Intacto asombro en la luz del silencio, de Sara Pujol Russell (Sociedad de cultura Valle-Inclán)   | por Francisca Pageo

Sara Pujol Russell | Intacto asombro en la luz del silencio
Escribir sobre poesía no es fácil, ni siquiera escribir lo es. Sin embargo, se hace necesario cuando el sentimiento que nos embriaga no tiene otra salida más que la de la palabra. ¿Cómo retener nuestras palabras cuando lo único que quieren es salir? Ser escritas, expresadas, volcadas al papel o comunicarlas a plena voz. Se me hace imprescindible esto al leer a Sara Pujol Russell y es con Intacto asombro en la luz del silencio que la palabra lo germina todo en nuestra mente y nuestra alma. Así hasta hacer que crezcan espacios, silencios, luces, sombras y plantas. Germina con más palabras aún. Con verbos como soñar, resplandecer y vislumbrar.

Desconocía la poesía de Sara Pujol Russell. La conocí por una velada poética colgada en Youtube en la que hablaba de su poesía, de la cultura y de lo que nos hace sentir. Ello me llevó a querer leer su obra, así que una breve antología y el libro en el que nos hallamos inmersos me encaminó hacia un mundo que la autora y yo -no quiero decir poseemos porque no creo que ni ella ni nadie posea nada, pero sí- sentimos dentro nuestro, en nuestra piel y en nuestro más íntimo universo.

Leer este libro ha sido como ser atravesado por un rayo de luz, dejando el cuerpo abierto de par en par, dejando que nuestro inmenso y profundo ser salga y entre del vacío una y otra vez. Llenándolo de cosas hermosas, de los ligeros aleteos de un pájaro, del silencio entre campana y campana de una iglesia o de la blancura infinita de un cisne con las alas abiertas. También se llena una de la blancura de los sueños, porque,  ¿de qué otro color podrían ser los sueños? El blanco es todos los colores y en ellos se encuentra todo el universo. Recorremos estos poemas como quien camina por el bosque, asombrándonos cada vez más y más. Dejándonos llevar por la libertad intrínseca de la naturaleza, de los rayos serpentinos que se entrometen por los árboles y que van haciendo claros de bosque en los que estas palabras se entretejen con el alma de las cosas y, cómo no, con la nuestra.

Dirá Pujol Russell: «Lo tangible puede ser alba de una interpretación musical del mundo; lo intangible puede ser aurora de una interpretación tangible de la esencia; y ambos, una interpretación verbal de la lentitud y sus fragmentos, de la lentitud y sus sueños.Sólo la lentitud sueña esencias. Sólo la distancia crea realidades.» Y nos acordaremos de María Zambrano y sus Claros del bosque, de su De la aurora. La autora de  Intacto asombro en la luz del silencio recoge la esencia más pura a la que Zambrano entró y esa esencia misma es la que a mí me hace querer crear, necesitar crear, querer comunicarme y expresarme. No podemos quedarnos con tanta belleza aquí dentro y ahí fuera, pero sólo la vemos mirando hacia adentro, muy adentro.  Como dijo Carl Gustav Jung «Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.» Y eso hacemos, leemos a Pujol Russell y despertamos aunque nos hable de los sueños, aunque los sueños sean aquí la luz más pura del silencio. Al cerrar el libro es como si nos desveláramos con la luz de la mañana. Hemos dormido con él. Hemos soñado. Es un libro que experimentar con nuestros sentidos interiores. En el que miramos a través de la imaginación, en el que el tacto es sólo evocación, en el que el habla es muda y silente, en el que el olfato sólo intenta recordar y recordar, y en el que el oído sólo oye murmuraciones y restos de las cosas más cercanas que hemos experimentado.

Intacto asombro en la luz del silencio es un libro para quienes amamos el silencio y la luz. La naturaleza y la vida. No digamos que no a un libro como este, abrámoslo y durmamos para despertar más sabios, con más belleza aquí dentro y allí fuera.


Cerrar para abrir

Cierro el pan para abrir la rosa, el tallo para abrir la paz —la paz, granada de luna y rumor que abro y golpeo en mi sangre, que abro en verbos que son manos, que golpeo en piedras que son sueños—, cierro el hambre de los búhos para abrir mi hambre que restaura la luz, cierro el color para abrir el sosiego demorado en la noche, porque, en lo oscuro, azafrán y lengua me asombran. Me cierro en pan para desnudarme, en hierba para ser carne que abre el bosque, en fuente para ser piel que roza la inocencia. Me abro en tiempo para ser un tiempo —cuenco de blanca leche, de lumbre que alimenta flores, frente, ruiseñor, belleza—, que me alimenta de hojas, recuerdos y un estar entre arroyos; ebro en fuego —no en llamas, la llama viene siempre de fuera—, me abro los sentidos para alcanzarme donde estoy ahora, me abro en cedros para ser mi alma, en cerezos para ser cuerpo de mi cuerpo y cuerpo en ramas donde el silencio brota en tigres. Cierro las manos —manos de pan y agua— para abrir el verso.

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