Nadie más que tú, de Rupert Thomson (Galaxia Gutenberg)  Traducción de Vicente Campos González | por Juan Jiménez García

Rupert Thomson | Nadie más que tú

Suzanne Malherbe conoce a Lucy Schwob cuando ambas son apenas unas adolescentes. Suzanne es dos años mayor. Tiene diecisiete años. Lucy, quince. No se volverán a separar. Hijas de dos familias acomodadas de la burguesía de Nantes, las circunstancias harán que puedan vivir su vida como han decidido vivirla: juntas. Como pareja, como amantes, como artistas. El siglo veinte acaba de empezar, la primera guerra devastadora ya está ahí, y el infierno, único lugar en el que se puede creer, está por todas partes. Cambian sus nombres. Lucy Schwob será Claude Cahun (Claude, un nombre con una ambigüedad en la que espera situarse ella también, más allá de cualquier género, más allá de la cárcel del cuerpo). Suzanne Malherbe será Marcel Moore, otro nombre que puede esconder a un hombre o a una mujer. Claude Cahun quiere ser escritora. Es sobrina de Marcel Schwob y su padre dirige el periódico más importante de la ciudad. Suzanne-Marcel quiere estudiar Bellas Artes. La precaria salud de Claude Cahun, atrapada en un lugar entre su cuerpo físico y sus pensamientos, les dará la oportunidad de pasar largas temporadas juntas, de compartir alojamiento en Paris o pasar los veranos en la isla de Jersey. El destino, la boda entre la madre viuda y el padre divorciado, las convertirá en hermanas. Acabarán por trasladarse a aquella isla de sus veranos desde el París de Breton y los surrealistas, atravesando aquella otra guerra, la ocupación alemana y sus propias dudas.

Nadie más que tú es el retrato novelado de sus vidas, contado desde el punto de vista de Marcel Moore. Un retrato que, después de todo, es el de Claude Cahun, dado que fue su perturbadora personalidad la que condicionó el destino de ambas, la que las arrastró a través del torbellino de aquellos años, de la entreguerra, un ambiente cultural del que podían formar parte pero al que también renunciaron. Su vida fue más una búsqueda interior de un punto de equilibrio que la voluntad de ser alguien, en esa carrera de tantos por ser los primeros en lo último. Conocieron bien a André Breton, a Henri Michaux (su amigo más personal), a Dali, a Robert Desnos (por el que Cahun sentía una especial atracción: la atracción de los iguales), a la pareja-obsesión de aquel, Youki. Atravesaron las vanguardias teniendo claro que ellas estaban más allá, en un lugar al que solo podían acceder desde la confusión de los géneros (la desaparición). Cahun en una lucha permanente contra su condición y sus condicionantes, Suzanne como una sombra que la acompañaba siempre, el reflejo necesario, lo único que podía devolverle la imagen justa de sí misma.

Juventud, aprendizaje, alunizaje, huída, resistencia, muerte. Para Rupert Thomson la relación de ambas es la columna que sostiene todo lo demás, sin la que no es posible comprender el resto. El arte, la escritura, es ese componente que está ahí. Tampoco es una cuestión de ahondar en aquello que las hacía diferente (aunque no fue algo que trascendiera especialmente), en ser lesbianas en una época en la que esto era incomprensible hasta para los surrealistas. Al final todo es un acto de amor entre ellas dos, unas vidas entregadas. La de Suzanne, en buena medida a Claude Cahun. La de Claude Cahun a sus fantasmas y miedos, pero sin perder ni soltar ese hilo que la unía al mundo por encima de cualquier otra cosa. Ella. La otra, en un mundo lleno de otredades.


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