Casi ciervos, de Uxue Juárez (Greylock) por Francisca Pageo

Uxue Juárez | Casi ciervos

Tener un cuaderno a mano es tener un mundo de posibilidades a nuestro alcance. Uno no lo necesita, pero él a nosotros sí. Sin nosotros, un cuaderno es simplemente un bloque de hojas en blanco. Un bloque de hojas que buscan la necesidad de que alguien escriba, dibuje, pegue cosas o pinte en ellas. Los cuadernos se van haciendo a sí mismos conforme nosotros los vamos rellenando, los vamos puliendo y transformando; conforme les vamos contando historias, nuestras o no, ficcionales o reales, o les vamos anotando los sentidos de la existencia o las interrogaciones que surgen en nuestra cabeza. Uxue Juárez escribirá en un cuaderno, y será a raíz de ello que veremos conformado este libro, «Casi ciervos», un cuaderno que es un libro y también una obra de arte llena de fotografías y anotaciones.

Uxue Juárez es una criatura salvaje que se autodomestica. Se autodomestica porque es en lo cotidiano donde se reafirma, donde lanza una llave para conocerse y explicarse. Es de ese modo como abre la puerta de su mundo: Uxue escribe y se relata a sí misma en este diario. Un diario que es un libro que es el eco del reflejo de un bosque, de un animal, del instinto propio que el ser humano lleva consigo. «Casi ciervos» es el intento de descifrar una criatura inmensa, y es que Uxue sujeta el lenguaje como si se sujetara a ella misma. ¿Cómo sujetarlo? ¿Cómo intentar clarificar la criatura que somos? Primero de todo, escribiendo. Segundo, fotografiando. Tercero, analizando. Sin ningún orden particular, estas tres cosas se entremezclan en este libro como si fueran del mismo material. La autora a sí misma lo reafirma y lo escribe. Estamos ante un libro referencial, lleno de citas pero también lleno de flashes, visuales y lingüísticos, que provocan destellos en nuestra esfera mental.

«Casi ciervos» es un libro que es un archivo. Del recuerdo, de los instantes, del Punctum mismo sobre el que escribiría Roland Barthes. Es, también, un libro de murmuraciones internas, en el que sin gran esfuerzo las palabras van desgarrando nuestro corazón a medida que las leemos. Porque hay palabras que llegan hondo: la luz, los sueños, el silencio, las palabras mismas. «En el libro, el camino estaba señalado de antemano. Una experiencia gradual, lineal. Con una pintura, no había una única trayectoria. Uno lo veía todo de golpe», escribirá Uxue Juárez. Y es así como ella y nosotros describimos de manera muy precisa este libro. Pues vemos las fotografías de golpe. Vemos las palabras de golpe. Vemos cada página como si de una pintura se tratase. La autora utiliza esos distintos materiales que son una misma cosa, que preceden de una misma cosa —las ideas— para que el lector, por muy paradójico que suene, no se ubique en un mismo sitio todo el rato. Es como si ir de la parte visual al texto nos haga no pensar, pero sí buscar un hilo conductor que es muy difícil de hallar.

Uxue Juárez ha creado una obra para el recuerdo. Una obra para que conozcamos cómo se crean y cómo son capaces de entrecruzarse sus recuerdos con los nuestros y los de la realidad. Porque la realidad es crear recuerdos a través de fotografías y a través de nuestras palabras, que tan bien la autora ha plasmado aquí. Quizá sea interesante que podamos ver a raíz de este libro las palabras y las imágenes de otro modo, como si la una y la otra se necesitaran. ¿No son acaso, el lenguaje y la expresión, el fruto de los recuerdos que formamos de las cosas?


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