El tarambana, de Yosa Vidal (Mármara) | por Óscar Brox

Yosa Vidal | El tarambana

La mancha de la dictadura chilena, como la de tantas otras épocas de terror, se extiende en el tiempo sin que aparentemente se llegue a atisbar el alcance de los estragos causados bajo el gobierno de Pinochet. Las cifras de desaparecidos, los años de represión, las torturas y las prohibiciones… cada detalle vuelve más delicada la tarea de contar la historia de ese periodo. La vida detrás de tantos claroscuros y penurias. Y si bien es cierto que cada generación fabrica sus propios relatos, continuando así la memoria que les ha sido legada, no lo es menos que contar esa historia supone un bonito desafío. Una forma de activar los resortes de la narración, de cultivar un texto y crear un espacio literario en el que conquistar ese sentimiento dolorosamente vivo tras las cifras, las desapariciones, las torturas y el terror. Demasiado humano, demasiado resbaladizo. El tarambana, de Yosa Vidal, aúna en su ambición literaria dos objetivos: recorrer la historia negra de su país a través del paisaje de fondo, entre advertencias del presente funesto del Chile derrocado por el fascismo; y, asimismo, rescatar la novela picaresca como vehículo para tratar esos años de viaje a ninguna parte.

Envuelta en la picaresca que salpica con ironía los momentos más sórdidos de la novela, la protagonista describe en los primeros capítulos su transformación en varón tras ser violada en la sacristía de la iglesia. Como en el Neverhome de Laird Hunt, no parece aquel tiempo para las mujeres. Así que por fuerza el disfraz de lazarillo es el mejor salvoconducto para garantizarse la supervivencia mientras se busca un porvenir. Y es así, tras ese impacto súbito, como Vidal arranca con las desventuras de su protagonista alrededor de los márgenes de Chile, en una huída sin freno por lugares de pesadilla, nostalgia y amor. O lo que es lo mismo: por la confusa, por compleja y extensa, historia de las transformaciones que acaecieron antes y durante la dictadura. La narradora se disfraza para cada ocasión con un nombre diferente, Graciel o Galo, tanto da, mientras toma de cada situación una pizca de sabiduría popular. De bruto aprendizaje de la vida, a veces con violencia y a ratos con ternura. Para descubrir esa sexualidad siempre compleja, para aborrecer la mezquina intolerancia de los amos o para desnudar la esquizofrénica obsesión religiosa que alimenta el culto a los milagristas e iluminados. A ese panorama de bárbaros y salvajes que, encerrados en sus ventas o en sus casas, dibujan con trazo grueso el momento de bajeza moral del país. Lo turbio, lo espantoso, lo realmente abyecto que solo puede aflorar en una dictadura.

Vidal apela a la picaresca, en primera instancia, para poner tierra de por medio con la realidad que retrata. Para intentar domar a personajes de pesadilla como ese fanático religioso de misa diaria, cilicio y flagelación permanente. Para distanciarse, mediante la ironía, de una constelación de asesinos, chulos, pendencieros y canallas que se abatían con ansia sobre la población. Y, también, para extraer de cada episodio una pequeña lección moral que, poco a poco, deriva en ese retrato de madurez que alcanza a su protagonista, a medida que los años pasan y se asienta sobre una identidad escogida como protección frente a los demás. Dicho así, El tarambana no deja de ser un tratado sobre la moral en tiempos de carestía. De inhumanidad y bajos instintos. En los que cada cual se procura el sustento sin mirar por nadie más. Y en los que la parodia, la mirada serena que proporciona la ironía, reflejan con el mejor tino la crueldad de un aprendizaje de la vida marcado por la supervivencia.

Por otro lado, la decisión creativa de Vidal remite al deseo de mantener con vida un género aparentemente confinado a la educación escolar. Admirado como vestigio de un siglo de Oro, honrado por academias y reconocido por historiadores, pero que no se llega a actualizar, a trasladar, a nuestro contexto actual. Caro jarrón chino que la literatura prefiere no tocar. Por eso, más que un ejercicio de estilo, El tarambana supone una actualización de la novela picaresca. Una forma de cuestionar su vigencia, sus posibilidades de abarcar, con sus códigos y situaciones definidas, la realidad sombría de una época no demasiado lejana. Una realidad en busca de otro enfoque que permita respirar a unos personajes encapsulados en los mismos relatos y en las mismas palabras. En el rígido método de representación y narración que la literatura canoniza cuando se trata de ser fiel a los hechos acontecidos. Y que Vidal tiene a bien ignorar para así poder hacer literatura a partir de la realidad. A partir de la vida. Para dejar que, por una vez, esos sentimientos de los que hemos oído hablar vuelvan a respirar en cada párrafo, en cada pensamiento, en cada personaje.

El tarambana es una novela sobre los márgenes, sobre esas figuras que intentaban buscarse la vida en un paisaje hormigueante. Desencajado. Absurdo. Pero, desgraciadamente, real. De ahí que el humor que salpica incluso los pasajes más terroríficos no deje de ser una manera de evitar la muerte por aplastamiento. La victoria de un horror que se apalanca sobre las palabras hasta impedir que cualquier reflexión alcance su objetivo: desconcertar, mover a los sentimientos menos elementales, dejar que el lector construya ese espacio vivo que, como en nuestro país, también sufrió una dictadura durante décadas. Si la de Vidal es una novela ejemplar, lo es fundamentalmente por el doble esfuerzo de encontrar el mejor acomodo posible a un género y a un tiempo. O lo que viene a ser a lo escrito y a lo vivido. Y ante eso solo cabe el reconocimiento de una lucidez creativa que sabe cómo hacer hablar al pasado más terrible.

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