Una saga moscovita, de Vasili Aksiónov (Navona) Traducción de Marta Rebón | por Almudena Muñoz

Vasili Aksiónov | Una saga moscovita

Los libros que en un título simple contienen un mundo de muchos kilómetros y muchas décadas, que a su vez tienden un cableado hacia continentes y siglos en segundo plano; los libros muy gruesos, muy rojos, de papel biblia; los libros compasivos que proporcionan su propia cinta de marcapáginas, destinada a ser engrasada y roída, a que el lector nuevo y el olvidadizo la encuentre en un pasaje que no se recuerda, como perdida en un montículo de nieve; los libros como Una saga moscovita, en definitiva (por cierta costumbre histórica, tantos libros rusos), son inhóspitos a primera vista porque no parecen libros, sino gigantescas memorias que sólo cobran sentido en la mente, la experiencia biográfica, las coordenadas políticas, el momento exacto de practicar el recuerdo y la escritura de su autor, y ese autor ya está muerto.

Reconozcámoslo: no es fácil leer esos libros sin una noción general, a menudo específica, de su contexto. No al menos sin perderse gran parte de las alusiones y del tejido más áspero (el social, el económico, el político) que integran las vivencias de los personajes. Lo que suele pasarse por alto es que, por fortuna, son personajes, y que a través de ellos podemos comportarnos como personas: perdidos en el papel, página a página, igual que fuera del gran libro, día tras día. La desorientación que puede ofuscar la lectura de esas primeras escenas salpicadas de bolcheviques, guardias y paisanos, de intenciones y funciones intercambiables entre sí, se convierte de pronto en la mejor arma para adecuarse a un universo tan lejano, tan contaminado por las ficciones románticas. La mirada bracea entre frases negras como las mangas de una multitud, no se sabe si amiga o a punto para la revuelta, antes de refugiarse en alguna dacha de la que emana un esplendor familiar y templado. La casa de los Grádov, con sus pintorescos aires caprianos, de no ser porque lo capriano es imposible en el gran libro de las vidas marcadas por la crueldad indiferente de un Chéjov. Por ello hay una Nina bellísima, fortísima, poeta y poética, que uno teme ver romperse en cualquier momento de este extensísimo drama, como la bailarina de El soldadito de plomo. Sus dos hermanos, Kiril y Nikita, revolucionarios, respectivamente, de papel y pistola, acompañados de esposas paródicas. Un padre doctor, aficionado a los paseos y propenso a la melancolía. Una madre que teclea a Chopin en mitad de la noche. Un perro con nombre de matemático griego que incluso llega a recibir el relevo de la mirada narradora. Es decir, una genealogía de rebeldes que bautiza al heredero de la siguiente generación con nombre de zar (el bebé Boris IV, doctor).

Como sucede en Guerra y paz (1869) y en Doctor Zhivago (1957), de los muchos ovillos que pueden hilvanarse con tranquilidad, sin que a medio camino un cesto entero se desparrame de las manos, el más floreciente es el de esta familia que atraviesa todos los estados de ánimo del héroe ruso. Sin embargo, la saga es escueta en cuanto al humanismo de Tolstói y al lirismo de Pasternak (¿o era Tolstói el elegíaco y Pasternak el humanista?), y aviva el pensamiento sobre si realmente era necesario recuperar el formato de la novela del XIX como promotor de ideas, y no de una crítica o un estudio de estilo. Podría ser el espíritu de una tradición a cuya tumba no dejan de llevarse flores, un intento de ese género fantasma, el gótico ruso que menciona el autor, que ejerce de espejo de un país ya disociado de sus clásicos. Ahí Aksiónov nada a la contra de lo que habían propuesto y avanzado su compatriota Nabokov, o Joyce, o William Gaddis. El literato escribe sobrepasado por la rapidez convulsa de la URSS, por la caída del muro, por la rabia de las tragedias y estrecheces de su propia vida, de modo que brota de él una novela que también sobrepasa a cualquier lectura.

Son tres pilares para una saga, tres partes divididas en capítulos con títulos más propios de poemas. El río se ensancha en algunas corrientes a velocidad de vértigo, frío como el hielo (los recortes informativos, los comunicados e informes fechados que hacen las veces de entreactos). Algunos meandros revelan confianza en puntos diminutos de calidez, como recoger la perspectiva de un roble o un pájaro, o describir los ánimos y las posibilidades del destino de los implicados según los vaivenes climáticos, el invierno («Nos salvó la nieve») y un calor intempestivo (el ‘verano de las damas’). La esperanza dura poco tiempo: el siglo XX no es un bonito paisaje para Rusia y la literatura parece dividirse entre dos tics antiguos: la descripción minuciosa de las minucias físicas de los personajes y el relato vasto y dialogado de las muchas traiciones y desgracias fechadas desde gulags y prisiones. Nina, la bella, la fuerte, la poetisa, exclama de repente que las flores no son más que agujeros negros. No es, por tanto, una lectura edificante ni bonita; es posible que no haya ni una sola sonrisa en 1201 páginas. Pero los libros rojos y gruesos y pesados, los que no pueden trasladarse como compañeros ligeros y aguardan siempre junto al brazo del sillón, se leen como se atraviesan las revoluciones, aquellas que empiezan y acaban en momentos que nadie sabe determinar en el momento de producirse. Uno comienza perdido y termina perdido y cambiado, y después de superar tamaña prueba se brinda por la caída de los símbolos de los tiranos, la nieve regresa y el té siempre sabe mejor.

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