Yordán Radíchkov. Vida de animales, por Juan Jiménez García

El arca de Noé, de Yordán Radíchkov (Automática) Traducción de Viktoria Leftérova y Enrique Gil-Delgado | por Juan Jiménez García

Yordán Radíchkov | El arca de Noé

Cuando escribí sobre Abecedario de pólvora, libro también editado por Automática, escribí sobre esa capacidad de contar que hemos perdido. Contar sin más. Contar cualquier cosa, como esos palabristas de Bohumil Hrabal que se instalan en los rincones de las cervecerías y construyen el mundo una y otra vez, siempre diferente, siempre otro, siempre maravilloso. Radíchkov compartía con Hrabal, bien pensando, no solo ese gusto antiguo por dar la voz al pueblo o ponerse a la altura del ser humano, sino también algo que está igualmente presente en este El arca de Noé: saber escuchar. En estos tiempos en los que todo el mundo habla, habla y habla, con límites de caracteres o no, ¿quién se toma su tiempo para escuchar lo que tienen los demás que decirnos? Sí, es complicado. Porque si se ha perdido la capacidad de contar, ¿de qué sirve la de escuchar? Y si se pierden las dos, ¿qué queda? Un amasijo de hierros-palabras de difícil digestión.

El arca de Noé es su autor viajando a la deriva de un barco en el que conviven hombres y bestias (y también dios y el demonio) al mismo nivel. También la historia de cada día, la historia íntima y la historia sobrenatural. La vida puede ser vista a través de un pastor o de una cigüeña malherida. Todos comparten el mismo espacio. Tal vez no los mismos temores, pero hay algo en esa vida animalesca que no deja de ser el eco de esa sociedad que habitamos penosamente. Radíchkov fue búlgaro en tiempos democrático populares y su arca atraviesa esos días sin rozarlos, como si fueran nubecillas en un cielo despejado, aunque tengamos la sensación de que cigüeña, diablo, topos, raposa o ratoncillos de campo no son otra cosa que ellos mismos.

Pero, por otro lado, ¿qué cambiaría que fuera así? No deja de ser ese quitar a la cigüeña del medio para colocar al hombre, porque nos resulta más cómodo. Radíchkov cuenta. Al contar, como esos palabristas de los que hablaba, crea un mundo habitado por cualquier cosa susceptible de habitarlo. Un mundo atravesado por pastores griegos mientras las muchachas se bañan en el río y esconden sus cuerpos a su paso. Es decir. Un mundo sencillo que nos habla, en cada detalle, de las cosas más complicadas. Todos los relatos convergen en uno, Nieve de cigüeñas. En él, una cigüeña se encuentra con que no puede migrar porque tiene un ala rota. Su visión se agudiza y el tiempo libre que le queda lo dedica a la observación del resto de la creación. Detenido el tiempo, todo tiene su importancia. Acogida por un pastor, su vida en el cobertizo, entre ovejas y otros animales del Señor, es tan simple como fascinante.

Abecedario de pólvora ya era otra cosa, unas páginas niveladoras en las que todo estaba a la misma altura. En El arca de Noé hasta las cucarachas tiene su lugar y no pequeño, un lugar tan importante (y tan parecido) al que puede tener un crítico literario. Para el escritor búlgaro todo es maravilloso y está destinado a mitologías personales, de andar por casa o por los caminos de esos pueblos alejados de cualquier lógica, de cualquier cálculo simplificador. Radíchkov cuenta historias que permanecerán en algún lugar porque vienen de algún otro, de otras geografías igualmente personales, en la certeza de que la creación del mundo no es cosa de dioses, sino de seres humanos o animales, y la labor del escritor es darles las palabras.

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Détour

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