número tres | pa(i)sajes: nanni moretti. el amigo italiano | ilustraciones: francisca pageo

Bianca | Nanni Moretti

Tarde o temprano, todo cambia y acabamos viviendo nuestros mejores momentos. Cuando llegan, solo necesitamos aprovecharlos y trabajar para que estos duren todo el tiempo posible. Fácil -porque nadie trabaja contra sus deseos- y a la vez difícil -porque desear no necesariamente implica actuar-, está claro que relacionarnos nos cambia para bien. De algún modo, nos hace abandonar nuestro gusto por el pensamiento abstracto, por la emoción envasada al vacío y la voluntad de poder que vuelve estéril la voluntad de actuar. Tal vez, nos vuelve -solo un poco- imbéciles, pero nos hace sentir más vivos que nunca; incluso les da otro sonido a las palabras que pronunciamos y que, en ocasiones, hemos malgastado tontamente.

Cambiar es lo único que no puede hacer Michele Apicella en Bianca, de Nanni Moretti. Y no lo puede hacer porque sus dudas, su forma de ver el mundo, le hacen buscar un imposible, un absoluto que no puede -y no quiere- darse en el grado deseado. Como a Michele, podemos enamorarnos de alguien por su forma de caminar, por la sonrisa que gasta para ahuyentar nuestros peores momentos o, simplemente, porque no podemos resistirnos ante su forma de ser. En este sentido, Bianca puede parecerse a todas las mujeres del mundo y a esa persona especial que no podemos quitarnos de nuestra cabeza. En cierto modo, todos tenemos algo de Michele cuando dudamos, porque queremos lo mejor y tenemos miedo de jugárnosla y perderlo todo. Michele es menos terrenal y más salvaje, por tanto vulnerable a los imperativos del amor. Por eso, siempre dudará aunque Bianca lo ame con todas sus fuerzas, aunque se despierte cada mañana junto a él en la cama.

En La felicidad debe ser absoluta, Ferdinand Jacquemort sigue los pasos de Moretti/Michele y de esas mujeres que atraviesan su filmografía, mientras rememora un tiempo en el que las obras de Raymond Queneau y Jean-Luc Godard se entremezclan con un sentimiento amoroso que hace que los cimientos de nuestra vida se tambaleen.

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