El libro de los susurros, de Varujan Vosganian (Pre-Textos) Traducción de Joaquín Garrigós | por Juan Jiménez García

Fernando Pessoa | El libro de los susurros

Hay muchas cosas que contar, muchas cosas por ser contadas, muchas cosas de las que liberarse. Hay tanto que escribir. Pero igual no todo puede ser gritado, ni tan siquiera hablado, no siempre podemos escribir sobre aquello que forma parte de nosotros como algo recibido. Tal vez solo seamos un eslabón más en una cadena, un eslabón más en una historia personal de la Historia. La Historia es precisamente eso que suele ser contado a gritos y, por tanto, incomprensible. Porque hay cosas que solo pueden ser susurradas. La muerte de casi dos millones de armenios, de la que ahora se cumplen cien años, mientras el mundo parecía tener la cabeza en otro lado, en esa primera guerra mundial. Eso solo puede ser susurrado. Aquellos medio vivos (o medio muertos) que sobrevivieron, escapando o, simplemente, no muriendo (la única cosa que se esperaba de ellos), solo podían ser contados a media voz, bajo la sombra de un albaricoquero, sentados en círculo. Cuando hablamos de genocidios, cuando hablamos de millones de muertos, cuando a nuestra cabeza le resulta imposible entender esas cifras, hay que volver a los números pequeños. Las historias individuales que contienen la tragedia colectiva.

El libro de los susurros empieza décadas después, pero en realidad lleva escribiéndose desde décadas antes y acabará por escribirse mucho tiempo más tarde. Acabar es una palabra, porque dice: mientras exista el miedo en el mundo, no concluirá. En 1915, durante los tiempos de un Imperio Otomano decadente, se inicia la deportación, la travesía de siete círculos, de los armenios que habitan en sus tierras. Unos serán más afortunados y se olvidarán de ellos, otros no serán olvidados. Poblaciones enteras emprenden una larga marcha hacia el desierto, hacia Deir-ez-Zor. Cada círculo será un intento más de que mueran, como sea, de cualquier manera. Entregándolos a bandas, entregándolos a las bestias, o, simplemente, dejando que mueran por inercia, porque no pueden hacer otra cosa. Los cadáveres se quedarán en los caminos o recorrerán los ríos; luego se organizará cómo hacerlos desaparecer.

Sentir la responsabilidad de contar. Prepararse durante toda una vida para ello. Y luego contar. Escribir. No la Historia, dice, sino los estados de conciencia. Y en ese casi silencio de lo susurrado, tal vez podamos entender algo, llegar a una levedad. A que las cosas no pesen y también a que sean transparentes. Y nos revelen todo el sufrimiento y también toda la esperanza. La esperanza. Una palabra que se lleva mal con las aves carroñeras y el hedor de la muerte, pero sin la cual es imposible vivir. Decía Leonardo Sciascia: sin esperanza no se pueden plantar olivos. Tal vez tampoco ser armenio. Ni persona.

La palabra es frágil, un material que se quiebra como el papel que la acoge. Y sin embargo, también en esta historia el primer muerto fue un poeta. Cuando el Imperio Otomano quiso acabar con los armenios empezó por un poeta. La palabra es el material del que están hechos los hombres, por eso, también, es importante que estos sean nombrados. El libro de los susurros será una sucesión de nombres y apellidos, porque la palabra es aquello que nos da un cuerpo, un sentido, una presencia. Cuando ni tan siquiera hay imágenes es necesario sobrevivir, conservar esas palabras para poder contarlas y esperar. Esperar hasta que alguien llegue y las escriba y entonces sean invencibles. Al tiempo, a los propios hombres.

Varujan Vosganian será aquel que escriba. Aquel testigo silencioso, apenas un crío, que irá recogiendo las historias de sus mayores, en especial de su abuelo paterno, Garabet Vosgonian, y la comunidad armenia en Rumanía, a la que llegaron no pocos supervivientes de aquella matanza. No se trata de reconstruir lo que ocurrió aunque también esa reconstrucción esté, sino más bien de encontrar aquella tragedia en los vivos, medio vivos. Encontrar como cada uno de ellos guardaba una parte, un fragmento, una piedra, como todos ellos llevaban algo por lo que tenían que sobrevivir hasta encontrar esa voz.

Y sobrevivir en Rumanía tampoco fue fácil. Esa Rumanía alineada a la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y más tarde parte convertida al comunismo por los tratados que dividieron el mundo en trozos, como si todo fuera una cuestión de mapas y líneas que cruzan esos mapas. Las viejas historias conviven con las nuevas, pero ya es demasiado peso para muchos de ellos, que caen doblegados por su tiempo. Derrotados dos veces, tres, muchas. No habrá gritos tampoco esta vez. En El libro de los susurros unas palabras no son más altas que otras porque todas forman parte de una misma experiencia, de un mismo destino. Todo está construido con arena, nada con piedra, y en esa fragilidad debemos volver sobre nuestros propios recuerdos para asegurarnos de que fueron así y no de otro modo, aunque los falsos recuerdos sean tan ciertos como aquello que sucedió.

La escritura de Varujan Vosganian debe, entonces, conservar esas historias por las que aún corre la sangre, esa sangre que obsesionaba a su abuelo materno, Setrak. Y debe conservarlas en un tono apenas más alto que el silencio, en esa voz baja a la que se acostumbró el pueblo armenio, transformar el horror en poesía, que es lo mismo que ordenar el caos del mundo en un precario equilibro, quizás orden. Frente a la necesidad de no olvidar nada de lo que contaban aquellos ancianos, está esa búsqueda permanente de las palabras capaces de conservar esos estados de ánimo. El espíritu frente a la materia. Porque cuando no quedan los cuerpos, cuando apenas quedan unas pocas imágenes, cuando solo quedan las palabras, es el tiempo para los poetas.

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