Marcelín, de Sempé (Blackie Books) Traducción de Miguel Azaola | por Juan Jiménez García

Sempé | Marcelín

Hubo una infancia en la que leíamos las historias del pequeño Nicolás y le poníamos los nombres de sus camaradas a las tortugas de agua, que cada tarde tomaban el sol sacando la cabeza en esa isla de plástico. La infancia no siempre es feliz, cierto, pero aquellos momentos, aquellas primeras lecturas de los libros de Sempé y Goscinny lo eran. Es más. La noción de llegar a la felicidad a través de la lectura vienen de ellos. Sí, se podía ser muy feliz leyendo. Tanto o más que saltando charcos o pegando cuatro patadas a una pelota. Acababa uno de complicarse la vida (y aún estamos en esa complicación). Por eso, tener entre las manos un libro como Marcelín (del dibujante de entonces, Sempé), es como volver a agarrarse a esos tiempos en los que el sol era el sol y el viento agitaba las cortinas como ya no lo hace ahora.

Marcelín es un niño del mismo tamaño de Nicolás (es decir, más bien pequeño). Un niño que siempre se pone rojo, excepto cuando debe ponerse rojo. Pasa vergüenza por todo excepto por aquello que debería dársela, pero no es consciente de nada, porque tampoco tiene nada de qué arrepentirse. Aun así, piensa en ello. También de noche. Y su cara roja no es nada gracioso, sino simplemente una cara roja. Un día, Marcelín Cerezo conoce a su nuevo vecinito, Renato Piqueras. Renato no se sonroja tan fácilmente y tampoco se resfría nunca. Pero, cosas de la vida, le da por estornudar no muy oportunamente. Así como no hay hada ni médico capaz de arreglar la rojez de Marcelín, no hay genio ni médico capaz de arreglar las estornudos de Renato. Cuando no hay nada que hacer, lo mejor es no hacer nada. Dejar la vida pasar o correr por ella, divertidos. Eso hacen los dos. Se hacen amigos inseparables y aquí y allá van cada uno con sus cosas. Pero entonces…

Marcelín es un libro de una extraña belleza (y una igualmente extraña inteligencia). Sempé dibuja con la fragilidad de un niño soñador mirando a través de una ventana, siempre hacia un lugar que está más allá. Sus personajes son mínimos, seres pequeños en una página-mundo inmensa, que les atrapa con sus espacios en blanco, llenos de aire y luminosidad. No es una cuestión de minimalismo, entendido como ese llegar a un máximo con unos recursos mínimos, sino de entender que somos algo pequeño dentro de algo muy grande. En ese mundo inmenso de la página en blanco, una página que no tiene límites, hay un espacio para la inocencia.

Podríamos pensar que es solo un libro para niños, pero no, es un libro para aquellos en los que aún queda un rincón en su cabezota para esa inocencia, para esa alegría de vivir y esa alegría de leer. O de mirar. O de sentir las cosas que tenemos a nuestro alrededor sin preocuparnos demasiado de sonrojarnos o de estornudar. Un mundo sin adultos o sin los problemas de los adultos. Un mundo para la camaradería entre los tipos raros que viven la vida tropezando con las cosas pero no dejándose la cabeza contra los muros que se levantan por todos lados, de todos los colores y formas.

Cuidadosamente editado por Blackie Books, Marcelín es un libro objeto para el baúl de las cosas importantes. Para abrir cuando dudemos, para seguir los trazos de sus dibujos como Teseo siguió el hilo de Ariadna para escapar del Minotauro. Para soñar con mundos pequeños en los que las cosas tienen un tamaño modesto y, como tal, viven modestamente.

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