Saltaré sobre el fuego, de Wisława Szymborska (Nórdica) Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Ilustraciones de Kike de la Rubia | por Juan Jiménez García

Wisława Szymborska | Saltaré sobre el fuego

De nuevo vuelvo a encontrarme con ella. Tras leer su biografía, aquel Trastos, recuerdos que editó Pre-Textos, seguramente no puedo volver a leerla igual. Me pregunto si uno debería conocer la vida de aquellos a los que lee y hasta qué punto aquello cambia nuestra manera de acercarnos a ellos. Pero esto también se lo preguntaba la escritora polaca y por eso decía que, para conocerla, ya estaba su poesía. Y nunca quería contar nada ni encontrarse con nadie que quisiera saber de ella. Entonces, tal vez deberíamos leer su poesía. Saltaré sobre el fuego, editado por Nórdica con ilustraciones de Kike de la Rubia, es una estupenda ocasión, porque es una selección bella y justa de su obra, una aproximación a un planeta extraño, lleno de cosas maravillosas. Cosas maravillosas que se llaman palabras. Palabras que crean imágenes y también sentimientos. Palabras sencillas para decir cosas complicadas que sin embargo se entienden. Porque la escritura de Szymborska es transparente. Y frágil. Una escritura de cristal.

Saltar sobre el fuego es algo que se le da muy bien. Saltar sobre el fuego debería ser algo común a toda escritura. Sin riesgo no hay nada. Y como dice en su primer poema, nada sucede dos veces. Esa intensidad del momento, ese vivir cada verso, encontrar lo justo, las letras exactas, estará siempre presente y ese es también su juego. Como el título de otro de los poemas, está el encuentro inesperado, momento en que su poesía se encuentra con nuestro interior, y juntos recorremos un instante, que a veces parece durar una eternidad y otras se nos escapa en su fugacidad de relámpago – trueno (aunque sería más apropiado decir trueno – relámpago, porque el sonido es anterior a la iluminación). Elegir ser poeta es un acto de heroísmo, como elegir ser lector (el más atrevido: ser lector sin pretender ser poeta). Siempre manejando material sensible, nunca sabiendo muy bien qué vamos a encontrar.

Szymborska es feliz escribiendo y, cuando alguien es feliz escribiendo, es fácil que sus lectores sean felices leyendo. Todo está a la vista y no hay trucos de magia. La poeta polaca camina dulcemente por la cuerda floja, sin ni tan siquiera tambalearse. Ese es su arte, un arte de lo visible. El mundo es lo suficientemente bello para no tener que buscar debajo de las alfombras, y suficientemente terrible para no tener que imaginar grandes catástrofes. También por un poema suyo sabemos que su corazón late en nosotros y en nosotros late su corazón. La poesía es una cuestión de complicidad, porque uno debe dejarse caer en los brazos de otro. Y después de todo no se debe ser necesariamente poeta, también se puede ser hermana. La diferencia es algo así como el número de personas a las que queremos llegar o si sabemos cocinar o no. Escribir es liberarnos de algo para entregárselo a los demás. Algo que los demás esperan. Unas veces serán cosas alegres, otras serán cosas tristes. No siempre se quedará solo el gato en casa esperando, pero tampoco siempre el mundo será negro o gris. Quizás porque llevaremos gafas con cristales de colores, pero nos va bien.

La diferencia entre la vida que nos quieren dar y aquella que queremos vivir es el poema Para escribir un currículum, porque a través de él entendemos que siempre nos preguntan aquello que no tiene ningún valor y que los demás nunca se interesan por aquellas cosas que tienen alguna importancia. La distancia entre nuestro interior y nuestro exterior se prolonga, hasta convertirse en un camino extenuante. Entender eso nos llevaría al título de otro de sus poemarios, Fin y principio, lleno de una tonta esperanza a la que nos abrazamos con furia. Y cuando nos tenemos que despedir de la poeta, pensamos en ese poema suyo en el que se despedía de un paisaje al que no podía reprochar que siguiera ahí. La belleza es algo insistente que pervive a pesar nuestro, igual que Wisława Szymborska se queda ahí tras haberla leído, tierna, sonriente, sus palabras bailando en nuestra cabeza, versos que vamos cogiendo como esas moras silvestres que crecían a la orilla del canal cuando éramos pequeños. Su poesía como un recuerdo más de nuestra infancia permanente.

 

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