Un hombre ocioso, de Yusuf Atilgan (Gallo Nero) Traducción de Pablo Moreno | por Juan Jiménez García

Yusuf Atilgan | Un hombre ocioso

Hasta ahora, el nombre de Yusuf Atilgan no nos decía gran cosa, como no nos decía gran cosa tantos otros nombres de ilustres desconocidos, que nunca llegaron aquí porque nadie quiso traerlos. No se puede decir que la literatura turca (como la literatura árabe, por otro lado, por hablar de algo cercano a ella) haya tenido mucho recorrido en nuestro país. Solo la voluntad de unos pocos nos ha permitido conocer a escritores que ahora se nos antojan esenciales. Y Gallo Nero, al editar Un hombre ocioso, nos entrega a un escritor que está llamado a ocupar un lugar entre ellos. Escribió poco (tres novelas), murió escribiendo (una novela inconclusa) y de él solo nos queda su conocimiento de la literatura norteamericana, su voluntad de modernidad y un gusto por la soledad y, dicen, el sentido de la vida. Pero nada de esto era necesario. En esta novela está todo. Sin más.

C. es un hombre ocioso. Así le gusta presentarse. Su padre le ha dejado los recursos suficientes para poder vivir sin tener que recurrir a ningún artificio, a ningún empleo. Si acaso, tiene pasiones puntuales. Una vez los libros, luego los cuadros, siempre las mujeres. En su cabeza habitan muchas cosas y una especie de hastío ante lo inevitable. Lo inevitable, para él, son las mismas personas de siempre con distintas formas, las mismas conversaciones previsibles, los mismos gestos anticipados, reveladores de idénticas cosas. Siempre a la búsqueda de algo no espera encontrar nada. En el libro se suceden las estaciones, pero las estaciones son simples transiciones de una mujer a otra. Unas llamadas que no reconoce como desesperadas a ser rescatado de sí mismo. No sabemos nada de él. Ni tan siquiera su nombre. De ellas conoceremos a dos, dentro de la parquedad de otros encuentros. Güler, una joven estudiante, y Ayşe, pintora. Cada una le ofrece la posibilidad de algo, ese sentido de la vida. En el otro lado de la balanza está la tentación de la soledad, que no es otra cosa que una insatisfacción que se alimenta de oscuridades (en el mejor de los casos, claroscuros).

Atilgan le da voz a todos y también una forma desde la que expresarse. Güler y esa necesidad adolescente de ver su vida como una experiencia única que debe ser compartida epistolarmente con una amiga, o Ayşe, con su inconstante diario, una caja donde guardar sus temores. Solo C. no tendrá voz propia, encajada en la del narrador y también en la ciudad. Las calles, los cafés, el estar o no estar, el encontrarse con perfectos desconocidos o con amigos, serán los escenarios de su sorda lucha con sus fantasmas. Unos fantasmas que poco a poco se van revelando en un sordo desfile desde el fondo de los armarios de la memoria. Y unas manías que se unen a sus voces de dentro, esas voces interiores en constante diálogo existencial con él.

Un hombre ocioso es una obra mayor. Un libro que se instala en su tiempo y que no conoce de países y fronteras pero que es indisolublemente turco. Una prueba más de que esa absurda obsesión por parcelarlo todo, por acotar, o poner etiquetas, está condenada al fracaso con solo acercarse mínimamente a esos otros y descubrir, como decía Jean Renoir, que nos sentimos más cercanos a Yusuf Atilgan y su protagonista que a nuestro vecino de la puerta de enfrente.

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