Stephen King. Lo que se llevan los anzuelos, por Almudena Muñoz

El hombre del traje negro, de Stephen King (Nórdica) Traducción de Íñigo Jáuregui. Ilustraciones de Ana Juan | por Almudena Muñoz

Stephen King | El hombre del traje negro

Parece natural la idea de que Stephen King escriba en un sótano creativo: en cuanto sus personajes se acercan a lugares comunes, la oscuridad se va con ellos; si el autor recibe una invitación del exterior, enseguida lo arrinconan dientes afilados (también de críticos y colegas, que son la especie más sanguinaria). La vida y la carrera de King le dan la razón (o la locura) al hecho de que una persona nunca deja de ser un ser subterráneo, condenado una y otra vez a clausurar recuerdos y opiniones, a encerrarse en casa a pesar del dinero y los premios.

Por esto es tan bonito que la edición del premiado cuento El hombre del traje negro tenga formato de cuaderno, hasta con su punto de libro y sus esquinas redondeadas. Nos cede su libreta de memorias un anciano llamado Gary, aunque los protagonistas de King siempre sean King (y esa aura de confesión obsesiva resulta lo más inquietante de su obra). Podemos confiar o no en su lucidez, en si es un desvelo causado por ochenta años de silencio o un derrame senil acuciado por los ruidos blancos de un geriátrico y las gelatinas en molde de plástico. Qué más da; los relatos de King tampoco son remembranzas auténticas, pero funcionan como si lo fueran, como si acabase de extender ante ti unos recortes de prensa amarilleados con extrañas noticias que no entiendes cómo nadie quiso investigar a fondo.

Las ilustraciones de Ana Juan, siempre un lujo para acompañar historias ambiguas, se dividen en esos dos tipos de orillas del relato, entre láminas descriptivas o formas simbólicas. ¿Qué puede salir mal si un niño se acerca una tarde de sábado, con sol y un pequeño equipo de pesca, a la ribera de un río en una aldea insignificante? Sabemos que ese es el principio de las poesías, de la nostalgia en ciertos capítulos de novelas muy largas… y del resorte imaginativo en mentes como la de King, Ray Bradbury o, en clave sociopolítica, William Golding. El escenario infantil idealizado por los abuelos y los escritores adultos, como los caballos de madera del tiovivo, las estanterías estrechas en la biblioteca o los ribazos con bocas de túneles y florecillas blancas, se desvanecen en manos de estos autores, y no porque odien la niñez o sus propias infancias. Los mayores terrores surgen en los lugares y momentos de seguridad garantizada, cuando nada puede salir mal porque uno tiene ocho años, vive en una zona de criminalidad cero o se sienta junto al arroyo a pescar truchas.

Aparece entonces el hombre del traje negro. Para Stephen King esta figura es siempre un símbolo muy obvio, con un origen religioso que, en este caso, explica por qué el cuento tendría su referente en El joven Goodman Brown (1835), de Nathaniel Hawthorne, también incluido al final de esta edición. Recordemos: el autor escribe en su sótano extrayendo a la luz de una vela sombras de otras cuevas previas, y por eso no nos extraña que la silueta del hombre en traje negro se proyecte en sitios modernos. Un fenómeno superventas es tanto producto de la brujería como de la fe.

Mientras intenta comunicarse con supersticiones del pasado, el relato nos convoca un terror eterno, vestido con el uniforme que corresponda en cada época (de puritano, de sepulturero, de científico), y elimina el único alivio del presente: que hay algo aún puro en la infancia. ¿Por qué romper la última esperanza? ¿Certeza absoluta, pesimismo, mala leche? O porque es la manera de mantenernos sujetos a un género que tan rápido muere y se recicla: tal vez no haya mejor imagen para tiempos herederos de Stephen King que esa pared de Stranger Things, donde intentan parpadear guirnaldas navideñas sobre un grafiti con toda nuestra ansiedad emborronada y en un alfabeto sin descifrar. Igual que anzuelos coloridos flotando sobre el agua, a la espera de que algo pique desde el fondo negro.

 

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Détour

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