Cara de pan, de Sara Mesa (Anagrama)   | por Dara Scully

Sara Mesa | Cara de pan

En la espesura, una muchacha que se oculta. Un rostro pequeño, lunar, entregado a la contemplación. A la huida, no sabemos de qué, de quién, mecida por su propio cuerpo entre la maleza, en ese rectángulo perfecto entre la grandeza del árbol y el follaje como un muro impenetrable.

Al otro lado, de pie, quieto, inerte como una cosa muerta y sin embargo, la mirada que tiembla, que vibra como el vuelo del pájaro. Un hombre. Un hombre que no es viejo pero que a ella se lo parece, a ella, una muchacha, una niña, casi catorce. El hombre la atemoriza. No. El hombre punza algo que duerme en ella desde su nacimiento, que duerme en cada niña, en cada mujer: un hombre mirándonos. Un hombre adulto contemplando a una muchacha de casi catorce. Ella sabe que él no debería estar allí, frente a su refugio, atravesando los setos, acercándose a ella con rubor, temblando, ¿por qué tiembla?

No tarda en huir, esa primera vez. Ese hombre que ha mencionado los pájaros. Huye porque también él experimenta el aguijón de lo irrealizable: un hombre sentado con una muchacha de casi catorce. Así la llama, Casi. Una muchacha que no es una niña; ya no lo es, ambos lo saben. Pese al gesto, cierto movimiento del cuerpo, el último coletazo. Pero tampoco es una mujer. ¿Qué es, Casi? ¿Es un cuerpo redondo, es su cara de pan? ¿Es la criatura que se desliza, fantasmal, muda, entre sus compañeros de clase? Pero ya no hay clase. Desde hace días, Casi permanece cada mañana oculta en la maleza. Aquella maleza viva que se expande de la mano del hombre, ese hombre casi viejo al que ella, pese al temblor, al aguijón que acecha, ha dejado que la acompañe; ese hombre, digo, hace crecer la maleza. La puebla de cantos de pájaro, sonidos puros, hermosos, que hasta entonces ella no lograba distinguir. Sonidos que jamás había escuchado, ahora se le revelan, hermosos, tiernos, de una fortaleza aparentemente diminuta. Y sin embargo, Casi está aprendiendo de ella. El hombre, el Viejo, la acompaña ahora cada mañana. Han tendido un lazo que atesoran sin darse cuenta: no son conscientes, al principio, del valor de lo que crece. Del canto de los pájaros y la sabiduría. Porque el hombre sabe y no sabe, es Viejo pero también niño, Casi comprende que en él algo es anómalo y por eso también él ha sido rechazado por el mundo. Dos seres invisibles, en un recodo del parque, ocultos por la línea firme de los setos. Dos criaturas que huyen y se encuentran en un lugar que, a los ojos de aquellos que llegaran a contemplarlos, está prohibido. Casi catorce y un Viejo. Pero qué sabrán ellos. Qué sabrán del canto tierno de los pájaros.

¿Es posible la amistad entre una muchacha de casi catorce y un Viejo? Un hombre adulto y una niña, sentados uno junto al otro, quietos, inertes y sin embargo el vuelo, los brazos extendidos, la risa. Dos criaturas sensibles, heridas, separadas por el trazo que surca el rostro, por el peso de los huesos, por sus edades. Dos criaturas, pues el Viejo también lo es -quizás más que ella, a la que crecer aún le está permitido-, que encuentran un lugar común y hermoso, un lugar en el que salvarse. Allí la herida sana y se vuelve cicatriz. Allí, aunque a veces los sacuda el temblor, la duda, el miedo, hay algo de una pureza que no puede nombrarse. Dos seres separados del mundo que acompasan su paso. A pesar de todo, de todos, de quienes señalarán su vínculo como una serpiente venenosa. Un lazo que debe segarse, cortarse en dos de un tajo limpio, que no envenene a la muchacha, que no le deje huella para que crezca sana como las frutas en lo alto de los árboles. Pero la huella es de otra clase, no es una huella de la carne, brutal: el Viejo no va a hacerle daño. Cómo hacérselo, si solo ella comprende su lenguaje. Si sólo ella, Casi catorce, muchacha que huye, muchacha dañada, puede entender la voz del que ha sido expulsado de la vida.

A primera vista, podría parecer que en ‘Cara de pan’ anida una historia turbia, una historia prohibida. Pero al retirar el velo que la cubre, al apartar con cuidado la maleza, lo que encontramos es el temblor del ciervo, hermoso, volátil, a punto de escapar ante nuestros ojos maravillados. Una rareza que, sin embargo, a los que somos como Casi y Viejo nos resultará familiar, punzante, hermosa. Leedlo.

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