El atlas, de William T. Vollmann (Pálido fuego) Traducción de José Luis Amores | por Óscar Brox

William T. Vollmann | El atlas

A vueltas con lo apropiado de utilizar la primera persona del singular para escribir una reseña, permítanme (o permitidme, ya que estamos) tomarme esta pequeña licencia. Entre otras cosas, porque no se me ocurre una mejor manera de abordar la lectura de El atlas que desde la experiencia de esa lectura. Supongo que debería empezar por un dato, que en breve me tocará desmentir: he tardado casi tres meses en leer la obra de Vollmann. Aproximadamente 90 días en los que he abierto y cerrado el libro unas cuantas veces, en los que he saltado de un punto del mapa al otro, sin respetar la estructura de palíndromo propuesta por su autor. ¿Por qué debería desmentir este dato? Fundamentalmente, porque durante los últimos tres días he vivido en El atlas. He leído y releído cada capítulo, incluido el episodio central, recogiendo detalles e impresiones que aquel primer picoteo apenas había logrado suscitar. Entre otras cosas, porque con Vollmann siempre me pasa que sus libros me provocan una infinita desazón, cada vez que profundiza en el lado más terrible del ser humano, cuando el escritor se alía con el periodista para contar las historias mínimas de prostitutas, drogadictos y marginados que sobrellevan su insignificancia mientras la vida se abre camino.

Tal vez El atlas no sea tan extremo como La familia real, o tan moralmente incómodo como Historias del Arcoíris, pero hay algo en la escritura de Vollmann que me resulta sobrecogedor. Puede que no haya dedicado el tiempo suficiente a pensarlo, pero me inclino a creer que se trata de esa ambigua sintonía que establece entre su papel de escritor y el de cronista; su juego constante con la posición del narrador y los personajes de cada relato; esa forma de entrar y salir de las historias sin que, al final, sepas cuándo se trata de un recuerdo almacenado en su bloc de notas o una ficción con la que trata de capturar la miseria que esconde cualquier rincón del mundo. Mentiría si no reconociese lo mucho que me fascina el fervor de Vollmann por todo aquello que relata, tanto da si se trata de una puta ojibwa de Winnipeg o de un par de luchadores tailandeses que resisten con estoicismo la cascada de golpes sobre el ring. Porque Vollmann los describe con tanta pasión, los reconstruye con tal minuciosidad, que se convierten en puntos cardinales de otro atlas, esta vez humano, con el que trazar el recorrido del mundo. Las historias que contiene.

La mayoría de los personajes de El atlas son prostitutas, puteros, drogadictos, minorías raciales desclasadas o apartadas en guetos, rostros anónimos que se disuelven en su insignificancia y voces de otro tiempo que arrastran la melancolía de aquello que ha dejado de existir por sus páginas. Relatos que abarcan unas pocas páginas o que podrían constituir nouvelles independientes del libro; historias que arrancan en una parte del atlas para, unos cuantos episodios más tarde, retomar con otro aire -más bien brutal- lo que había quedado suspendido en el tiempo. La búsqueda incansable de un amor fugaz, enfermo y volátil, por los peores lugares de Camboya; el submundo grotesco de los drogadictos de San Francisco -sin duda, la parte más terrorífica de todo este Atlas; el retrato de una Canadá en el que las minorías étnicas quedan orilladas, perseguidas o destrozadas por la velocidad con la que los procesos sociales tienden a la homogeneización de las cosas; o la muerte y el caos territorial que acabó con la Guerra de los Balcanes… y así un largo etcétera que se comprime, paradójicamente, en el aleteo continuado de una mariposa, la figura que Vollmann invoca a cada poco para llevar a cabo un brinco literario entre paisajes, personajes y sentimientos.

En cierto modo, todas las historias de Vollmann son como esa calle de las miradas que describe en uno de sus episodios. Un carrusel de salvaje humanidad que nos transporta hasta lo más bajo, hasta lo auténticamente degradante, para compartir (pese a todo) esa pizca de belleza que sigue presente en la vida. La bocanada de aire fétido en mitad de la preparación de una dosis de heroína, la ansiedad de tener marcado el cogote con la mira telescópica de un francotirador, el semen y la sangre formando una corriente mixta para narrar la historia de amor más desesperada, la muerte y la desolación como experiencias extremas de un mundo que, en su aparente lejanía, está siempre ahí. Frente a nosotros. Como ese rostro anónimo que, en un bellísimo ejercicio literario, Vollmann reescribe una y otra vez mientras explica un rápido viaje por carretera.

El atlas podría ser el ensayo definitivo sobre la mirada del turista o una reflexión sobre la imposibilidad de creer en los procesos de globalización. En la conexión entre unas culturas que Vollmann cifra en los intercambios de dinero para comprar los servicios de una fulana o en el escaso precio que tiene la vida en el corazón de un Sarajevo herido por la guerra. Pero creo que eso restaría belleza, incluso magnificencia, al enorme proyecto literario que su autor se trae entre manos. A esa sensación de contemplar las páginas vivientes de una cultura moribunda, marcada por la convivencia entre extremos, la fealdad de todas sus criaturas y, sin embargo, la enorme piedad que despiertan cuando este escritor y periodista las convierte en palabras. En relatos. En eslabones de un mastodóntico palíndromo que, más que hablar del mundo, se propone la noble tarea de inventarlo. De explicar sus múltiples orígenes y arrastrarnos por sus últimos momentos de vida, en un viaje inolvidable por todo aquello que podemos entender por lo humano.

Tres meses después, o tres días después, la experiencia de El atlas continúa resultando inabarcable, como lo fueron las de La familia real o Historias del arcoíris. Y acabo con la sensación de no saber si la de Vollmann es la crónica de un mundo o de su paso por ese mundo; la radiografía de un escritor atravesado por su tiempo o la de un cronista que necesita la intervención de la literatura para cargar con la pesada mochila de todo aquello que está sucediendo a su alrededor. Sea una cosa o la otra, o tal vez una tercera diferente a la que he pensado, no puede dejar de inquietarme la manera en la que Vollmann atrapa la vida, aún en movimiento, palpitante y visceral, en cada una de sus páginas. Esa intensidad con la que, pese a todo, sus personajes reclaman un lugar en el mundo.

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