Ross MacDonald. Todas las historias, por Juan Jiménez García

El coche fúnebre a rayas, de Ross MacDonald (Navona) Traducción de Nazaret de Terán | por Juan Jiménez García

Ross MacDonald | El coche fúnebre a rayas

Mucho se ha escrito sobre los diálogos en las novelas de Dashiell Hammett. Y es justo y así debe de ser, porque en ellos está la novela negra que vendrá. Y lejos, Osvaldo Soriano, como el hombre que aprendió de aquellos y nos devolvió cosas igualmente grandes. Pero, entre todos, hay seguramente otro escritor que no solo supo manejar estos con soltura, sino que hizo de ellos su propia escritura, la propia novela, como si lo importante no fuera aquello que hacemos, sino aquello que decimos. Ese fue Ross MacDonald. Por las dudas, ahora Navona va publicando paso a paso sus obras, y la última es El coche fúnebra a rayas, nuevo encuentro con un personaje singular: Lew Archer.

Lew Archer es ese detective que no quiere ser nada. Tampoco detective. Un oficio que no le gustaba a su mujer y que tampoco le encanta a él, dice. Es el hombre triste que ve la vida pasar y que no espera mucho de ella. Pero no espera nada de ella apasionadamente. Un día, en su oficina aparece la relativamente joven señora Blackwell, lo cual no deja de ser sorprendente, dado que está esperando, poco después, a su marido. Su marido es un coronel sin ningún pasado glorioso ni nada interesante que contar. Un tipo huraño, incluso repelente. La idea de la señora Blackwell es que Archer rechace el caso que le va a proponer su marido: investigar a Burke Dmis, artista bohemio y reciente novio de su idolatrada hija.

Ross MacDonald tenía cariño por alguna cosa más que los diálogos. También le gustaban las tramas complejas y los personajes con una personalidad no menos compleja. La vida puede ser lo suficientemente negra sin necesidad de recurrir a crímenes rituales. Hay policías y detectives y también muertos asesinados o muertos circunstanciales. Mujeres fatales y fatalidad sin más. Pero todo ocurre en la trivialidad de los días que pasan y las pasiones que pasan también (o no: siempre nos quedarán los rencores infinitos).

Aquí, la relación entre padre e hija, hija y madrastra, artista y todos, no tarda en dibujar algo parecido a un retrato preciso. Un puzle en el que las piezas encajan, hasta que uno se va dando cuenta que no todo es tan sencillo (o tan complicado) como parece. Archer va de acá para allá recogiendo pedazos de rotos de personas a la deriva (cada una con sus propias motivaciones), para acabar dándose cuenta que todos esos fragmentos, parte de historias rotas, no hacen más que negarse y afirmar, para volver a negarse y afirmarse. Novela de desplazamientos en la que Archer va de aquí para allá, nunca demasiado contento, ella misma se convierte en un viaje incansable por unas vidas que rara vez son lo que parecen.

No es un tiempo para héroes. Tampoco para cambiar el mundo. Solo un tiempo para equivocarse, una y otra vez. El negro es un estado de ánimo, una manera de entender algo parecido a la vida. Lew Archer es un hombre su tiempo. Agotado pero incapaz de rendirse. Sin esperanzas pero con la curiosidad necesaria para buscar. Buscar para encontrar algo. La mentira, una y otra vez, y la verdad de cuando en cuando. Y entre todas esas cosas, El coche fúnebre a rayas es otro mayúsculo ejercicio dialogado. Del detective triste con los muertos. Del detective triste con los vivos.

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Détour

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