El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya, de T.S. Eliot (Nórdica) Traducción de Juan Bonilla. Ilustraciones de Edward Gorey | por Almudena Muñoz

T.S. Eliot | El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya

No me gustan los gatos. Son altaneros y paradójicos, se lamen y limpian durante todo el día para luego escupir y dejar por las esquinas inquietantes bolas de pelo… Pero, ¡uh, qué misteriosos son estos Macavity y Misstofeles! También el poeta T. S. Eliot, escogiendo la piel de una vieja zarigüeya para lanzarse a la tarea de hacer rimas para sus ahijados. Terminan siendo simpáticos, pero los gatos de Eliot al principio se muestran esquivos, conflictivos y soberbios (o más bien sucede todo al contrario). Ponerse bocabajo como la zarigüeya conlleva que la sangre se suba a la cabeza… y la creatividad, y nuestras lentes sobre el mundo, la vida callejera y los gatos.

Pero no me gustan los gatos. Tienen un significado divino que se me escapa, algo oscuro que puede servir tanto a sabidurías ocultas como a las peores sectas… Pero ¡oh, qué favorecidos aparecen estos gatos Melifluos! Esto sí que es una silueta de gato agradable: entre un pan de molde y una almohada, ya no se diferencia gran cosa, y luce sonrisa de oreja a oreja y bigotes arreglados. Eliot ilustró la primera portada de la colección de estos poemillas para Faber & Faber, con gatitos minúsculos, ridículos, sin color ni pelaje. Edward Gory, más conocido por apelar al dibujo inquietante, consiguió que este grupo de gatos refleje todas las personalidades imaginadas por Eliot. Las pequeñas láminas traslucen simpatía, surrealismo y, por qué no, a veces el momento congelado en que lo que va a pasar podría hacernos morir de risa o de pánico.

No hay manera, no me gustan los gatos. Más aburridos que el Deuteronomio, todo el día encerrados en casa, desdeñando sus juguetes caros y empeñados en meterse en fiambreras y en cilindros de papel higiénico… Pero, ¡ah, qué graciosos son estos gatos Mungojerrie y Rumpelteazer, expertos en trastadas! Enemigos de los hornos llenos de asado, los ovillos de lana, los pugs, los pequineses y los trenes con retraso. En realidad, los gatos de Eliot contravienen cada norma social y cada tediosa costumbre humana, mediante el principio de slapstick de alcanzar el humor y la libertad si se desafía a la autoridad. Y eso sí que debemos aprenderlo de ustedes, queridos gatos: darle la vuelta al estado del mundo y hacer el ridículo sin perder la dignidad (ni una cadera si nos caemos y somos igual de elásticos).

Aun así, no me gustan los gatos. Son ladinos, falsos, achican los ojos de una forma totalmente contradictoria con sus pupilas… Pero, ¡eh, qué divertidos son estos gatos Gus y Bustopher Jones, gordos y teatreros! Eliot no iba a ser menos en un poema dirigido a un niño que en unos cuartetos para adultos, y se zampa referencias literarias y chistes ingleses que, evidentemente, se nos pierden en la traducción. Ya se sabe que los gatos no dejan más que la raspa del pescado, y la versión de Juan Bonilla, que toma elementos de otras previas, tiene más en común con nuestra Gloria Fuertes que con el estilo de canción trabalenguas tarareada por algún secundario de Lewis Carroll. Aquí, Bustopher Jones resulta pasearse por el barrio de Salamanca, ¡e incluso Nórdica Libros hace un cameo! Eso es admirable: qué bien consiguen camuflarse los gatos.

Lo he repetido hasta la saciedad, no me gustan los gatos. Aunque de tanto insistir en las cosas, se nos vuelcan y colocan del revés, y a los gatos blandos les vemos su lado secreto y en los gatos tuertos y pardos intuimos su corazoncito amable… Sí, supongo que en el fondo, gracias a la vieja zarigüeya, me gustan los gatos.

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