Theo Angelopoulos | El paso suspendido de la cigüeña

Tres líneas separan la frontera entre Grecia y Albania en El paso suspendido de la cigüeña (To Meteoro Vima tou Pelargou, 1991): una azul, que pertenece al territorio heleno; la roja, señalando el albanés; y la línea blanca, en medio de ambas, las divide marcando el limbo fronterizo. El Coronel que ha acompañado a Aléxandros a la frontera nos pregunta tal como lo haría Theo Angelopoulos: ¿Sabe qué es la frontera?

El cine de Angelopoulos es el cine de los no-lugares que se han convertido en paisajes. En él, figuras errantes en ambos sentidos de la palabra (están en continuo viaje, además de que yerran durante su camino constantemente en un ciclo sin fin), se confunden con el entorno construido a base de conflictos históricos y políticos que desembocan en problemas sociales. Muchas de estas figuras sobreviven en esa línea blanca, en territorios a los que no pertenecen moral ni ideológicamente, y a los que tampoco se les permite hacerlo políticamente. Muchos de ellos son refugiados o repatriados, pero su representación y la posición que ocupan es de apátridas, no reconocidos.

Spiros, el comunista griego de Viaje a Citera (Taxidi stin Kythera, 1984), volvía a su casa tras treinta y dos años de exilio en la Unión Soviética diciendo Ego eimai (Soy Yo), y era Argos, su perro con el mismo nombre que el perro de Odiseo el único que le reconoce y le recibe a su llegada a Ítaca, en este caso a su pueblo en el norte de Grecia. A Spiros no le es posible reconciliarse con el presente, ha estado ausente durante muchos años y las diferencias le alejan de cualquier tipo de reencuentro. Este Odiseo se enfrenta con los que podrían interpretarse como los pretendientes de una Penélope/ Caterina (su mujer), los habitantes del pueblo que ahora viven en el valle, porque allí se vive mejor, como muy bien le comenta su amigo Paniotis. Su disconformidad con respecto a vender las tierras les llevan a acusarle de no respetar el orden y de no adaptarse a la situación. No solo es rechazado socialmente, sino que incluso su hija, Voula, le acusa de haber permanecido ausente, mientras que su hijo aparece como un fantasma que únicamente observa lo que ocurre desde la distancia. La única que le apoya incondicionalmente es Caterina. Finalmente, las autoridades policiales arrestan a Spiros en un fracasado intento de subirle a un barco que se dirige a la Unión Soviética para devolverle al lugar del que vino. Le abandonan en una plataforma en el mar. Caterina suplica ir con él mientras en el muelle celebran un festival. Los dos ancianos se alejan en la plataforma y son abandonados en aguas internacionales.

leer en détour

Número siete
Pa(i)sajes: Vagar
Imágenes: Francisca Pageo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.