El lenguaje escénico de Tadeusz Kantor, de Silvia Susmanscky Bacal (Antígona)  | por Juan Jiménez García

Silvia Susmanscky Bacal | El lenguaje escénico de Tadeusz Kantor

Han pasado ya cerca de treinta años desde la muerte de Tadeusz Kantor. Y sin embargo… Hay una paradoja esencial para entendernos, una paradoja que señala acertadamente Silvia Sumanscky Bacal. Pese a que el teatro de Kantor es irrepresentable sin él, como así ha sido, Kantor sigue estando presente de algún modo. Ya no solo a través de la influencia que puede haber ejercido en otros artistas u hombres de teatro (pienso, rápidamente y en formas muy diversas, en Krystian Lupa o La Zaranda), sino en su propio universo cerrado (como ese interior de la pirámide en la que, pensaba, el artista debía estar encerrado). Es decir: Tadeusz Kantor, artista único e irreproducible, ha sido capaz de perpetuarse como una presencia. O una ausencia. Ni tan siquiera hablamos de su obra teórica, tan personal como su teatro, de su obra pictórica, de sus propias obras, accesibles en viejas grabaciones. La influencia es él. Él mismo. Su energía, su rabia, su voluntad de ponerse en riesgo como una forma posible de vanguardia. Un eterno inconformismo que curiosamente no acaba de casar con estos tiempos tan dados a la autocomplacencia, pero quién sabe. Quizás todo forme parte de un solo misterio. Su misterio.

El ensayo de Silvia Susmanscky Bacal responde perfectamente al orden lógico de la creación en Kantor: él, la escena y los objetos, los actores. Cada uno de estos tres elementos forma parte de una única cosa e incluso podemos decir que discurre así, en ese orden. Tadeusz Kantor acaba Bellas Artes en 1939, año en que Polonia es invadida por Alemania (lo cual provoca el comienzo de la guerra). Teatro experimental, teatro en viviendas, la clandestinidad, el peligro constante, la necesidad de encontrar una forma de contar, de representar, bajo todo esto. Pero, sobre todo, Stanisław Ignacy Witkiewicz, dramaturgo que ejercerá una influencia vital sobre él, y Bruno Schulz, siempre ahí, al fondo. Con todo, los manifiestos van surgiendo (y tal vez no sean otra cosa que una manera de ordenar sus ideas) y las obras también. Sus ideas van encontrando un acomodo, y con ello llega Cricot 2, en los años sesenta. Pero ese no es el final, ni tan siquiera el principio. Es solo volver a asumir riesgos, una y otra vez. Hasta la muerte. Hasta su muerte.

Kantor realiza un teatro en primera persona. Ya no solo por el componente autobiográfico que irá adoptando (por ejemplo, Wielopole, Wielopole, pero, en realidad, de alguna manera, todas, en su última época, la más conocida por accesible), sino porque todo responde a sus impulsos vitales. Su relación con los objetos, su relación con los actores, su relación con el público. Su relación, antes que nada, consigo mismo. En el artista pólaco (aún pareciendo lo contrario) poco o nada está dejado al azar o la improvisación. Y dado que esto es así, todo responde a algo. Silvia Susmanscky Bacal va recorriendo pacientemente esos algo. Recorriendo los laberintos de la pirámide, las trampas y secretos. Y el recorrido es apasionante, porque va de su mano, no lo abandona. El misterio. El misterio responde a la falta de explicación de aquello que le encierra. No sé, entonces, si es la palabra exacta, para la obra de un autor tan dado a explicarse. Pero explicar qué. Con todo el aparato teórico que desarrollo para entender su obra (entre todo, el teatro de la muerte), quedan espacios vacíos, corrientes maravillosas capaces de unir la representación con el público. Incluso ahora, treinta años después, cuarenta años después, nos quedamos pegados a esas obras, como eternas noches magnéticas en las que sumergirse. No. Ciertamente ya no se pueden representar. Kantor se marchó. Abandonó aquel rincón del escenario desde el que se enfrentaba a sí mismo. Cómo si todo fuera producto de su imaginación (del instante preciso en el que todo sucedía), desaparece. Nosotros solo somos capaces de acercarnos a los fantasmas, y aún así, su fuerza golpea todo lo que puede ser golpeado, zarandeado, agitado. Y en las páginas de este libro lleno de ecos, de imágenes del pasado, se suceden las iluminaciones. Hombre del presente que no olvidaba el pasado en búsqueda permanente del futuro, alcanzó la eternidad. Una delgada línea del horizonte.

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