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Hijos de Las Vegas. Historias reales sobre lo que significa crecer en el patio de recreo del mundo, de Timothy O’Grady (Pepitas)  Traducción de Enrique Alda | por Juan Jiménez García

Timothy O'Grady | Hijos de Las Vegas

Timothy O’Grady acabó en Las Vegas un poco por azar. Y allí pasó dos años. Era un sitio al que esperaba ir algún día y allí estaba, dando clases. También por azar, un día sus alumnos llegaron sin la lección aprendida. Entonces hablaron. Y de aquellas conversaciones surgió este libro, cuando vio que tras aquella ciudad, todas aquellas luces, toda aquella sobredosis de sueño americano, se escondía otra realidad. Ya no era la de los peligros del juego (en realidad de todos los vicios, confluyendo allá) sino qué quedaba de la gente que alimentaba toda esa maquinaria, entre la arena del desierto. Y lo que quedaba era el horror. Un montón de vidas destruidas para alimentar una ilusión, un espejismo, alimentando por las falsas esperanzas y sustentado en algo muy simple, tan simple como una operación matemática, un cálculo de probabilidades, y algo así como la condición humana. Aunque la única probabilidad que parece cierta en Las Vegas, es que serás alguien durante un instante. Un instante prolongado o no. Y luego, el infierno. Y el infierno imaginado es un triste teatrillo comparado con la realidad de las cosas.

Las historias se repiten a menudo. Familias felices, aunque sea a su manera. Luego la oportunidad de trasladarse a Las Vegas, la ocasión de cambiar de vida, de ganar mucho dinero trabajando allá. Las posibilidades son infinitas, ese dinero está por todos sitios, solo hay que ir y cogerlo. Fácil. Muchos de estos jóvenes llegaron siendo unos críos y se recuerdan felices. Hasta allá. Luego empiezan los problemas. Los problemas de los padres con las bebidas, con las drogas, con el juego, con las deudas. Hay infinitas maneras de destrozarse y muy pocas de llegar a algún lado. Ganar es una cuestión de azar. Pero perder, perder es algo trabajoso. Requiere una dedicación exclusiva. Energía, mucha energía. Convicción. Y ser capaz de desprenderse de todo, de uno mismo de los demás, de mujer, padre, hijos,… Todo sobra en la caída. Estamos equivocados. Para elevarse no hay que arrojar peso: es para caer. Las elecciones equivocadas se suceden. Es como si el espíritu que sustenta el juego sirviera para vivir una vida. Ganar hasta perderlo todo. Cuestión de probabilidades. Y de la imposibilidad de detenerse. Nunca. Cosas de pobres.

Es difícil encontrar una historia medianamente feliz. Tal vez algún final es esperanzador (y parece pasar por huir de aquella ciudad). Lo normal son un puñado de críos abandonados a su suerte, con unos padres arrasados al poco de pisar la ciudad, conforme todo va saliendo mal. Luego es una cuestión de supervivencia, en la que ya pocas cosas importan. Trabajar de puto, violaciones, convertirse en stripper (lo más normal del mundo para una muchacha joven universitaria… para pagarse los estudios, si tus propios padres no se quedan con el dinero para bebérselo o jugárselo), vivir en tuberías en la más completa oscuridad (hay centenares de personas viviendo en esas condiciones), encontrar novios que acaban en la cárcel en el mejor de los casos (bueno, también acaban muertos… esos suelen ser los mejores). Qué contar… No tiene sentido intentar contar nada más de lo que recoge el libro, porque nunca dejarán de ser fragmentos recogidos entre todos los platos rotos. Piensas que lo conoces todo, que has leído las historias más sórdidas, muchas novelas negras, mucho realismo sucio. Y luego está esto: la vida. Imposible de imaginar.

Timothy O’Grady puntea cada texto con sus paseos por la ciudad y sus alrededores, una visión ni tan siquiera amable, pero que aporta algo de luz entre tantas tinieblas. Es difícil imaginarse Las Vegas como una tierra prometida, ese paraíso de la libertad en el que cada uno puede hacer lo que le da la gana porque nadie le va a pedir explicaciones. Dice una de las protagonistas que el lema de la ciudad debería ser damos asco, vengan a vernos. Es el paraíso por un día a cambio del inferno propio y de los otros por el resto. Tal vez esto último no importe mucho. No allá. Ni aquí. Buena parte de nuestra supervivencia se fundamenta en ser capaces de ignorar la desgracia de los demás. Que no nos importe. Y sin embargo…

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