El origen de los brunistas, de Robert Coover (Pálido fuego)  Traducción de José Luis Amores | por Óscar Brox

Robert Coover | El origen de los brunistas

A propósito de un encuentro con Robert Coover, Màrius Serra describía al autor de La hoguera pública como un invasor; alguien capaz de producir una interferencia literaria en el poema de Gilgamesh o en una novelita típica de género. Un erudito desenfadado, revisor (a su manera) de la tradición cultural estadounidense a través de una escritura entendida como juego del lenguaje. Y es que pocas obras poseen la riqueza de Coover, la facilidad con la que salta del slapstick (en Sesión de cine) a los mitos del viejo Oeste (en Ciudad fantasma), de los tropos de la literatura negra a la fantasía en la que los personajes de Collodi revisitan una Venecia terminal. Enfrentarse, pues, a una novela como El origen de los brunistas, primera en la lista de textos de su autor, puede resultar engañoso. Engañoso, en parte, por la ligereza, por el regusto vintage de un autor que no había abrazado con determinación el giro posmoderno. Y, sin embargo, resulta asimismo difícil negar la evidencia de que todo Coover está ya allí: la impresión de ese acervo cultural americano que el escritor monta y desmonta, escruta y parodia, con la precisión de las piezas de un mecano; el humor falsamente chabacano, groseramente sexual, que traslada el brillo del erotismo hacia el lenguaje y las metáforas; o la sensación de que la escritura cooveriana tritura la realidad con más fuerza e ímpetu que el culto nacido al calor de un accidente minero, convirtiendo la pacífica convivencia de West Condon en una versión encapsulada del Apocalipsis.

El origen de los brunistas arranca con un accidente minero y una visión, la de la inminente descomposición de una comunidad mediocre y mentecata. Repartida entre predicadores de la vieja escuela, que leen el Evangelio como una amenaza contra los deslices morales, y pillos y oportunistas que peinan la actualidad en busca de una ocasión para hacer negocio. Y entre todo ese berenjenal, el interés de Coover por retratar una América ingenuamente inocente (la de los Norton o las numerosas viudas de los mineros caídos) cuyo margen de podredumbre moral es, en ese sentido, casi infinito, tan infinito como el negocio que se organizará alrededor del culto brunista.

Conviene recordar que Coover escribió su novela bien entrada la década de los 60, desligado pues de aquellas generaciones que quisieron rastrear en los márgenes de la nación unos modos de vida progresivamente absorbidos por el capitalismo y sus numerosas aceleraciones. A Coover no le interesa tanto eso como plasmar una realidad permanentemente quebrada, síntoma que acompaña a la historia de Estados Unidos durante el pasado siglo, en la que las luchas de poder e ideología conforman ese vasto tapiz que, de una manera u otra, detonará con el fracaso de la cultura hippie y el fin de los sueños juveniles de libertad y rebelión. No en vano, Coover escoge en numerosas ocasiones a Tiger Miller, editor del diario del pueblo, como cronista del auge del culto al minero profeta, evidenciando sin pudor la cadena de manipulaciones que Miller lleva a cabo con el único interés del lucro personal y la notoriedad. Como reclamo. O, simplemente, como la forma más práctica de sacudir las mezquindades de una comunidad en apariencia tranquila.

No se puede decir que el autor de Pinocho en Venecia sea un moralista, al contrario, Coover se vale de múltiples recursos -las conversaciones entre Vince Bonali y sus colegas, las confesiones de Miller a Trasero risueño, las acciones de la Mano negra- para deslizarse entre el lenguaje, para empastar al lector con el texto, conduciéndonos por un carrusel de metáforas, voces y situaciones que, en definitiva, hablan del poder del lenguaje. De sus parodias y paradojas. De ese lenguaje que, como los mensajes de Domiron que recibe Eleanor Norton, es capaz de alterar la tranquila superficie de West Condon hasta desencadenar un Apocalipsis. Visto así, lo que distingue a Coover sería lo mismo que a un William Gass o un John Barth, en tanto que sus libros bien pueden verse como ejercicios de filosofía práctica, endiablados (por el ritmo) tratados del lenguaje y sus metáforas, que nos colocan como lectores frente a frente con la viveza de la escritura.

Así, El origen de los brunistas podría ser una versión disparatada de El gran carnaval, visión aumentada de los ritos y tradiciones que han provocado una necrosis en el tejido de Estados Unidos, por mucho ímpetu de modernidad que pretenda atraer para justificar su imparable convicción en el progreso. Pero, también, una parábola en torno a la fragilidad con la que trazamos nuestra convivencia, con la que cimentamos nuestras comunidades; sobre las debilidades de ese lenguaje, aparentemente tonto, que sin embargo es capaz de desencadenar monstruos como los que se esconden tras el culto brunista. Lo interesante, sin embargo, es que Coover nunca añada un matiz severo, un acento moral, a lo que explica, manteniendo al mismo nivel la reflexión y el disparate, lo bello y lo chabacano, evidencia última de que eso es, precisamente, de lo que se compone el esqueleto de América. A falta del espíritu del Tío Sam o de las parodias más desenfrenadas de Richard Nixon, El origen… es una extraordinaria puerta de acceso a una América que Coover situará en la mesa de trabajo, preparada para una disección completa de sus mitos, desmanes, anhelos y fantasmas. Con el lenguaje como arma de distracción masiva.

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