Los reyes del jaco, de Vern E. Smith (Sajalín) Traducción de Güido Sender | por Óscar Brox

Vern E. Smith | Los reyes del jaco

Detroit siempre ha sido el escenario perfecto para una película de ciencia-ficción, con su densa capa de aire contaminado procedente de la industria pesada, las ruinas que devastan una buena parte del casco urbano y los sonidos plomizos del techno. Una ciudad, instalada en la bruma, que General Motors convirtió en la cuna del automóvil y Paul Verhoeven en el hogar de RoboCop. Unos años antes, a comienzos de los setenta, los jóvenes americanos regresaban traumatizados de Vietnam. Sin presente y, casi, sin futuro. Detroit era la ciudad del crimen y sus suburbios el punto neurálgico de la distribución de estupefacientes. Vern E. Smith los retrató en un completo artículo de investigación periodística; tan completo, que le animó a volcar su experiencia en un libro que capturase ese ambiente de chulazos, mercenarios, yonquis y príncipes de la heroína. Sajalín publica, en su colección Al margen, el relato de Smith de aquellas calles de fuego y polvo blanco: Los reyes del jaco.

La novela de Smith es como una tragedia isabelina con peluca afro y música de Al Green en lugar de sonetos. Hay un Rey, cuyo trono nunca parece asegurado, y muchos príncipes que se disputan el control del jaco. Uno de esos príncipes es Lennie Jack, veterano de Vietnam obsesionado en dar el gran salto adelante y convertirse en el traficante más poderoso de Detroit. Si algo demuestra Los reyes del jaco es que lo importante no es mantener el poder, sino llegar a viejo. En un lugar en el que la media de edad se estanca en los veintipocos, superar los cuarenta es como ser inmortal. De ahí que Willis McDaniel, el brazo fuerte del negocio del caballo, sea el enemigo declarado de toda una legión de chulazos sin blanca y sin vida que aspiran a llevar a cabo un gran golpe para apalancarse en el poder. Puro pragmatismo salvaje, ley de la selva y capitalismo aplicado al negocio de la droga.

Como en tantas novelas negras, la moral resulta un estorbo para la supervivencia. El yonqui con el mono vende hasta a su madre por un pico de jaco cortado con ácido de batería; el mercenario engaña y estafa a sus empleadores si encuentra un trato más favorable a sus intereses; y la policía aprieta las tuercas a los soplones para atajar montañas de papeleo y horas de investigación destinadas a pescar a los narcos. En efecto, tierra de picaresca y de hijos de puta que Smith retrata sin un asomo de piedad. A través de ajustes de cuentas, cazas al hombre y encerronas que dejan el olor de la pólvora en el escenario. También a un personaje psicótico, T.C. Thomas, con cicatriz a lo Omar Little, capaz de matar a cualquiera y sembrar el terror en las calles por un poco de información o por placer.

Los reyes del jaco puede leerse como un borrador de The Wire. No en vano, su autor comparte con David Simon el oficio periodístico; también las maneras literarias. Ante la densa trama de personajes que desfilan por sus páginas, Smith reparte músculo entre la pura narración de situaciones y su querencia por llevar a cabo una suerte de ficha policial. Así, abundan los pequeños retratos de criminales, con un pie en lo biográfico y el otro en el mito suburbial, y el gusto por describir con detalle ese ambiente de chaquetones caros y coches de color chillón con el que el narcotráfico afroamericano colonizaba los barrios de Detroit. Un microcosmos que contrasta con el olor de los projects alquilados a yonquis para el menudeo en el que el hedor de las ratas muertas tras las paredes supone una alegoría formidable para dibujar a toda una generación perdida.

A buen seguro, George V. Higgins fue el autor que capturó con mayor precisión el lenguaje del lumpen, sus códigos y sus palabras, para inyectarlos en sus personajes de ficción y, de paso, allanar el terreno a la siguiente hornada de escritores. En Los reyes del jaco, Smith aplica la misma regla. De manera que sus delincuentes hablan el lenguaje de la calle, ese en el que una pistola es un hierro, un guardaespaldas es músculo y en el que dar cariño implica cerrar un trato cojonudo, nene. De ahí la importancia, por cierto, de su traducción castellana, mimada hasta el último detalle para cazar cada giro, cada palabra, que los reyes del jaco intercambian en sus breves desventuras. Porque, no en vano, la novela es una forma literaria para explorar la geografía y la sociológica, el crimen y la moral, de una sociedad que despertaba en los setenta completamente desnortada; para la que la vida, breve, regresaba a los tiempos de la conquista del oeste, en el que las pepitas de oro eran sustituidas por el caballo más puro llegado de Nueva York.

Smith narra el mes más violento de Detroit, una odisea por el submundo criminal que solo encuentra un momento de descanso cuando en alguna radio suenan Marvin Gaye o los Temptations. Porque el resto de espacio, poco, queda absorbido por innumerables complots para escalar la cima del narcotráfico y las innumerables ramificaciones que esos mismos complots proyectan. Como si un mapa tridimensional de la ciudad se desplegase sobre la mesa para enseñarnos la destrucción descontrolada de sus barrios. O como si, en esta tragedia con pelo afro y pistolas de varios calibres, Smith reflexionase sobre el pobre factor humano de aquellos reyes de la droga, condenados a envejecer a toda prisa mientras vigilaban el trono. De ahí, en fin, que su novela suponga el mejor recorrido por esos lugares que, muchos años después, David Simon capitalizará en Baltimore y Richard Price en Nueva York. Lugares en los que el alma humana, pese a todo, resiste al fuego cruzado entre bandas. El único elemento que nunca cambia en el paisaje.

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