Nejishiki, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero)  Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Yoshiharu Tsuge | Nejishiki

Parece que en nuestra relación con Yoshiharu Tsuge (siempre a través de las ediciones de Gallo Nero) sube en intensidad con cada entrega. Cuando leímos El hombre sin talento creíamos transitar por el infierno particular de su creador y de su protagonista, que venía a ser lo mismo. Pero no. Realmente estábamos en el paraíso, como ya nos demostró La mujer de al lado. Y ni tan siquiera ese era un último infierno. El infierno estaba en Nejishiki. Y tal vez estaba ahí porque mientras el primero transitaba para la realidad, por la vida, por la vida propia, el segundo tal vez transitaba por lo imaginado. Pero es que Nejishiki transita el territorio más peligroso, la caída libre, el territorio de los demonios y de los tormentos: los sueños. Sueños soñados o imaginados, poco importa. El sueño se convierte en una figura de estilo oulipiana. El disparadero para que las imágenes y las historias desborden todos los márgenes. Para que abandonen los caminos más o menos transitados y se lancen a las cunetas, a los terrenos baldíos, donde no crece nada, sino que todo muere.

Después de todo, los sueños están íntimamente ligados a la vida. Tal vez tan solo el espejo deformante en el que esta se mira, libre de ataduras morales. Pienso en Noches sin noche y algunos días sin día, de Michel Leiris. Si esto es así (y carezco de cualquier base teórica para sostenerlo, como carezco de la necesidad de tenerla o adquirirla), Tsuge debió temer aquello que esos sueños revelaban. Ya no es solo el paisaje apocalíptico en el que nos instala la primera historia, que da título al libro, tiñendo de rojo sus páginas, sino esa especie de horizonte de violencia y sexo, sin que sean dos elementos separados, sino una sola cosa, causa y efecto, efecto y causa. El elemento perturbador (que no provocador) se multiplica historia a historia, sin que Tsuge consiga (ni quiera) despertarse, sino que nosotros podamos abandonar esas páginas que nos tienen ahí, prisioneros, como un papel atrapamoscas. Escribo causa y efecto, y entre lo uno y lo otro, no hay una corriente, un flujo que los atraviese, sino una descarga eléctrica, fulminante. Entre el deseo y su materialización, no hay nada. Como en los sueños, no existe la necesidad de una razón. El sexo es la materialización del instante.

La melancolía que parece instalarse en sus obras posteriores aquí no existe. Melancolía ¿de qué? Está el furor, la rabia, la inexistencia del pasado y la imposibilidad del futuro. Aquí, ahora. Y después, la indiferencia. El despertar. El dibujo de Tsuge se calma. Unas viñetas. Mientras tanto, sus trazos son igual de agresivos que sus historias, igual de impactantes, igual de rotundos. No hay descanso. En la brevedad de sus narraciones, hay que golpear rápido. Y él no falla. La forma se acomoda. No hay nada definitivo, tampoco el estilo. Uno llega exhausto al final. Lleno de golpes, la nariz sangrando, el estómago revuelto tras un viaje lleno de curvas, descensos y ascensos vertiginosos. Una temporada en el infierno. Nejishiki no puede dejar indiferente a nadie. Por lo que cuenta, por cómo lo cuenta, por el trabajo de Yishiharu Tsuge, para lograr darle una forma a todo esos instantes magnéticos, que os atraen con violencia y nos retienen con aún mayor violencia. Tras él, solo queda el vacio. Y ese cielo rojo que anunciaba una tormenta que llegó, arrasándolo todo. Lo exterior y lo interior.