Stefan Zweig. El misterio del amor, por Óscar Brox

Una historia crepuscular, de Stefan Zweig (Acantilado) Traducción de Joan Fontcuberta | por Óscar Brox

Stefan Zweig | Una historia crepuscular

Ya sea como escritor, biógrafo o intelectual, la figura literaria de Stefan Zweig brilla desde hace décadas en el olimpo de las letras. Ello invita, por una vez, a aparcar los reconocimientos y las vindicaciones, siempre tardías, para hablar de los motivos sentimentales. De ese continuo aprendizaje del corazón y las enseñanzas vitales que se filtran en su obra. Las relaciones humanas, la aventura de las emociones y los secretos de una intimidad que sus personajes comparten con tanta delicadeza como ardor; urgidos por un remolino de pasiones que les impele a explicarse, a buscar en la razón las palabras para el amor, la amistad o la soledad. Una historia crepuscular, que publica Acantilado en su colección Cuadernos, es una miniatura que evoca con ternura el nacimiento, casi el misterio, del amor.

Un adolescente veranea junto a su familia en un castillo escocés. Es tiempo de ocio, de exploración y curiosidad. Días que alargan sus horas, surcados de expediciones, celebraciones y encuentros de sociedad. Momentos de tedio que la mirada infantil de Bob, protagonista del relato, juzga con el desdén propio de aquello que resulta obligatorio. Veladas de pocas palabras, asistido por la presencia de sus padres, que marcan una línea divisoria entre su minúsculo mundo y ese abismo adulto que parece todavía lejano. Tan lejano como las tres hermanas, Margot, Elisabeth y Kitty, que comparten adolescencia con él en el castillo. Muchachas hermosas a las que Bob observa con recelo, con esa mezcla mal entendida de pudor y vergüenza que se siente antes de notar los primeros cosquilleos del amor. Esa otra mirada, ese pulso que de pronto se acelera y precipita unos sentimientos hasta ese momento desconocidos. Con delicadeza, Zweig se acerca a la escena consciente de la separación existente entre dos mundos; está el adulto, replegado alrededor de sus tribulaciones e imperativos morales, y está la juventud, que todavía apela a la fantasía para explicar su cada vez más incipiente vida interior.

Zweig recurre a sus bellísimas descripciones para cobijar en las sombras de la noche los pueriles sentimientos de su personaje. Para envolverlos de misterio y encantamiento, alrededor de esa figura femenina cuyo beso exalta en el muchacho unas sensaciones desconocidas. La voluptuosidad del deseo, las prisas del amor, la alegría de vivir. Todo ello parece acogerse al abrigo de la nocturnidad, cuando las figuras humanas se convierten en siluetas y cada elemento, el cabello, los ojos o los labios, brilla con un fulgor sobrenatural. Porque, en definitiva, responde a ese inesperado nacimiento, al golpe al corazón que ha encogido el pecho de su protagonista. A esa insólita felicidad con la que ha descubierto otro mundo. Con la que ha puesto un pie más allá de la línea divisoria que se había establecido con los asuntos de los adultos. Pocas veces un aprendizaje sentimental ha contado con palabras tan hermosas para describirlo como las que Zweig emplea con sus criaturas. Las miradas rebosantes de tierna pasión, los gestos poco disimulados que anhelan desvelar, a la luz de la mañana, el amor que ha nacido en lo profundo de la noche.

Las tribulaciones de Bob avanzan a paso ligero, a medida que intenta acercarse a Margot, la muchacha que toma por su amante nocturna, al recordar la marca de un medallón que cuelga de su brazo. Y es tanta el ansia, tan fuerte el deseo, que Bob acaba postrado en cama lo que resta de verano a consecuencia de un accidente. Herido por una contusión, pero aún más dolido por la indolencia con la que Margot se comporta cuando todos están presentes. Como un perfecto contrapunto a la primera parte del relato, Zweig presenta a su criatura la cara amarga del amor al descubrir que no es la joven su amante secreta. Sin embargo, la reacción de Bob ha sido tan apasionada que ha logrado disuadir a su verdadera amante de un posible interés sentimental. Y es que en ese periodo de convalecencia, el chico experimenta su descanso como una prolongación de esas noches de amor entre las sombras. Con qué delicadeza interpreta el autor de Carta de una desconocida los gestos cotidianos, convertidos por la imaginación de Bob en huellas de su amada: esas manos que serpentean por su brazo herido; esos cabellos esponjosos que acarician su rostro; esos ojos que responden con sinceridad a los llamados del corazón. Todo en la mirada del joven aparece filtrado tras el misterio, en esa línea de sombra que le separa, siquiera por una distancia relativa, de la franqueza del mundo adulto. De ahí que toda la ternura con la que Zweig narra las desventuras de su personaje infunda una inevitable tristeza al descubrir su confusión.

Una historia crepuscular tiene ese tono fantasioso con el que Zweig describe la pureza, por no decir la inocencia, de su protagonista, y ese regusto amargo con el que accede a la madurez. Después de haber sufrido el primer engaño, de haber amado con tanta fuerza, tras encontrar las palabras justas para describir toda esa amalgama de sensaciones cobijadas en su interior. En ese espacio soñado y resbaladizo que sirve como escenario para el amor. Para narrar el acceso al mundo adulto, a la melancolía y a la edad de los sentimientos pasajeros. Esa edad en la que las personas se nos aparecen tal y como son, sin el pesado andamiaje de la fantasía. En la que, quizá por eso, todo es menos misterioso, demasiado franco, demasiado conocido. Y por ello, como un eco lejano, Zweig remonta el correr del tiempo para contarnos una pequeña historia de amor y de aprendizaje. De sentimientos tan puros e inocentes que la vida solo puede orillarlos del lado de la noche, como la clase de fenómeno que se agota al poco de vivirlo en toda su intensidad. Y quizá sea esta la imagen más hermosa de ese misterio llamado amor, que Una historia crepuscular fragua con la ternura de los motivos del corazón.

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Détour

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