No solo morir, de Ted Lewis (Sajalín)  Traducción de Damià Alou | por Óscar Brox

Ted Lewis | No solo morir

La literatura negra de Ted Lewis nos ha legado un personaje, Jack Carter, y un escenario criminal en una Inglaterra dividida entre los restos de los angry young men y el auge del Swinging London. O, dicho de otra manera, entre el horizonte gris y adoquinado de los barrios empobrecidos y esa especie de disfraz cosmopolita con el que la sociedad inglesa trató de restañar no pocas heridas; al menos, hasta el aterrizaje ideológico del thatcherismo. Lewis, sin embargo, tuvo siempre un buen olfato para combinar la esencia del noir -diálogos cortantes, violencia seca y personajes en el límite de lo moral- con un afilado análisis del ambiente de su nación. De esa realidad degradada que salpicaba a todos los estratos de la sociedad. De ese instinto de supervivencia, llámese pragmatismo, capaz de conceder una suerte de código y de ley -la de Carter, asesino que trata de desmarcarse del asco que le provocan algunos de sus viciosos compinches- con el que sobrevivir entre la corrupción y las balas.

No solo morir se entiende como un paso lógico del díptico consagrado a Carter y, asimismo, como una sublimación del estilo de Lewis. Acostumbrados a relatos de persecuciones de chivatos y cambalaches para deshacer el centro de poder de una organización mafiosa rival, el escritor inglés nos sumerge en la cabeza de George Fowler, líder de una de tantas bandas. Solo que esta vez el trono, cuando no el mismo reino, se encuentra en proceso de descomposición. Así, Lewis agita la trama sirviéndose, prácticamente, de dos únicos escenarios: Londres y el mar. Un espacio surcado de delincuentes y policías corruptos que se pelean por su parte del pastel y otro, aparentemente una vía de escape, que su autor reconfigura como si se tratase de la más atroz de las pesadillas. Un agujero negro. Un lugar que es ninguna parte.

El ritmo narrativo de Lewis es tan preciso que nunca se deja contagiar por el descenso a la locura de su protagonista; al contrario, pues pincha el nervio del lector tensionando una y otra vez esa impresión que notamos al poco de comenzar la novela: la falta de asideros de Fowler, la pesadilla sin final en la que se ha metido hasta quedarse sin escapatoria. Y todo, el antes y el ahora, los viscosos personajes que desfilan por sus páginas, rezuman un aire tan desesperado que, en verdad, redobla la violencia que desprende la novela. Las torturas, los secuestros, los asesinatos a sangre fría, las encerronas, las grabaciones clandestinas de películas snuff, pero, sobre todo, ese sentimiento de que su protagonista no consigue poner en orden sus pensamientos sin verse, por ello, salpicado por la violencia que ha desencadenado su búsqueda de un topo en la organización.

Lewis disparaba sin piedad contra todo. Aquí la policía bascula entre la necesidad de medrar para alcanzar un lugar privilegiado en la cadena trófica y la facilidad para aceptar el soborno y la corrupción como trampolines para el éxito propio. Los gangsters son bestias sedientas de poder que nunca ocultan sus perversiones. Y a fe que Lewis tampoco las pasa por alto, ya sea describiendo una escena de tortura con parafina y cerillas o una decapitación que se clava en el cerebro de su protagonista como un escalofrío intermitente. No en vano, No solo morir sabe cómo jugar con el anticlímax, cómo amagar una y otra vez el golpe, para aumentar su dureza cuando ya no queda otra que destapar las cartas. En el fondo, porque desde el mismo inicio se ha dedicado a desgranar la descomposición de su antihéroe. Su caída al abismo.

Puede que el noir inglés se debatiese entre lo rural y lo cosmopolita, entre los perros de paja y las andanzas de los hermanos Kray, pero uno tiene la sensación de que Ted Lewis no creía en distinciones. Sabía, efectivamente, cómo trasladar lo visceral a lo burgués; la violencia más atroz a esos escenarios de clubs nocturnos, alcohol y despachos ubicados en edificios señoriales. Toda esa mugre que, en sus páginas, saltaba a la vista pese a las engañosas palabras de sus personajes. Quizá porque, y esa es la lección más interesante, todos sus protagonistas eran prisioneros de su paisaje. De ahí que una novela como No solo morir sea desesperada y fatalista, enérgica y demencial, un golpe al estómago de un lector que, como George Fowler, se ha quedado sin ideas a la hora de detener la pesadilla en la que se encuentra sumergido. Un thriller que convierte la costa inglesa en un purgatorio, en el escenario en el que los condenados se acercan para exponer todo aquello que les ha conducido hasta allí. El poder, la corrupción, la violencia. En definitiva, la vida.

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