Simon Leys. Con todo, contra todo, por Juan Jiménez García

Breviario de saberes inútiles, de Simon Leys (Acantilado) Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez y José Ramón Monreal | por Juan Jiménez García

Simon Leys | Breviario de saberes inútiles

En un mundo en el que la idea de utilidad ha sido establecida como lo único realmente aceptable, reunir un puñado de textos sobre conocimientos inútiles, siguiendo a algún sabio chino, tiene su mérito. Debemos entender que el mérito está en la provocación (y también en la invitación, desde el mismo título, a la reflexión), porque Simon Leys no escribía sobre cosas inútiles. Al menos no para todos aquellos que creen que hay otros mundos, otras culturas, otras escrituras y otras vidas que conocer.

Para entender a Leys habría que empezar por el final. Por sus reflexiones sobre la Universidad y qué debe ser una Universidad y por qué ya no queda nada de ello. También a aquel lugar donde explica que él éxito de los países emergentes asiáticos es su apuesta (ligada a sus tradiciones) por la enseñanza. No hay ningún milagro económico. Todo es una cuestión de que un ser humano debe convertirse en un ser humano. Para llegar hasta ahí (o parar volver a esa idea de aquello que hemos dejado que tal vez nunca existió) lo esencial es tener ese gusto por el descubrimiento, esa pasión por las cosas, por el pensamiento, por la escritura o por el mar (a cada cual lo suyo) que atraviesa esta recopilación de textos. Es complicado en los tiempos de lo inmediato tener el tiempo suficiente para pensar en lo anterior.

No es casualidad que el texto se abra con un ensayo alrededor de El Quijote, con una reivindicación del personaje, desde la necesidad de reubicarlo. Y reivindicar la crítica literaria desde la pasión, esa pasión que parece haber desaparecido en muchos de aquellos que escriben sobre libros y que parecen no disfrutar mucho con su trabajo (a diferencia de Leys, que, acertado o no, polémico o no, lo hará desde una pasión que hace temblar cada frase). Escribir de escritores como Chesterton, Orwell, Victor Hugo o Balzac, desde una cierta admiración, o de otros, como Malraux, a los que no admira ciertamente, pasando por Simenon, del que tiene sus dudas, se convierte en una toma de posiciones. Leys nunca renuncia a posicionarse: es más, es lo que busca, lo que considera necesario en un crítico. Ya no es una cuestión de equidistancia, de una falsa, ilusoria, objetividad, sino de una implicación, de buscar una verdad, no universal sino personal.

Tal vez todo esto tenga algo que ver con su verdadera vocación (o aquello sobre lo que giró su vida, en buena medida): China. Parte fundamental del libro, sus ensayos sobre los más diversos temas son un conjunto fascinante de matices, de interrogaciones y de búsqueda de una respuesta. Una respuesta que contesta una pregunta y nos deja con muchas más, que es nuestra parte como lectores. El escritor es una invitación a seguir, a ir más allá. El libro como punto de partida o como algo dotado de un antes y un necesario después. La actitud china frente al pasado, la estética, la caligrafía (arte chino por excelencia… el más elevado para ellos), la ética, se convierte en objeto de apasionantes ensayos.

Pero Leys no se queda en el terreno (relativamente cómodo) del arte, sino que es un polemista nato, y la historia china, la historia reciente, del siglo pasado, le permite airear las alfombras bajo las que se esconde un pasado nada glorioso. Preguntarse sobre el sentido del maoísmo (¿cómo se podía ser maoísta o, peor, cómo se puede ser maoísta hoy en día conocido todo lo que ocurrió?) es enfrentarse a alguien como Alain Badiou (también por su defensa de alguien como Pol Pot) o a unos cuantos más (la intelectualidad francesa tenía una cierta propensión a abrazar verdaderas bombas de relojería, a creer “lo que necesitaban creer”).

Breviaro de saberes inútiles es un libro fascinante y polémico no pocas veces. Es todo esto porque está escrito desde la certeza de que saber nunca pude ser inútil. Y no solo puede serlo sino que es necesario para evitar nuestro fracaso como seres humanos, frente a lo que tenemos una responsabilidad. El conocimiento tal vez no nos hará libres (porque las cadenas son cada vez más abundantes, más pesadas) pero sí nos dará las herramientas necesarias para ser mejores como personas, para aspirar a una mínima comprensión de todo aquello que nos rodea. Una de las partes del libro está dedicada al mar, otra de sus pasiones. Y de nuevo surge ese entusiasmo por un mundo abierto, sin límites. «Todo lo que se puede explicar detalladamente carece de importancia», cita a un filósofo chino. Y esa es tal vez la cuestión. Solo desde la búsqueda y la duda se puede encontrar alguna incertidumbre y, con ella, la posibilidad de conocer algo.

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Détour

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