Yoshiharu Tsuge. Todas las derrotas, todas las cosas perdidas, por Juan Jiménez García

La mujer de al lado, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Yoshiharu Tsuge | La mujer de al lado

Gallo Nero vuelve, dos años después de la publicación de El hombre sin talento, a publicar a Yoshiharu Tsuge. Y eso es otro momento importante de la edición de manga en nuestro país. Si aquella obra nos enfrentó (esa es la palabra) a la obra de un autor muy especial, esta otra, La mujer de al lado, solo hace que devolvérnoslo como un viejo conocido al que encontramos de nuevo, como si nada hubiera pasado y todo volviera a estar ahí. Todo es toda esa tristeza, todo es la vida de Tsuge, que se encuentra entre cada una de sus páginas, en los márgenes de sus historias. Todo es una nueva obra plena, intensa en emociones pero que fluye tranquilamente con la tranquilidad de saber que va hacia ninguna parte. O hacia todo. Viajes, lugares de destino, que tienden a confundirse.

La mujer de al lado recoge seis historias que Tsuge publicó a lo largo de los años, unos años en los que no se encontraba bien (psicológicamente) y en los que su intención de abandonarlo todo definitivamente debía estar ya presente. Cuando uno se cuestiona su presente, tarde o temprano acaba de aparecer ante nosotros nuestro pasado lejano. Más allá de buscar las razones inmediatas, buscamos en ese paraíso perdido que debió de ser, nos dicen, nuestra infancia y juventud, esas épocas en las que todo, a diferencia de ahora, nos parecía posible. Tsuge buscó ahí y sus historias se encuentran con aquel niño que fue y con aquel mangaka que buscaba hacerse un lugar en el mundo, algo nada fácil de encontrar.

En conjunto no conforman una obra sobre las dificultades de crear, de ser artista, como podía serlo en mayor medida El hombre sin talento, sino más bien una interrogación sobre los demás. Sobre los otros. Y en esas preguntas, encontrarse uno mismo. Por confrontación, por similitudes, por raras coincidencias. Y digo “el otro” porque decir la sociedad japonesa de aquel tiempo me parece algo muy grande, cuando toda la obra de Tsuge está construida sobre la intimidad y limitada por el alcance de su mirada, una distancia que no está dispuesto a sobrepasar. Un territorio, un tiempo, que es aquel que dejaba la guerra atrás, un poco menos atrás la ocupación americana y se lanzaba a buscar su milagro económico. Una época que en manos de Heinrich Böll sirve para cuestionarse todo un país, pero que en manos de Tsuge se convierte en un asunto de personas. Personas que buscan su lugar en un mundo que va a arrollarles, a pasarles por encima.

Así, el contrabando en La mujer de al lado, el relato que da título al libro, es el  escenario para una relación extraña, en la que el protagonista acaba convertido en mero espectador, lanzando a su propia realidad. Una realidad que se impone, cruelmente, en el caso de Días de paseo, un relato otoñal en el que la vida parece haberse definitivamente detenido. Al contrario que en Niño, donde esta se le desvela al protagonista como un golpe, una carrera perdida antes de empezar. Un autor sin nombre es tal vez la más personal (siéndolo el resto), desde el momento que se instala en el mundo de los dibujantes y sus dificultades para ser autores, algo más que dibujar para otros. También (y uno no puede dejar de pensar en ello) la historia más triste, más cruel. La más próxima a El hombre sin talento en sus pensamientos. Tras ella, Paisaje de vecindario se escapa hacia un relato social de los coreanos que se quedaron en Japón, como ciudadanos de segunda o ni tan siquiera ciudadanos. Y La asociación de los cien lugares de interés de Ikebukuro, otra cara más de la búsqueda infructuosa para escapar de la pobreza, de la miseria de aquellos años. Una miseria que no era solo económica, sino también moral.

Instalada en un estado permanente de melancolía, La mujer de la lado es, de nuevo, una obra esencial. Una obra en la que Tsuge parte al encuentro de sí mismo, perdido entre las brumas, y se encuentra en un mundo lejano, pero tal vez el único. Un tiempo nada heroico y, desde luego, ningún paraíso perdido. Todo está ahí. Todas las derrotas, todas las cosas perdidas.

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Détour

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