Nog, de Rudolph Wurlitzer (Underwood) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Óscar Brox

Rudolph Wurlitzer | Nog

Volver la vista atrás hacia aquella Norteamérica que extendía los tentáculos de la contracultura resulta, tantas décadas después, una experiencia agotadora. Y no, precisamente, por aburrida, sino por lo radical y por la libertad formal con la que, sin complejo alguno, se manifestaba el Arte. O el cine. O, como en este caso, la literatura. Si Richard Brautigan escribía, como aquel que dice, capítulos de una página y, un poco después, Lydia Davis relatos de tan solo una línea, se podría decir que Rudolph Wurlitzer escribía novelas de una sola línea. Porque, más allá de los consejos literarios que tomara de Robert Graves, cada frase de Wurlitzer hace que se tambalee el centro de gravedad de su novela. Como quien echa un poco de tierra para borrar su huella más reciente o quien pone todo su esfuerzo en olvidar qué es lo último que ha dicho. O si, acaso, ha dicho realmente algo. A diferencia de Brautigan, que parecía escribir sus novelas encaramado a una nube, un libro como Nog se asienta en la tierra, en la arena del desierto, el calor, los olores y hasta el matiz más insignificante que contribuya a describir con todo detalle el paisaje clásico americano. Ese que su protagonista recorre un poco a trompicones, entre jirones de memoria que se pegan a cada página para ofrecer un poco de orientación al lector. Pero, también, para desorientarlo una y otra vez, dejándole esa sensación de que la única fuga imposible, tras agotar los límites de la geografía estadounidense, es la del protagonista con sus propios recuerdos.

En Nog conviven diferentes tiempos, pasados, presentes y pretéritos, en el minúsculo espacio de una frase. De manera que Wurlitzer salta sin piedad de uno a otro descolocando al lector, que nunca acaba de estar del todo seguro con lo que está leyendo. De hecho, ya el propio Nog, ese finlandés que viaja con un pulpo en una batisfera, es un personaje lo suficientemente oscurecido por la voz del narrador como para poner en duda su existencia; más aún, si es el propio narrador el que a veces se atribuye la identidad de Nog y, en otras ocasiones, lo presenta como otra figura más del paisaje alucinado que trata de reflejar en sus palabras. De ahí, pues, que lo que nunca nos abandone sea la contundencia con la que Wurlitzer plasma las emociones primarias de su personaje. Esos encontronazos con Meridith y Lockett, con los que se topa en San Francisco, rateros de poca monta, pero que su memoria arrastra (al menos, a Meridith) hasta el último confín del mundo, rumbo al canal de Panamá; entre escenas de sexo agreste y colocones que dislocan todavía más los hilos que unen las diferentes partes del relato.

Desde luego, no resulta extraño que Wurlitzer fuese compañero de francotiradores como Monte Hellman o Alex Cox (faltaba el Dennis Hopper de The Last Movie); también de las etapas más nihilistas del cine de Sam Peckinpah. En la obra de todos ellos late la misma emoción que colapsa cada página de Nog; ese descenso en profundidad a una cierta contracultura que, para volver a hablar de aquellos lugares familiares de la tradición americana, exigía servirse de otra mirada. Casi, de otro lenguaje. De un espíritu diferente. En definitiva, más salvaje, pegado al sexo, al sudor y a la sangre. Visceral. Tal vez, también, contradictorio, pero aun así extrañamente cautivador. Pues, no en vano, resulta curioso cómo la deshilachada estructura narrativa de Nog no borra de nuestra retina cada encontronazo, puro gesto de amour fou, entre su protagonista y Meridith, cada deslizamiento por ese terreno de arena, pedregal y polvo, o cada vez que el cabás en el que guardan los pocos víveres para la aventura se arrastra por los suelos. La fascinación primitiva por la violencia (el narrador disparando con su rifle de dos gatillos a todo aquello que encuentra por la carretera, la ¿muerte? de Lockett o la figura propia del western que representa Bench), la inocencia, rozando lo naïf, con la que parecen expresarse todos los personajes. La velocidad con la que se consumen las etapas, precipitando ese sentimiento tan propio de la contracultura de moverse entre arenas movedizas que tarde o temprano absorberían completamente la obra, la cultura, el valor de todo aquello que intentaban forjar en sus obras. Hasta reducirlo a una curiosidad literaria más en el museo del Siglo XX.

Probablemente, Wurlitzer escribió Nog como si de una pelea a puñetazos con la cultura americana se tratase. Sin caer en las medias tintas, con ganas de zafarse de toda comodidad y respeto a unos cánones que estaban para arrastrarlos de los pelos por el desierto americano. En caravana o con un pulpo en una batisfera. Al fin y al cabo, si William Gaddis eliminaba cualquier marcador textual para escribir una conversación, si William Gass ponía tierra de por medio en sus párrafos para hacer notar los efectos de su narración en la misma escritura, ¿por qué no iba Wurlitzer a deshojar su historia hasta enredarlo todo? Hasta sumirnos en una alucinación total, pura insolación literaria, con la que zarandear nuestros sentidos hasta la última línea del texto. Y es que en verdad resulta difícil escribir sobre Nog sin dejarse llevar por sus efectos. Porque, bajo esa aparente despreocupación que surca la novela, es su capacidad única de alterar la percepción del lector, de llevarle hasta el escenario más alucinado, lo que convierte a esta obra de Wurlitzer en una gema rara de la contracultura estadounidense. De cuando sus autores escribían encaramados en nubes, en sueños lisérgicos de libertad total.

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1 thought on “ Rudolph Wurlitzer. El sueño de la contracultura americana, por Óscar Brox ”

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