IBN Arabi. Mística y creación, por Francisca Pageo

El pasado marzo tuvo lugar en Murcia la tercera edición del Festival IBAFF. Francisca Pageo asistió al simposio dedicado a la figura de IBN Arabí, inspirándole el siguiente texto, sobre la creación, el arte y la mística. Un texto que formará parte del número cuatro, y con el que nos anticipamos a él, en la idea de que el viaje y la creación también forman parte indisoluble de nuestra propia experiencia como Détour…

 “La creación es un acto superior a la iluminación.”
Ficino

IBN Arabi (Murcia, 1165 – Damasco, 1241) llevó una vida llena de viajes, tanto geográficos como interiores, que ayudaron y fueron los precursores de lo que hoy en día conocemos como sufismo, la mística musulmana. Sin embargo, yéndonos más lejos, su obra y vida se parecen más bien a la de cualquier poeta o viajero místico más contemporáneo, como bien podrían ser Rainer Maria Rilke o Arseny Tarkovsky, incomprendidos y “condenados” por la sociedad en la que les tocó vivir. Su figura nos muestra una vida cargada de simbolismo, de esperanza, sacrificio, y amor a Dios y a la creación. Es a raíz de ese amor a Dios, de la presencia en su vida interior y exterior, lo que nos revela el misterio de todas las cosas. Este amor es el principio de toda existencia, su causa; es el que lo mantiene vivo. IBN Arabi | Francisca PageoY es, a raíz de ello, en el que se despliegan todas las realidades superiores e inferiores. Para él, toda creación nace de una intuición, de un anhelo y del propio amor.

El arte es el propio reflejo de lo que nos rodea; el arte nace de sí mismo. Lo creado y el creador son lo mismo; la evidencia del misterio se refleja en el propio arte.

Para ser capaces de hallar este misterio necesitamos de una visión interior; debemos ser capaces de confrontarnos a la ceguera, a lo que vemos más allá de lo que tenemos delante y de nuestro ego; debemos ser capaces de mirar hacia adentro, pues mirar hacia adentro es mirar hacia afuera. Esto nos ayuda a comprendernos y a conocernos. Para IBN Arabi, cada ser humano posee un rostro privado que le conecta directamente con Dios. Este rostro privado es la luz, la transparencia que cada ser y que cada persona muestra hacia afuera. Nos servimos de la imaginación para mostrar a Dios y su certeza dependerá de la pureza de nuestro corazón y de la claridad de nuestro ojo interior. Cuanto más transparente sea este último, más se manifestará Dios.

El conocimiento y la visión siempre han ido de la mano. Resulta imposible comprender sino se mira con claridad.  A raíz de esto, uno debería preguntarse: ¿sabemos ver el arte? ¿Vemos el cine con la mente abierta? ¿Con el corazón? Henry Corbin, basándose en sus estudios árabes y la mística de IBN Arabí, nos explica que la imaginación es el elemento mágico y mediador entre el pensamiento y el ser. La imaginación es la gran potencia mágica y creadora que produce el espíritu en formas y en colores. Por ello, para hallar el verdadero significado de una obra artística, debemos buscar en el mundo interior en el que estas fueron concebidas. Toda creación es epifánica, y toda creación nos libera, pues la creación se basa en liberar el propio sufrimiento al que el ser es condenado, en el que el ser ha sido arrojado y en el que se halla inmerso. Solo el  ser humano completo, o que se halla en la búsqueda de su ser, vivencia cuán insoportable es el hombre para sí y es por esto que necesita de la creación, de un anhelo, para amar y sentirse amado.

Para saber ver el arte, el cine, necesitamos ser conscientes de que nuestros corazones piensan por sí mismos, pues ellos son la fuente de toda imaginación. Es el corazón quien anhela y es el corazón lo que anhelamos. Tanto el místico como el artista hallan y encuentran a Dios en el corazón. Ambos deben echar mano de lo ilusorio, de lo abyecto y de lo enajenado, para modificar e impulsar toda creación. Deben conocer estas cosas pues en ello se halla la propia búsqueda del conocimiento de Dios y de la vida. Es en el dualismo de lo que estamos hechos, del bien y el mal, del ánima y el ánimus, del ying y el yang, de donde toda creación nace. El artista y el místico no solo completan lo creado, sino que se completan a sí mismos, son su propio Dios, son Hermes, el arquetipo del sí- mismo; son los héroes de su propia vida y de la creación humana en sí misma.

Solo siendo conscientes y comprendiendo esto, podemos ver el cine, así como el arte, como una oportunidad para evolucionar, para ser, permitirse ser uno mismo; para conocerse y poder concebir todo el misterio que nos rodea y que alojamos en nosotros.

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Détour

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