Memorias de una osa polar, de Yoko Tawada (Anagrama) Traducción de Belén Santana | por Dara Scully

Yoko Tawada | Memorias de una osa polar

En un cuarto se produce la escritura. La memoria devuelve el sabor de la leche materna, la caricia, un resplandor blanco. Una imagen nebulosa que se solapa con la del hombre y la jaula, el calor que obliga a erguirse sobre las patas traseras. Una voz que se hila, titubeante: recordar como quien se mira en un espejo y teme reconocerse. Aquella era yo. Yo antes de mi propia memoria. Yo, pelaje blanco, animal al servicio de los otros. Quien nos habla es una osa, una osa soviética, una artista del circo. Escribe su biografía. Un animal que siente y habla, que escribe en un escritorio pequeño bajo la luz difusa de sus propios recuerdos. Y no nos sorprende que nos hable, o que le pida vodka a su portera, o que en una librería compre un manual de ruso. Porque sus ojos son nuestros ojos: a través de ella comprendemos nuestro mundo. Su mirada humana desmiente el pelaje blanco, su altura, las garras de sus zarpas. Es una mujer que escribe. Una antigua artista, que como tantos otros niños en la Unión Soviética, fue explotada hasta la extenuación para alcanzar el éxito. La vemos en el circo e imaginamos a las gráciles gimnastas que acaparaban medallas. Y cuando crece y la vida la convierte en escritora, se nos revela la frustración ante la página, el abuso de los editores, la censura de un país que no desea que se revelen sus miserias. La osa que se exilia es el artista perseguido, la escritora que ve cómo se censuran sus libros. Es el reflejo de un hecho humano: la represión, el silencio forzado, la huida o el castigo que se impone en ciertos contextos políticos. De nuevo, las zarpas son manos pequeñas y desnudas. El pelaje se transforma. Sus ojos de osa son, más que nunca, ojos de mirada humana.

La mirada humana de Bárbara, que busca el rostro de Tosca. La hija imaginada de esa osa que escribe sus memorias, pues nunca llegamos a saber realmente si existe o no. Bárbara es una criatura del circo; una mujer que apacigua a las fieras. Nos habla desde su figura humana: también ella, de algún modo, reescribe su memoria. Su infancia cerca del circo, la ausencia de su padre, el miedo brutal a los insectos. Bárbara encuentra en el circo un hogar, y en Tosca, la osa que baila, la osa que la besa en los labios durante el espectáculo, un nido en el que resguardarse. Bárbara calla sus miedos, y solo en la noche, en el horizonte blanco de Tosca, es capaz de analizarlos. La osa habla con ella. Un hilo las une en el sueño; por la mañana, Bárbara cree ver en la osa el entendimiento. Son espíritus afines, y una habla con la voz de la otra, se superponen. Tanto que, al final, no sabemos de quién son las palabras. ¿Es Tosca, una Tosca futura, la madre de Knut, quién escribe por Bárbara? ¿Es, de nuevo, la mirada del oso quien nos revela el deseo humano? Ser querida y confortada. Hallar el entendimiento. Alcanzar la satisfacción de aquello para lo que creemos haber nacido. El espíritu de Bárbara habita en Tosca, y la osa nos lo entrega hecho un ovillo en sus zarpas. Nos dice: entiendo tu corazón. Tu voz es la mía.

Matthias alimenta a Knut. El osezno lo olfatea, se aferra al hombre, no concibe su existencia sin él. Primero en la caja y luego en la habitación, Matthias será la luz que guíe a Knut en el mundo. Un faro paternal que lo ilumina todo. La ternura y el juego. El hambre y el aprendizaje. ¿Pero es realmente Matthias quien sostiene a Knut? ¿Es el hombre quien cuida del osezno? O quizás sea al contrario, el osezno quien da sentido a la vida del hombre: ese lazo tierno, ese amor animal, absoluto, que lo sostiene. Matthias renuncia a su propia vida por cuidar de Knut. Y se mantendrá siempre cerca, velando por su criatura de nieve. Por ese osezno que se hará famoso, al que amarán niños y niñas del mundo y será estandarte de cosas que no alcanza a comprender. Y cuando Knut crezca y lo pierda, el peso de su ausencia también lo acompañará siempre, como nos acompaña el peso de la infancia cuando la perdemos y nos dejan a nuestra propia suerte.

Memorias de una osa polar es, en realidad, la memoria de nuestros instintos. De nuestros deseos, de los miedos que experimentamos, de cómo nos muerde la soledad o nos aturde la fama. De la exigencia que otros ponen en nosotros o la que ponemos en nosotros mismos, y cómo el mundo puede a veces acosarnos hasta clavar en nuestro cuerpo sus colmillos afilados. No estamos solos en el mundo, aunque deseemos permanecer toda la vida en una madriguera caliente o junto a quien nos alimenta. Crecemos, nos volvemos adultos, nuestra mirada se alza, y con ella soñamos terrores antiguos, nos enfrentamos a lo que dejamos atrás y acogemos con cierto temblor lo que vendrá después. La próxima palabra de nuestra biografía. El próximo hecho que marque el mundo y tal vez cambie nuestra senda. Nuestro sentido de las cosas. Nuestro pelaje blanco.

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