londinense, pasando por un bosquecillo griego, los Alpes y Asia Central, los pies aletean como los de un Hermes mientras es transportado entre personajes demasiado reales que no existieron nunca y figuras históricas que se marchan a habitar sus propias ficciones, como Edgar Allan Poe o las musas de Baudelaire. Si le agrada quedarse aquí, este país es el de la Venus negra (1985).

Para eludir los excesos fantasiosos, el salto recomendado es un paseo por el continente más alejado, donde siempre brillan flores de luz en el cielo. Por estos lares la comedia es más abundante, así como los esbozos de vidas sueltas y tropezones autobiográficos entremezclados con el primer tanteo de las narraciones. Los nombres son japoneses y la mitología es más oriental, pero la sensación es idéntica a la de sus territorios hermanos: una Biblia con el cartel de “en obras” siempre colgado; un mundo matemático que, como demostró Lewis Carroll, incluye la poesía de la infinitud. Eleve la vista y podrá contemplar Los Fuegos artificiales (1974).

¿Aún le quedan ganas de explorar? Por qué no culminar el trayecto con la región que más se asemeja a la nuestra, a algo reciente pero fabuloso, ya más mito que gloria: las criaturas de las revistas que hablaban del viejo Hollywood, los westerns en blanco y negro que parpadean en algún canal secundario, las ruinas de los circos, las obras de arte y los parques de atracciones, las historias reales entre Texas y Nuevo México, con sus modernos romances de rifles y culebras. Estos póstumos Fantasmas americanos y maravillas del viejo mundo (1993) se han desnudado de sábanas y cascabeles, y debajo se revelan fantasías enfermizas dignas de una película de animación checa.

Todavía quedan por vislumbrar un islote de historias autónomas y dos polos, si le restan fuerzas: en una punta relumbra el origen del mundo, en una casona victoriana; a modo de espejo, hay contrapuesta otra mansión terrible, adonde van a parar todos los sueños moribundos de Angela Carter. Se despide, no obstante, recuperando la voz juvenil y hablando desde un fin pasado, el epílogo de Fuegos artificiales. Con enorme lucidez, Carter defiende sus fuentes de inspiración y, sin quererlo, cartografía toda la obra que aún estaba por nacer, y que ahora ya hemos visto al completo: cuentos góticos, cuentos crueles, cuentos maravillosos, cuentos de terror, narraciones fabulosas, espejos, castillos abandonados y objetos sexuales prohibidos.

 

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Encontraste un alma, de Edith Södergran (Nórdica) Traducción de Neila García Salgado | por Almudena Muñoz

Edith Södergran | Encontraste un alma

Acabar en un sello o un billete de banco es cosa mala: es la eternidad adjudicando valor (literal) a alguien que, seguramente, en vida no tuvo tantos lectores como ahora. ¿Cuánto cuesta escuchar una voz de hace dos siglos, lo que un mass market paperback, es decir, lo mismo que un vermú de domingo con suplemento de terraza? Y si se escribiera una postal al autor entre oliva y oliva, ¿cómo se calcula el viaje de su fama? ¿Será el coste del sello directamente proporcional al tiempo que ha tenido que pasar hasta que una cara nos suene de algo?

Cuando el rostro de Edith Södergran apareció en unos sellos fineses de los años 1990, lo más probable es que los afortunados que recibían postales o los infelices que rasgaban facturas no reconociesen el nombre ni a la mujer de los quevedos y el sombrero eduardiano. Podía tratarse igualmente de Hagar Olsson, con quien Södergran mantuvo un fugaz flechazo, de Selma Lagerlöf o de cualquier mujer estancada para siempre en aquellos vasos comunicantes entre arte, política y tuberculosis.

Mientras vivió, Edith Södergran fue mucho más renombrada incluso en círculos literarios con los que nunca llegaría a tener contacto, pero también apreciada en una medida ínfima. Cuando publicó el culmen de su carrera como poeta, La lira de septiembre (1917), ya se la tildaba de loca, y no a nivel de histerismo, sino de centro sanitario. Quizá por no estar casada, por sus bravatas nietzscheanas, por sobrellevar muy mal la revolución de los soviets, o por escribir poesía desde ninguna tierra específica. Nacida en Finlandia, criada en Rusia, enferma en Suiza, matriculada en alemán y amada en sueco, Edith Södergran tardó en hallar su idioma más afín (si es que a los dieciséis años es tarde), aunque siempre tuviese claro que el medio sería la poesía. Por tomar recursos y experiencias de todas partes, de distintas lenguas, diversas vanguardias artísticas y clases opuestas (la infancia aburguesada en Raivola, la adultez empobrecida tras la Revolución de 1917), Södergran viviría, y escribiría, siempre excluida de cualquier grupo, presente o futuro.

Es ahora que se distinguen los brotes sobre su tumba, así como Nórdica mantiene su labor por limpiar la nieve acumulada en muchos túmulos de la literatura nórdica. El grueso volumen reúne toda la obra de Södergran, interrumpida a la muerte de la autora con treinta y un años de edad, y en él casi todo es comunión de fenómenos naturales, criaturas del folklore, arrebatos dogmáticos, accesos violentos y caricias. Nada que indique las difíciles circunstancias pecuniarias e históricas de alguien que parecía cazar sin tregua la voz de un cuerpo a medias enfermo, a medias sano, sin demasiados aliados y con menos amigos, como un navío salvado de la quema por los pelos.

Respecto a la presente edición, aunque a la mayor parte de los lectores no nos sea útil disponer de la lectura bilingüe entre el castellano y el sueco, siempre es delicioso (y agradecido en estos tiempos) navegar entre lo que creemos conocer de sobra y lo que nos suena absolutamente extraño, hasta agresivo. La lengua sueca, como muchos idiomas y dialectos norteños, nos parece que viniese desde grietas en la roca, pero la comparativa nos desvela una poesía que existe más allá de los versos de Södergran. Que decir cosas es una säga, que el amor cae rotundo como kärlek, que hay conocidos con un disfraz que nos resulta familiar, como la danserka (bailarina) y el drak (dragón), que la luna responde a un título místico como månen, que los días de sol son largos como la conjunción solskensdagarna, que el olvido se envuelve de glömska y que la palabra (ord) es breve e inmortal, como el poeta.

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El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya, de T.S. Eliot (Nórdica) Traducción de Juan Bonilla. Ilustraciones de Edward Gorey | por Almudena Muñoz

T.S. Eliot | El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya

No me gustan los gatos. Son altaneros y paradójicos, se lamen y limpian durante todo el día para luego escupir y dejar por las esquinas inquietantes bolas de pelo… Pero, ¡uh, qué misteriosos son estos Macavity y Misstofeles! También el poeta T. S. Eliot, escogiendo la piel de una vieja zarigüeya para lanzarse a la tarea de hacer rimas para sus ahijados. Terminan siendo simpáticos, pero los gatos de Eliot al principio se muestran esquivos, conflictivos y soberbios (o más bien sucede todo al contrario). Ponerse bocabajo como la zarigüeya conlleva que la sangre se suba a la cabeza… y la creatividad, y nuestras lentes sobre el mundo, la vida callejera y los gatos.

Pero no me gustan los gatos. Tienen un significado divino que se me escapa, algo oscuro que puede servir tanto a sabidurías ocultas como a las peores sectas… Pero ¡oh, qué favorecidos aparecen estos gatos Melifluos! Esto sí que es una silueta de gato agradable: entre un pan de molde y una almohada, ya no se diferencia gran cosa, y luce sonrisa de oreja a oreja y bigotes arreglados. Eliot ilustró la primera portada de la colección de estos poemillas para Faber & Faber, con gatitos minúsculos, ridículos, sin color ni pelaje. Edward Gory, más conocido por apelar al dibujo inquietante, consiguió que este grupo de gatos refleje todas las personalidades imaginadas por Eliot. Las pequeñas láminas traslucen simpatía, surrealismo y, por qué no, a veces el momento congelado en que lo que va a pasar podría hacernos morir de risa o de pánico.

No hay manera, no me gustan los gatos. Más aburridos que el Deuteronomio, todo el día encerrados en casa, desdeñando sus juguetes caros y empeñados en meterse en fiambreras y en cilindros de papel higiénico… Pero, ¡ah, qué graciosos son estos gatos Mungojerrie y Rumpelteazer, expertos en trastadas! Enemigos de los hornos llenos de asado, los ovillos de lana, los pugs, los pequineses y los trenes con retraso. En realidad, los gatos de Eliot contravienen cada norma social y cada tediosa costumbre humana, mediante el principio de slapstick de alcanzar el humor y la libertad si se desafía a la autoridad. Y eso sí que debemos aprenderlo de ustedes, queridos gatos: darle la vuelta al estado del mundo y hacer el ridículo sin perder la dignidad (ni una cadera si nos caemos y somos igual de elásticos).

Aun así, no me gustan los gatos. Son ladinos, falsos, achican los ojos de una forma totalmente contradictoria con sus pupilas… Pero, ¡eh, qué divertidos son estos gatos Gus y Bustopher Jones, gordos y teatreros! Eliot no iba a ser menos en un poema dirigido a un niño que en unos cuartetos para adultos, y se zampa referencias literarias y chistes ingleses que, evidentemente, se nos pierden en la traducción. Ya se sabe que los gatos no dejan más que la raspa del pescado, y la versión de Juan Bonilla, que toma elementos de otras previas, tiene más en común con nuestra Gloria Fuertes que con el estilo de canción trabalenguas tarareada por algún secundario de Lewis Carroll. Aquí, Bustopher Jones resulta pasearse por el barrio de Salamanca, ¡e incluso Nórdica Libros hace un cameo! Eso es admirable: qué bien consiguen camuflarse los gatos.

Lo he repetido hasta la saciedad, no me gustan los gatos. Aunque de tanto insistir en las cosas, se nos vuelcan y colocan del revés, y a los gatos blandos les vemos su lado secreto y en los gatos tuertos y pardos intuimos su corazoncito amable… Sí, supongo que en el fondo, gracias a la vieja zarigüeya, me gustan los gatos.

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Las cien noches de Hero, de Isabel Greenberg (Impedimenta) Traducción de Unai Velasco | por Almudena Muñoz

Isabel Greenberg | Las cien noches de Hero

Seguramente no sea cierto que las personas que leen Las mil y una noches al completo tienen una muerte prematura y desagradable. De lo que no cabe duda es que si tres mil mujeres tuvieron que morir antes de que Scheherezade encontrase la ocasión de contar historias al sultán Shahriar, otra cifra pasmosa las ha seguido para mantener la presencia femenina en la literatura.

Pero, ¿dónde ha tenido más poder la mujer en este ámbito y cuál debería reclamar con reglas nuevas? ¿El de personaje o el de narradora? En La enciclopedia de la Tierra Temprana (2013), Isabel Greenberg se planteaba las costumbres de la especie humana, junto a los avances sociales e históricos habituales, como si fuesen un estudio fantástico en un planeta irreal, con dioses distintos. Lo que apenas variaba en aquella tierra era la regencia de las pasiones (que suelen tener poco de romántico, o desembocar en escenarios nada ideales) y la desigualdad entre hombres y mujeres, incluso aunque éstos sean inmortales y vivan sobre las nubes.

Tomándose tres años de trabajo entre aquel volumen con el que debutó y Las cien noches de Hero, la narración de Greenberg ha madurado, desde los retales que conformaban su primera Enciclopedia hasta esta madeja, que refleja cómo Scheherezade toma consciencia de estar contando algo mucho mayor que un cuentecillo más o menos zurcido con el de la noche previa.

Hero es una secundaria (dama de compañía, amante secreta, última hija de una larga cadena humana y cósmica), que toma el riesgo de cargar el protagonismo sobre sus hombros… bajo las reglas del hombre. Para salvar a su enamorada Cherry de una sucia apuesta entre el marido de ésta y un amigote con sobredosis de Otelo, Hero se dedica a imitar a Scheherezade, hilvanando historias durante cien noches, aunque Greenberg sólo ilustra unas pocas.

Esta limitación es llamativa, porque representa la escasa voz de la mujer en la ficción, dentro y fuera de ella. Hero tiene que asumir ambos papeles, salvando a Cherry mientras experimenta el drama y, a la vez, lo construye y lo moldea, a partir de leyendas y mitos oídos de otros y filtrados de abuelas a nietas. Porque si hay una materia prima esencial en Las cien noches de Hero (y en por qué es tan recordada Scheherezade), ésa es la figura de la hermana, metafórica o de sangre. Las miles de voces de las que hoy están hechas muchas narraciones, lanzadas al anonimato entre pilas y pilas de platos sucios y ropa recién lavada, de vez en cuando invitadas a seguir contando sobre el cojín del sultán.

Iluminan todavía, como constelaciones que casi nadie sabe unir ni nombrar en el oscuro firmamento. El estilo de Greenberg mantiene el trazo grueso, de tinta cargada, y la paleta en añiles y marengos sobre los que destaca la esperanza, siempre amarilla, y el odio, siempre encarnado. Ser mujer o hermana no implica ser buena, y en las historias de Hero hay caracteres de todo tipo, reclamando el hueco para existir fuera de lo estándar. Esto conlleva asesinatos, traiciones, roturas que no se pueden deshacer y ejecuciones desde lo alto de una torre, pero también humor autocrítico y guiños al lector contemporáneo.

Se entiende por qué la tierra de Greenberg necesita tres lunas en su órbita. La terrible y milenaria oscuridad que retrata nos es demasiado conocida y vergonzosa: la parodia y el extremismo violento siempre están a un paso el uno del otro. Por suerte, seguirá habiendo hermanas y nuevas voces narradoras trazando figuras en el espacio y extrayendo algo bello de todas nuestras idioteces.

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La nueva mujer (Dos bigotes) Traducción de Gloria Fortún | por Almudena Muñoz

La nueva mujer

Hay quien ve en el auge de las modas el oportunismo de la arqueología, y quien reconoce que gracias al ojo comercial de las tendencias es posible rescatar voces olvidadas. No todas son excelentes, ni siquiera son necesarias para la literatura -como tampoco lo es la obra más vendida o reputada. Pero sí son imprescindibles para el movimiento que representan: el de mujeres escritoras que desarrollaron estilos, géneros y enfoques impensables para el lector promedio, educado con el libro de texto y el suplemento semanal que sólo destacan la virtud de la autora excéntrica, atada al visillo de su ventana, tan rara para casarse cuando estaba viva que una vez muerta merece, por lo menos, la palmadita de los doctores honoris causa.

La nueva mujer, que es a la que nunca permitieron dejar de ser un raro espécimen, es la clase de volumen que atraerá esos dos tipos de caricias: la repulsión hacia todo lo que suene a impulsar minorías, o la curiosidad por un panteón de autoras que no se apellidan únicamente Dickinson, Brontë y Austen -o a las que todavía siguen llamándolas por sus noms de plume masculinos. Es cierto que todas las escritoras reunidas en esta pequeña antología rezuman feminismo, pero no como un acto político y ni siquiera autoconsciente en todos los casos. El adjetivo viene del sentido común de mujeres bien educadas y cultas, para quienes era natural no quedarse encerradas en el hogar, ni en las tramas donde la máxima preocupación, aun velada, es el hogar, meollo tanto de la novela sentimental como del terror gótico.

Los Estados Unidos, más abajo del palco en el que se sienta -merecidamente, pero demasiado a solas- Edith Wharton, suponen un precioso prado de diversidad que La nueva mujer explora con creces. Una mujer Sioux, otra de ascendencia china, una hija de inmigrante irlandés, esposas acomodadas, universitarias o trabajadoras. Mujeres con Premios Pulitzer, decenas de cuentos, novelas, ensayos, artículos periodísticos y libretos de óperas a sus espaldas, y que ya nadie conoce, salvo Willa Carther y, en menor medida, Kate Chopin.

Y no, mano temblorosa, no son relatos de lesbianas ni de madres histéricas que ven apariciones en las paredes. La nueva mujer salta entre la épica amorosa con calado mítico, la comedia ligera de vecinos y cuchicheos, el thriller criminal, el peso de la naturaleza y el paisaje para la vida estadounidense, la denuncia social con su punto irónico y la pieza sobrenatural que no envidiaría nada de los pasajes más oscuros de Washington Irving o el cine de Shyamalan. Es más, ni siquiera todos los protagonistas son mujeres, y también se explora el lado femenino y vulnerable de hombres jóvenes con aires de grandeza o que sólo aspiran a casarse.

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Un lugar pagano, de Edna O’Brien (Errata naturae) Traducción de Regina López Muñoz | por Almudena Muñoz

Edna O'Brien | Un lugar pagano

Sí, tú. Lector, voraz o esporádico, ojos que se cruzan esta ventana que se ha abierto por error o por un segundo; en realidad no te gusta leer tanto, o te gustaría leer más y el tiempo te dice no, tú no; o no te gusta leer estas cosas, sí, a ti.

Estamos acostumbrados a que, de vez en cuando, el periodismo con o sin firma nos tutee, mientras nos resulta mucho más incómodo y molesto que haga lo mismo una obra de ficción. Nos gusta la ruptura de la cuarta pared visual, que Spider-Man o la bellísima actriz del año nos mire y nos haga cómplices de un espacio que de pronto se ocupa, de una distancia que deja de existir. Pero sobre papel no. En papel, el espacio entre la voz narradora y el lector es siempre un lugar pagano.

Edna O’Brien tomó una decisión poco habitual al escribir este libro, a caballo entre las memorias de preadolescencia y la invención. La autora te habla, emplea el tú, se refiere a tu madre aunque la imagen que instantáneamente te asoma a la cabeza no es la que debería, y no te gusta imaginártela en la piel de una irlandesa de clase obrera, con cardado años cuarenta y trocitos de masa de pan pegados al vello de los brazos. No, reconócelo, no te gusta.

Aun así, O’Brien persiste en su empeño, quizá porque sabe que no te agrada. Y porque ella misma, traspasando a tus hombros la carga de los recuerdos, puede analizar si tampoco los desea, si se avergüenza de ellos o puede sacar preciosas lecciones de la pobreza, la ignorancia y el abuso.

Tú, entonces, te guste o no, eres una niña de ojos bonitos y mediocre figura, que representa bien su papel en la escuela, pero siente un gran abismo con su hermana, más madura y hermosa, hecha mayor entre pecados de los que tú ni siquiera conoces la teoría. ¿Te revuelves, no aceptas que un cura te meta la mano entre las piernas? Al fin y al cabo, las niñas de la Irlanda rural de 1940 tampoco sabían si les gustaba ese papel que les había caído en desgracia.

No te preocupes (es algo que nunca dice O’Brien), pero yo sí, porque hay margen para el deleite: el de las trifulcas familiares que terminan con el aroma de algo horneado para conciliar la mesa, los trayectos en bicicleta, las casas de campo abandonadas, las galletas rellenas de mermelada, el olor a Irlanda, a gallinas, a oveja mullida, a tapia rota, a whisky y conservas. El futuro de una voz mejor, tal vez en tercera persona, una novela de veras. También sentir que no hay solución de continuidad de una memoria a otra, que todo se cuenta como te lo cuentas a ti mismo. Todas nuestras mentes son impresionistas, y creer en el momento es negar un instante a cualquier dios y volverse pagano.

Cuenta una costumbre irlandesa que los besos sólo están permitidos en la isla esmeralda cuando el tojo está en flor. Por fortuna, este espino florece once meses al año. O’Brien escribe como si siempre estuviese atrapada en ese mes restante, con el cartel prohibido rasgándole el cuello, pero a punto de ver el mes nuevo, las oleadas amarillas del tojo, la promesa de una historia mejor, un nuevo tú. Sí, tú.

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Líneas, de Suzy Lee (Barbara Fiore) | por Almudena Muñoz

Suzy Lee | Asesinato

Hay una bonita historia sobre la infancia de Goethe. Wolfgang niño solía escaparse algunas tardes de diciembre a patinar en una laguna de Jacobiweiher, en su Frankfurt natal. A veces el hielo no había espesado lo suficiente y el futuro poeta tenía que volver a cargarse las botas al hombro, hasta el día en que comenzase la temporada de hacer cabriolas con total seguridad. Goethe niño solía patinar solo, a veces con su hermana Cornelia, sin la influencia estricta del padre, y en el lienzo helado de Jacobiweiher se dedicaba a trazar curvas y romper la línea perfecta del reverendo Robert Walker. En una de esas visitas solitarias, mientras ataba los cordones de las botas para colgárselas de nuevo, apreció que las marcas de las cuchillas sobre el hielo eran increíblemente bellas. Decidió que el próximo día continuaría su dibujo; como es de esperar, para entonces el hielo se había regenerado. La tarde siguiente no regresó a Jacobiweiher: Goethe niño se entretuvo dibujando por primera vez con pliegos y carboncillos.

En realidad, esta anécdota no sucedió nunca. Aunque es cierto que a Goethe siempre le gustó el dibujo. El álbum blanco de Suzy Lee en Líneas invita a crear historias como ésta, las que nunca han sucedido, pero que nos resultan tan creíbles porque continúan sucediendo siempre.

Hay libros sobre los que convendría no hablar, y el de Lee es uno de ellos porque son páginas sin palabras, apenas con colores y líneas enfocadas. La mesa de la dibujante, con el folio impoluto y la pila de bocetos finales, inaugura y despide las tapas del volumen. Entre medias, una pequeña patinadora se mueve entre eses que son pruebas, claves en compases, torbellinos, puntos de saltos y caídas, manchas, virutas del proceso creativo.

La coreana Suzy Lee, con su economía visual y una filosofía pacífica y contemplativa, invierte nuestra manía de convertir lo abstracto en algo concreto, y juega a devolver el resultado específico a la laguna helada. Al folio donde poder garabatear, ensuciar, equivocarse y dialogar con la obra no acabada y las personas, los colegas, los lectores o espectadores, que tampoco la terminan nunca.

Porque el trazado del artista no es nada sin los encontronazos con otros caminos, en medio del caos creativo que da el único orden necesario: el creador trabaja a solas y persigue una obra acabada, pero son todas las historias inventadas que se suman sobre ella, todas las experiencias que nunca nadie más conocerá, las que dan riqueza al acto de crear.

Como un poeta que, antes de escribir tempestades e ímpetus, seguramente tuvo que patinar en algún lago sólido, en un bosque solitario, alguna tarde.

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Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, de John Berger (Nórdica) Traducción de Pilar Vázquez. Ilustraciones de Leticia Ruifernández | por Almudena Muñoz

John Berger | Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos

Cuando a principios de este año murió John Berger, se escribieron muchas cosas que pretendían celebrar la urgencia inmortal de alguien que acababa de desaparecer y sobre quien el día anterior, seguramente, no se escribió nada. En eso no consiste ser recordado ni laureado; esa es la noticia, el obituario. Como una fotografía que no representa la imagen: la fotografía ha durado un poco más que el momento captado por la cámara, ha dado el salto de la fugacidad a lo breve.

Las piezas que se juntan en Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos son también pequeñas, recortes en vieja lata de galletas. Los encuentros con animalillos en carreteras rurales, un cementerio escocés, Hendrickje Stoffels, unas lilas, las fotografías que se guardan en la cartera.

Pero también los recuerdos que, por ser más dolorosos, se resisten a abandonar el cuarto de invitados: los niños ajenos que evocan los propios que ya crecieron o nunca se tuvieron, las separaciones, las muertes, las emigraciones, los debates de la existencia que siguen sin respuesta, el pasmo de sentirse fatigado, envejeciendo. Al reunir todas estas huellas, en apariencia sin otra conexión que la experiencia y el cariño de Berger en ellas, el hombre deja paso al pensador y se encuentra con que todo cabe en dos archivadores: el espacio y el tiempo. Todo es metaphora, maleta, bajo ese par de cierres implacables

La acuarela es breve, pues el papel absorbe el agua con avidez. Las ilustraciones de Leticia Ruifernández que acompañan el texto son entonces breves, pero recogen la eternidad que veía Berger en lo fugaz, como el Arte que tan caprichosamente pasa de moda, viaja por salas de exhibición y muda de propósito entre comedores privados, palacios abiertos al público y compartimentos secretos en apartamentos de millonarios. El Arte no conquista, pero al menos se pelea con el tiempo y con el espacio. Berger recoge estas breves y diminutas victorias, y quizá en sus libros y en su serie de televisión para la BBC quiso explicarlos cómo verlas a partir de cómo las veía él, aunque al final todo son brotes que invitan a reflexiones nuevas y nuestras. Las esquinas del libro, marcadas por hojas, bulbos, ramilletes, vías de tren, corolas y atardeceres.

En su dedicatoria, Leticia Ruifernández califica a Berger de raíz y alimento, y en efecto del libro brota un pájaro (en portada), unas constelaciones (en las guardas) y un árbol, más o menos tupido, en la mente del lector. El ramaje de los capítulos puede entenderse como algo azaroso, del ensayo filosófico a la pieza de diario personal y al poema; o como una ordenada carta de amor,cuya memoria siempre viaja en círculos concéntricos, cada vez más cerrados e íntimos. ¿Acaso, al mirar hacia arriba, hay relación verdadera entre la hoja, y si ésta es de otoño o de primavera, la rama vecina, el edificio del fondo, el trozo de cielo? En las páginas de Berger el hilo común no existe más que como paisaje general, y sólo el que abarca la vista humana, con sus prejuicios y limitaciones, en un momento dado. Por eso es tan fugaz y tan verdadero decir lo mismo que los obituarios, que Berger era humano, y es eterno.

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Rumbo al mar blanco, de Malcolm Lowry (Malpaso) Traducción de Ignacio Villaro Gumpert | por Almudena Muñoz

Malcolm Lowry | Rumbo al mar blanco

El manuscrito comienza con dos espaldas, como un cuadro de Friedrich. Se intuyen sombrías y encorvadas, y el paisaje que observan es definitivamente tormentoso. ¿Dónde está el recorte de luz que se despide o amanece? En que los personajes son jóvenes y uno de ellos no sueña con pozas desesperadas (de momento), sino con el Mar Blanco. Cita a Dante por activa y pasiva, pero, por mucho que le atraiga el papel, todavía no es un poeta atado a las pruebas del infierno, sino Virgilio. De no ser así, Malcolm Lowry no habría escrito ni siquiera este comienzo, ni lo habría planteado como una obra magna en tres partes.

Pero el abismo no es sólo literario y al final le devuelve la mirada: el manuscrito de Rumbo al Mar Blanco es pasto de las llamas.

Esto sucede en 1944, casi quince años después de que Lowry hubiese comenzado a escribir el proyecto. A pesar de la desesperación del autor ante el suceso, a los lectores nos parece que estas coincidencias no son sólo atraídas por los libros, sino completamente lógicas a su destino. La novela que pretende imitar a la Divina Comedia corre el riesgo de quemarse, por ambición o por la teoría destructiva de los dobles. Y es que la vida de Lowry estuvo marcada de continuo por elementos gemelos no muy bien avenidos: el alcoholismo y la literatura, por empezar en alguna parte, fueron la corona de una demencia que a Lowry sólo le condujo a deambular, cómo no, en círculos.

El primer círculo del averno para Sigbjørn, el atribulado héroe de Rumbo al Mar Blanco, consiste en compararse con su hermano Tor, en apariencia más centrado, más clarividente, animoso, pero origen del pecado que lleva a Sigbjørn a una espiral de descenso infinita. El capítulo que cierra el volumen muestra ya sólo retazos de lo que pudo ser un siguiente salto al purgatorio y, quizá, al paraíso. La manera en que sueña un borracho, llena de lagunas espumosas. El método de escritura del ataque de pánico, que parece prever la mala estrella de un libro.

Rumbo al Mar Blanco pertenece a esa familia de historias escritas más al pie de página que en el texto, en las que se recoge la ansiedad por todo lo acumulado, lo que Lowry puede olvidar y perder en manos de una botella, del fuego o del prestigio. No extraña que la novela esté repleta de citas erróneas o inventadas, mal adjudicadas a otros autores. Aquel incendio privó a crítica y público de leer Rumbo al Mar Blanco hasta muchas décadas después, cuando se descubrió una copia arrinconada, pero la desaparición temporal sustituyó a la degradación inevitable: Lowry es más citado que leído, al igual que los libros que el autor cita a su vez, como Moby Dick o los versos de Dante.

La trayectoria de Lowry no fue fácil, pero en realidad su vida lo tenía todo para serlo; en la misma medida, su pluma estaba dotada para triunfar entre la apreciación literaria, pero 2014 no es un momento conveniente para su redescubrimiento. Malcolm Lowry prefirió obsesionarse con que su nombre coincidía con el del hijo, muerto prematuramente, de Herman Melville, aunque era un muchacho que vivía en una casa estilo Tudor y ganaba campeonatos de golf. Lo que a mediados del siglo pasado era la lucha por excelencia del autor de buena familia, hoy en día cae en el cajón de las historias de chicos blancos -la gente rubia, se cita aquí-, graduados en Cambridge, Oxford o Yale, que arrastran sus petacas y su no menos privilegiado existencialismo crónico, mientras una amante que siempre se llama Nina o Laura o Lara vive en un rincón amueblado de un círculo de intelectuales y bellas artes.

Rumbo al Mar Blanco es una novela de mar realmente no escrita, la novela imaginada a partir de las muchas novelas del mar leídas por Lowry. Como tal sólo le queda seguir a la deriva, sin cierre, sin ballena blanca o negra, sin la quietud que raramente aporta el océano o la buena literatura.

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Wonder Woman. El feminismo como superpoder, de Elisa G. McCausland (Errata naturae) | por Almudena Muñoz

Elisa G. McCausland | Wonder Woman. El feminismo como superpoder

Nunca he leído ni una sola viñeta de Wonder Woman.

La confesión resulta completamente gratuita. Pero la autora de este ensayo también comienza su contextualización apelando a la importancia que los cómics de la Mujer Maravilla tuvieron en su infancia. Y, más adelante, se nos revelará que Diana es una extraña en el mundo del hombre, capaz de equiparse con sus armas míticas para inspirarse e inspirar lo que es nuevo para ella, sin ocultar sus debilidades, todo lo que aún le queda por aprender.

En ese tiránico instante en que decidimos el tiempo que podemos dedicar a todas las opciones e intereses que existen en el mundo, tuve que renunciar a los tebeos. Cierto es que durante mi niñez no tuve ejemplos cercanos de lectores de cómics, y que las mujeres tenaces y con carácter de las historietas que sí leía siempre eran representadas como objetos cómicos: Ofelia, la Castafiore, Karabella. Mi padre guardaba unas colecciones de El Jabato y El Príncipe Valiente que nunca atraparon mi atención, tal vez por su carga de personajes masculinos que ocultan a algunas interesantes figuras femeninas. ¿Cómo de diferente habría sido mi infancia si entre los mitos griegos se hubiesen contado las habitantes de Isla Paraíso? Lo interesante y bonito del libro de Elisa McCausland es que no se limita a desbrozar y llorar el pasado, actitud común de cronistas (veremos qué trae el biopic del creador de Wonder Woman, William Moulton Marston), sino en propulsar el arquetipo y el mito de Diana de Themyscira hacia el futuro: cambiar nuestros puntos de vista y revelar posibilidades ciertas en un Peloponeso belicoso y machista.

Por eso, por ser un mito más futuro que pretérito, el nombre de Wonder Woman aparece casado a los apellidos de feminismo y superpoder, a lo práctico y lo fantástico. El volumen recoge un generoso aparato de reflexiones de autoras feministas, análisis formales y narrativos del cómic, y entrevistas recientes con especialistas e implicados en el universo creativo de Wonder Woman. Como herramienta educativa, no le falta de nada; pero como vehículo persuasivo resulta incluso más atrayente: la autora no esconde su pasión por las amazonas, pero ejerce la (auto)crítica y canaliza en paralelo la demanda del fan y la curiosidad del neófito.

«Un personaje heroico femenino que equilibre la aplastante presencia de personajes masculinos.» Una inquietud de 1940 que continúa vigente hoy en día, cuando la aplastante ola de hype y apoyo en taquilla a la primer producción cinematográfica sobre Wonder Woman podía inspirar temores legítimos, como esos memes de Batman y Superman amedrentados por el poderío de la amazona en plano y taquilla. Las espectadoras que reconocían llorar de felicidad al ver la película, ¿están absorbiendo un mito que las empodera, o simplemente sublimando en una coartada femenina el disfrute de relatos masculinos? En The Power, de la escritora inglesa Naomi Alderman, se plantea un futuro especulativo en el que las mujeres desarrollan un poder físico de naturaleza eléctrica que trastoca el patriarcado para siempre. El cambio se revela superfluo, y el nuevo matriarcado cumple la profecía fatalista de Simone de Beauvoir. Confundir la fuerza física y el poder, y hacer de éste un instrumento de castigo y abuso, sólo conduce a una distopía satírica, que le ha valido a Alderman el Women Prize for Fiction y el madrinazgo de Margaret Atwood —cuyo El cuento de la criada, con nueva teleserie feminista, ha sido objeto de parodia en un vídeo de Funny or Die que persiste en ridiculizar la causa… y el éxito de Wonder Woman.

Denunciar nuestros horrores tiene premio; ¿y celebrar nuestro poder transformador? Diana de Themyscira encarna todo lo que es imposible en The Power y en un mundo real capitaneado por líderes machistas e influencers pasivos. Lo que es luz, verdad y justicia, aun a costa de incendiarlo todo para revivir la sociedad. Algo que, por desgracia, hasta ahora sólo le ha servido para resucitarse a sí misma, con mayor o menor fortuna según el equipo creativo implicado. Lo hermoso del conjunto es que todas las caras de Wonder Woman son compatibles, incluso las menos favorables. Mutable como un humano y firme como un mito; por ejemplo, en las ilustraciones complementarias de Carla Berrocal y Natacha Bustos que acompañan al libro.

Tras la reciente y enésima excusa de Marvel que asocia la caída de ventas a la proliferación de personajes femeninos y diversos, la victoria que representa (aunque sea a nivel nacional) el ensayo de McCausland y el logro de la película de Patty Jenkins son dignos trofeos de la amazona de Themyscira, incluso a pesar de los flecos sueltos del feminismo interseccional —la representación de mujeres negras que podría corregir Black Panther (2018), en especial con la participación de Hannah Beachler—. Mientras en la actual esfera pública —con su inevitable origen y consecuencia en lo privado— se criminaliza la solidaridad y se perdona la estafa, es glorioso pensar en el posible advenimiento de la Edad de Wonder Woman, o (lo que es lo mismo) de un despertar colectivo que ponga en práctica los valores de Isla Paraíso. El libro de McCausland tiene el poder para convertir a muchos lectores y (por lo menos aquí se levanta una mano) amazonas.

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Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, de Charles Dickens (Alba) Traducción de Miguel Temprano García | por Almudena Muñoz

Charles Dickens | Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit

Decía Wislawa Szymborska que para leer a Dickens como cualquier dios manda hay que cogerse la gripe. Me he cruzado esta circunstancia entre más reflexiones de autores reales y personajes de ficción, y seguiría sin saber afirmar si se debe a que sólo la enfermedad otorga el grado de paciencia suficiente para leer un mamotreto, o a que ya no tenemos otro contexto favorable para los libros largos y superpoblados.

En cualquier caso, resulta agradable pensar en un Dickens como en esos bálsamos que solían anhelar sus personajes, a tumbos entre posadas, habitaciones de alquiler y casas prestadas. Un libro que sepa a cuenco de caldo, a bocadillo de lonchas de ternera, a vaso de leche coronada de burbujas, u otros aperitivos análogos veganos. Lo importante es que, como la urraca de la portada de esta Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, podría arriesgarse que cualquier persona obtiene alguna cosa de valor de un Dickens voluminoso, ya sea el reloj de oro o las cosquillas tras revolverle el chaleco a un señor tan orondo.

Este título no es muy popular entre el público angloparlante ni extranjero, y rara vez accede a las listas de favoritos de los dickensófilos, a excepción del propio Dickens, como buen padre literario que siempre prefiere al hijo raro y chistoso antes que al angélico y popular Tiny Tim. Y porque, en cierta medida, Martin Chuzzlewit es también un libro enfermo, habitado por demasiados personajes, plenos de vicios, como una placa de bacterias que danzan sin más sentido que hundirse el codo unas a otras, blandas y amorfas, a la espera de contaminar lo que venga.

Martin es, al mismo tiempo, joven sin adulterar y anciano de carácter irrevocable. Nieto y abuelo comparten nombre y se disputan la balanza moral de una familia extensa, intrincada, de odios y riquezas trágicos pero traje cómico. Las pesas, sin embargo, se las quedan otros personajes, que son los que hacen avanzar realmente las muchas tramas del libro. El arquitecto Pecksniff que pone su autoría en los diseños de sus alumnos, sus dos hijas de bautismo tan dickensiano, Cherry y Merry, y Tom Pinch, el alma cándida de la historia que, no sin venenosa ironía, resuelve los problemas de Martin para quedarse sin recompensa. A veces, uno termina un Dickens de 900 páginas y resulta que aún continúa enfermo.

No hay una ubicación única para Martin Chuzzlewit dentro del historial de Dickens, ni tendrá una afinidad uniforme con todos los tipos de lectores. Esto es porque, como el propio Martin, la novela parece haber heredado muchos rasgos familiares, excepto el afecto por ninguno de ellos.

Es la rara cúspide entre los inicios (la acumulación de episodios picarescos del Club Pickwick) y el canto del cisne (la trayectoria de una fortuna y un amor de Nuestro común amigo). El libro que se ríe de todo, que viaja entre continentes y ejecuta una olimpiada desde la caricatura ideológica hasta las muertes y los matrimonios que aplauden como platillos al final de los folletines.

Una odisea que hace del Edén un destino cruel y fangoso para el protagonista no puede ser del todo serio, pero tampoco luminoso. Como se lee en sus Notas de América (1842), Dickens viajó por Estados Unidos horrorizado por el esclavismo y cansado por la fama, y es probable que escribiese la saga Chuzzlewit para relajarse dentro de los tropos de su universo que para satirizar a sus vecinos norteamericanos. ¿Acaso no somos un poco turistas de los libros, hartos pero sin poder parar, cuando la enfermedad nos obliga al reposo?

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