Álvaro Peña | Vivir el paisaje

Tengo miedo a la muerte.

Nada más normal que evocar este impronunciable al cabo de una contemplación desorientada de la naturaleza. Llega un momento en la vida en que el cinismo se impone al afán romántico de proyectar las propias emociones en el paisaje, de lanzarse a esa conquista de lo imperturbable que abarca desde el holismo cosmogónico de Friedrich hasta la domesticación lírica de Poe. Poesía que arropa paquetes turísticos a lugares de panorámicas y odios monumentales, ensoñaciones que se disipan al decir frío, calor, cansancio, lejanía, dolor… la exaltación romántica ante lo natural es el más bello prólogo al horror vacui que ha dado la humanidad.

Por otro lado, estrategias contrarias basadas en el abandono de la razón y los sentidos —alcanzable mediante el zazen y otras prácticas ascéticas— extirpan la angustia existencial como si se tratara de un tumor del intelecto, resultando en la ablación de todo goce susceptible de abrir una brecha de seguridad en nuestra psique. El paisaje y el yo se fusionan en el no-ser o, mejor dicho, en un ser reprimido por el miedo al miedo. Esta solución, a todas luces incompatible con la noción de humanidad enraizada en la cultura judeocristiana, aporta una claridad de términos acaso aprovechable para otras exploraciones: la disociación entre el ser humano y la naturaleza se presenta como el mal a batir en la mayoría de ellas. ¿Es posible conciliarnos con el mundo sin rendirle nuestro pensamiento?

La historia primitiva de los pueblos abunda en este tipo de vías intermedias, fruto de la convivencia forzosa con amenazas que no dejaban margen para la abstracción radical. Por ejemplo, en ciertas áreas de Japón se practica una variante del budismo conocida como shugendô o creencia de montaña. Derivado de la tradición animista autóctona, una de las claves del culto consiste en la entrada en la montaña o yamairi, mediante la cual el monje se somete a la prueba física de recorrer arduos parajes silvestres mientras toma conciencia de lo que le rodea. A través de experiencias que comportan sufrimiento o extenuación —algunas tan pintorescas como caminar sobre brasas o rezar al pie de una cascada en invierno— se persigue el reconocimiento del entorno y el yo como una misma cosa. Partiendo de la realidad  tamizada por los sentidos (esa espesura hostil a nuestro alrededor) se pretende así llegar a lo más profundo de la mente sin disrupción en el tránsito. Una práctica inversa al proceso de concienciación cartesiano y desviada asimismo del zen (al menos superficialmente), puesto que se afianza en la realidad sensible para apaciguar la disonancia de nuestro foco racional.

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Número seis
Pa(i)sajes: Un cine para los sentidos
Ilustraciones: Francisca Pageo

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